Las dos posturas ontológicas que tradicionalmente han dominado la historia de la filosofía han sido, primero, el dualismo de propiedades (anteriormente conocido como dualismo platónico o cartesiano) y, luego, el materialismo, siendo esta última la que domina en los ambientes intelectuales de corte cientificista de la actualidad.

El dualismo, en la medida en que sostiene la total independencia e incomunicación entre la mente y el cuerpo, es una teoría absurda. Aunque no sepamos cómo nuestro cerebro genera estados mentales, ni sepamos qué relación hay entre uno y otros,  tenemos claro que existe una estrecha relación. Creo que no hace falta ni mencionar, por obvio, lo que ocurre con nuestros estados mentales cuando bebemos mucho alcohol o cuando nos anestesian.

Y con respecto al materialismo ya sabéis mi postura : creo que no sabemos lo suficientemente bien qué es la materia para enarbolar la proposición “Todo lo que existe es x, siendo x materia” , como subrayaba la crítica de Moulines al materialismo y que discutimos largamente en este blog. Además, el materialismo siempre ha tenido, y tendrá, el problema de la conciencia como bestia negra: ¿Cómo explicar la existencia de estados mentales que no son claramente definibles en términos materiales? Las estrategias pasan por negar la existencia de tales estados, bien directamente (Ryle, Dennett o Patricia Churchland), bien reduciéndolos a estados funcionales (Fodor y, al principio, Putnam) o, directamente, hacerlos idénticos a los estados neuronales (Smart); o de modo casi embarazoso, evitando hablar de ellos (el conductismo en general). Desgraciadamente para todos ellos, los estados mentales se resisten a ser reducidos y ninguna de las propuestas parece satisfactoria. ¿Qué hacer entonces? ¿Es que cabe otra alternativa a ser materialista o dualista? Pienso que sí.

Una de las aportaciones más famosas de Wittgenstein en sus Investigaciones Filosóficas es el concepto de “parecidos de familia”.  Wittgenstein intenta definir qué es el lenguaje, pero se encuentra con una pluralidad de lenguajes diferentes (los que llamará juegos de lenguaje) a los que no encuentra una característica en común tal que nos sirva para la definición:

66. Considera, por ejemplo, los procesos que llamamos “juegos”. Me refiero a los juegos de tablero, juegos de cartas, juegos de pelota, juegos de lucha, etc. ¿Qué hay de común a todos ellos? – No digas: “Tiene que haber algo común a ellos o no los llamaríamos juegos” – sino mira si hay algo común a todos ellos. – Pues si los miras no verás por cierto algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y, por cierto, toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira! Mira, por ejemplo, los juegos de tablero con sus variados parentescos. Pasa ahora a los juegos de cartas: aquí encuentras muchas correspondencias con la primera clase, pero desaparecen muchos rasgos comunes y se presentan otros. Si ahora pasamos a los juegos de pelota, continúan manteniéndose carias cosas comunes pero muchas se pierden – ¿Son todos ellos entretenidos? Compara el ajedrez con las tres en raya. ¿O hay siempre un ganar o perder, o una competición entre los jugadores? Piensa en los solitarios. En los juegos de pelota hay ganar y perder; pero cuando un niño lanza la pelota a la pared y la recoge de nuevo, ese rasgo ha desaparecido. Mira qué papel juegan la habilidad y la suerte. Y cuán distinta es la habilidad en el ajedrez y la habilidad en el tenis. Piensa ahora en los juegos de corro: Aquí hay el elemento del entretenimiento, ¡pero cuántos de los otros rasgos característicos han desaparecido! Y podemos recorrer así los muchos otros grupos de juegos. Podemos ver cómo los parecidos surgen y desaparecen.

Y el resultado de este examen reza así: Vemos una complicada red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Parecidos a gran escala y de detalle.

Cuando observamos la realidad, contemplamos una ingente cantidad de clases de “cosas” entre las que solamente encontramos parecidos, sin conseguir vislumbrar nada que todas ellas tengan en común de tal modo que podamos decir que en la realidad únicamente hay x (tal como erróneamente hace el materialismo) pues, ¿qué tendrían en común un átomo, un dolor de muelas, un teorema matemático, la velocidad, los tipos de interés, la batalla de San Quintín y la digestión? Algunas similitudes, parentescos… parecidos de familia:

67. No puedo caracterizar mejor esos parecidos que con la expresión “parecidos de familia”; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: estatura, facciones, color de los ojos, andares, temperamento, etc., etc. – Y diré: los ‘juegos’ componen una familia.

¿A qué postura nos llevaría aplicar la teoría de parecidos de familia de Wittgenstein a la ontología? A un pluralismo ontológico (n-ismo de propiedades si se quiere): existe un sólo mundo (no necesitamos un mundo platónico dónde existen los teoremas matemáticos ni otro mundo para los estados mentales como pasa con Popper o Penrose) pero en él hay muchas propiedades diferentes tal que no podemos definir cuál sería la característica común a todas ellas. Como dice Searle:

Hay montones de propiedades en el mundo: electromagnéticas, económicas, geológicas, históricas, matemáticas, por decir algunas. De manera que si mi posición es un dualismo de propiedades, en realidad debería llamarse pluralismo de propiedades, n-ismo de propiedades, dejando abierto el valor de n. La distinción verdaderamente importante no es la que puede darse entre lo mental y lo físico, entre la mente y el cuerpo, sino la que puede darse entre aquellos rasgos del mundo que existen independientemente de los observadores – rasgos como la fuerza, la masa y la atracción gravitatoria – y aquellos rasgos que son dependientes de los observadores – como el dinero, la propiedad, el matrimonio y el gobierno -. El caso es que, aunque todas las propiedades dependientes del observador dependen de la conciencia para su existencia, la conciencia misma no es relativa al observador. La conciencia es un rasgo real e intrínseco de ciertos sistemas biológicos como el suyo y el mío”.

John Searle, El misterio de la conciencia.

La mente, a pesar del materialismo, permanece irreductible a lo material. Sin embargo, no por ello hay que aceptar el dualismo. ¡Acepta el n-ismo de propiedades!


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comentarios
  1. Adolfo dice:

    Santiago, ten muchísimo cuidado con el concepto de semejanza para dar respuesta a problemas filosóficos. Es mucho más truculento y engañoso de lo que parece y creo que en muchas ocasiones ha sido utilizado en exceso.

    Si bien no tengo mucha idea, todo hay que decirlo. Os dejo una referencia sobre el asunto de un profesor y colega mío:
    http://www.fyl.uva.es/~wfilosof/webMarcos/textos/SEMEJANZA_La%20Plata_2010.pdf

    saludos,
    Adolfo

  2. José Manuel dice:

    No hay, con toda probabilidad, universo mecánico sin conSciencia de la misma esencia. La conSciencia es la mayor singularidad del universo.

  3. Masgüel dice:

    Habría respondido antes, pero quería encontrar un hueco para leer el texto que enlaza Adolfo.

    Estoy de acuerdo contigo y con Moulines en la crítica al materialismo fisicalista. Los sistemas de Bunge y Bueno son materialistas solo de nombre y por motivos ideológicos. Decir que los teoremas matemáticos son un género de materialidad es pretender que los demás usen las palabras como a uno le convenga.

    No estoy de acuerdo con la rehabilitación de la semejanza a través del realismo metafísico que hace el profe de Adolfo. Me quedo con el relativismo de Goodman. La rehabilitación de la semajanza desde el pragmatismo no precisa resucitar la realidad de lo potencial o la cosa en sí. Pero es cierto que el texto sirve de marco a tu propuesta de un pluralismo ontológico desde la noción wittgensteiniana de “parecidos de familia”. Por mi parte, también coincido contigo en que no hay teoría sin ontología (implícita).

  4. PC dice:

    A mí me preocupa que en la misma página en la que se discute a Wittgenstein, aparezca este aviso:

    Filosofía – Logosofía
    Una ciencia que estudia el sentido de la vida. Gane un libro gratis
    http://www.logosofia.org.br/libro-gratis

    Te juro que eso aparece.

    Abrazos desde Argentina

  5. Hola amiguetes. Perdonad la tardanza en la respuesta pero es que esta semana ha sido de locura.

    Adolfo:

    El concepto de semejanza es muy problemático. Es un concepto “axiomático”, en el sentido de que no se puede definir sin apelar a su contrario o sin caer en cierta singularidad: ¿qué es la semejanza entre dos objetos? Lo que ambos tienen “igual” (ya hemos caído en circularidad: “semejante” e “igual” son lo mismo) o lo que ambos no tienen de “diferente” (apelamos al concepto de “diferencia” que es exactamente igual de problemático que el de “semejanza”). No obstante, aunque no podamos definirlo, parece sensato aceptarlo de modo pragmático: todos podríamos estar de acuerdo en qué es lo que hace semejante o diferente a dos objetos y lo contrario, negar la “semejanza”, nos parecería a todos muy absurdo.

    Gracias por el artículo. En cuando tenga dos segundos lo leo, palabra de niño Jesús.

    Masgüel:

    Yo también creo que el materialismo se ha convertido casi en una ideología. Se mantiene porque parece que salirse de él es ser “infiel” a la ciencia o hacer concesiones al idealismo o al espiritualismo o incluso a la religión.

    José Manuel:

    No entiendo tu primera frase. Y bueno, la consciencia es algo singular, desde luego, pero yo no diría que es algo tan sumamente especial. A mí fenómenos como la luz, la fotosíntesis o el metabolismo celular me parecen también cosas grandiosas.

    PC:

    Jeje. Supongo que ha salido como publicidad que introduce WordPress. Espero que ésto no acabe rodeado de anuncios de adivinos y nigromantes.

    Por cierto, en enlace está roto.

    Un saludo.

  6. José Manuel dice:

    Quiero decir que la conciencia DEL YO también es mecánica. Santiago, cómo y quién expliaría la luz, la fotosíntesis o el metabolismo celular sin conciencia, sin conocimiento de sí y de su entorno.

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