Una lectura de El Gran Torino: el último defensor de Norteamérica en una sociedad multiétnica

Publicado: 19 abril 2009 en Ética y moral, Cine
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AQUÍ DESVELO PARTES DEL ARGUMENTO DE LA PELÍCULA. NO LO LEAS SI AÚN NO LA HAS VISTO.

Un hombre luchó en la guerra de Corea. Mató a muchos hombres, cargó contra ellos con balloneta, todo por defender su páis, una serie de ideas, valores, formas de entender la vida. Cuando está en el entierro de su mujer contempla que su nieta lleva un piercing en el ombligo y viste como una fulana. Walt Kowalski (Clint Eastwood) ve como los valores por los que luchó se están derrumbando. Su barrio ha sido invadido por multitud de inmigrantes de diversas culturas y etnias: negros, sudamericanos, incluso “amarillos” muy parecidos a los que combatió en Corea. Un etnocentrista intransigente se ve de cabeza en una sociedad multicultural que, encima, muestra una terrible crisis de valores. Todos los grupos culturales que allí se dan lugar sufren la misma crisis que ocasiona que los jóvenes sin rumbo se agrupen en bandas multiétnicas (si la propia étnia pierde poder de cohesión te acabas por juntar con quien sea).  La abuela vecina de Walt, de la étnia sudasiática hmong,  es tan intransigente como él y sus valores son tan decadentes como los suyos… ¿o quizá no?

Walt tiene cáncer de pulmón, su mujer ha muerto y sus hijos hacen lo que los hijos de  nuestro tiempo hacen con sus padres: ir a verlos de vez en cuando, no comprenderlos, tratarlos como cargas inútiles, querer quitárles lo poco que tienen y meterlos en asilos. ¿Qué le queda al amargado Walt? Su coche, un Ford Gran Torino  de los años 70 al que mima con devoción. Cuando a uno le fallan  las personas ha de aferrarse a los objetos.

¿Alguien quiere joderme mis valores?

Sin embargo, un día Walt ayuda a Sue (Ahney Her), una jovencita hmong tan encantadora como ingeniosa e inteligente, del acoso de tres jóvenes macarras de color. Para un veterano de guerra que ha convivido con la muerte en el campo de batalla, unos niñatos de diecisiete años no suponen nada (mientras que cualquiera de nosotros nos cagaríamos en los pantalones). Esto me hizo pensar en otra de las consecuencias de las crisis de valores: nuestros jóvenes son flojos, débiles de voluntad y de carácter (y nosotros, que yo no soy nada viejo). ¿No será eso lo propio de no tener nada que defender que merezca la pena? ¿Que no haya nada que merezca esfuerzo y sacrificio no te hace débil? Walt tiene unos valores que defender, luchó en la guerra por ellos, y por eso es un tipo muy duro. Aquí es donde soltará la frase que se ha hecho más célebre de la película al más claro estilo Harry el sucio:

” ¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien no deberíais haber puteado? – escupe al suelo – Ese soy yo.”

Sue lo introduce en el mundo hmong donde descubre que no son tan mala gente (no sé si era Pío Baroja el que decía que el nacionalismo se cura viajando). También conoce a Thao (Bee Vang), un joven débil y retraido al que acaba por apadrinar como si fuera un hijo. Poco a poco, Walt encuentra en esos niños sudasiáticos su auténtica familia. Ya no tiene que aferrarse a lo material. Sin ningún miramiento deja todas sus herramientas e incluso su Gran Torino al cada vez más hombre “atonThao” . Walt no era un hombre avaro, sólo que no había nadie que mereciera su generosidad.  Y aquí es donde trasciende uno de los mensajes claves de la película: los sentimientos humanos están por encima de las diferencias culturales. Ya seas chino, sudamericano o neerlandes, que te humillen te duele y que maltraten a tu hermana duele aún más.

Y así sucede. Unos pandilleros del barrio acosan a Thao cada vez más llegando a violar a Sue y a ametrallar su casa. El deseo de venganza también rompe barreras culturales y Thao quiere ir con Walt a limpiar el honor de su hermana. Hay que tomar una terrible decisión: ¿Matar a los pandilleros y que Thao pase la vida en la cárcel o no hace nada y perder el honor?

Otro tema interesante es la relación amor-odio de Walt con el Padre Janovich (Christopher Carley) parecido al que vimos en Million Dollar Baby. Supongo que muestra la contradictoria religiosidad del propio Eastwood. ¿Por qué un jovén cura recién salido del seminario va a darle lecciones de la vida y de la muerte a un hombre que ha vivido muchísimo más que él? ¿Por qué el sacerdote se ve con el privilegio de nombrarme oveja de su rebaño? ¿Cómo puede aceptar a Dios un hombre que ha vivido todos los horrores de la guerra y sigue sufriendo por ello en la actualidad? Quizá porque Walt sabe demasiado de la muerte y muy poco de la vida.

Y, de nuevo, al igual que en Million Dollar Baby, tenemos un trágico final. Walt opta por la opción éticamente más correcta al más puro estilo imperativo categórico. Hace de martir ante los pandilleros, dejándose matar para que éstos sean encarcelados y Thao tenga un futuro. Surge, de nuevo, el tema de interrumpir voluntariamente una vida, si bien desde una perspectiva muy diferente. Walt sabe que le queda poca vida porque tiene cáncer y opta por el sucidio. ¿Este suicidio es legítimo? ¿Puede ser algún suicidio legítimo? Cualquiera que viera las últimas escenas de la película diría que sí. Morir por los demás, sacrificar tu finalizada vida por otra que es aún naciente, es el acto más grande de generosidad. ¿Acaso puede entregarse algo más grande que la misma vida?

Ahney Her y el Ford Gran Torino

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comentarios
  1. friedrich dice:

    Me parece estupendo que compartas tu visión sobre la película. Sin embargo creo que nos has revelado el final en una pelicula relativamente reciente (no lo censuraría si estuvieramos hablando de Ciudadano Kane).

  2. Si, ja, ja. Voy a poner el aviso de que no lo lean quienes aún no la hayan visto.

    Un saludo.

  3. Estupendo comentario, Santiago. Estoy fantaseando con idea de esta película proyectada en un centro de Secundaria, y un psicopedagogo recordando a los alumnos que Walt debía haber intentado dialogar con los macarras antes de recurrir a la amenaza (ah, la omnipotente mediación de conflictos). No puedo remediarlo, porque, como muy bien dices, hoy la idea de que a veces ciertos valores hay que defenderlos a colmillazos (¡no digamos a las personas!), y que también a veces negarse a luchar no es pacifismo, sino deserción. Tanto durante la película como leyendo tu entrada me he acordado de este artículo sobre Livio Librescu, el profesor que libró a sus alumnos de morir acribillados durante el asalto a la Universidad Tecnológica de Virginia hará unos dos años.

  4. rosibel dice:

    Me encanta, soy su admiradora. Lo tiene todo, un cuerpazo perfecto y un rostro hermosísimo. No se que tiene esta hombre que entre mas pasa el tiempo mas bello y atractivo se pone, sencillamente es alguien espectacular. Sin duda el mejor especimen de la humanidad muebles

  5. Hola Pascual.

    “Viajero, si vas a un Instituto de Secundaria, diles que hemos muerto defendiendo la mierda de las leyes de educación”

    Muchas gracias y un saludo.

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