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No me canso de ver esta celebérrima escena de la película de Kubrick. A parte de sus virtudes cinematográficas y de la música de Richard Strauss, esta escena gusta porque habla del origen del hombre, del origen de aquello que nos hace diferentes a los demás animales. Es sugerente la imagen del animal que se intercala mientras el homínido golpea su esqueleto: la inteligencia nace con la representación. El simio se figura en la mente algo que no está directamente presente y con ello surge nuestra inteligencia imaginativa. Además, la representación va ligada a la elaboración de herramientas. Como puedo representarme la realidad ausente puedo imaginar otros usos que no son los naturales a las cosas que veo a mi alrededor. De ese violentar la naturaleza, de hacer cosas contranatura, de usar un hueso para algo distinto a la función natural de un hueso, surge el hombre, el ser más antinatural de los seres naturales. El hombre, el animal cuya habilidad evolutiva consiste precisamente en dejar de ser animal.
Sin embargo, el tema del monolito no hace justicia a la realidad. A pesar de lo sugerente que queda en una película de ciencia-ficción (el origen extraterrestre de la inteligencia) no es preciso en el sentido en que sugiere tanto un origen no natural de la inteligencia como su aparición como un salto brusco. No, la inteligencia es un producto natural cuyo origen es el mismo que el de la capacidad de vuelo de las aves o la fiereza de los felinos y su origen se debe a un lentísimo proceso evolutivo de una duración de millones de años.
La película comienza como un western. Un campesino francés se lava la cara en una palancana mientras, a lo lejos, se ve que por un camino vienen soldados alemanes. Mientras tanto suena Para Elisa mezclado con música de guitarra española. Uno de los alemanes es el cazajudíos Hans Landa (Christoph Waltz), el cínico e inteligente malo malísimo, cuyo personaje te mantendrá en suspense durante el resto de la cinta (no se lo pierdan fumando en pipa o comiendo pastel).

Esteticismo absoluto. El medio es el mensaje o el cine por el cine. Pescadilla que se muerde la cola en su autocomplacencia: cine que sólo pretende homenajearse a sí mismo, sin salir de sí, sin apuntar a nada más. Es como un envoltorio que sólo contiene dentro de sí más y más envoltorios. Milimétricamente construida, palabra por palabra, enfoque por enfoque. Todo para mantenerte pegado al asiento durante sus 153 minutos de duración, pero sólo y únicamente para eso (que no es poco desde luego). Homenaje pero también parodia. Personajes pretendidamente sobreactuados, exagerados, caricaturas de sí mismos, de su profesión y de sus mismos personajes (¿personajes interpretando a personajes?), que sueltan una chorrada en el momento más tenso o solemne, que combinan diálogos inteligentes con estupideces pueriles. Superflua, banal, frívola, una tontería, una broma, una niñería de un friki como es Tarantino. Película sofista, retórica, como un truco de magia sin más. Sin embargo seria, trabajada, inteligente, complicada en sentido cinematográfico, bien resuelta a todos los niveles, virtuosa, técnica, deleite de estudiantes de cine. Y paradójica en ese sentido: ¿tanto para qué?

A mí me ha gustado y creo que eso es un cumplido hacia mí mismo, pues muestra que me gusta el cine.

SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA NO SIGAS LEYENDO
Siete personas despiertan en un extraño complejo lleno de habitáculos con forma de cubo. Nadie sabe como ha llegado allí pero pronto se dan cuenta de que en muchos de esos cubículos hay trampas mortales. ¿Qué hacer? ¿Cómo escapar de este complicado y letal laberinto? Hay pistas, hay claves y ninguno de ellos ha sido elegido al azar. De hecho, podemos hacer una historia de la filosofía a partir de los personajes:
Alderson (Julian Richings): muere nada más comenzar la película. Simplemente, despierta en un habitáculo y, al moverse al siguiente sin saber que hay trampas, se tropieza con la primera. Quizá representa el mero azar, el sinsentido, morir sin más. Cinematográficamente, presenta el dilema: un cubo con seis salidas, una por cada cara, que dan a más cubos, alguno de los cuales tiene trampas mortales.
Rennes (Wayne Robson): también conocido como el “troglodita” o el “pájaro de Ática”. Es un experto escapista que se ha fugado ya de siete cárceles. Representa el pragmatismo.
“Sí, soy la reencarnación de Houdini. Os he arrastrado hasta aquí porque necesito vuestras botas. Sed inteligentes o me largaré en un visto y no visto. Basta de hablar, basta de especular. No penséis en nada que no tengáis delante de vosotros. Ese es el auténtico desafío. Tenéis que salvaos de vosotros mismos”
Después de decir este elocuente discurso muere víctima de una trampa que no supo detectar. Su muerte significa el fracaso de esta filosofía: para salir del cubo hace falta especular, pensar más allá de lo que uno tiene delante.
Worth (David Hewlett): es el nihilismo. Un arquitecto que lleva una vida solitaria y miserable. No tiene razón alguna para salir de allí, por lo que se muestra poco colaborativo. Quentin desmonta su nihilismo al proponerle que, ya que no tiene ganas de vivir, se suicide lanzándose a una trampa. Worth, evidentemente, no lo hace. Sin embargo tiene una gran lucidez (como suelen tenerla los grandes nihilistas): es el único que entiende el sentido del cubo. Curiosamente, se acabará llevando bien con Holloway.
Leaven (Nicole de Boer): joven y aburrida estudiante de matemáticas, tiene un cerebro privilegiado para los números (aunque para nada más. No propone ninguna teoría global que de sentido al cubo). Representa la razón instrumental. Descifra el acertijo numérico del sistema (le han dejado las gafas para ello) pero desprecia a Kazan por ser retrasado (la inteligencia es fría, inhumana) y tiene una buena relación inicial con el poder (Quentin).
Holloway (Nicky Guadagni): médico de indigentes y solterona. Representa el humanismo y es el contrapeso de Quentin en el liderazgo del grupo (por eso acaba con ella). Es la única que se preocupa por Kazan y consigue que no lo abandonen, aunque es conspiranoica en sus explicaciones del cubo, es materialista (se enfada porque le han quitado sus joyas), cotilla y algo insoportable.

Quentin (Maurice Dean Wint): violento y policía, maltrata a su mujer y a sus hijos (por eso ella le dejó). Va a representar el voluntarismo. En un principio, ejerce de líder positivo del grupo, tranquilizando, animando a los demás y contando con ellos para tomar decisiones, pero poco a poco, irá degenerando para terminar siendo un dictador ejemplar. Comienza desconfiando de Worth (piensa que es una trampa más) porque se presupone con la habilidad de conocer profundamente a la gente con solo mirarla, y enfrentándose a Holloway por el liderazgo, la golpea. A partir de aquí ya sabemos quién es el malo (“Una hora será el tiempo que yo diga”). Al final, asesina a Holloway, a Leaven y deja malherido a Worth.
Kazan (Andrew Miller): clásico savant, autista capaz de realizar cálculos con números astronómicos. Es despreciado por Leaven y Quentin (“Es la ley de la selva. Él pone en peligro la manada” . Los nazis practicaron el darwinismo social), y sólo Holloway se encarga de él. Podemos decir que es el único personaje que no alberga maldad y que no pretende intencionalmente salvarse, aunque es el único que lo consigue (y quizá eso es la causa como moraleja). No deja de ser curioso: escapa el único que no puede comunicar al mundo dónde ha estado (el ser es incomunicable, que diría Gorgias). Kazán sale de la caverna pero no puede volver a salvar a sus semejantes porque ya han muerto. Es el mito platónico invertido: los que ven mueren dentro de la caverna mientras que el ciego escapa. El más tonto escapa… ¿significa eso el fracaso de toda filosofía, representada por los demás personajes, para ofrecernos la salvación? ¿Algún tipo de misticismo? La salida, representada simplemente como una luz cegadora puede indicarnos algo así: la iluminación como final del camino.
¿Qué es el cubo? ¿Qué sentido tiene todo? Quentin piensa que puede ser el divertimento de algún rico excéntrico, idea de la que se burla Holloway, la que aboga más por una conspiración estatal. Pero la verdad la tiene Worth. Él fue el arquitecto que diseñó el armazón exterior del cubo y explica el sentido de todo:
“Worth: es posible que te cueste entenderlo. No existe ninguna conspiración. No hay nadie que mande. Es una patochada sin píes ni cabeza que funciona bajo la ilusión de un plan maestro ¿Lo entiendes ahora? El gran hermano no te está vigilando.
Quentin: ¿Se puede saber qué explicación es esa?
Worth: La mejor que recibiréis. He estado pensando y la conclusión a la que he llegado es que allí arriba no hay nadie.
Quentin: Sin embargo alguien tuvo que aprobar esta cosa.
Worth: ¿Qué cosa? Sólo nosotros la conocemos.
Quentin: No tenemos ni idea de lo que es.
Worth: Sabemos más que cualquier otro. En fin, quizá alguien supiera algo antes de irse, de que le despidieran o le rechazaran, pero si esto tuvo algún propósito se tergiversó o se perdió en la confusión. Esto es un accidente, tal vez un proyecto olvidado de obras públicas ¿Creéis que alguien quiere preguntar? Lo único que desean es una conciencia tranquila y un sueldo elevado. Yo estuve meses sin mover ni un solo dedo. Era un trabajo estupendo.
Quentin: ¿Por qué nos metieron aquí?
Worth: se creó. O lo utilizas o reconoces que es inútil.
Quentin: pero… ¡claro que es inútil!
Worth: Quentin, ahí quería llegar.
Holloway: ¿En qué nos hemos convertido? Es mucho peor de lo que imaginaba.
Worth: en realidad no. Sólo es más patético.
Quentin: me pones enfermo Worth.
Worth: yo también me pongo enfermo. Los dos somos partes del sistema. Yo proyecté la caja y tú hacías la ronda. Es como dijiste: baja la cabeza, simplifícalo todo y sólo mira lo que tengas delante porque nadie quiere ver todo el cuadro. La vida es complicada. En fin, la razón por la que estamos aquí es que todo está descontrolado.
Holloway: ¿Así es como estropeamos el mundo?
Leaven: Vamos, ¿qué dices? Acaso habéis esnifado pegamento toda la vida. Siento que soy culpable por estropear el mundo desde que tenía siete años. Dios, si necesitas culpables lanza la primera piedra.
Worth: me siento mejor.
Holloway: por eso te has quedado, para confesarte.
Worth (mirando a Quentin): ¿sigues buscando algún culpable?”
Inmediatamente después Quentin golpea repetidamente a Worth. El desorden, el caos de nuestra forma de ser, el descontrol de nuestro estilo de vida, acaban paradójicamente, por crear una máquina sumamente sofisticada. Al final, el cubo que llevaba a la salida es el cubo en el que estaban al principio (ya que los habitáculos se mueven). ¿La solución del puzzle estaba en no hacer nada (muerte del deseo, filosofía oriental)? ¿O en la sempiterna vuelta al origen?
Nota: la película tiene dos secuelas, pésimas ambas. Sólo aptas si eres fan de la serie B o por mera curiosidad.
La historia de los efectos especiales es la historia de nuestra memoria visual, es la historia de lo que nos maravilló y que ahora nos parece ridículo, de los límites que nuestra percepción fue superando, de las conquistas de una imaginación inagotable, la historia de nuestra forma de ver, de mirar, de prestar atención a unas cosas e ignorar otras. ¿Acaso quizá esa es la única historia? ¿No es la historia que nos han contado una historia de los efectos especiales?
Fuente: Blog de Art Futura

SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA NO LEAS EL ARTÍCULO.
Es curioso como uno de los mayores defensores del movimiento DOGMA 95 comience su última película con un cuidadísimo montaje en blanco en negro (aquí muy poco del mareante cámara en mano y del solamente sonido ambiental). Y es que lo mejor de esta película es su preciosista estética, gran trabajo del director de fotografía Anthony Dod Mantle. Von Trier sale de dos años de depresión desahogándose con un thriller psicológico sin grandes pretensiones argumentales en el que retrata con crudeza el mundo del miedo y la desesperación.
Mientras la pareja protagonista, formada por los soberbios Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe, hacen el amor apasionadamente, su pequeño hijo se tira por la ventana. Ella no puede superar la pérdida, así que dado que él es terapeuta, comienza a tratarla. Uno de los pasos de la terapia será volver a Edén, una tétrica y maltrecha cabaña perdida entre frondosos e inhóspitos bosques para que ella se enfrente a sus miedos.
Después de un largo tiempo de tedioso y aburrido tratamiento psicológico (que Von Trier bien se podría haber ahorrado) en el que vemos al personaje de Defoe como la representación de la ciencia y de la razón, del intentar que nuestros sentimientos no distorsionen nuestra visión objetiva de la realidad, comienza lo bueno: la aparición del mal, del Anticristo. En un determinado momento, mientras observa unas fotos de su fallecido hijo, se da cuenta de que el niño siempre llevaba los zapatos puestos al revés (el izquierdo en el derecho y viceversa) lo cual causó una deformación que constaba en su autopsia. Ese es el fatal descubrimiento: su mujer no es que tenga un problema psicológico, es que es mala, es el mal mismo. La naturaleza, Edén, que desde el principio se nos presenta como la fuente del mal que la ataca (la cocina de Satanás), no es que la ataque, sino que se focaliza en ella: la naturaleza malvada se expresa a través de la naturaleza femenina (no me extraña que acusen a Von Trier de misónigo, más cuando la escena final de la película, en la que llegan miles de mujeres a Edén, universaliza esta maldad en todas las mujeres). Y aquí surgen todas las referencias medievales al mundo de las brujas: el ciervo con su feto muerto a colgando, el zorro que se devora a sí mismo o el sempiterno símbolo del terror romántico: el cuervo. La racionalidad de un terapeuta no puede superar el sinsentido del caos que está por venir, quizá expresión del clásico miedo humano a lo inexplicable, a lo supraracional. Y entonces sólo queda la lucha por la supervivencia, los instintos, el cazador y la presa, el sacrificio humano (aquí hay algún matiz que recuerda a Misery).
Es interesante esta visión romántica de la naturaleza: temible, inmensa, acechante, inconmensurable, me recuerda al Corazón de las tinieblas de Joseph Conrad; una naturaleza que devora el alma de la mujer como a la Ofelia de Millais (en el trailer se ve claramente la referencia) y supera la razón ilustrada de la psicología cognitiva del protagonista (pretendidamente antifreudiana); una naturaleza viva, guiada por una intencionalidad intrínseca que se mantiene oculta y que se expresa siempre mediante símbolos que hay que descifrar (es lo opuesto a la naturaleza geométrica de Galileo que, aunque hay que descifrarla, cuando se consigue, es más clara que al principio. Las matemáticas son más reales que lo real). En términos psicoanalíticos, es la naturaleza del ello: onírica, arracional (o como mínimo, con una lógica distinta a la racional), instintiva, animal, atemporal y sin espacio delimitado.

Por lo demás, la cinta es pura provocación (lo cual creo que es más que suficiente para verla. Creemos que hemos visto tanto que ya nada nos impresiona. Von Trier nos hará salir del error): sexo explícito, eyaculaciones sangrientas, una autocliterectomía vista con todo lujo de detalles, un zorrillo que se come sus propias tripas… Es probable que la película no guste, pero seguro que impactará.
Nietzsche nos dejó uno de los imperativos morales más hermosos de la historia de la filosofía:
“No anhelar distantes venturas ni bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad”
Es precioso. Tienes que amar tanto la vida, amar tanto cada segundo que pasa de tu existencia, que desearías repetirlo infinitas veces. Hay que tener en cuenta lo terrible que tiene que ser repetir algo infinitas veces, debe ser el auténtico infierno. Pues tienes que quererte tanto que no te importe eso, es más, tu amor será tan grande que lo desearás, desearás la eterna repetición de tu vida. Eso es vitalismo y todo lo demás son comedias. ¿A alguien se le ocurre un mandato más poderoso, una celebración más alta de la vida?
Pero, ¿y si llegara el ocaso y te dieras cuenta de que no has vivido? ¿Y si el último día de tu vida te dieras cuenta de que no deseas su eterna repetición? Pues eso le pasa a Josef Breuer…
No he visto la película, pero quizá esté bien.
Esos queridos años 80 y los albores de los efectos especiales digitalizados… Es curioso que la película no se llevara el Óscar a los mejores efectos especiales porque se pensaba que utilizar efectos diseñados por ordenador era hacer trampas.
Ver también: Mi viejo ZX Spectrum
No he podido resistirme a hacer mención a la celebérrima escena de la mejor película de ciencia-ficción de todos los tiempos (con el permiso de Kubrick). Tenemos a Roy Batty (Rutger Hauer), un Nexus 6, un replicante, una copia de ser humano fruto de la bioingeniería, creado para ser más perfecto que el hombre pero con un grave defecto: una fecha de caducidad de cuatro años. Es artificial, no tuvo infancia así que no tiene padre ni madre, ni pasado ni recuerdos, pero hay algo en él que lo hace humano: su deseo de tener una auténtica vida, de no ser efímero, de que sus vivencias no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. ¿Acaso no se pierden así las de todo ser humano? ¿Acaso no es esa la tragedia de la condición humana?
Por otro lado tenemos a Rick Deckard (Harrison Ford), un Blade Runner, es decir, un eliminador de replicantes, un policia “especial” contratado para estos menesteres. ¿Es Rick Deckard un asesino? Desde mi juicio no tengo duda de que sí. De forma contradictoria, la película pone a los buenos en lugar de malos y viceversa o, como mínimo, en ambos hay ambivalencia. Roy es un lobo que juega con su presa en la memorable lucha final con Deckard y asesina sin piedad a Tyrell o a Sebastian, pero busca lo que cualquiera desearía: sobrevivir. Y lo busca con tanta fuerza (seguramente que el instinto de supervivencia es la fuerza motivadora más grande que hay en cualquier ser) que, sabiéndose muerto, salva la vida de su asesino. Paradójicamente, el ser artificial es mucho más humano que el humano (igual que en la IA de Spielberg). Es una escena preciosa que no me canso de volver a ver (desde aquella primera vez que la vi, en una cinta de video a principios de los noventa).
Otra magnífica escena de la película es el asesinato de Tyrell. Roy busca a su creador para que le alargue la vida. Tyrell es el buho de Minerva, la sabiduría, el ser humano que juega a ser Dios y que, al final, su creación se vuelve contra él, cual revisión del moderno Prometeo de Mary Shelley. ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho? Roy quiere vivir más pero su creador le dice que eso es imposible. Él fue creado para ser perfecto y “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”. Roy se arrepiente de sus pecados, se confiesa ante su padre y después lo mata. “No haré nada por lo que el Dios de la biomecánica me impida entrar en su cielo”. El Dios de la biomecánica, el Dios de los replicantes, no el Dios de los humanos, que no es el mío. Así se pasa por las tres fases nietzscheanas para llegar al superhombre: el camello que carga con la culpa, el león que mata a Dios y, luego el hombre libre que mira al cielo, que sabe que es libre por primera vez. Roy es el superhombre, el siguiente escalón de la evolución que tiene que eliminar a su creador para crecer. Nace una nueva era, al igual que en el final de la Odisea Espacial de Kubrick.
A pesar de que la película me pareció mediocre, esta escena siempre me ha gustado. Más que por el mensaje que dice, por el ambiente cinematográfico que envuelve al discurso. Me imagino a Bertrand Russell o al mismo Wittgenstein, dando clases en Cambridge al mismo estilo de John Hurt… Ay, ¿quién los hubiera tenido de profesores?











