Causas y efectos

Publicado: 16 marzo 2012 en Filosofía de la ciencia
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Tengo una alergia terrible que mantiene mi nariz taponada y mi sentido del olfato inútil. También estoy dejando de fumar con poco éxito y estoy a dieta. Ah, y me gusta mucho leer. Un cocktail  peligroso, ¿qué no?

El martes por la noche me preparo un té respetando escrupulosamente la nimia cantidad de calorías diarias que el régimen permite. Como tengo la nariz taponada no me doy cuenta que, cuando retiro la tetera, me dejo el gas encendido. Abro mi libro mientras me siento cómodamente en el sofá. Estoy leyendo la interesantísima última encíclica de Benedicto XVI: Caritas in Veritate. Leer algo tan magnífico me provoca un mono terrible y, como mi fuerza de voluntad es muy débil, claudico y enciendo un cigarrillo. La llama del mechero prende el gas y mi casa salta por los aires. Mi triste final me pilló leyendo una encíclica… quizá esto haga que San Pedro me deje entrar en el cielo.

¿Cuál fue la causa de la explosión? La respuesta más habitual sería apelar al gas y al cigarro encendido. Pero si pensamos un poquito más encontramos múltiples causas: si yo no hubiera tenido alergia habría podido oler el gas y quizá lo habría apagado a tiempo, por lo que la alergia también sería una causa; si yo hubiera conseguido dejar de fumar no habría encendido el pitillo, así que mi débil fuerza de voluntad también sería causa; si no estuviera dieta no me hubiera hecho un té y quizá habría comido un helado y no hubiera encendido el gas; y si no me gustara leer, en vez de sentarme en el sofá y encenderme un cigarro, quizá hubiera salido a dar una vuelta por el parque y nada de este trágico suceso habría ocurrido. Es más, rizando el rizo, podríamos decir que la causa es que el Papa hubiera escrito la encíclica, ya que si no lo hubiera hecho, quizá no me habría puesto a leer y no habría encendido el cigarro… ¡Ratzinger es el culpable de mi muerte! ¡Lo sabía!

Vaya lío, ¿cómo poner orden? Podemos pensar la causalidad en términos de necesidad y suficiencia. Podemos pensar que cada una de las causas que hemos expuesto son necesarias (sin ellas no se daría el efecto) pero no son suficientes (ninguna de ellas por sí sola podría causar el efecto). Si encontráramos una causa suficiente y necesaria esa sería la causa más poderosa y parecería lícito hablar de ella como de la auténtica causa. Pero aquí radica el problema: ¿existe alguna causa suficiente y necesaria? No, para cualquier efecto se dan un montón de causas necesarias pero insuficientes… El mundo parece una enorme red de relaciones causales en la que todas ellas conspiran para que se dé cada efecto. De algún modo que alguien mueva un dedo en Kinshasa puede ser causa de que mi casa salte por los aires. El problema se complica muchísimo: cualquier cosa que haya ocurrido con anterioridad en el tiempo podría ser causa de cualquier efecto presente… ¡Hay que concretar!

Hume entendió la causalidad en términos de proximidad espacio-temporal, prioridad y unión constante: algo era causa de un efecto si ocurría en un tiempo y un espacio cercanos al efecto, antes del efecto y solía darse constantemente junto a él. Demasiado simple: si mi mujer se acostó con otro hace cinco años en Brasil y yo me entero hoy y la dejo, la causa de la ruptura (la infidelidad) ocurrió en un tiempo y en un espacio lejanos (Brasil, hace cinco años). O pensemos en una bola de billar que cae sobre un cojín, deformándolo. La causa de la deformación es la bola cayendo, pero aquí, la causa no sucede antes del efecto, sino a la vez, ya que, además, la deformación del cojín es causa de que la bola desacelere su velocidad de caída (se da retrocausalidad, suceso que quizá ocurra en todo fenómeno causal, lo cual complica aún más, si cabe, el problema: la causa ocurre después del efecto… ¡El futuro interviene en el pasado!). Parece que la cercanía, lejanía o prioridad espacio-temporales no son propiedades claramente definitorias de la causalidad. O, y para desmontar la última característica de Hume, de cualquier fenómeno causal que sólo ocurriera una vez no podríamos decir que fuera realmente causal, ya que en él no habría unión constante (otra cuestión interesante: ¿es posible que exista un fenómeno tal que en su naturaleza esté sólo ocurrir una vez? ¿O todo lo que existe es esencialmente repetible?). Dicho de otro modo: correlación no implica causalidad.

Otra salida, muy popular hoy en día, es sostener que definir una causa de un acontecimiento es algo puramente convencional, un acuerdo entre los individuos en función de lo que la praxis lingüística indique en ese momento. Por ejemplo, en el hundimiento del Costa Concordia, teniendo una sociedad que busca ansiosa y obsesivamente culpables de cualquier desastre, la causa fue la negligencia y cobardía del capitán. Seguramente, en la sociedad europea del medioevo o en el Egipto faraónico, las causas hubieran sido de índole celestial. El contexto cultural define las reglas que rigen los distintos juegos del lenguaje, y definir la causa de un efecto no deja de ser otro juego reglamentado.

La visión opuesta, digamos “realista”, diría que el vínculo que se da entre la causa y el efecto no es algo ficticio como pensaría Hume, sino que es real. Hay algo que se transmite de la causa al efecto pero, ¿qué es? Recurriendo a la física, energía y/o momentum. Vale, en un proceso puramente físico parece haber tal transferencia pero ¿qué pasa cuando digo que “mi regalo causó mucha alegría a Laura”? ¿Mi regalo “transmitió” energía a Laura? Ummmmm… de nuevo el problema del reduccionismo. ¿Podríamos reducir toda explicación causal a explicación física? Como siempre, la realidad parece resistirse mucho a ello.

Más información en la Enciclopedia de Stanford.

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comentarios
  1. Antonio dice:

    ¿Qué bárbaro Santiago? Siempre planteando problemas interesantes. Alguna vez había pensado sobre las causas, pero no con tanta profundidad. De vez en cuando podías traer la solución, escrita al revés en la última página, como una revista de pasatiempos. Aunque si no hay solución… no te la vas a inventar, claro.

    Me inclino por la postura realista. No cabe la interpretación. Aunque lo que se transmite de la causa al efecto sea sutil y a través de medios difíciles de descubrir.

    Lo que es muy claro y desconcertante es lo de las múltiples causas para un solo efecto. Los técnicos que reparan ordenadores o software se las ven con eso cada día. A lo que hay que añadir los fallos intermitentes. A veces el efecto ocurre y otras no y eso lleva a buscar todas las causas.

    Y en el caso de los ordenadores, un mundo mucho más simple que la vida cotidiana, hay una máxima. La posibilidad de reproducir el fallo. Solo cuando el técnico (o más bien el laboratorio) reproduce el problema está seguro de la causa y diseña una solución.

    Y hay algún aspecto más. Por ejemplo el psicológico. Estamos hechos (también muchos animales) para buscar causas y efectos. El aprendizaje se da cuando la causa precede sistemáticamente al efecto y en un tiempo corto. Las sinapsis funcionan con los principios de sumación temporal y espacial. Suena a Hume.

    Y luego están las correlaciones que no son causa efecto. En el blog http://francisthemulenews.wordpress.com/2011/12/12/una-correlacion-no-implica-una-relacion-causal/ hay varios ejemplos muy divertidos. ¿Es el aumento de Facebook el causante de la crisis griega? Pues correlacionan. Hay incluso una correlación entre la tasa de asesinatos y el perfil de una montaña.

    Creo que no voy a poder dormir.

  2. Elder dice:

    En cuanto al caso de la mujer infiel creo que la causa también se podría interpretar como el haberse enterado del hecho y no que el hecho ocurriera en si, de esta manera la cercanía espacio tiempo se cumple.
    Y en cuanto a lo del regalo creo que se pueden apreciar las causas físicas del efecto: La combinación de variables físicas (la sensación del regalo, la imagen de ver lo que Laura quería, algún olor agradable etc.) pudo ser la causa de que se produjeran reacciones fisiológicas que desencadenaran “Felicidad”.

  3. miquel dice:

    Interesante reflexión. Puede que la solución al enigma sea un Universo completamente determinado sin lugar para el azar. El cerebro humano percibe algunas regularidades que interpreta como causas y efectos.

  4. Muy buena entrada, Santiago, y muy didáctica. La usaré en clase para discutir este problema. Un saludo

  5. Yack dice:

    A mi entender nuestra mente está adaptada para buscar dos tipos de causas.

    La primera es de tipo mecánico: Para que haya lluvia es condición necesaria la presencia de nubes en el cielo, luego si no hay nubes no puede haber lluvia. Saber eso es útil para no mojarse y para interaccionar con el mundo exterior.

    La segunda es de tipo práctico: Se trata de localizar la causa que depende de la voluntad humana y que debería haberse evitado a partir de los conocimientos disponibles. Si se produce un accidente de tráfico se busca la causa que no debería haber intervenido (el conductor está borracho, hay una señal mal puesta, se rompió la dirección, etc.).

    Nadie achacaría el accidente a la caja de cambios que ha hecho posible que el coche se desplace o a que los neumáticos estuvieran inflados, porque todo eso se considera como causas sobreentendidas y que forman parte del tejido de la realidad. Lo que interesa a nuestra mente es aprender que puede hacerse en una próxima ocasión para evitar el efecto no deseado, sin que al hacerlo se renuncie a las ventajas que suponen la concatenación de todas las causas y efectos que han intervenido. La solución más eficaz sería destruir los automóviles, pero se suponen que son una mejora para la especie humana y en tal caso sería mayor el costo que el beneficio.

    En cuanto a qué se considera causa y efecto, pienso que un conjunto causa-efecto es toda pareja de acontecimientos que nuestra mente pueda utilizar para, dada una causa, poder predecir, con una probabilidad mayor de 1, la ocurrencia del efecto. Naturalmente esta capacidad predictiva se adquiere retrospectivamente, pero resulta muy útil para predecir casos similares en el futuro, que es de lo que se trata.

    Saludos.

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  7. Ananías de Camplintela dice:

    Por favor Santiago….¿es que no nos vas a deleitar con la tercera entrega de “razones para no ir a la huelga general” y completar así la trilogía?
    En este tema, de causas y consecuencias o efectos, entraría muy bien pero te quedaría mejor como la tercera entrega de la saga. La ocasión lo merece, creo yo. Y el número tres está ahí esperando y presentándose como un cometa para generar una apoteosis.

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