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El pensamiento trinitario, que desgraciadamente sigue teniendo cierta presencia en ciertas universidades españolas, yerra en plantear la triada divina como una relación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tal suposición implica un fatídico desconocimiento de la auténtica jerarquía del Universo propia de la gente dedicada al sacerdocio. Como todo buen hijo de vecino sabe, la auténtica Trinidad está formada por Suegra, Mujer e Hija, como bien ha sabido representar el arte.

Aquí tenemos a las tres gorgonas: Esteno, Euríale y Medusa, hijas de los dioses marinos Focis y Ceto. Habitaban en el Occidente extremo, no lejos del país de los muertos, y eran temidas igualmente por mortales y por dioses. Según nos cuenta Pierre Grimal, su cabeza estaba rodeada de serpientes, tenían grandes colmillos, semejantes a los de un jabalí, manos de bronce y alas de oro que les permitían volar. Sus ojos echaban chispas, y su mirada era tan penetrante, que el que la sufría quedaba convertido en piedra.
Las sirenas Pisínoe, Agláope y Telxiepia, otras veces también llamadas Parténope, Leucosia y Ligia, eran grandes músicas. Según Apolodoro, una tocaba la lira, otra cantaba y la última tocaba la flauta, con el fin de atraer a los desdichados marineros que se extraviaran por el Mediterráneo, frente a la isla de Sorrento. Allí, las naves zozobraban contra los acantilados y las malévolas sirenas robaban suculentos botines. Ya se sabe que la mujer siempre ha administrado el dinero mucho mejor que el hombre.

Y para acabar las peores, las erinias: Alecto (que castiga los delitos morales), Megera (castiga el adulterio) y Tisífone (castiga los delitos de sangre), enloqueciendo al pobre Orestes después de que éste matara a su maliciosa madre. Se las representa también como genios alados, con serpientes entrelazadas en su pelo y llevando en su mano antorchas o látigos. Cuando se apoderaban de su víctima, la acaban por enloquecer torturándola de cualquier modo imaginable. Pero es más, ni la muerte puede librarte de ellas, ya que Homero y Virgilio las sitúan también como responsables de las torturas infernales del Tártaro.
Véase también Salomé y The Kinks o La mujer no nace, se hace
Zeus era un mujeriego y, en perfecta simetría cósmica, Hera era muy celosa. El rey del Olimpo bajaba constantemente a la Tierra en busca de carne de doncella. En una de sus correrías sedujo a Alcmena mientras su marido estaba ausente, haciéndose pasar precisamente por él (Era astuto este Zeus, Dios mucho más humano que otros por cierto, con mucha menos mala leche que aquel del Antiguo Testamento). De allí nació Heracles (más conocido por su nombre romano Hércules), héroe trabajador donde los hubiere. Pues bien, Hera no quería amamantar a un niño que no era hijo suyo (al que llamaron concretamente Heracles para ver si la descabreaban) pero un día, Zeus se lo puso en el regazo para que mamara mientras ella dormía. Al despertarse, lo quitó furiosa de su pecho y, al hacerlo, un poco de leche cayó y se esparció por el Universo. Será la Vía Láctea.

Nosotros, la Tierra, nos encontramos en un lugar periférico de esta galaxia, en el llamado brazo de Orión. Si el centro del Universo fuera el centro de la Vía Láctea, aún así estaríamos a unos 30.000 años luz de él (Perdóneme mi querido Aristóteles, pero no somos el centro de nada, sólo un diminuto planeta perdido en un lugar remoto). Nuestro sistema solar, viajando a unos 270 Km/s tarda unos 225 millones de años en dar una vuelta completa a su luminoso centro. Y la Vía Láctea sólo es una galaxia más. Junto con Andrómeda, las Nubes de Magallanes y otras, forman lo que se denomina el Grupo Local que, a su vez, orbitan alrededor del gran cúmulo de galaxias de Virgo.
Es curioso pensar en todo lo que nos movemos estando aparentemente quietos. Ahora mismo, sentado en el sofá de mi casa, me muevo a algo menos de 1650 km/h (serían exactamente esos si estuviera en el ecuador) con respecto al eje terrestre (el movimiento de rotación de la tierra), a 29,5 Km/s respecto al sol (movimiento de traslación), a 270 Km/s respecto al centro de la Vía Láctea, y vete tú a saber a cuánto con respecto al centro del gran cúmulo de Virgo y, vete a saber aún más, con respecto de Virgo con otros sistemas… A esas velocidades tan increíbles… ¡Y yo me creo que estoy quieto! ¿Tenemos un sistema perceptivo mal dotado para las velocidades? O, siendo coherentes con la selección natural, ¿no captamos nada de esas velocidades porque son evolutivamente irrelevantes? Me inclino a pensar que así es. Las únicas velocidades que nos interesa captar son las propias que ocurrirán en nuestra vida: unos pocos kilómetros por hora.
Otra cosa que llama la atención es la forma de la Vía Láctea, esa preciosa espiral barrada. ¿Por qué esta geometría? Gravedad, amigos. Las galaxias no giran como discos compactos, sino que las partes que están en el centro (más pesado) giran con más velocidad que las que están en la periferia (más ligera). Es la segunda ley de Kepler: el radio que une el centro del sistema solar con cualquiera de sus planetas (aplicable a cualquier objeto y al centro sobre el que orbita) barre áreas iguales en tiempos iguales. Cuanto más te acercas al centro, menos área que barrer y, por lo tanto, más velocidad.















