Las memorias del Cosmos

Publicado: 24 junio 2009 en Evolución
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Durante mucho tiempo se pensó que la información genética estaba en las proteínas. El ADN fue aislado por primera vez en 1869 por el suizo Friedrich Miescher. Era una sustancia blanca y azucarada, algo ácida y rica en fósforo. Al encontrarla en el núcleo celular, la llamó “nucleína”.  En 1885, Albrect Kossel obtuvo las diferentes bases nitrogenadas. Análisis posteriores demostraron que en los cromosomas de las células eucariotas había una cantidad similar de proteínas que de ADN. ¿Dónde estaría la información genética? Por sentido común parecía que en las proteínas, ya que éstas están compuestas por 20 aminoácidos y el ADN sólo tiene cuatro bases que, además, sólo se pueden conectar de dos formas diferentes. Las posibilidades de combinatoria de los aminoácidos eran mucho mayores.

No fue hasta los experimentos con virus de Luria, Delbrück, Alfred D. Hershey o Martha Chase, cuando se descubrió que el ADN era el auténtico testaferro de la información. Y es que, a pesar de la compleja belleza de la doble hélice, no hace falta ser matemático para darse cuenta que con dos pares de bases nitrogenadas que sólo se conectan con su par correspondiente dando lugar a sólo cuatro combinaciones posibles no tenemos un sistema demasado eficiente de codificación de la información. Simplemente, si se pudieran conectar entre ellas ya tendríamos dieciséis y ocupamos cuatro veces menos cadena para transmitir la misma información. El ADN como almacén de información es otra chapuza evolutiva.

Cuando hablamos de memoria siempre pensamos en el cerebro. Tenemos la idea de que el único almacén donde se guardan datos es en nuestro cerebro. No obstante, no es muy difícil pensar que otro almacén de información es el ADN, a pesar de que el genoma es un almacén muy rígido y tonto. No aprende, sólo cambia accidentalmente y esos cambios rara vez perduran. Por ello se adapta mal al medio. Un gran cambio en el ecosistema y las especies se extinguen. ¿Cómo se las arregló está memoria lenta y monolítica para sobrevivir? Generando una memoria más flexible y rápida, una capaz de aprender y cambiar rápidamente. ¿La memoria humana? Sí, pero antes generó otras. ¿Es que hay otras memorias a parte del ADN y la memoria humana?

No somos el único ser con memoria

Todas las células que existen en nuestro cuerpo, así como todos los seres vivos, actúan siguiendo funciones muy especializadas, interactuando con el medio de una forma muy concreta. Para ello, las células intercambian información y, lógicamente, la información que obtienen han de mantenerla. Hay muchas formas de guardar información. Al igual que nosotros creamos discos duros magnetizando silicio, los seres orgánicos guardan información de modo químico. Mis leucocitos “saben” que deben atacar a un tipo determinado de organismos y no a otros, mi pupila “sabe” que ha de dilatarse para que entre mucha luz y contraerse para que entre poca, mi cuerpo “sabe” auto-equilibrarse constantemente mientras yo voy caminando. En la naturaleza hay conocimiento sin sujeto cognoscente ni autoconciencia.

Y es que para que exista conocimiento, para que exista memoria, no hace falta ni ser consciente de que se tiene ni que exista un “yo” que se pregunte por sí mismo. Al igual que para los ingenieros  en informática, cualquier cosa puede ser una puerta lógica siempre que tenga un mínimo de dos estados posibles. Allá donde algo pueda tener dos posiciones y en función de ellas se actúe de una determinada forma, allí habrá una memoria. Por ello, la memoria humana es un tipo de memoria más, es una entre millones de puertas lógicas, de almacenes naturales. La historia natural es la historia de múltiples flujos de información que han atravesado el tiempo.

¿Qué peculiaridad tiene la memoria humana? Tendría bastantes, pero la principal es que puede crecer. La mayoría de las memorias naturales son, al igual que el ADN, rígidas. No cambian, ni crecen ni decrecen. Mi leucocito no aprende, está “cableado” desde su nacimiento, su conducta es buena para su entorno, pero si su entorno cambia, morirá irremediablemente si no muta.

Las memorias capaces de aprender son mucho más adaptativas porque pueden atesorar nueva información, son capaces de crecer y de actuar en función de su novedad adquirida. No se me ocurre estrategia evolutiva más genial: si la gran lacra para la supervivencia son los cambios en el ecosistema, genera individuos que sean capaces de aprender cómo sobrevivir al nuevo ecosistema, un promedio entre especialización y versatilidad. Sin embargo las memorias cambiantes tienen un grave defecto: la nueva información no se transmite a los descendientes biológicamente (o sólo muy poca. Veremos lo que nos dice la epigenética). Lo que se graba en el cerebro se pierde cuando éste muere. La nueva información requerirá de la educación para transmitirse, siendo este mecanismo mucho menos seguro que la totémica quietud genética. Este defecto ha sido subsanado en nuestros bancos de memoria artificiales. Partiendo desde las representaciones pictóricas del paleolítico, pasando por el papel, hasta los inmensos centros de datos de los servidores de Internet, hemos creado  memorías que subsanan tanto nuestras limitaciones de almacenaje y recuperación como de duración (superan la vida del individuo que la generó): hemos creado memorias modificables de rápido crecimiento y de larga duración, algo inaudito hasta el sapiens.

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