No me canso de ver esta celebérrima escena de la película de Kubrick. A parte de sus virtudes cinematográficas y de la música de Richard Strauss, esta escena gusta porque habla del origen del hombre, del origen de aquello que nos hace diferentes a los demás animales. Es sugerente la imagen del animal que se intercala mientras el homínido golpea su esqueleto: la inteligencia nace con la representación. El simio se figura en la mente algo que no está directamente presente y con ello surge nuestra inteligencia imaginativa. Además, la representación va ligada a la elaboración de herramientas. Como puedo representarme la realidad ausente puedo imaginar otros usos que no son los naturales a las cosas que veo a mi alrededor. De ese violentar la naturaleza, de hacer cosas contranatura, de usar un hueso para algo distinto a la función natural de un hueso, surge el hombre, el ser más antinatural de los seres naturales. El hombre, el animal cuya habilidad evolutiva consiste precisamente  en dejar de ser animal.

Sin embargo, el tema del monolito no hace justicia a la realidad. A pesar de lo sugerente que queda en una película de ciencia-ficción (el origen extraterrestre de la inteligencia) no es preciso en el sentido en que sugiere tanto un origen no natural de la inteligencia como su aparición como un salto brusco. No, la inteligencia es un producto natural cuyo origen es el mismo que el de la capacidad de vuelo de las aves o la fiereza de los felinos y su origen se debe a un lentísimo proceso evolutivo de una duración de millones de años.