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Hay ciertas discontinuidades en la historia evolutiva de los seres vivos que son difíciles de comprender. El darwinismo pretende explicar todo a partir de pequeñas variaciones graduales que poco a poco van dando lugar a nuevas especies. Esto no se corresponde, en ocasiones, con el registro fósil. Uno de los grandes misterios de la evolución es el paso de la célula procariota a la eucariota. A pesar de que, contemplando las dos imágenes de abajo, intuitivamente no vemos que ambas células sean aparentemente tan distintas, analizándolas pormenorizadamante sabemos que las diferencias entre ambas son abismales (si las dos imágenes estuvieran a escala, la célula eucariota puede llegar a ser cien veces más grande que la procariota). Comprobando el ADN de ambas, las diferencias son muchísimo mayores que las que existen entre un ratón y un ser humano. No sólo es que la eucariota tiene núcleo, sino que tiene microtúbulos, flagelos compuestos, aparato de Golgi, lisosomas, mitocondrias o cloroplastos que la procariota no tiene, sus sistemas de reproducción son diferentes (mitosis y meiosis sólo en eucariotas),  el ADN eurcariota es más largo y completo, etc., etc., y, en fin, los demás seres vivos estamos compuestos por agrupaciones de células eucariotas, no de procariotas.

La diferencia entre la célula eucariota y la procariota constituye un salto evolutivo

Así, los científicos se devanan los sesos para encontrar una explicación a tal evento. Sin embargo, no ha llegado todavía nadie hablando de la necesidad de la intervención divina. Mientras que entre un habilis o un neanderthal y un sapiens la discontinuidad evolutiva es mucho menor, aquí Dios tuvo que intervenir para dotar al sapiens de algo que no tenían sus ancestros. ¿Por qué Dios interviene en unos saltos evolutivos sí y en otros no, cuando el de los eucariotas es mucho más difícil de explicar que el del sapiens? Se objetará, no, los hombres hacen cosas como la Capilla Sixtina, algo que ningún otro ser vivo ha soñado jamás, por lo que existe un salto cualitativo, una cosa radicalmente distinta que no es explicable mediante la evolución. Y yo volveré a decir: lo que hace una célula eucariota con respecto a una procariota es algo que la segunda no hubiera podido imaginar jamás (si es que una procariota pudiera imaginar algo), por lo que si hablamos de salto cualitativo, es más legítimo decirlo aquí que entre un sapiens y un habilis. O, si nos gusta muchísimo hablar de estas discontinuidades o saltos cualitativos, además del que pueda representar el ser humano, habría que hablar de muchos otros (la explosión cámbrica por decir otro) de modo igualmente legítimo. Si nos gusta hablar de intervenciones divinas, habría que hablar de muchas… ¡Ay! ¿Otro nuevo creacionismo catastrofista a lo Cuvier?

Cuenta Darwin en su Autobiografía que un cierto día, cuando estudiaba para pastor anglicano…

“Pero no hubo ocupación en Cambridge que siguiera con tanto afán o que me proporcionara más placer que la de coleccionar escarabajos. Lo hacía por la mera pasión de coleccionarlos, pues no los diseccionaba y rara vez comparaba sus características externas con las descripciones publicadas, aunque, de todos modos, los clasificaba. Ofreceré una prueba de mi enstusiasmo: un día mientras arrancaba la corteza de un viejo árbol, vi dos extraños escarabajos y capturé uno con cada mano; entonces vi un tercero, de un nuevo tipo, que no podía permitirme perder, de modo que me metí en la boca el que sujetaba con la mano derecha. ¡Ay! Expulsó un líquido intensamente acre que me quemó la lengua y que me obligó a escupir el escarabajo, que por cierto perdí, igual que el tercero”

Esta entrada continua a: El sombrero creacionista

Cuenta Darwin en su Autobiografía que un cierto día, en su más tierna infancia…

“Cuando llegué a la escuela debía ser un niño muy simplón. Un día un chico llamado Garnett me llevó a una pastelería, donde compró unos pasteles que no pagó, pues el tendero le fiaba. Al salir le pregunté por qué no había pagado y me respondió al instante: ¿Por qué? ¿Es que no sabes que mi tío legó a la ciudad una gran suma de dinero a condición de que todos los tenderos entregasen a cualquiera que llevase su viejo sombrero y lo moviese de una determinada manera lo que esa persona les pidiera y sin cobrarle nada a cambio?. Y entonces me enseñó cómo tenía que moverlo. Entró a continuación en otra tienda donde le fiaban y pidió un artículo de poco valor, movió el sombrero de la manera adecuada y, naturalmente, lo consiguió sin pagarlo. Al salir me dijo: Mira, si te apetece entrar en esa pastelería (qué bien recuerdo dónde estaba), te prestaré mi sombrero y podrás tener lo que quieras con sólo moverlo de la manera correcta. Acepté de buen grado la generosa oferta, entré, pedí unos pasteles, moví el viejo sombrero y saliendo estaba de la tienda cuando el tendero se precipitó sobre mí, de modo que los pasteles cayeron al suelo, yo salí corriendo como si me fuera la vida en ello y me quedé pasmado cuando mi falso amigo Garnett me recibió riendo a carcajadas”

Samuel Wilberforce declaro que el darwinismo era incompatible con la doctrina cristianaLa publicación del Origen de las especies en 1859 puso patas arriba la Inglaterra victoriana. El choque entre el nuevo evolucionismo (realmente para nada nuevo) y las posiciones académicamente aceptadas (la teología natural de William Paley o el creacionismo del carismático Georges Cuvier, avaladas por el fijismo del gran naturalista sueco Carl Linneo) se hizo oír, y, rápidamente, a Darwin le llovieron ataques por todos lados.  El opositor más fuerte en este primer momento fue el obispo anglicano de Oxford, Samuel Wilberforce, quien no tardó en declarar que el darwinismo era incompatible con la fe cristiana (exactamente como yo lo veo). Darwin, enfermo y retirado a su casa en Downe (dejó las apariciones públicas a su bulldog Huxley), no hizo caso a la mayoría de las críticas (sobre todo de las que le llegaban desde ámbitos estrictamente religiosos) afirmando que él mismo era capaz de hacérselas a su teoría mucho mejor. Sin embargo, hubo tres objeciones que le preocuparon especialmente:

1. La función de los tipos intermedios: Aunque fuera factible  que la selección natural fuera la causa de las adaptaciones  consumadas, no alcanzaba a explicar las fases iniciales de su desarrollo. La utilidad biológica del ojo es evidente pero, en sus comienzos, ¿cómo surgió un órgano de tales características? Esta objeción vino por parte del zoólogo George Jackson Mivart (1827-1900) y Darwin la tuvo muy en cuenta. Parece que sólo podemos explicar la complejidad resultante en un ojo si la evolución ha seguido un camino, una causa final hacia él. Ya que el ojo ha tenido que pasar por etapas sin ninguna utilidad, ha tenido que desarrollarse en función de su utilidad futura.

Darwin respondía: un órgano puede ser tan útil en las primeras fases de su desarrollo como en las últimas, aunque no necesariamente de la misma manera. Por ejemplo, es probable que las plumas primitivas  sirvieran como aislantes del calor y más adelante fueran desarrollando su ventaja aerodinámica. Para Darwin, suponer que las plumas surgieron para concretar la remota posibilidad de vuelo era una tontería mística.

2. La ausencia de tipos intermedios: el registro fósil era muy escaso para los tipos intermedios entre una especie y otra. Darwin confiaba en que la paleontología acabaría por descubrir fósiles de estos tipos intermedios con los que justificar la gradualidad de la evolución. Sin embargo, esto no ocurrió así y la presencia de estos fósiles es hoy en día anecdótica.

No obstante, esto sólo constituye una objeción a que, quizá, la evolución no es tan gradual como Darwin sugería. En la actualidad existen datos contundentes que explican que las especies permanecieron estables durante grandes periodos y, “de pronto”, fueron sustituidas por otras. Por ello este tema sigue siendo polémico a día de hoy.

3. La falta de tiempo: En el siglo XVII, el Obispo James Ussher sirviéndose de un estudio bíblico, había datado la creación de la Tierra en el 4.004 a.C. Sin embargo, conforme avanzaba la geología se evidenciaba  que la Tierra era muchísimo más antigua. La evolución de las especies, tal como la planteaba Darwin, necesitaba mucho tiempo y las extensas épocas de la geología parecían ir dándole la razón. Sin embargo, en 1866 el  prestigioso físico William Thomson (Lord Kelvin, 1824-1907) dató la edad de la Tierra entre los cien y los cuatrocientos millones de años (manifestando su preferencia por la cifra más baja). La hipótesis de Lord Kelvin consistía en pensar que la tierra había sido un cuerpo incandescente que progresivamente había ido enfriándose. Mediante cálculos matemáticos estimó la tasa de calor que la Tierra desprendía y el calor remanente, sirviéndole estos datos para realizar su estimación temporal. Cien millones de años era un espacio de tiempo insuficiente para que la evolución diera lugar a la actual diversidad de especies, por lo que está objeción preocupaba amargamente a Darwin. Sin embargo, hoy sabemos que la estimación de Kelvin era errónea debido a que no tenía en cuenta la radiactividad (descubierta más tarde) que es una fuente de calor adicional para el planeta. La edad de la Tierra ronda los 4.500 millones de años, tiempo suficiente para la evolución darwiniana.

4. Los mecanismos de herencia: en 1867, el ingeniero escocés Fleeming Jenkin (1833-1885) sostuvo que una variación favorable en un individuo se diluiría en muy pocas generaciones en los sucesivos cruces del individuo aventajado con los individuos “normales” de su especie. Jenkin pensaba que los factores hereditarios se podían dividir hasta el infinito, lo cual implicaba que cada nueva variación se distribuía en cantidades cada vez más pequeñas.

Paradójicamente, esta objeción se podría haber refutado enseguida si la comunidad científica hubiese tomado en cuenta las publicaciones de un monje llamado Gregor Mendel escritas un año antes de las afirmaciones de Jenkin. Para Mendel, los factores genéticos se comportan como si fueran partículas indivisibles que no se pierden con el repetido cruzamiento. Desgraciadamente, esto no se hizo lo suficientemente público hasta 1900, cuando Mendel llevaba dieciséis años muerto y Darwin dieciocho.

El ojo es nuestro órgano sensorial más importante del cual recibimos aproximadamente el 80% de la información sobre el mundo y en él empleamos casi un tercio de la corteza cerebral (es la actividad que más parte del cerebro utiliza con mucha diferencia). Su finalidad evolutiva es más que evidente: ver te permite localizar el alimento, las hembras o machos y tus posibles depredadores. Los primeros seres que poseyeran la facultad de ver tuvieron que evolucionar muy rápido. En un mundo oscuro en el que se encontraba alimento “a tientas” o, simplemente, esperando quietos a que éste llegara, un ser que pudiera ver y además pudiera moverse (con un flagelo, por ejemplo) tendría una ventaja enorme sobre sus competidores.

¿Cuál es el primer ojo de la historia natural? No lo sabemos con demasiada seguridad, pero los estudios apuntan a algún ser marino de una antigüedad de unos 1.000 millones de años. Los fósiles más antiguos son de una especie de trilobites llamada Roduchia, cuyos ojos de 543 millones de años de antigüedad se asemejan mucho a los de los insectos modernos. Entre las especies hoy existentes tenemos a la euglena, un protista unicelular con el “ojo” más pequeño del mundo (0,0003 cm). En realidad hablar de ojo sería decir mucho, simplemente es una mancha pigmentada que funciona de modo binario: sólo capta la luz o su ausencia mediante un fotorreceptor de adenilato ciclasa. A partir de esta información regula su conducta: cuando hay luz realiza la fotosíntesis (es autótrofa) y cuando no se alimenta del entorno (es heterótrofa). Muchas células fotorreceptoras juntas forman lo que se denomina “ojo plano” propio de muchas especies de medusas. Un conjunto de células fotosensibles ya pueden captar formas en dos dimensiones como si formaran un panel publicitario lleno de bombillas. Si los fotorreceptores se hacen más sensibles y pueden captar la intensidad de la luz, podemos percibir el volumen. Sin embargo, hace falta un cerebro más evolucionado para interpretar bien esas señales.

El caracol marino tiene lo que se denomina “ojo en copa”, que no es más que una superficie cóncava llena de fotorreceptores. El ojo se hace aquí tridimensional y puede percibir con precisión la dirección de donde proviene la luz. A lo largo de la evolución, la concavidad de este ojo se hizo más profunda y sus bordes fueron estrangulándola hasta llegar al siguiente hito evolutivo: “la cámara oscura”. El ojo del Nautilus deja pasar la luz por un diminuto orificio para proyectar la imagen invertida en una retina llena de fotorreceptores.  Este ojo permite percibir todo tipo de imágenes, incluso esquemáticas o débilmente iluminadas.

Ojo en copa

Otro modelo muy común en el mundo animal es el ojo facetado o compuesto propio de los  artrópodos. Se compone de un gran número de unidadaes hexagonales llamadas omatidias o facetas cada una de las cuales capta una pequeña porción de la imagen para integrarlas luego en un conjunto de modo que la imagen resultante sería algo así como un mosaico romano. Con un sistema así, algunas especies de insectos pueden captar unas 250 imágenes por segundo (frente a las 24 que capta el ojo humano. Por eso las moscas son difíciles de atrapar) y tienen un ángulo de visión que llega a los 360º (ven en todas direcciones a la vez…).

Ojo facetado de una polilla

Supongamos un insecto volando por la plaza del mercado de Brujas. ¿Cómo es ver en 360º? Sería algo así:

Plaza del mercado de Brujas en 360º

Bien, pero nuestro insecto tiene que ver en mosaico. ¿Cómo es ver en 360º con ojos facetados? Algo parecido a esto:

La plaza del mercado de Brujas vista por un artrópodo

Y, por fin, llegamos al “ojo con lente”, la cima de la evolución, poseído por casi todos los vertebrados y algunas especies de calamares muy evolucionados. Al tener lente se puede enfocar la imagen, consiguiendo más nitidez  que cualquier otro ojo. El humano tiene visión estereoscópica o binocular que nos permite ver en tres dimensiones (por eso tenemos dos ojos en vez de uno), capta una gran gama cromática (longitudes de ondas electromagnéticas que van desde los 400 a los 700 nanómetros) con sus más de seis millones y medio de conos y puede ver en condiciones de poca luminosidad (visión escotópica) gracias a sus 120 millones de bastones situados alrededor de la fóvea. Algunas estimaciones afirman que si comparamos el ojo humano con una cámara digital, el ojo tendría una resolución  de 250 megapíxeles.

El ojo con lente es el sistema de visión más evolucionado

Es curioso como el calvinista Charles Hodge eligiera precisamente al ojo en su obra ¿Qué es el darwinismo? (1874) como ejemplo para combatir la teoría de la evolución. A la afirmación de que su maravilloso diseño no puede ser fruto del azar sino de la inteligencia de un supremo hacedor (de la que ya hablamos aquí) se unía el argumento de que si la evolución era gradual tenemos que encontrarnos ojos inacabados en alguna especie animal y, ¿para qué vale un ojo inacabado? ¿Puede funcionar un ojo al que “le falten piezas”? Pues precisamente del ojo tenemos pruebas de que sí. Hemos visto como los antecedentes evolutivos del ojo con lente consistieron en una concavidad que fue estrangulándose cada vez más hasta cerrarse y, en cada una de sus fases, esos ojos fueron plenamente funcionales. Podemos comprobarlo en especies vivas en la actualidad (los gasterópodos de la familia haliotidae el ojo está casi cerrado y en los del género Turbo el ojo está completamente cerrado y todavía sin lente).

Los 1.ooo millones de años de evolución que ha necesitado el ojo para llegar a ser como es pueden dar algo de luz al hecho de la dificultad que tienen los ingenieros de  AI para conseguir que las computadoras puedan ver. El problema, evidentemente, no reside en el hecho de ver (cualquier cámara de fotos “ve”) sino en reconocer los objetos, interpretarlos. Nuestro sistema de visión reconoce objetos en condiciones muy diversas. Si pensamos en una silla, la reconoce en todas las posturas posibles, con cierto grado de incompletud (si sólo veo media silla sigo reconociendo que es una silla) con diferentes grados de luminosidad que cambian su color; reconoce diferentes tipos de sillas (con tres patas, circulares, sin respaldo, amacas, sillones…). Marvin Minsky, uno de los pioneros de la AI, creyó ingénuamente que sería sencillo que los ordenadores reconocieran objetos. Larry Roberts fue el primer informático que intentó realizar un programa de reconocimiento visual y sólo consiguió un rotundo fracaso. Es tremendamente difícil emular un sistema tan sumamente sofisticado. A día de hoy, lo más avanzado que existe en este tema es un programa desarrollado en el MIT por el laboratorio de Tomaso Poggio que se presentó en el 2007. Es un programa que, después de un entrenamiento previo, es capaz de reconocer en fotografías si están presentes o no los objetos que ha aprendido a reconocer.

La empresa de AI Numenta permite descargar en su página Web la demo de un programa de reconocimiento de imágenes que reconoce varias categorías de objetos en una serie de fotografías. La verdad es que acierta bastante.

No sé a qué oftalmólogos o a qué neurólogos se referirá de Prada al escribir este artículo en el XL Semanal de ABC pero, desde luego, no son buenos científicos. El argumento principal del escrito es  que, debido a los últimos avances de la tecnología, la humanidad va a cambiar a causa de una serie de mutaciones (que él llama cibermutaciones) como, por ejemplo, una hipertrofiada musculatura en el dedo pulgar por utilizar el móvil, una cornea seca debido a la exposición prolongada a rayos catódicos o un crecimiento del hemisferio derecho del cerebro debido al uso del ordenador…

Estimado Juan Manuel, esas mutaciones serán sólo heredadas por la humanidad si los que las poseen tienen un mayor éxito reproductivo. Sólo tendremos un hemisferio derecho de mayor tamaño si los individuos que lo tienen consiguen reproducirse más que los que no lo tienen y… ¿se liga más teniendo un hemisferio cerebral derecho de mayor tamaño o un pulgar hipertrofiado? NO, luego estas cibermutaciones no van a prosperar. Usted no sabe cómo funciona la evolución. Porque yo me pase toda mi vida mirando una pantalla de ordenador y mi cornea se reseque, mis hijos no van a nacer con la cornea más seca… A eso se le llama lamarckismo, y es una teoría que ya se superó a partir de Mendel.

Así que, por favor señor de Prada, antes de declararse creacionista, le animo a que intente comprender mejor qué es lo que dice hoy en día la teoría de la evolución. Además, con más razón, viendo que se queja en este artículo de lo poco que la prensa conoce a Darwin. Copio literalmente del texto:

“Pero la prensa que exalta las teorías darwinistas sin conocerlas, o conociéndolas tan sólo de forma brumosa, a la vez que hace escarnio de unos creacionistas bufos, esquiva el asunto primordial, precisamente para evitar que la pobre gente abducida emplee su juicio”.

El Maquinista


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