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Recomiendo a todo el mundo que vaya  a ver Avatar, especialmente si puede verla con gafas 3D.  Cuando salí del cine me sentí afortunado de vivir en esta época, de tener la posibilidad de ver cosas que nadie hasta ahora habría soñado ver. Los efectos visuales de esta película son una de esas cosas. Pero no sólo unos efectos digitales inauditos, sino la imaginación que ha generado las imágenes, los paisajes, las diversas y originales especies vegetales y animales que pueblan la cinta… Es el gran espectáculo del cine.

Sin embargo, aparte de esa calidad visual que ya hace que la película sea altamente recomendable, me preocupó cierto aspecto de la moraleja que transmite. El argumento no es nada nuevo ni original. James Cameron nos muestra la clásica historia del malvado hombre blanco ávido de poder y riqueza en contra de una tribu de buenos salvajes (esta vez alienígenas). El codicioso humano tiene una tecnología bélica muy superior, pero, a nivel global, carece de sabiduría: estamos ante la clásica distinción entre razón instrumental (propia del hombre blanco) y comprensión o sabiduría (propia del buen salvaje). Así, aunque el hombre tiene naves espaciales y misiles y su rival sólo flechas, la tribu es más sabia, tiene una comprensión superior de la naturaleza que le lleva a una comunión total con ella (ese es el mensaje ecologista de la cinta), mientras que el humano sólo busca explotarla para sus beneficios egoístas.

Parte de este mensaje está bien. Todos sabemos ya (aunque después de Copenhage parece que aún no) que nuestro modelo económico e industrial de explotación del ecosistema no va a ningún sitio y, desde el Siglo XIX, también somos conscientes de las miserias del colonialismo etnocéntrico e imperialista que llevaron a cabo las potencias europeas sobre las naciones periféricas. Y, precisamente, la visión del hombre blanco que da Cameron es la del hombre del Siglo XIX. Ya hemos aprendido la lección, por lo menos a nivel teórico.

Sin embargo, la parte que no me gusta del mensaje es lo que Steven Pinker llama el mito del buen salvaje.  Una visión antropológica muy aceptada hoy en día está inspirada en la célebre tesis de Rousseau: el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Así, los nativos del planeta Pandora en Avatar, serían fundamentalmente buenos, representantes de ese estado natural previo a la llegada del hombre occidental. Será esta suposición, esta creencia injustificada en la bondad de los pueblos diferentes al nuestro, lo que acaba por llevar al relativismo cultural y, en consecuencia, a la imposibilitación de toda crítica a esas culturas, en Avatar, llegando a postular su superioridad cultural respecto a los valores occidentales (o, como esperamos que todo el mundo entienda, a una caricatura decimonónica de ellos). Todo este planteamiento es un profundo error. Veámoslo en un texto del mismo Pinker:

“En los pueblos preagrícolas, no es extraño que un tercio de los hombres mueran a manos de otros hombres, y que casi la mitad de los hombres hayan matado a alguien. En comparación con las prácticas bélicas modernas, la movilización primitiva es más completa, las batallas son más frecuentes, el número de víctimas es proporcionalmente mayor, menor el número de prisioneros y mayor el daño producido por las armas. Incluso en las sociedades más pacíficas de cazadores recolectores, como los Kung San del desierto del Kalahari, la tasa de asesinatos es parecida a la que podemos encontrar en junglas urbanas americanas modernas como Detroit. En su búsqueda de universales humanos a través de los registros etnográficos, el antropólogo Donald Brown incluye entre los rasgos documentales en todas las culturas el conflicto violento, la violación, la envidia, la posesividad sexual y los conflictos intragrupales y extragrupales.”

La violencia es un universal antropológico, insertado en las profundidades de nuestro genoma. En este sentido, Hobbes tendría razón con respecto a Rousseau: somos malos o, como mínimo, tenemos una tendencia evidente al mal. No existe el buen salvaje, no hay una bondad natural precultural. Pero es que ni siquiera existe ser humano sin cultura, sino que naturaleza y cultura siempre se dan a la par. Y no toda cultura es perversa y esclavizadora, sino que habrá culturas peores y otras mejores, y, a fortiori, las culturas que entenderíamos de modo etnocéntrico como “salvajes” (periféricas o anteriores a la actual cultura occidental), suelen ser peores a la occidental en muchísimos aspectos (y por ello tenemos la responsabilidad moral de criticarlas): tiránicas con respecto a su sistema político, alentadoras de la guerra y de la injusticia social, supersticiosas, machistas…

Me gustaría que, por una vez, entendiéramos la idea de progreso o de civilización occidental en su justa medida, o que comenzáramos a generar nuevas imágenes del hombre blanco, menos ancladas en visiones ya superadas como la que aparece en Avatar.

Es sumamente esclaredora la distinción que hace Pascual entre espacios públicos y espacios institucionales.

El espacio público ha de entenderse como el lugar en el que cualquier persona pueda expresar libremente su opinión o creencia sobre cualquier tema (siempre que esa opinión no dañe a otros: no toleraremos a los intolerantes).  Una procesión de Semana Santa, la cabalgata del día del orgullo gay o la manifestación por la defensa del chorizo de cantimpalo son legítimas en tanto que manifestaciones expresadas en espacios públicos (si bien cabrían debates sobre, hasta que punto,  las determinadas creencias son tolerantes o no con otras creencias).

Sin embargo, el espacio institucional es distinto. Unos juzgados, un colegio o un hospital son instituciones que, como tales, representan al Estado y, por lo tanto, han de expresar los valores del mismo. No creo que estos espacios deban representar una neutralidad valorativa ya que, hasta cierto punto, es imposible (el vacío simbólico ya es un símbolo) y porque no creo que el estado deba ser neutro, por lo menos en muchos aspectos. Nuestro Estado es aconfesional, lo cual no quiere decir que esté en contra de cualquier religión, sino todo lo contrario: que las protege a todas  (habitualmente de sí mismas. Los ilustrados que defendieron el laicismo no eran mayoritariamente ateos). El hecho de que en un colegio público las aulas estén presididas por crucifijos expresaría que esa institución representa los valores cristianos, por lo que iría en contra de la aconfesionalidad del Estado. Un colegio debe expresar la protección de cualquier confensión religiosa, no  la preferencia ninguna en particular; y un colegio ha de expresar la separación entre Iglesia y Estado propios del laicismo.

Y es que hay que dejar claro que el laicismo es la mejor herramienta para garantizar la libertad religiosa, la expresión pública de cualquier religión. El laicismo no elimina las religiones sino que las protege a las unas de las otras (más que del ateísmo) y a los demás de todas ellas.

Los espacios institucionales deben expresar las reglas del juego, los valores que han posibilitado el Estado de Derecho, lo que todos tenemos en común (el proyecto común que  es cualquier sistema político legítimo) y no lo que nos diferencia. De éste modo, parece deseable que en un aula estén presentes cosas como una Constitución o la Carta de los Derechos Humanos, un poster del Congreso de los Diputados o de Gandhi, etc. porque eso es lo que realmente representa el Estado y, por lo tanto, sus instituciones. En este sentido, el espacio público será un lugar para la expresión de la diferencia y el institucional para la expresión de la igualdad.

¿Qué pasaría con los colegios e institutos concertados? El dilema está en que, al ser parcialmente públicos, deberían también representar, al menos en parte, el laicismo estatal. ¿Deberían entonces quitar los crucifijos de sus aulas? No, debido a esa parte privada que no tiene por qué representar al Estado. En su ideario, un colegio concertado nunca podrá ir en contra de los principios institucionales que lo hicieron posible (nunca se podría ir en contra de los Derechos Humanos o de los valores democráticos, por ejemplo), pero sí podrá mantener una determinada línea ideológica. De este modo se garantiza el derecho de los padres a que sus hijos reciban una educación en los valores que a ellos les plazcan sin que por ello se dañe el laicismo institucional.

¿La religión debe seguir siendo una asignatura en los colegios públicos? No como se ha impartido hasta ahora. Es evidente que para entender la historia de Occidente es muy necesario tener conocimientos de cristianismo, pero no ser creyente. Una historia de las religiones o una historia del cristianismo podría ser deseable, pero no una Religión Católica impartida como religión verdadera. Sin embargo, siendo un país de mayoría católica… ¿no sería antidemocrático prohibir lo que es deseo de la mayoría de los padres para sus hijos? Aquí entraría el debate acerca de los límites de la democracia: ¿sería legítimo exterminar a los judíos si elegimos hacerlo democráticamente? Aunque la elección de los padres sea democrática, estamos yendo contra el laicismo como uno de los principios que consolidaron el sistema democrático como tal. Yo creo que es muy peligroso tocar las reglas del juego (y más tomar decisiones contra ellas), por lo que sólo debería hacerse con un consenso muy solido. Así, romper con el laicismo institucional del sistema educativo dando la asignatura de Religión Católica como religión verdadera debería hacerse tras un consenso casi unánime de todas las fuerzas políticas y sociales (consenso que no existe hoy en día a pesar de que la asignatura se imparte).

Leo en Imposturas intelectuales de Sokal y Bricmont el siguiente caso:

“Meera Nanda, una bioquímica india que ha militado en los movimientos de “ciencia para el pueblo” en la India y que actualmente estudia sociología de la ciencia en los Estados Unidos, relata la siguiente historia a propósito de supersticiones tradicionales védicas que rigen la construcción de los edificios sagrados y que están destinadas a potenciar al máximo la “energía positiva”. A un político indio que estaba metido en grandes dificultades le advirtieron

que sus dificultades desaparecerían si entraba en su oficina, por una puerta orientada hacia oriente. Sin embargo, aquel acceso estaba bloqueado por un barrio de chabolas y era imposible atravesarlo en automóvil. De ahí que ordenara la demolición del barrio“.

¿No nos previene el ejemplo contra realizar propuestas ligadas a creencias religiosas en el Tercer Mundo? ¿No se nos asemeja el asunto en algo a las “políticas sociales” contra el uso del preservativo y a favor de la abstinencia? ¿No recuerda el caso a la negación de las transfusiones de sangre o al rechazo a la investigación con células madre?

Siguiendo un prejuicio antropomórfico, siempre hemos pensado que la inteligencia era algo propio de una entidad única, individual y de una enorme complejidad. De aquí que los proyectos de AI siempre hayan ido enfocados a generar supercomputadoras, capaces de manejar muchísima información a gran velocidad. Pero, ¿y si esa no fuera la idea? ¿Y si no hay que buscar una única entidad superinteligente sino algo distinto?

Como en tantas otras ocasiones, mirando a la naturaleza aprendemos de ella (es lo que llamamos modelos de computación bioinspirados). Si observamos las grandes colonias de animales sociales como las abejas, termitas u hormigas,  comprobamos que, como individuos, cada uno de sus miembros es muy estúpido, sigue patrones algorítmicos muy sencillos; sin embargo, como colonia, como grupo, su conducta es mucho más inteligente. Una hormiga por sí sola no puede defender la colonia o alimentar a la reina, pero muchas de ellas en colaboración sí. Vale, pero nuestras sociedades humanas consiguen grandes proezas al colaborar y trabajar en equipo, ¿dónde estaría entonces lo novedoso? Que nuestra forma de gestionar los grupos suele ser jerárquica: existen líderes, supervisores que comprueban el funcionamiento del todo, que lo dirigen y re-dirigen hacia sus objetivos.  En las colonias de insectos, por el contrario, no existen supervisores, no existe nadie que gobierne el sistema. La consecución de los objetivos surge como propiedad emergente, como sinergia del funcionamiento independiente de cada una de las partes. Además, curiosamente, los objetivos conseguidos son espectacularmente inteligentes.

Muchos robots tontos hacen uno listo

La comparación con el cerebro y la conciencia parece obligada. Una neurona tiene un patrón de comportamiento muy simple, pero millones de ellas funcionando simultáneamente pueden generar conducta inteligente, e incluso conciencia. Además, introducir en la robótica el concepto de simultaneidad es superar una de las diferencias fundamentales entre máquinas y cerebros. Nuestros ordenadores, a pesar de su increíble velocidad, sólo realizan una acción a la vez, lo que constituye una gran pérdida de potencia. ¿No conseguirán hacer cosas más potentes millones de pequeños procesadores que sólo uno muy rápido? Nuestro cerebro es mucho más lento que un procesador pero procesa muchísima más información.

El objetivo de la investigación estaría en estudiar qué propiedades emergentes se consiguen a partir de combinaciones de patrones de actuación simple, entender el comportamiento de los “enjambres” o “masas” de individuos en cuanto a tales a partir del comportamiento sencillo de sus individuos al asociarse. De hecho, ya se está utilizando este modelo para estudiar el origen de la cultura. Y en robótica, eso es lo que están haciendo en el Proyecto Symbrion: microrobots que forman diversos macrorobots sin perder su identidad micro (Esto además, les de una enorme versatilidad que no tendrían siendo piezas estáticas de un macrorobot).  Entramos en la era de los robots sociales.

También puede resultar muy interesante utilizar este modelo para explicar eventos sociales. Nuestras sociedades son conjuntos de muchos individuos operando, lo cual crea, del mismo modo, propiedades sistémicas o emergentes no previstas al analizar el comportamiento individual de modo aislado. Quizá uno de los grandes problemas de nuestro mundo es que dichas propiedades ocurren sin ser previstas ni controladas por las autoridades (deterioro medioambiental, crisis económica…). Y quizá es que nuestro modelo de gobierno no debe ir encauzado a controlar todos los sectores del sistema (absolutamente inabarcables), sino sólo a coordinarlos para conseguir las consecuencias emergentes deseables. Más que dirigir parte por parte, estudiar la comunicación entre ellas, sus formas de interactuación ¿Una inteligencia de enjambre no habría de llevarnos a una política de enjambre?

En la asignatura de Ética y Ciudadanía mando a mis alumnos leer Rebelión en la granja de George Orwell. Allí, dos cerditos se hacen con el poder de una granja y, en pro de una utopía socialista, acaban por construir una terrible dictadura. La verdad es que la similitud entre el hombre y el cerdo es notoria: compartimos gran parte del genoma, podemos transplantarnos órganos mutuamente, contagiarnos gripes y, sobre todo, nos gusta revolcarnos en la mierda (tanto en sentido literal como espiritual) y comer hasta reventar… Quizá es por eso por lo que tanto Orwell como Radiohead han tomado a este animalito como la mejor metáfora del hombre.

He tenido el displacer de leer lo más salvaje, iletrado y lamentable que puede leerse a día de hoy en la blogsfera. En este post el señor sacerdote murciano José Gil Lorca afirma que el proyecto de ley aprobado por el gobierno brasileño para la defensa de los homosexuales es terrorismo ideológico de Estado pro-gay que pretende imponer el estilo de vida gay. Es decir, aprobar una ley en defensa de los homosexuales nos va a convertir en homosexuales a todos los heteros (¿pero la homosexualidad no era algo que no podía elegirse? ¿Si me esfuerzo mucho acabarán por gustarme los hombres?) Lo más tristemente gracioso es que él mismo pone en el post algunos de los puntos que trata la ley, concretamente, acciones que van a ser sancionadas legalmente y que el señor cura ve, consecuentemente, muy mal que se sancionen (pego directamente del post de José Gil):

Se sanciona también:

-impedir o prohibir el ingreso de homosexuales a cualquier lugar, público o privado, abierto al público, (de uno a tres años de reclusión)

-negar, impedir, retardar o excluir el empleo o la promoción jerárquica o profesional de homosexuales, en cualquier nivel del sistema educativo, público o privado (de uno a tres años de reclusión).

-impedir o restringir las expresiones o manifestaciones de afectividad entre homosexuales en locales públicos o privados abiertos al público; se tendrá como delito también retirarse de un lugar público como rechazo a esas manifestaciones de afecto homosexual (de dos a cinco años de reclusión).

-prohibir la libre expresión de afectividad de los ciudadanos homosexuales, bisexuales o transgéneros, incluso en las escuelas (de dos a cinco años de reclusión).

-rescindir un contrato de trabajo -incluido el trabajo doméstico- a causa de la orientación sexual; (fuentes de Brasil destacan que una familia no podría prescindir de una niñera lesbiana, aunque ésta pervierta a sus hijas).

-impedir el ingreso de homosexuales en hoteles, moteles, pensiones, etc.; impedir la compra o alquiler de propiedades a parejas de homosexuales.

¿A alguien en su sano juicio no le parece que cualquiera de estos actos ES LÓGICAMENTE SANCIONABLE? O ¿ALGUIEN VE BIEN QUE NO SE LE DE TRABAJO A UN GAY O QUE NO SE LES DE HABITACIÓN EN UN HOTEL?

Es decir, cristianos del mundo, no den trabajo a los gays, no les dejen pasar a los lugares públicos y… dónde va a parar, a la privacidad de sus casas. Si ven a dos gays por la calle besándose, denúncienlos, ya que están haciendo algo malo e ilegal… Si no lo hacen, ya saben, son terroristas pro-gays…

¡QUÉ VERGÜENZA LAMENTABLE!

Da igual lo que os paráis la cara, Bolonia saldrá sí o sí. ¿Desde cuándo una manifestación ha cambiado algo?

Es un síntoma bastante malo de nuestra joven democracia la naturalidad con la que la sociedad ha aceptado ver a los políticos mintiendo descaradamente para defender sus intereses partidistas como algo tan normal que ya no llama la atención. La política ha pasado a ser como la publicidad. Vemos un anuncio y sabemos que nos está mintiendo pero no nos importa. Por comprar el desodorante AXE no voy a acostarme con supermodelos ni por utilizar una crema antiarrugas voy a parecerme a ellas. Lo sabemos pero entendemos que así es la publicidad y no pasa nada. Lo malo es cuando en la política llega a pasar lo mismo.

Para medir el número de personas que acuden a una manifestación suele utilizarse el siguiente método: se calculan los metros cuadrados de superficie de las calles por las que pasa la manifestación y, en función de la densidad del tráfico de personas calculado a partir de fotografías aéreas, cámaras y técnicos situados en puntos estratégicos, se asignan de uno a cuatro manifestantes por metro cuadrado. Haciéndolo medianamente bien pueden tenerse unas estimaciones con un grado de error razonable.

Sin embargo, hoy leo en EL PAÍS el artículo sobre las manifestaciones antiaborto de Madrid y compruebo, ya con la sonrisa torcida de quien sabe qué se va a encontrar, las estimaciones que hace cada parte del número de manifestantes. Según la organización, MEDIO MILLÓN de personas, mientras que según la policía y la SER, ¡¡¡ tan sólo DIEZ MIL !!!. Antes, solía decirse que para tener una cifra aproximada se hiciera un promedio entre lo que decía la organización y lo que decía la policía. Si la organización decía 80.000 y la policía 40.000, sería probable que hubieran unas 60.000 personas.

Pero cuando el grado de mentir por mentir llega a estos extremos, esa regla ya no vale… ¿qué promedio puede hacerse entre 500.000 y 10.000? Son cifras absolutamente dispares, mentiras intencionadas, puras y duras. La organización dice que han ido cincuenta veces más personas que la policía… No ya el doble o el triple… ¡¡¡cincuenta veces más!!! Es la diferencia entre que a mi casa haya venido a verme un único amigo  y  que  haya montado el superfiestón del año ¿Y esta gente duerme tranquila sabiendo que está mintiendo de forma tan descarada como ridícula?

Casualmente he encontrado en YouTube este video. Recuerda bastante a un capítulo del NODO. Da qué pensar en dos sentidos:

1. ¿Cómo sería ahora Europa si Alemania hubiese ganado la guerra? Como juego intelectual es divertido pensar cómo sería un orden mundial sin democracias liberales…

2. ¿Qué es lo que realmente hay de verdadero en lo que nos han contado? La figura de Hitler es de las más vilipendiadas de la historia. A cualquier persona que le preguntes con quién te encontrarías en el infierno, siempre saca a Hitler entre los dos o tres primeros (junto a Jack el destripador o Charles Manson). Y sí, parece que Hitler metió a Europa en la guerra más mortífera de la historia y se cepilló a seis millones de judíos… Pero, también si miras en otros bandos… Stalin deportó a los campos siberianos a millones de personas… y, bueno, Truman, mandó lanzar dos bombas atómicas sobre dos ciudades llenas de población civil… las ciudades alemanas fueron bombardeadas sistemáticamente en los últimos momentos de la guerra… A veces dudo de si los malos son tan malos como los pintan y los buenos tan buenos… El ejemplo claro está en Sadam Hussein. ¿Era el tirano más malvado de todo Oriente Medio? Arabia Saudi es un país amigo de Occidente cuyo sistema es igual o menos democrático si cabe que lo era el irakí. ¿Su rey, Abdalá Bin Abdelaziz, no es un terrible tirano? ¿Hasta que punto están manipulados los medios? Y lo peor, ¿hasta que punto nuestros esquemas conceptuales están ya marcados por esa visión manipulada que han querido inculcarnos?

El Maquinista


( Perfil de Facebook de Santiago Sánchez-Migallón )
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