En las sociedades occidentales la presión selectiva sobre ciertos genes deletéreos es muy débil. Individuos afectados con hemofilia, cataratas congénitas o con el síndrome de Charcot-Marie-Tooth (por poner sólo algunos ejemplos de las más de mil clases de taras genéticas hereditarias que se conocen en la actualidad) consiguen sobrevivir y reproducirse, propagando sus genes por doquier. Pero es que, no sólo carecer de depredadores naturales o no tener que luchar por el alimento debilitan la presión selectiva: la medicina moderna también lo hace. Por ejemplo, la fenilketourina es una enfermedad genética que impide metabolizar la fenilalanina, la cual se acumula en el organismo, acabando por volverse tóxica y provocar la muerte. Hoy en día, gracias a la genética molecular, puede detectarse poco después del nacimiento y tratarse (haciendo que el paciente no incorpore en su dieta nada de fenilalanina), de modo que el enfermo puede sobrevivir hasta edad adulta y procrear. Pero, es más, no sólo las taras genéticas ya existentes se van extendiendo sin criba, sino que a ellas se suman las mutaciones que aparecen en cada nueva generación.

Hermann Joseph Muller (Premio Nobel de medicina por estudiar las relaciones entre las incidencias de Rayos X y las mutaciones genéticas) pensaba que cuantas más enfermedades de origen genético consigan curarse, tantas más habrá que curar en la siguiente generación. Literalmente dijo:

“La organización biológica natural de nuestros descendientes se habrá desintegrado y será reemplazada por un total desorden… Al final, será más fácil y razonable fabricar a un hombre completamente ex novo, a partir de materias primas adecuadamente escogidas, que tratar de remodelar una forma humana con las reliquias lastimosas de los superviventes.”

Resulta terriblemente paradójico que sean las mejoras en nuestra calidad de vida y en nuestros sistemas sanitarios lo que nos haga degenerar como especie y, quizá, llevarnos a la definitiva extinción. Pero, ¿es esto realmente así? ¿estamos condenados a la degeneración si no tomamos medidas eugenésicas a lo Francis Galton?

Reflexionemos un poco más. En primer lugar, la presión selectiva sigue siendo alta para los genes muy letales: cualquier mutación que me mate antes de nacer o en la infancia sigue siendo cribada por la selección natural. Y, en segundo, las dolencias genéticas serias son poco frecuentes (por ejemplo, la fenilketourina ocurre en cuatro nacimientos de cada cienmil). Vale, poco frecuentes ahora pero, ¿a qué velocidad se irán propagando tal y como pronostica Muller? Si seguimos con la fenilketourina como ejemplo, y tal y como nos explica Ayala:

“Si se curase a todos los niños nacidos en el mundo con esa enfermedad, y todos ellos tuvieran hijos en número comparable a quienes no sufren la enfermedad, se necesitarían 159 generaciones para que el número de niños nacidos con PKU [fenilfetourina] alcanzase el doble de la cifra actual […] En cualquier caso, 159 generaciones humanas requieren cerca de 5.000 años. La terapia genética ha avanzado enormemente en 25 años; es razonable pensar que en mucho menos de esos 5.000 años habrá progresado tanto que no parece razonable plantearse la cuestión en términos de las técnicas y posibilidades actuales.”

Efectivamente, la degeneración progesiva requiere tanto tiempo en proporción con la velocidad del avance de la ciencia que, seguramente, se encontrarán formas de evitarla sin tener que recurrir a métodos propios de otras épocas algo menos piadosas que la nuestra. Una vez más, se necesita de la ciencia y de la técnica como únicos medios para arreglar lo que el avance en el bienestar y en la calidad de vida ha podido desarreglar, sin tener que renunciar a ellos. A día de hoy, la degeneración de nuestro genoma no es, desde luego, uno de los problemas que más deba preocuparnos.

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comentarios
  1. […] también Degeneración y ¿Seguimos […]

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