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El ácaro de la especie Adactylidium puede considerarse como el primer animal funcionario o, dicho de otra forma, el primer animal filósofo previo a la aparición de la filosofía. O dicho de otro modo, el primer insecto que estuvo toda su vida sin hacer absolutamente nada, el animal vago por excelencia.
Según nos cuenta Jay Gould en El pulgar del Panda (capítulo 6), el macho de esta especie emerge del cuerpo de la madre y muere unas pocas horas después sin haber hecho nada en el transcurso de su breve vida (nada menos escribir una tesis doctoral sobre Hegel). Ni siquiera hace por alimentarse o aparearse. Nada.
La especie Adactylidium sólo se alimenta de huevos de tisanóptero (otro tipo de insecto). La madre embarazada de nuestro funcionario se introduce en el huevo para vivir allí el resto de su vida. Debido a la limitación de alimento que proporciona el único huevo en el que residirá, la proporción entre hijas e hijos es muy favorable a las hembras (de ocho a cinco frente a un único macho). Además, esta especie sólo se aparea entre consanguíneos (viva la prohibición del incesto en el mundo animal). Sin embargo, siendo así, es muy arriesgado tener sólo un hijo macho, ya que si éste muriera, todas sus hermanas morirían vírgenes y los genes no pasarían a la siguiente generación. ¿Qué estrategia seguir? Pues mantener tanto al macho como a sus hermanas dentro del cuerpo de la madre, protegidos para que no mueran y juntitos para que se apareen.
Dos días después de que mamá Adactylidium entrara en el huevo de tisanóptero, se abren entre seis y nueve huevos dentro de ella. Las larvas se alimentarán exclusivamente de su cuerpo. Bien, pues entre bocado y bocado a la mamá, nuestro ácaro macho fecunda a todas sus hermanas. Cuando éstas han quedado embarazadas hacen unos agujeros y salen del cuerpo de la madre en busca de un nuevo huevo de tisanóptero para comenzar el proceso otra vez.

Entonces, nuestro querido ácaro queda solo dentro del putrefacto cuerpo de su madre, rodeado de excrementos y de los esqueletos desechados de las fases larva y ninfa de sus hermanas. Ya ha hecho todo lo que evolutivamente tenía que hacer… ¿Qué hacer entonces? Pues salir del cuerpo de su madre, contemplar el mundo y morir sin hacer maldita la cosa unas horas después. No sabemos por qué lo hace, por qué, simplemente, no muere en el cuerpo de su madre. ¿Habrá querido la naturaleza que ese pobre organismo se extasíe ante las maravillas del mundo exterior? ¿Ha sido Gea tan generosa que le ha concedido un ratito de gloria al más miserable de sus siervos? ¿Qué se le pasará por su cabeza de ácaro en ese poco tiempo de ocio absoluto antes de su muerte? ¿Pensará en el más allá de los insectos o será profundamente ateo?
Con sus primos de la especie Acarophenax tribolii no pasa lo mismo. Si bien el proceso vital es similar, el macho no llega a salir al mundo después de embarazar a sus hermanas. Podríamos decir que es el animal que no llega a nacer (¿matarlo sería abortar?), o, haciendo un paralelismo con los tiempos que corren, es aquel ser treintañero que no llegó a irse nunca de casa de sus padres.
Véase la saga entera:
Los seres que heredrán la Tierra
Los seres que heredarán la Tierra (II)
Los seres que heredarán la Tierra (III). La transferencia horizontal de genes
Estoy leyendo Decostruyendo a Darwin de Javier Sampedro y estoy disfrutando como un crío con zapatos nuevos. Desde El gen egoísta o El pulgar del Panda no me había divertido tanto con un libro de divulgación científica. Curiosidades interesantísimas, explicaciones con una claridad meridiana, narrativa fluida… Todos los ingredientes para ser un libro cien por cien recomendable.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención de lo que llevo leído es lo que Sampedro ha llamado el misterio del cronocito (lo que voy a hacer es básicamente resumir un trozo del capítulo 4 del libro. Sí queréis leerlo mejor explicado id sin duda al original). Como ya vimos en este post una de las grandes objeciones al darwinismo fue la ausencia de tipos intermedios en el registro fosil. Parece que las especies existen inalteradas durante mucho tiempo para luego desaparecer y ser sustituidas por una nueva serie de especies diferentes. Esto rompe el gradualismo de Darwin que postula un cambio lento y progresivo de pequeñas variaciones. ¿Cómo explicamos los cambios bruscos que las pruebas fósiles nos remiten? Una de las alternativas es la teoría del equilibrio puntuado de Jay Gould y Eldredge de la que próximanete hablaremos.

Dentro de todos estos cambios bruscos, que el darwinismo se las ve y se las desea para exlicar, el mayor de toda la historia natural de la Tierra es el paso evolutivo de los procariotas a los eucariotas. La diferencia entre ambos microorganismos no estriba sólo en que los procariotas no tienen núcleo y los eucariotas sí, sino en muchas más cosas:
1. La endocitosis: los eucariotas pueden “comerse” a otras células o fragmentos de ellas, virus o moléculas grandes, degradándolas en el interior del citoplasma.
2. El sistema de transducción de señales: las eucariotas poseen un sofisticado sistema de comunicación basado en una compleja transformación de unas proteínas en otras.
3. La factoría del núcleo: tener el ADN dentro del núcleo produce la necesidad de un sistema de “puertas” que den paso selectivamente a una enorme diversidad de componentes que entran y salen constantemente.
Bien, la teoría de la simbiogénesis de Lynn Margulis postula que el paso de los procariotas a los eucariotas no pudo ser gradual, sino más bien por la simbiosis entre una arquea y una bacteria. Así, es de esperar que en el ADN de los eucariotas encontremos similitudes con el ADN de sus dos antepasados simbióticos. Hyman Hartman y Alexei Fedorov realizaron un experimento para poner a prueba esta hipótesis. Primero determinaron cómo podría ser el ADN de un supuesto organismo eucariota primordial realizando un estudio comparativo de organismos eucariotas cuyo genoma ya conocemos (la levadura de la cerveza, la famosa Drosophila melanogaster, etc.) y determinaron que este genoma estaría compuesto por 2.136 genes.
Después, investigaron cuáles de estos genes provenían de la arquea y cuáles de la bacteria. Buscaron cuáles de esos 2.136 genes podrían encontrarse en cualquier bacteria y arquea existentes entre los más de cincuenta especies de ellas cuyos genomas ya se han secuenciado. Así, encontraron 1.789 que existían en bacterias y arqueas. La hipótesis de Margulis parecía corroborarse. Sin embargo, los 347 genes restantes… ¿de dónde habían salido?
Para mayor sorpresa resultó que esos genes misteriosos se ocupan precisamente de las características que más diferencian a los procariotas de los eucariotas (las tres enumeradas anteriormente). En concreto, de los 347, 91 se relacionan con la endocitosis, 108 con la transducción de señales y 47 con procesos nucleares (los 101 restantes no se conocen todavía). Es decir, lo que hace que una eucariota sea una eucariota parece no proceder de los dos organismos que se unieron simbióticamente para generarla. ¿Qué explicación tiene esto?
Hartman y Fedorov nos hablan de que la célula eucariota no procede de la unión de de dos microbios, sino de tres: una arquea, una bacteria y lo que ellos denominan como cronocito, otro ser que aportó esos 347 genes responsables de las características esenciales del organismo eucariota. Bien, las bacterias y las arqueas han estado siempre allí pero… ¿Alguien tiene pruebas de la existencia del cronocito? Este organismo va a ser para la biología lo que el Boson de Higgs es para la física, el “organismo de Dios”.
El Dominical publica una entrevista al co-director del yacimiento arqueológico de Atapuerca Juan Luis Arsuaga, quien en el debate sobre ciencia y religión parece situarse en la postura de los dos magisterios de Jay Gould. Transferimos aquí algunos fragmentos literales:
“La prehistoria, en el antiguo EGB, se despachaba en un par de clases. ¿Eso está cambiando?
Debe cambiar, porque la prehistoria no sólo es interesante porque la gente tallara piedras o aprendiera a dominar el fuego. Es interesante, sobre todo, porque es el registro de nuestra evolución biológica y somos producto de eso. Darwin tenía razón. Eso es lo importante. No estamos aquí porque un agente sobrenatural nos haya creado.
[la teoría de la evolución ha tenido tanto éxito] Tanto que la religión también quiere adaptar la teoría a su negocio y habla de un diseño inteligente.
Ah, claro, porque nunca ha digerido la Teoría de la Evolución. Aún me pregunto si han digerido el hecho de que la Tierra no sea el centro del universo.
¿Se puede ser científico y tener fuertes convicciones religiosas?
Hay quien dice que son dos pensamientos irreconciliables. Sin embargo, tampoco faltan quienes piensan que se pueden compartir porque atañen a enseñanzas diferentes. Si la religión, en su magisterio, habla del mundo material o del origen del hombre o del universo… no es una voz que deba considerarse, eso está clarísimo. Ahora bien, si su magisterio se refiere a aspectos filosóficos o morales o a la búsqueda de la felicidad pues, bueno, eso ya es otra cosa.
¿Cree que en Europa, al contrario de lo que ocurre en EEUU, el debate sobre Creacionismo y Evolución está superado?
¡Qué va! No estará superado jamás. Aquí en España, nunca había habido debate porque se imparten las dos enseñanzas. En España, el profesor de Biología llega a la clase y explica la Evolución; y después entra el profesor de Religión y explica la Creación. Y esto es la avanzada Europa. En la fanática América lo que pasa es que no se puede explicar Religión.
¿Ah, no?
Pues no. Allí la Religión se aprende en la sinagoga, en la mezquita o en la parroquia, no en el instituto. Ésta es la raíz del debate en EE UU: como no hay asignatura de Religión, lo que pretendían los defensores de esos cuentos del diseño inteligente es enseñar eso en la clase de Biología. En los juicios que ha habido lo que se discutía era si eso era religión o no. Porque si es religión (y parece claro que lo es), debe quedar fuera de las aulas, no se puede dar en la escuela.”
Partimos de la no simetría entre una proposición existencial afirmativa y una negativa a la hora de aceptar su verdad. Si yo digo “No existen los duendes bicéfalos” no tengo por qué aportar razones a favor de mi enunciado. Si así fuera cada vez que mi imaginación se encontrara con cualquier fantasía y como el universo es inmenso y harían falta millones de vidas para registrarlo entero, debería aceptar su existencia al no poder probar su inexistencia. Ergo, una afirmación existencial negativa se acepta sin tener que aportar razones a favor.
Por el contrario, una proposición existencial afirmativa tal como “Existe el monstruo del Lago Ness” sí que requiere de razones para aceptar su veracidad. De la calidad de tales razones extraeremos nuestra aprobación. Por lo tanto, cuando un cristiano se defiende de los ateos sosteniendo que no han sido capaces de demostrar la inexistencia de Dios no tienen razón. Es el cristianismo el que tiene que aportar razones para que creamos en lo que nos dice. Sería como si un amigo me dice que esta tarde ha visto un OVNI y, si yo dudo de ello, me responde que le demuestre que él no ha visto un OVNI. No, ha de ser el que propone el enunciado el que aporte pruebas a favor de su afirmación.
Aplicando lo dicho al Cristianismo, sabemos que las pruebas aportadas para la existencia de Dios son insuficientes, por lo que lo más razonable es no ser creyente. La filósofa Ayn Rand lo explica mejor que yo:
Podría objetarse, siguiendo a San Anselmo y, en la actualidad, a Jay Gould que ciencia y religión son dos cosas diferentes. Razón y fe son dos cosas inconmensurables, condenadas a no entenderse porque su naturaleza es distinta. Esta es la postura protestante por antonomasia, surgida desde el nominalismo de Ockham. El problema que tiene es que si se acepta se imposibilita cualquier tipo de teología racional. La razón no puede hablar de Dios. Sin embargo, el catolicismo sí que intenta construir teorías racionales en torno a Dios, por lo que a tenor de lo dicho el catolicismo es insostenible.
La única religión posible, siendo estrictos, sería la propuesta por el primer Wittgenstein. Los positivistas lógicos no entenideron demasiado bien el Tractatus ya que, a partir de él, postularon el absurdo de la religión. Wittgenstein era un hombre muy religioso pero entendía que la religión estaba en el ámbito de “lo que no se puede hablar” . La religión estaba en lo que él denominada como lo místico, algo fuera del mundo y, por lo tanto, fuera de los límites del lenguaje. La religión se vive, se siente, pero no se puede teorizar racionalmente sobre ella. A mí ésta me parece la única forma honesta posible de religión.

Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.
Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?
Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).
El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.













