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La historia de los efectos especiales es la historia de nuestra memoria visual, es la historia de lo que nos maravilló y que ahora nos parece ridículo, de los límites que nuestra percepción fue superando, de las conquistas de una imaginación inagotable, la historia de nuestra forma de ver, de mirar, de prestar atención a unas cosas e ignorar otras. ¿Acaso quizá esa es la única historia? ¿No es la historia que nos han contado una historia de los efectos especiales?
Fuente: Blog de Art Futura
Fuente: Blog de Art futura

José Cadalso nos obsequió con la obra más representativa de la tristemente fallida ilustración española: Cartas marruecas (1789). Vamos a recoger aquí algunos fragmentos para ver su sorprendente actualidad:
“Son muchos millones de hombres que se levantan muy tarde, toman chocolate muy caliente, agua muy fría, se visten, salen a la plaza, ajustan un par de pollos, oyen misa, vuelven a la plaza, dan cuatro paseos, se informan en qué estado se hallan los chismes y hablillas del lugar, vuelven a casa, comen muy despacio, duermen la siesta, se levantan, dan un paseo al campo, vuelven a casa, rezan el rosario, cenan y se meten en la cama (Carta LXXXV)”.
¿No es esto lo que hoy denominamos como vivir del cuento? ¿Y no es esto, en el fondo, a lo que aspiran millones de españoles, nuestro “sueño español”? ¿No se entronca esto muy bien con el espíritu de la picaresca y con el mundo de los “señoritos”?
“El atraso de las ciencias en España en este siglo, ¿quién puede dudar que proceda de la falta de protección que hallan sus profesores? Hay cochero en Madrid que gana trescientos duros, y cocinero que funda mayorazgo; pero no hay quien no sepa que se ha de morir de hambre como se entregue a las ciencias [...] Los pocos que las cultivan son como los aventureros voluntarios de los ejércitos, que no llevan paga y se exponen más. Es un gusto oírles hablar de matemáticas, física moderna, historia natural, derecho de gentes, antigüedades y letras humanas, a veces con más recato que si hicieran moneda falsa. Viven en la oscuridad y mueren como vivieron, tenidos por sabios superficiales [...] Pero yo te aseguro, Ben Beley, que si señalasen premios para los profesores, premios de honor o de interés, o de ambos, ¡qué progresos no harían! Si hubiese siquiera quien los protegiese, se esmerarían sin más motivo positivo; pero no hay protectores (Carta VI)”.
La falta de apoyo tanto institucional como privado al desarrollo de las ciencias y a los intelectuales en general no es una novedad de nuestros tiempos. Que España es un país con una larga tradición antiintelectual no es más que una triste certeza.















