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Cuando Popper fue envestido doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid, en su lección magistral, propuso doce principios para una nueva ética profesional:

“1. Nuestro conocimiento objetivo conjetural continúa superando con diferencia lo que el individuo puede abarcar. Por consiguiente no hay autoridades.

2. Es imposible evitar todos los errores, e incluso todos aquellos que, en sí mismos, son evitables. Todos los científicos cometen equivocaciones continuamente. Hay que revisar la antigua idea de que se pueden evitar los errores y que, por lo tanto, existe la obligación de evitarlos: la idea en sí encierra un error.

3. Por supuesto, sigue siendo nuestro deber hacer todo lo posible para evitar errores. Pero, precisamente para evitarlos debemos ser conscientes, sobre todo, de la dificultar que esto encierra.

4. Los errores pueden existir ocultos al conocimiento de todos, incluso en nuestras teorías mejor comprobadas; así, la tarea específica del científico es buscar tales errores.

5. Por lo tanto, tenemos que cambiar nuestra actitud hacia nuestros errores. Es aquí donde hay que empezar nuestra reforma práctica de la ética. Porque la actitud de la antigua ética profesional nos obliga a tapar nuestros errores, a mantenerlos secretos y a olvidarnos de ellos tan pronto como sea posible.

6. El nuevo principio básico es que para evitar equivocarnos debemos aprender de nuestros propios errores. Intentar ocultar la existencia de errores es el pecado más grande que existe.

7. Tenemos que estar continuamente al acecho para detectar errores, especialmente los propios, con la esperanza en ser los primeros en hacerlo.

8. Es parte de nuestra tarea tener una actitud autocrítica, franca y honesta hacia nosotros mismos.

9. Puesto que debemos aprender de nuestros errores, asimismo debemos aprender a aceptarlos, incluso con gratitud, cuando nos los señalan los demás.

10. Debemos tener claro en nuestra mente que necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores y, sobre todo, necesitamos a gente que se haya educado con diferentes ideas, en un mundo cultural distinto. Así se consigue la tolerancia.

11. Debemos aprender que la autocrítica es la mejor crítica, pero que la crítica de los demás es una necesidad. Tiene casi la misma importancia que la autocrítica.

12. La crítica racional y no personal (u objetiva) debería ser siempre específica: hay que alegar razones específicas cuando una afirmación específica o una hipótesis o un argumento específicos nos parece falso o no válido. Hay que guiarse por la idea de acercamiento a la verdad objetiva. En este sentido, la crítica tiene que ser impersonal; pero debería ser a la vez benévola”

Durante mucho tiempo se pensaba que las leyes científicas se obtenían mediante un tipo de razonamiento o inferencia lógica denominado inducción. La inducción consiste simplemente en inferir una proposición universal a partir de una colección de datos particulares. Por ejemplo, si veo un cuervo de color negro, después otro y otro y otro, llegará un momento en que me parezca razonable establecer la afirmación “Todos los cuervos son negros”.

La inducción puede ser completa o incompleta. Completa sería cuando tenemos en cuenta todos los casos posibles para justificar nuestra aseveración. Por ejemplo, el enunciado “Todos los cuervos son negros” estaría plenamente justificado si hubiéramos registrado todo el Universo y no hubiésemos encontrado ningún cuervo de otro color. El problema reside, como ya vieron Francis Bacon o Stuart Mill, en que habitualmente nos encontramos con multitud de inducciones incompletas. Si yo no he registrado todo el Universo (como suele ocurrir) no tengo razón suficiente para decir que “todos los cuervos son negros”. Quizá en algún lugar existan cuervos blancos o rojos. No obstante, Bacon y Mill sostuvieron que era posible una inducción incompleta suficiente si lo que se predica como común en todos los sucesos constituye una característica dimanada de su misma naturaleza. No obstante, Hume o Comte, no quedaron muy convencidos y redujeron la validez de la inducción a la de un razonamiento meramente probable. Nunca podremos estar seguros al 100% de la veracidad de una afirmación inferida de una inducción incompleta.

Sin embargo, el más crítico con la inducción fue Karl Popper al sostener que el método de la ciencia no puede ser el inductivo ya que el número de experimentos que realicemos siempre será finito y, por lo tanto, la inducción será inevitablemente incompleta. A pesar de que 1.000 experimentos hayan probado que mi afirmación es verdadera, podría siempre suceder un experimento 1.001 que no la verificara. Y como el tiempo es potencialmente infinito hacia adelante, nunca podremos realizar todos los experimentos posibles. Por ello propuso el método deductivo, y no el inductivo, como el auténtico método científico.

Otro caso curioso de problema que presenta la inducción es la famosa paradoja de Hempel propuesta por el filósofo nacionalizado estadounidense Carl Gustav Hempel. La paradoja viene a decir que afirmar que “Todos los cuervos son negros” es lógicamente equivalente a “Todos los objetos no blancos son no cuervos”. Por lo tanto, cada vez que veamos un objeto que no sea negro y que no sea un cuervo estarmos verificando que todos los cuervos son negros. Ahora mismo en mi cuarto hay un montón de objetos no negros que no son cuervos… ¡cada objeto del Universo que no sea negro y no sea un cuervo verifíca nuestra hipótesis!

Hempel decía que eso no era un problema. Efectivamente, cada objeto no negro y no cuervo verificará que todos los cuervos son negros, lo que pasa es que lo hará en un grado muy pequeño, infinitésimo si habláramos de porcentajes. Lo que Hempel quería mostrar con todo esto es que hay que tener en cuenta la totalidad de los objetos del Universo a la hora de comprobar la fiabilidad de nuestras afirmaciones. Sin embargo, sí que hay un gran problema. Si tenemos dos proposiciones autoexcluyentes como “Todos los cuervos son negros” y “Todos los cuervos son blancos” y nos encontramos con el caso empírico de “Un canario amarillo”, ¡resulta que este caso verifica por igual a ambas proposiciones contradictorias!

Otro ejemplo de paradoja surgida de la inducción la podemos realizar con un sencillo mazo de naipes. Supongamos que lanzamos la siguiente hipótesis: “Las cartas de valor n nunca estarán en la posición n”. Barajamos y vamos sacando una a una cada carta, situándolas en orden encima de la mesa. Si, por ejemplo, el dos de tréboles sale la segunda o el cinco de corazones sale la quinta, nuestra hipótesis será refutada. Jugamos con cinco cartas (del uno al cinco de picas) y, vamos a imaginar que salen en el siguiente orden:

1-3, 2-4, 3-2, 4-1, 5…

El tres sale en primer lugar (confirma nuestra hipótesis), el cuatro en el segundo (confirma nuestra hipótesis), el dos en el tercero… Cada uno de los experimentos han ido verificando nuestra hipótesis pero si nos fijamos… ¿qué carta es la que nos queda por sacar? Comprobando las que ya han salido vemos que sólo queda por salir el cinco de picas en la posición cinco… si, por sí solo, cada experimento verificaba nuestra hipótesis, ¡Todos ellos juntos la refutan!

El materialismo no tiene que ser necesariamente la postura ontológica de la ciencia. Caben posturas no materialistas o, como la que creo que se debe plantear, posmaterialistas (en el sentido en el que incorporan el materialismo pero lo superan). La única postura ontológica necesaria es el naturalismo en el sentido de anti-sobrenaturalismo. La ciencia niega explícitamente lo sobrenatural (esto lo discutiremos en otro post). ¿Por qué caben otras ontologías no naturalistas o por qué hay que plantearlas? ¿Qué tiene de malo el materialismo?

Hoy solamente  vamos a poner una serie de ejemplos de autores muy ligados a tradiciones cientificistas (van a aceptar la objetividad de la ciencia) que defienden ontologías no materialistas. ¡Ojo! no anti-materialistas, sino diferentes a las materialistas.

Los miembros más insignes de la tradición analitica no eran materialistas1. Gottlob Frege, padre de la filosofía analítica, gran lógico. La ontología que hay detrás de La Conceptografía o su famoso artículo Sobre sentido y referencia no es materialista. En su profuso análisis lingüístico Frege distingue entre argumentos (objetos, aquello de lo que se dicen los predicados) y funciones (relaciones entre objetos), es decir, que su ontología es dualista en ese sentido. Aparte que Frege ni siquiera nos dice nada de la naturaleza de los objetos en el sentido de que son materiales. Para él los objetos son aquellos referidos por lo que él llamaba expresiones saturadas.

2. Bertrand Russell. Buen discípulo de Frege. Su atomismo lógico proponía que las proposiciones atómicas tenían de referencia los hechos atómicos. En su línea empirista Russell entenderá el hecho atómico como “la posesión de una propiedad por parte de un particular”. Igualmente no habla de materia para referirse a lo que existe. Es más, su atomismo lógico acaba por llevarle a una “superpoblación ontológica” al tener que aceptar la existencia de muchas “cosas” para que tengan correspondencia con elementos del lenguaje. Tanto él como Frege acaban ponderando una especie de platonismo ontológico al dotar de existencia entidades matemáticas.

3. Ludwig Wittgenstein. La ontología del Tractatus seguiría este orden: Realidad (espacio lógico: el mundo y lo posible), mundo (totalidad de los hechos que ocurren), hecho (darse efectivo de estados de cosas), estado de cosas (modo de relacionarse los objetos), objetos (Wittgenstein no da definición de objeto y afirma que es un asunto de la psicología). Wittgenstein, en ningún momento de su ontología habla de materia. De algún modo, lo que más entidad ontológica tiene son los estados de cosas, es decir, objetos relacionándose. Nadie podría decir que el planteamiento de Wittgenstein es materialista si bien es enteramente cientificista (la ciencia es la única que puede hablar con sentido de lo que puede ser dicho… de lo otro mejor es guardar silencio).

4. W. V. O. Quine, otro miembro destacado de la tradición analítica o ya, más bien, posanalítica. Es famosa su afirmación “Ser es ser el valor de una variable”. Así, lo que existe es lo que puede estar en el lugar de la F, por ejemplo, en la fórmula F=m.a. Quine dice que esta concepción lleva a admitir la existencia de entidades concretas y abstractas, pero como el número de las abstractas se hacía muy alto, Quine optó por sólo aceptar la existencia de las  primeras (nominalismo) intentando construir un lenguaje puramente referencialista (en la misma línea trabajó más radicalmente Donald Davidson) lo cual fue, al final, un fracaso. Una semántica no puede ser estrictamente referencialista, lo que lleva a dejar la puerta abierta a entidades no referenciales…

5. Karl Popper. El inventor del falsacionismo. Probablemente el filósofo de la ciencia más querido y citado. Su ontología si que rompe radicalmente el materialismo ya que ni es dualista, ¡es tri-alista!. Hay tres mundos: uno en el que están los objetos materiales, otro el clásico de las entidades mentales de los dualistas, y otro donde, de algún modo, están las teorías, teorémas matemáticos y cualquier “entidad teórica” producida por una mente humana.

Bien, como hemos dicho, estos pensadores son muy afines al pensamiento científico (empiristas, matemáticos, lógicos…), es decir, no estamos hablando de fenomenólogos, hermeneutas o existencialistas, sino de los miembros más insignes de la tradición analítica. Y ninguno de ellos (a lo sumo Quine) mantiene una postura propiamente materialista. Podría objetarse que no son físicos sino más bien lógicos o matemáticos y, de algún modo, parece “normal” que acaben por aceptar la existencia de entidades matemáticas o que no contemplen hablar demasiado de la materia en sus planteamientos. Efectivamente, porque la ciencia no es algo tan claramente unificado (Feyerabend y otros hablaban de que no existía eso de ciencia normal). En ella hay biólogos, matemáticos, químicos, ingenieros… y seguramente que todos no mantienen la misma idea acerca de lo que existe y lo que no.

Este post continúa el anterior En contra del materialismo

Paul Feyerabend decia que "en ciencia todo vale"Uno de los libros que más disfruté leyendo en mis años universitarios fue el Tratado contra el método de Paul K. Feyerabend. Con una prosa magnífica se recogían los argumentos más contundentes en contra de la presumida objetividad de la ciencia. Siguiendo la línea abierta por Kuhn (no hay posibilidad de elección racional entre dos paradigmas en conflicto) o Lakatos (los experimentos cruciales no sirven para tirar una teoría pues siempre podemos lanzar infinitas hipótesis ad hoc), radicaliza la situación para llegar a su anarquismo epistemológico coronado con la polémica donde las haya “En ciencia todo vale”.  La ciencia acababa por ser una institución de poder en la que “verdad” era aquello que las autoridades deciden. Para luchar contra ello, y en consecuencia lógica de una postura anarquista, proponía, y esto parece ya pasarse bastante de rosca, decidir democráticamente lo que se considera conocimiento y lo que no.

Fuera bromas, la postura de Feyerabend es pretendidamente radical (ya Bunge lo tachó de ser el enfant terrible de la filosofía de la ciencia y le dedicó algunas perlitas) y sofística (como el mismo Feyerabend reconoce en alguna ocasión), no obstante que baja a la ciencia de su pedestal de absoluto testaferro del saber (en tiempos de positivismo es necesario). Popper ya nos los advirtió, hay que ser críticos hasta con la crítica. No sólo denunciar los pseudosaberes, sino buscarlos dentro de nuestras teorías más consolidadas.

Pues bien, parece ser que algunos se han tomado en serio a Feyerabend y nos proponen que elijamos democráticamente el próximo descubrimiento del telescopio Hubble.  ¿Es que se puede elegir democráticamente un descubrimiento? Ja, ja. No amigos, se puede elegir democráticamente una línea de investigación (está bien que los contribuyentes elijan si con su dinero se investigan nuevos tipos de misiles intercontinentales o la cura del cáncer) pero no los descubrimientos científicos.

Hay que tener cuidado con no extrapolar la democracia como mejor sistema político posible, hasta la fecha, con el mejor sistema para todo. Si mis clases en el instituto funcionaran democráticamente, yo y mis alumnos estaríamos todo el día “comiendo chuches” y “jugando al pillo-pillo”. No, una clase ha de parecerse un poquito a una dictadura porque si no no podría funcionar. Igual ha de pasar con la ciencia: la verdad es dictatorial por definición. No se elige, se impone. ¡ Y qué gran placer  cuando a alguien se le impone un gran descubrimiento!

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El Maquinista


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