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Cuál fue mi sorpresa cuando en El Origen del Hombre leo a Darwin:
“Creo ocioso consignar que esta cuestión es completamente distinta de otra de orden más elevado: la de saber si existe un Creador y Director del Universo, cuestión resuelta ya afirmativamente por las más privilegiadas inteligencias que ha habido en el mundo”
¡Virgen del Camino Seco! ¡Darwin creyente! Es más, ¡dando la cuestión de la existencia de Dios por resuelta! Sin embargo, pronto nos encontramos con otros textos en los que esta horrible visión se enfoca de manera opuesta. En los fragmentos de la Autobiografía de Darwin que nos ofrece su hijo Francis escribe:
“Reflexionando sobre la necesidad de disponer de evidencias claras como requisito para que cualquier hombre en su sano juicio creyera en los milagros sobre los que está sustentado el cristianismo y en que cuanto más sabemos acerca de las leyes fijas de la naturaleza más increíbles resultan los milagros; en que los hombres de aquellos tiempos eran ignorantes y crédulos en unos niveles que hoy en día nos resultan incomprensibles; en que es imposible demostrar que los Evangelios fueran escritos al mismo tiempo que los acontecimientos que describen; en que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes a mi entender, como para que dichos detalles sean admitidos como las imprecisiones habituales de los testigos presenciales; a través de reflexiones de este estilo, que enumero no por ser de novedad o tener algún valor, sino porque a mí me influyeron, llegué gradualmente a descreer del cristianismo como revelación divina. Y tuve también en cuenta el hecho de que muchas religiones falsas se hayan extendido como un fuego incontrolado sobre grandes regiones de la tierra”
Y es que Darwin era, ante todo, un científico que no se interesaba por cuestiones teológicas. Leyendo algunas de sus reflexiones sobre el tema, da la impresión de que la existencia o no de Dios le trae sin demasiado cuidado. Así, mientras su pensamiento científico avanzaba y se hacía un hombre más maduro, fue perdiendo su inicial creencia teísta sin darle al asunto más importancia (más bien va fluctuando como muestra la cronología de los textos expuestos: El Origen del hombre se publica en 1871 mostrando a un Darwin teísta mientras que en los otros textos de 1860 y 1876 se muestra falto de creencia). Cuando desarrolló el concepto de selección natural y negó cualquier teoría del diseño, su fe terminó por erosionarse, si bien nunca se definió como ateo, sino simplemente como agnóstico. En una carta a Asa Gray de julio de 1860, escribe:
“Una palabra más sobre “leyes diseñadas” y “resultados no diseñados”. Veo un pájaro que quiero para comer, cojo mi escopeta y lo mato, lo hago diseñadamente. Un hombre bueno e inocente se encuentra bajo un árbol y muere como consecuencia de un rayo. ¿Cree usted (y la verdad es que me gustaría oírlo) que Dios mató a ese hombre diseñadamente? Muchas o la mayoría de las personas así lo creen; yo no puedo y no lo creo. Si así lo cree usted, ¿piensa que cuando una golondrina se zampa un mosquito lo hace porque Dios diseñó que esa golondrina en particular se zampara ese mosquito en particular en ese momento en particular? Creo que el hombre y el mosquito se encuentran en la misma situación apurada. Si la muerte del hombre y del mosquito no ha sido diseñada no veo motivos para creer que su primer nacimiento o producción tuviera que estar necesariamente diseñado”
Y concluimos dejando el asunto claro con otro fragmento para su Autobiografía de 1876:
“No puedo pretender arrojar la mínima luz sobre problemas tan abstrusos como éstos. El misterio del origen de todas las cosas es irresoluble para todos nosotros, y yo debo contentarme en permanecer agnóstico”
“A menudo decía que era imposible ser buen observador sin ser a la vez un teórico activo. Esto me devuelve a lo que he dicho antes sobre su instinto para captar las excepciones: era como si estuviese cargado de un poder teorizador dispuesto a fluir hacia cualquier canal a la menor alteración, de tal forma que ningún hecho, por pequeño que fuera, podía evitar liberar un torrente de teoría, y en consecuencia la importancia del hecho se magnificaba. Así fue como se le ocurrieron naturalmente muchas teorías insostenibles. Por suerte, su riqueza de imaginación era equiparable a su poder de juzgar y condenar las ideas que se le ocurrían. Era justo con sus teorías; y nunca las condenaba a quedar desatendidas, y era por eso que estaba dispuesto a someter a examen lo que a mucha gente no le parecería merecedor de ser examinado. Eran las pruebas que él calificaba como “experimentos de loco”, y de las que disfrutaba en extremo. Como ejemplo mencionaré que al descubrir que los cotiledones de un determinado tipo de planta eran muy sensibles a las vibraciones de la mesa, pensó que a lo mejor percibían las vibraciones del sonido; en consecuencia me colocó junto a una planta y me hizo tocar el fagot”.
En Recuerdos de la vida cotidiana de mi padre de Sir Francis Darwin
Una concepción dogmática y absolutista del desarrollo de la ciencia tiende a ver las teorías científicas como algo terminado, estático, inamovible; como si el científico que las idea las generara en un tiempo pero luego las dejara acabadas para siempre (O ni siquiera eso, el mito de Newton y la manzana es una muestra de falsa idea de cómo nace una teoría científica. Los Principia de Newton no son fruto de un “manzanazo” sino de años de dura investigación). Así, si hablamos de paradigmas, solemos entender el paradigma aristotélico, el newtoniano y el einsteniano como tres grandes totems, corpus de doctrinas perfectamente ensambladas. Cuando empezaron a caer, uno imagina que una serie de evidencias experimentales corroyeron sus cimientos hasta que se derrumbaron de una sola vez como un edificio al ser demolido. Parece que uno se acuesta aristotélico y a la mañana siguiente ya es newtoniano.
Nada más lejos de la realidad. La ciencia, cuando es buena ciencia, se caracteriza por lo móvil. Una buena idea no es la idea que se queda en el trono de la verdad nada más pensarse; una buena idea genera inmediatamente líneas de investigación que vuelven constantemente a revisarla; una buena idea es una visión de futuro, más valiosa por lo que abre que por las soluciones que da. Esa es la diferencia entre la ciencia viva y la ciencia muerta (o la religión).

Y, precisamente, desde el Blog Memecio nos llega un claro ejemplo de ciencia viva. El Origen de las especies de Charles Darwin se gestó durante unos veinte años (imaginemos las vueltas que dieron las ideas en la cabeza de Darwin durante tanto tiempo) y luego tuvo nueve ediciones en las que se corrigieron y matizaron un montón de tesis. El especialista en visualización de datos del MIT Ben Fry (en su Web podréis ver diagramas del código genético, estructura de cromosomas, etc.) nos muestra una visualización de los cambios que Darwin introdujo en las sucesivas ediciones de su gran obra. Además de poder verse los cambios frase por frase, es curioso contemplar como las ediciones aumentan de tamaño (de 140.000 a 190.000 palabras). Y es que Darwin tuvo que responder a muchas objeciones (muchas de ellas bastante lógicas) ya que su pensamiento supuso el comienzo de una gran revolución por lo que, necesariamente, habría de estar inacabado.
Los que argumentan que el darwinismo es una religión autoritaria bien harían en comparar los cambios constantes en el pensamiento de Darwin con la, esta vez sí, quietud totémica de los textos bíblicos. ¿Cuántas veces se ha corregido la Biblia debido a las objeciones planteadas? Sólo quien se cree en posesión de la verdad absoluta no necesita revisarla, sólo quien opera con dogmas y no con hipótesis no necesita pensar sino sólo dar órdenes a su rebaño. En el caso de Darwin, desde luego, la historia no era esa.
Siempre he pensado que somos unos organismos muy feos. Si una raza extraterrestre nos observara seguro que no nos catalogaría en el top 10 de hermosura cósmica. Somos asimétricos, irregulares, blanduchos, rodeados de pelos, sudorosos, llenos de vísceras malolientes… Suelo pensar en las manos, nuestra gran superadaptación, como en lo peor: diez dedos de distintas longitudes que no pueden girarse de modo independiente… parecen amorfos, raquíticos y huesudos tentáculos que se mueven velozmente como patas de cucaracha. Pero si uno observa aun más, encuentra el órgano horrendo y deforme por excelencia: las orejas, esos dos buñuelos arrugados que se abren como alas de coleóptero en algunos desafortunados individuos a los que denominamos como orejas de soplillo. No podría ser de otra manera, las orejas son chapuzas evolutivas, órganos rudimentarios. Darwin nos lo cuenta en El Origen del hombre:
“Los músculos que sirven para mover el aparato externo del oído, y los músculos especiales que determinan los movimientos de las distintas partes pertenecientes al sistema paniculoso, se presentan en estado rudimentario en el hombre. En su desarrollo, o a lo menos en sus funciones, ofrecen variaciones frecuentes. He tenido ocasión de ver un individuo que podía mover hacia delante sus orejas, y otro que podría echarlas hacia atrás. La facultad de enderezar las orejas y moverlas en distintos sentidos, presta indudablemente grandes servicios a muchos animales, que pueden así conocer el punto por donde les amenaza algún peligro, pero nunca he oído hablar de hombre alguno dotado de la facultad de enderezar las orejas, único movimiento que le pudiera ser útil. Toda la parte externa de la oreja, en forma de concha, puede ser considerada como un rudimento, lo propio de los diversos repliegues y prominencias que en los animales inferiores las sostienen y refuerzan, cuando está tiesa, sin aumentar en mucho su peso. Las orejas de los chimpancés y orangutanes son sumamente parecidas a las del hombre, y los guardianes del jardín zoológico de Londres me han asegurado que estos animales no las mueven ni las enderezan nunca; por lo tanto, consideradas en cuanto a sus funciones, se hallan en el mismo estado rudimentario que en el hombre. No sabemos decir por qué estos animales, como los antepasados del hombre, han perdido la facultad de enderezar las orejas. Es posible, aunque esta idea satisface por completo, que poco expuestos al peligro, a consecuencia de su costumbre de vivir en los árboles, y de su fuerza, hayan movido con poca frecuencia las orejas durante un largo periodo, perdiendo la facultad de hacerlo”.
A pesar de que la explicación del porqué de nuestras atrofiadas orejas es lamarckiana, da para pensar un par de ideas. Habitualmente tenemos la impresión del diseño acabado en todo organismo que observamos. Parece que todo en nuestro cuerpo tiene una función clara y delimitada, que está completo, no faltándole ni sobrándole nada. Pues no, hay que intentar comprender nuestro organismo como un conjunto en el que muchas piezas están inacabadas (si no todas si lo pensamos a nivel absoluto), son rudimentarias. Nuestro cuerpo está “a medio hacer”, y el hecho de no poder mover nuestras feas orejas es una prueba más de ello.
En el prefacio de Las palabras y las cosas, Foucault se hace eco de una clasificación de animales recogida de un texto de Borges (“El idioma analítico de John Willkins” en Otras inquisiciones). Borges, a su vez, cita a un tal doctor Franz Kuhn quien cita la clasificación encontrada una “cierta enciclopedia china” titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos (citas dentro de citas dentro de citas, juegos de espejos como en los cuadros de Velazquez, el típico juego de Borges). La clasificación dice así:
“Los animales se dividen en:
a) pertenecientes al Emperador,
b) enbalsamados,
c) amaestrados,
d) lechones,
e) sirenas,
f) fabulosos,
g) perros sueltos,
h) incluidos en esta clasificación,
i) que se agitan como locos,
j) innumerables,
k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello,
l) etcétera,
m) que acaban de romper el jarrón,
n) que de lejos parecen moscas”.
Foucault ve aquí el límite de nuestro pensamiento, aquello que nosotros no podemos pensar. Y es que uno ve la imposibilidad de clasificar nada en esta clasificación. Unos conjuntos se pisan a otros y no existe la universalidad propia de cualquier taxonomía que se precie (un animal que rompa un jarrón o sea embalsamado pasa de un taxón a otro).
En el polo opuesto, tenemos la clasificación por excelencia, el Systema naturae de Carolus Linnaeus. El gran naturalista sueco clasificó las plantas y los animales en reinos, filos, clases, órdenes, familias, géneros y especies, con sumo cuidado de que cada conjunto fuera un compartimento estanco en el que ningún elemento de otro pudiese asomarse. Utilizó asimismo la nomenclatura binomial, en la que se cita el género y la especie, lo general y lo específico, dando nombres y apellidos precisos a todas las especies conocidas. ¿Qué criterios utilizó para distinguir unas especies de otras? Estrictamente naturales, y aquí estuvo su gran aportación a la ciencia. En taxonomías anteriores, se agrupaban las especies mediante criterios alfabéticos, geográficos o de utilidad (farmacopea animal y vegetal). En cambio, Linneo clasifica las plantas según criterios de polinización y fructificación, por sus semejanzas naturales, mostrándose como un extraordinario observador.
Sin embargo, es curioso como no se diera cuenta de que esas semejanzas mostraban homologías, parentescos evolutivos, pruebas que luego utilizó Darwin a favor de la evolución. Linneo pensó en esas semejanzas como en las mismas ideas de Dios, como patrones de creación, arquetipos platónicos que no mostraban otra cosa que la grandiosidad del diseño divino. Así mismo, creía también en lo que se llamaba la scala naturae, que no era más que añadir otro nivel de clasificación: la jerarquía. Desde la Antigüedad Clásica se albergaba la creencia en que la naturaleza estaba organizada siguiendo grados de perfección (mineral, vegetal, animal, humano, angélico y divino), idea que siguió dando coletazos en el evolucionismo de Lamarck.

Es curioso como todo este entramado clasificatorio al final descansa sobre un axioma problemático (¿puede un axioma no ser problemático?): el concepto de especie. Hasta el descubrimiento del ADN, el único criterio para diferenciar una especie de otra era la interfecundidad: eres de la misma especie si al cruzarte das descendencia fértil. Hoy en día es un concepto que sigue abierto al debate (es sumamente paradójico no poder definir el criterio de toda definición). Del mismo modo, la controversia filosófica acerca de la naturaleza de estas semejanzas que otorgan parentesco y emparejan taxonómicamente ha sido (y es) ruidosa. Como siempre, toda grandiosa construcción racional descansa sobre pilares de papiroflexia.
Enfrentándose a la clasificación fijista, Darwin propuso el primer sistema taxonómico que no estaba organizado en compartimentos aislados y totémicos. La naturaleza no era parmenídea sino heraclitea. Las especies no son ideas eternas en la mente de Dios, sino cursos, fluctuaciones, devenires, procesos. La naturaleza no es un gran armario lleno de cajones, sino un gran árbol, el árbol de la vida.

Hoy hablaba con mi compañero de departamento. Estamos dando en clase algo de genética. Con esto de ser el año Darwin decidimos explicar un poco de este hombre y de lo que filosóficamente puede representar su revolucionaria teoría. Así, en estos días estamos hablando de Watson y Crick y de lo que significa el ADN. Él me cuenta que le dice a los alumnos que reflexionen sobre si el hombre es sólo eso, si el hombre es sólo el determinismo preciso de la maquinaria molecular del ácido desoxirribonucleico. Es más, insistía en decir que el hombre, su libertad, es lo contrario al determinismo del ADN. El hombre es alma, es libertad, es moralidad, es arte, es todo lo opuesto al inhumano reduccionismo científico en el que sólo hay frío cálculo.
El hombre es demasiado fascinante para ser sólo ADN. Y yo le respondo: a mí lo que realmente me fascina es que el hombre sea ADN. Creo que sería mucho más lamentable que el hombre fuera algo tan simple como un alma o un espíritu. Me parece que el hecho de que tengamos un sistema de replicación hereditaria tan complejo y sorprendente como el ADN no es algo que nos convierta en animales o robots, sino que nos acerca a ser dioses. Otros razonamientos de esta índole que he oído son del tipo: el amor no puede ser sólo un flujo de feromonas o el pensamiento no se reduce a neuronas…
Creo que hay un error de base en argumentos de ese tipo. Cuando un científico habla de que las feromonas tienen mucho que ver con el amor no está reduciendo el amor a feromonas, sino que está abriendo el amor a las feromonas. De algo que no teníamos explicación, ahora vamos a abrir un nuevo campo de investigación. De una sola pregunta, vamos a hacer cien. Una vez formulada la hipótesis, ahora quedan mil cosas por hacer. A cada paso que demos se abrirán muchos problemas. Esa es la esencia del conocimiento, de la ciencia.

Hablar de reduccionismo científico implica habitualmente un desconocimiento grave de lo que realmente es la ciencia. La ciencia no reduce, amplía. Descubrir el ADN, las feromonas o las neuronas no es reducir el hombre a ellos, es abrir el hombre a nuevas explicaciones de las que antes carecíamos. Y eso no quita ni una pizca de dignidad al hombre. A mí, el hecho de descender, por parte de padre o de madre
, de un primate no me ha causado más que fascinación. Mirar a uno de esos seres sabiendo que son mis parientes, que comparto con ellos gran parte de mi genoma, que, de algún modo, yo salí de uno de ellos, me hace contemplarlos con una curiosidad renovada y me hace sentirme algo más hermanado con el mundo natural.
Somos colonias de alrededor de cien billones de células perfectamente coordinadas (los seres humanos somos sólo algo más de 6.000 millones. Imagina coordinar a toda esa gente para que trabajen en algo), una complejísima máquina simbiótica irrigada por las geometrías fractales de nuestro sistema cardiovascular; somos millones de reacciones químicas en constante proceso de inacabamiento, de desequilibrio termoquímico, en constante “estar entre medias” porque terminar significa estar muerto; somos el fruto de cientos de miles de años de evolución, de millones de cambios que pasaron el filtro de la selección natural, hijos de supervivientes natos; somos tantas neuronas como para que todas en fila lleguen a la luna, teniendo por cerebro el objeto más complejo de todo el Universo… ¿Es esto ser poco?
Esta entrada continúa a: El salto que es el hombre
Uno de los mayores problemas que tenía el evolucionismo era el de la herencia. Para que exista evolución es necesario que las nuevas características del individuo pasen a la siguiente generación. Sin embargo, hasta la llegada de la genética a principios del XX, no se sabía nada de los mecanismos de la herencia: ¿Qué heredamos, por qué y cómo?
Para explicar esto, Darwin va a inventar su tristemente célebre teoría de la pangénesis. Cuando Darwin presentó el Origen de las especies muchos científicos se convirtieron rápidamente al evolucionismo (al contrario de lo que suele pensarse). Lo que realmente costaba aceptar era el mecanismo de selección natural como motor evolutivo. El lamarckismo tenía menos problemas para explicar las cosas. Mientras que la selección natural necesita muchísimo tiempo para generar nuevos seres (recordemos la objeción de Lord Kelvin al tiempo evolutivo) ya que funciona mediante variaciones fortuitas, el lamarckismo es mucho más rápido (el uso desarrolla el órgano) y no necesita el azar (la idea de que seres tan complejos como un mamífero se crearan a base de errores azarosos es algo que todavía da mucho que hablar). Así, en el último tercio del siglo XIX casi todo el mundo era lamarckista… ¡Incluso el propio Darwin!
Para explicar qué es lo que se hereda, Darwin inventa la pangénesis. Esta teoría nos dice que cada órgano y tejido del cuerpo de cada ser vivo genera una especie de células que se llaman gémulas. Estos sedimentos van a parar al torrente sanguíneo y de ahí a los gametos sexuales, por lo que son lo que realmente se hereda. Cada vez que un órgano se desarrolla con su uso, éste genera más gémulas, lo que provoca que todos los desarrollos orgánicos que un organismo tenga en vida, van a parar a sus células sexuales. Si yo me paso toda la vida haciendo pesas y mis bíceps crecen, emitirán más “gémulas musculares del bíceps” las cuales heredarán mis hijos. Si mis bíceps son muy fuertes, los de mis hijos lo serán también.
Como es fácil ver, esta teoría explica perfectamente el lamarckismo. Lo que hagas en tu vida pasa a tus descendientes. Paradójicamente, la pangénesis va a ser la carta de defunción del darwinismo (es decir, de la apuesta por la selección natural) hasta la llegada de la teoría sintética o del neodarwinismo en pleno siglo XX. Darwin murió siendo lamarckista, lo cual no hace más que mostrarnos su honestidad intelectual. Prefería creer en una teoría que no era suya si la consideraba más verdadera.
Su hijo, Sir Francis Darwin, nos cuenta una simpática anécdota en donde podemos ver lo que Darwin creía ver como Pangénesis:
“La perra [una terrier blanca que se llamaba Polly] tenía en el lomo una marca resultado de una quemadura, donde el pelo le había crecido rojo en vez de blanco. Mi padre elogiaba con frecuencia aquel mechón de pelo porque estaba en concordancia con su teoría de la pangénsis. El padre de la perra era un bull terrier rojo, por lo tanto, el pelo rojo que apareció después de la quemadura demostraba la existencia de gémulas latentes de color rojo. Mi padre era deliciosamente cariñoso con Polly. Nunca se mostró impaciente por las muchas atenciones que la perra exigía, como que le abriese la puerta para entrar, o que la dejase asomarse a la ventana de porche para ladrar a la “gente mala”, un deber que se había impuesto y que le encantaba. Murió, o más bien dicho, tuvimos que matarla, pocos días después del fallecimiento de mi padre”
Diez años después de la muerte de ambos, August Weissmann (1834-1914) va a ser el último gran defensor del darwinismo en el Siglo XIX con su teoría del plasma germinal, postura que combatirá el lamarckismo y será clara precursora de la genética que estaba ya a punto de nacer. Hablaremos de ella otro día.
Cuenta Darwin en su Autobiografía que un cierto día, cuando estudiaba para pastor anglicano…
“Pero no hubo ocupación en Cambridge que siguiera con tanto afán o que me proporcionara más placer que la de coleccionar escarabajos. Lo hacía por la mera pasión de coleccionarlos, pues no los diseccionaba y rara vez comparaba sus características externas con las descripciones publicadas, aunque, de todos modos, los clasificaba. Ofreceré una prueba de mi enstusiasmo: un día mientras arrancaba la corteza de un viejo árbol, vi dos extraños escarabajos y capturé uno con cada mano; entonces vi un tercero, de un nuevo tipo, que no podía permitirme perder, de modo que me metí en la boca el que sujetaba con la mano derecha. ¡Ay! Expulsó un líquido intensamente acre que me quemó la lengua y que me obligó a escupir el escarabajo, que por cierto perdí, igual que el tercero”
Esta entrada continua a: El sombrero creacionista
Cuenta Darwin en su Autobiografía que un cierto día, en su más tierna infancia…
“Cuando llegué a la escuela debía ser un niño muy simplón. Un día un chico llamado Garnett me llevó a una pastelería, donde compró unos pasteles que no pagó, pues el tendero le fiaba. Al salir le pregunté por qué no había pagado y me respondió al instante: ¿Por qué? ¿Es que no sabes que mi tío legó a la ciudad una gran suma de dinero a condición de que todos los tenderos entregasen a cualquiera que llevase su viejo sombrero y lo moviese de una determinada manera lo que esa persona les pidiera y sin cobrarle nada a cambio?. Y entonces me enseñó cómo tenía que moverlo. Entró a continuación en otra tienda donde le fiaban y pidió un artículo de poco valor, movió el sombrero de la manera adecuada y, naturalmente, lo consiguió sin pagarlo. Al salir me dijo: Mira, si te apetece entrar en esa pastelería (qué bien recuerdo dónde estaba), te prestaré mi sombrero y podrás tener lo que quieras con sólo moverlo de la manera correcta. Acepté de buen grado la generosa oferta, entré, pedí unos pasteles, moví el viejo sombrero y saliendo estaba de la tienda cuando el tendero se precipitó sobre mí, de modo que los pasteles cayeron al suelo, yo salí corriendo como si me fuera la vida en ello y me quedé pasmado cuando mi falso amigo Garnett me recibió riendo a carcajadas”
La publicación del Origen de las especies en 1859 puso patas arriba la Inglaterra victoriana. El choque entre el nuevo evolucionismo (realmente para nada nuevo) y las posiciones académicamente aceptadas (la teología natural de William Paley o el creacionismo del carismático Georges Cuvier, avaladas por el fijismo del gran naturalista sueco Carl Linneo) se hizo oír, y, rápidamente, a Darwin le llovieron ataques por todos lados. El opositor más fuerte en este primer momento fue el obispo anglicano de Oxford, Samuel Wilberforce, quien no tardó en declarar que el darwinismo era incompatible con la fe cristiana (exactamente como yo lo veo). Darwin, enfermo y retirado a su casa en Downe (dejó las apariciones públicas a su bulldog Huxley), no hizo caso a la mayoría de las críticas (sobre todo de las que le llegaban desde ámbitos estrictamente religiosos) afirmando que él mismo era capaz de hacérselas a su teoría mucho mejor. Sin embargo, hubo tres objeciones que le preocuparon especialmente:
1. La función de los tipos intermedios: Aunque fuera factible que la selección natural fuera la causa de las adaptaciones consumadas, no alcanzaba a explicar las fases iniciales de su desarrollo. La utilidad biológica del ojo es evidente pero, en sus comienzos, ¿cómo surgió un órgano de tales características? Esta objeción vino por parte del zoólogo George Jackson Mivart (1827-1900) y Darwin la tuvo muy en cuenta. Parece que sólo podemos explicar la complejidad resultante en un ojo si la evolución ha seguido un camino, una causa final hacia él. Ya que el ojo ha tenido que pasar por etapas sin ninguna utilidad, ha tenido que desarrollarse en función de su utilidad futura.
Darwin respondía: un órgano puede ser tan útil en las primeras fases de su desarrollo como en las últimas, aunque no necesariamente de la misma manera. Por ejemplo, es probable que las plumas primitivas sirvieran como aislantes del calor y más adelante fueran desarrollando su ventaja aerodinámica. Para Darwin, suponer que las plumas surgieron para concretar la remota posibilidad de vuelo era una tontería mística.
2. La ausencia de tipos intermedios: el registro fósil era muy escaso para los tipos intermedios entre una especie y otra. Darwin confiaba en que la paleontología acabaría por descubrir fósiles de estos tipos intermedios con los que justificar la gradualidad de la evolución. Sin embargo, esto no ocurrió así y la presencia de estos fósiles es hoy en día anecdótica.
No obstante, esto sólo constituye una objeción a que, quizá, la evolución no es tan gradual como Darwin sugería. En la actualidad existen datos contundentes que explican que las especies permanecieron estables durante grandes periodos y, “de pronto”, fueron sustituidas por otras. Por ello este tema sigue siendo polémico a día de hoy.
3. La falta de tiempo: En el siglo XVII, el Obispo James Ussher sirviéndose de un estudio bíblico, había datado la creación de la Tierra en el 4.004 a.C. Sin embargo, conforme avanzaba la geología se evidenciaba que la Tierra era muchísimo más antigua. La evolución de las especies, tal como la planteaba Darwin, necesitaba mucho tiempo y las extensas épocas de la geología parecían ir dándole la razón. Sin embargo, en 1866 el prestigioso físico William Thomson (Lord Kelvin, 1824-1907) dató la edad de la Tierra entre los cien y los cuatrocientos millones de años (manifestando su preferencia por la cifra más baja). La hipótesis de Lord Kelvin consistía en pensar que la tierra había sido un cuerpo incandescente que progresivamente había ido enfriándose. Mediante cálculos matemáticos estimó la tasa de calor que la Tierra desprendía y el calor remanente, sirviéndole estos datos para realizar su estimación temporal. Cien millones de años era un espacio de tiempo insuficiente para que la evolución diera lugar a la actual diversidad de especies, por lo que está objeción preocupaba amargamente a Darwin. Sin embargo, hoy sabemos que la estimación de Kelvin era errónea debido a que no tenía en cuenta la radiactividad (descubierta más tarde) que es una fuente de calor adicional para el planeta. La edad de la Tierra ronda los 4.500 millones de años, tiempo suficiente para la evolución darwiniana.
4. Los mecanismos de herencia: en 1867, el ingeniero escocés Fleeming Jenkin (1833-1885) sostuvo que una variación favorable en un individuo se diluiría en muy pocas generaciones en los sucesivos cruces del individuo aventajado con los individuos “normales” de su especie. Jenkin pensaba que los factores hereditarios se podían dividir hasta el infinito, lo cual implicaba que cada nueva variación se distribuía en cantidades cada vez más pequeñas.
Paradójicamente, esta objeción se podría haber refutado enseguida si la comunidad científica hubiese tomado en cuenta las publicaciones de un monje llamado Gregor Mendel escritas un año antes de las afirmaciones de Jenkin. Para Mendel, los factores genéticos se comportan como si fueran partículas indivisibles que no se pierden con el repetido cruzamiento. Desgraciadamente, esto no se hizo lo suficientemente público hasta 1900, cuando Mendel llevaba dieciséis años muerto y Darwin dieciocho.















