Jugar a ser Dios en un videojuego

Publicado: 29 abril 2009 en Ética y moral
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Desde el Blog Ocurrencias habituales nos llega este videojuego. A estas alturas me parecía extraño que algo así no se hubiera hecho antes. Con toda la caña que habitualmente se mete a las religiones por todos lados  (desde este Blog, por ejemplo) el videojuego debería parecer anacrónico (y lo es, si pensamos en series televisivas como South Park o Padre de Familia). Sin embargo, más vale tarde que nunca, aquí lo tenemos: Jesucristo dando mamporros al primogénito de Shiva,  Ganesha, a Buda o a Mahoma. Curiosamente, el juego parece no aceptar la Santísima Trinidad ya que Jesús y Dios son dos personajes diferentes (estos protestantes ya no respetan nada).

Aparte de si el juego es una chorrada o no (que lo es), la cuestión importante es la de siempre: los límites de la libertad de expresión.   La hermosa libertad de expresión, uno de los grandes bienes de Occidente que sangre, sudor y lágrimas costó conseguir. A mí me da mucho miedo cada vez que por la razón que sea (seguridad nacional, razón de estado son términos  que no acepto) se habla de recortar esa libertad. Sin embargo, es evidente que esta acaba donde comienzan los derechos de otra persona… ¿Cuándo vulneramos esos derechos? ¿Donde está el límite de una sátira? ¿Cuándo estamos hablando de injuria y cuando no? ¿De cualquier tema se puede bromear o hay temas intocables? ¿Puedo reírme abiertamente del presidente del gobierno pero no del rey o de Dios? ¿Puedo ridiculizar a la Iglesia Católica pero no al Islam?

Estamos ante un problema evidente de conjunto borroso. Si te llaman gilipollas te están insultando, y es denunciable,  está claro, pero si alguien te dice que haces declaraciones desafortunadas en función de una genética y unos estímulos ambientales que no fueron los mejores… ¿Podrías denunciarlo?¿Podríamos trazar un límite preciso entre lo que es insultar y lo que no? ¿Este videojuego constituye un insulto a las diferentes religiones? ¿Una sátira es un insulto? ¿Una crítica es un insulto? ¿Podríamos, igualmente, trazar un límite preciso sobre los temas sobre los que se puede bromear y los que no?

Por un lado tenemos que el humor nihiliza, es decir, el humor quita peso, valor a circunstancias que de primeras lo tienen. Reírte de un político quita solemnidad a su cargo, lo banaliza, lo trivializa, a fin de cuentas lo convierte en nada. De tanto reírnos de los políticos al final conseguimos que nuestra visión de ellos sea más una parodia, una caricatura que una realidad. El político pasa a ser un patán, un cretino, no vale nada. Cuando nos reímos de algo lo estamos destruyendo. ¿Estamos en una sociedad zafia y burda, que se ríe de todo porque ya no cree en nada?

Sin embargo, ese descargador de sentido que es el humor también es necesario. Hay ocasiones en las que está bien quitar esa solemnidad, restar algo de esa sacralidad que puede llegar a ser artificiosa o incluso ridícula. En estas ocasiones, el humor es lucidez, es un aviso de que nos estamos pasando, de que hay algo equívoco en nuestra actuación. En muchas ocasiones es necesario saber reírse de uno mismo. Pero,  ¿Cómo distinguir entre este humor nihilizante de un humor necesario?

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comentarios
  1. Héctor dice:

    ¡Buena distinción!

    No obstante no creo que hay una regla efectiva para todas la casuística que dictamine a priori cuando esté se haciendo humor nihilizante.

    Voy a apuntar una: yo quitaría sacralidad a las instituciones (sean de la naturaleza que sean) pero no a las emociones de las personas, a lo que sienten las personas.

    En cualquier caso estando en contra de cualquier censura de libertad expresión -incluido el humor nihilizante-, no por ello dejo de considerar que pueden existir y llegan existir bromas de mal gusto que deben entenderse como una muestra de falta de respeto. Con todo el dramatismo que ello implica para una sociedad que no será mucho pero tampoco nada.

    Un ejemplo sería uno que me contaron de gente que estaba en una catedral riéndose de todas las esculturas y objetos habidos allí, así como de los feligreses. Tal actuar, desde donde lo hacían, dentro de la iglesia, me parece una falta de respeto.

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