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Dice Jesús Mosterín en Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo:
“Ciencia y filosofía forman un continuo. La filosofía es la parte más global, reflexiva y especulativa de la ciencia, la arena de las discusiones que preceden y siguen a los avances científicos. La ciencia es la parte más especializada, rigurosa y bien contrastada de la filosofía, la que se incorpora a los modelos estándar y a los libros de texto y a las aplicaciones tecnológicas. Ciencia y filosofía se desarrollan dinámicamente, en constante interacción. Lo que ayer era especulación filosófica hoy es ciencia establecida. Y la ciencia de hoy sirve de punto de partida a la filosofía de mañana. La reflexión crítica y analítica de la filosofía detecta problemas conceptuales y metodológicos de la ciencia y la empuja hacia un mayor rigor. Y los nuevos resultados de la investigación científica echan por tierra viejas hipótesis especulativas y estimulan a la filosofía a progresar”.
Y dice Edgar Morín, en El método. El conocimiento del conocimiento:
“Se puede y se debe definir filosofía y ciencia en función de dos polos opuestos del pensamiento: la reflexión y la especulación para la filosofía, la observación y la experiencia para la ciencia. Pero sería vano creer que en la actividad científica no hay reflexión ni especulación, o que la filosofía desdeña por principio la observación y la experimentación. Los caracteres dominantes quedan en una dominados en la otra y viceversa. Y ésta es la razón por la que no hay frontera “natural” entre una y otra. Por lo demás el siglo de oro de la expansión de una y del nacimiento de la otra fue el siglo de los filósofos-sabios (Galileo, Descartes, Pascal, Leibniz). De hecho, como muy bien ha observado Popper, por separadas que estén hoy, ciencia y filosofía dependen de la misma tradición crítica, cuya perpetuación es indispensable tanto para la vida de una como de otra”
He escuchado muchas veces la expresión “de la muerte es de lo único en la vida de lo que tenemos certeza” y nunca se me había ocurrido ponerla en duda. Antes de comenzar a tratar temas profundamente metafísicos suelo decirle a mis alumnos: ¿Se han parado a pensar alguna vez que de aquí a 100 años toda la gente que habita a día de hoy la tierra estará muerta?
Pues mira, otra certeza que se me derrumba cuando descubro a otro de esos científicos locos, maltratados y vilipendiados por la comunidad científica, Aubrey de Grey, quien afirma que podemos llegar a alargar la vida indefinidamente. Simplemente hay que comprender bien los mecanismos de la vejez y paliarlos. En una entrevista concedida al diario Público, de Grey afirma “Prolongar la vida no es una teoría, es ingeniería”.

En principio no parece algo tan descabellado. Unos animales viven más que otros. Un ratón vive un par de años, un perro vive unos catorce y una Secuoya unos dos mil. Y la esperanza de vida del hombre se ha doblado a lo largo de la historia. Es más, sabemos que las bacterias son potencialmente inmortales. Pueden morirse de hambre o por accidente, pero nunca de viejas. Se dividen y dividen constantemente sin envejecer. O las células tumorales (varios cultivos de células tumorales de ratones siguen hoy en día cultivándose desde 1907) tampoco mueren de viejas. ¿Por qué entonces no podríamos nosotros alargar nuestra vida aprendiendo de estos seres?
Pensemos en un automóvil. Si disponemos de piezas y somos buenos mecánicos, podemos “mantener vivo” el coche un tiempo indefinido. ¿Qué diferencias hay entre el hombre y el coche que nos haga abandonar nuestra hipótesis? Parece que la única es que somos infinitamente más complicados que un auto, por lo que las reparaciones serán mucho más complejas, pero nada más.
Los trabajos de de Grey se engloban en la llamada senescencia negligible ingenerializada. Según estos estudios la vejez es “una especie de enfermedad” que daña nuestro organismo. Si estudiamos los daños que nos realiza y encontramos cómo remediarlos, ¡Bingo! Vida eterna. Hoy sabemos que cada especie animal programa genéticamente sus células para que mueran después de un número determinado de divisiones. Por ejemplo, Leonard Hayflick cultivó fribloblastos (células de tejido conjuntivo) procedentes de embriones de pollo y comprobó que tras veinticinco divisiones, las células morían. A este suicidio programado genéticamente se le llama apoptosis. Siguiendo el mismo proceso, nosotros, los seres humanos, estamos programados genéticamente para suicidarnos en un determinado momento… ¿Por qué? ¿Qué finalidad evolutiva tiene la muerte?
La muerte surgió, según leo a Jesús Mosterín, cuando surgió el sexo. La reprodución sexual es muy costosa (hay que pelearse por la hembra, luego seducirla…) pero tiene como resultado la variabilidad genética de los descendientes, la cual sí es muy rentable evolutivamente hablando. Pero, cuando termina la reproducción, nuestros genes ya han sido transmitidos y nosotros somos una mercancía inútil que consume demasiados recursos. Cuando llega ese momento, nuestro organismo se suicida por el bien de nuestros descendientes. Parecía lógico que el amor y la muerte tuvieran estrecha relación pero… ¿Tendremos entonces que renunciar al amor para conseguir la inmortalidad? ¡Esperemos que no!
Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.
Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?
Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).
El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.













