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Esta imagen de Urano parece dar la razón a mi querido Aristóteles. El Universo está dividido en dos grandes zonas: la sublunar y la supralunar. La sublunar, que va desde el centro de la Tierra hasta la Luna, está llena de desorden, de movimiento, de carencias… de imperfección a fin de cuentas (es nuestro mundo. Ya Nietzsche se quejaba con razón del poco amor por él que ha tenido la filosofía occidental) . Por el contrario, el mundo supralunar, más allá de la esfera de la luna, está lleno de perfección, armonía, orden y quietud. El movimiento expresa imperfección, expresa tener que ir a algún lado porque careces de algo. Por eso en el mundo supralunar apenas hay movimiento. Sus entes son cada vez más y más perfectos, hasta llegar al motor inmóvil, causa incausada, acto puro que mueve todo el Universo sin moverse él mismo.

Urano se ve como una esfera perfecta, como un ente que no puede pertenecer a este mundo. Urano es el dios de los cielos, marido de Rea y rey de los dioses hasta que su hijo, el envidioso Cronos, lo destrona cortándole los testículos (de los cuales nacerá Afrodita como no puede mostrar mejor el cuadro de Botticelli). Y viendo esta imagen uno tiene ganas de darles la razón a los rapsodas griegos. Sin embargo, ellos nunca supieron de su existencia. Urano no se descubrió hasta 1781 por William Herschel (padre de John Herschel, otro grandísimo astrónomo que está enterrado al lado de Darwin). Los griegos pensaban que era una estrella más.

Esta creencia en la perfección de los planetas quebró con el nacimiento de la ciencia moderna. En noviembre de 1609 Galileo enfocó su primitivo telescopio (de unos modestos veinte aumentos) hacia la luna y descubrió que estaba llena de cráteres, que su superficie no era tan diferente a la del relieve terrestre… ¡que no era perfecta! Observando la línea del terminador lunar comprobó que allí hay montañas tan altas o más que las terrestres. Desgraciadamente, no existe ningún mundo perfecto, no hay ningún paraiso espacial, ninguna morada de los dioses. Existan marcianos, ángeles o motores inmóviles, todos estamos en el mismo Universo y todos estamos afectados por las mismas leyes, condenados irremediablemente a la imperfección.
El Vaticano va a honrar la figura de Galileo en una serie de actividades previstas para el año internacional de la astronomía. El arzobispo Gianfranco Ravasi afirma que los tiempos ya están maduros para una revisión de la figura de Galileo… ¿Ya? No, 362 años después de su muerte… ¿Seguro que las cosas “están ya maduras” para revisar las aportaciones de Galileo?
En 1992 fue cuando Juan Pablo II rehabilitó la figura de Galileo, once años después de haber creado una comisión para investigar lo que realmente pasó. Es decir, la Iglesia ha tardado 350 años en decir que Galileo llevaba razón… ¡350 años! Bueno, con Darwin pasó algo parecido. No fue hasta 1950 cuando el Papa Pío XII, en su encíclica Humani Generis, dirá que el evolucionismo es compatible con la doctrina católica (91 años después del Origen de las especies). Sin embargo, en el caso de Darwin, el papado se niega a pedir disculpas.
La verdad es que no entiendo por qué la Iglesia ve más peligroso a Galileo que Darwin cuando, en esencia, Darwin no es compatible con el catolicismo. El hecho de que la tierra sea o no el centro del universo sólo contradice unas frases de la Biblia sin importancia doctrinal. No pasa nada por aceptar que Galileo tenía razón. Sin embargo, con Darwin pasa algo bien distinto:
1. El darwinismo ataca de raíz el principio antrópico (el Universo está hecho para el hombre): la selección natural es ciega, el hombre es una especie entre tantas, pudo existir con la misma probabilidad que cualquier otra. El principio antrópico es fundamental para el Cristianismo: Dios creó el mundo para el hombre.
2. El darwinismo postula una causa natural para el hombre. Ya no hace falta una explicación sobrenatural para comprender las singularidades de lo humano. El hombre es explicable desde la naturaleza y no hace falta la mano de Dios para dotarlo de alma.
Creo que estas dos razones son básicas en la doctrina darwinista y no es necesario una exégesis muy profunda para deducirlas. Es lo que se enseña en el instituto. Lógicamente, los creyentes que se toparon con Darwin y Wallace en el siglo XIX reaccionaron airadamente, como buenos cristianos que eran.
El hecho que la Iglesia asuma su compatibilidad tanto con Galileo como con Darwin no es claramente comprensible. ¡Deberían estar intentando que no se impartiera el evolucionismo en los colegios europeos!
He metido a los que creo que son más importantes viendo sus descubrimientos e influencia histórica. No he metido artistas (pintores, arquitectos, escultores) porque he pensado que al crear arte no crearon directamente teorías (si bien muchos de ellos lo hicieron) y aquí quiero preguntar por quién es el teórico más grande de todos los tiempos. Perdonadme por las terribles omisiones que he cometido. Son todos los que están pero no están todos los que son.
La encuesta estará abierta hasta el 31 de Diciembre del 2009.

Cabe Recordar que el año 2009 es el año internacional de la astronomía. Así que aprovechemos esta oportunidad para repensar nuestra imágen del universo. Aquí tenemos el viejo cosmos geocéntrico aristotélico. Estaba dividido en dos regiones (sublunar y supralunar) en la que regían leyes bien diferentes (una zona imperfecta, corrupta, material, “humana”; y otra celestial, etérea, perfecta). Los planetas estaban engarzados en esferas de un material trasparente denominado éter. La última esfera, era opaca y en ella estaban las estrellas que no eran más que puntos luminosos en la negrura del límite del universo. Más allá, el motor inmóvil, acto puro que mueve todo el universo sin moverse a sí mismo, causa incausada, principio y fundamento de todo.
Esta explicación dominó gran parte de la historia pues, aunque las predicciones que de aquí pudieron sacarse eran lógicamente erróneas, era una gran teoría que explicaba casi todo de una forma bastante razonable (aunque ahora nos pueda parece absurdo). Ptolomeo se las tuvo que ver negras para hacer encajar un cosmos así con las observaciones astronómicas que cada vez iban siendo más precisas.

En la imagen vemos la concepción del universo del joven Johannes Kepler. Consiste en ir introduciendo los sólidos platónicos unos dentro de otros como si de muñecas rusas se tratasen. Este imaginativo cosmos está aún más lejos de la experiencia que el aristotélico y, simplemente, obedece a exagerar el neoplatonismo matematizante propio de la Revolución Científica. Tycho Brahe, un genio de la observación, vio que la obra de Kepler no tenía ni píes ni cabeza, pero tomó debida cuenta de que Kepler era un gran matemático y lo hizo su discípulo. Con las precisas observaciones de Brahe, Kepler formuló sus famosas tres leyes que, a la postre, servirían para que Newton formulase su ley de gravitación universal.

Será Nicolás Copérnico el primer astrónomo moderno que defenderá el heliocentrismo. Sí amigos, si ponemos el sol en el centro, ya no hacen falta tantos epiciclos y deferentes para que las predicciones cuadren. Pero… ¿la tierra se mueve? Eso parece ¿Cómo es posible que así sea y no nos percatemos de ello? Galileo Galilei sacará a la luz su principio de relatividad: si viajas en un tren no hay forma de saber si tú eres el que te mueves o tú estas quieto y es el universo el que así lo hace. La inquisición, lógicamente, le obligará a retractarse.

Desde la época de estos primeros pioneros del universo ha llovido mucho. Ahora tenemos radiotelescopios que alcanzan a ver más allá de lo que jamás hubiera soñado Newton. Sabemos que el Universo observable tiene una longitud de unos 46.500 millones de años luz desde la tierra y una antigüedad de unos 13.500 millones de años (algo más que lo que los defensores de la Bilbia afirmaban). Sobre su origen, forma y destino todavía no tenemos demasiada seguridad y hay teorías para todos los gustos: Big Bang, Big Cruch, expansión permanente, universo cíclico, universo infinito, universos múltiples… Estudiar el cosmos ha sido desde siempre uno de los campos favoritos del ser humano. Así que, esperemos a una noche clara, cojamos nuestro telescopio y nuestro termo de café y salgamos al campo a contemplar el cielo como ya casi nunca hacemos: ver el cielo límpio de la contaminación lumínica de las ciudades. Es uno de los espectáculos más maravillosos que pueden contemplarse y, además, es gratuito, como todo lo que merece la pena.













