Criticamos la idea de que la consciencia fuera algo redundante y evolutivamente inútil, explicamos que una de sus principales funciones estaría relacionada con el aprendizaje y también comentamos la hipótesis de que sirviera para hacer que la información fuera discreta, duradera y, a fortiori, multifuncional. Da la impresión de que la consciencia  va empezando a entenderse o, al menos, tenemos hipótesis muy interesantes. Demos un paso más: ¿Qué pasa con la autoconsciencia? ¿Por qué no sólo somos conscientes de lo que nos pasa sino que también somos muy conscientes de nosotros mismos?

La aparición de la autoconsciencia en la historia de la vida, dada la consciencia anterior, no parece tan misteriosa: si podemos ser conscientes de otros seres será fácil poder girar la mirada y vernos a nosotros mismos como si viéramos a otro. Si la atención puede centrarse en cualquier cosa no debería de haber problema en poder centrarse en mí mismo, siendo yo también una cosa. De hecho es mucho más difícil explicar la consciencia (darse cuenta de algo, tener “mundo interior”) que la autoconsciencia (si ya sabemos que tenemos un “mundo interior” en el que percibimos a todo el mundo no hay problema en explicar el hecho de meternos allí a nosotros mismos). Fácil, pero la autoconsciencia no consiste sólo en percibirme a mí mismo sino también en imaginarme a mí mismo en cualquier situación posible. No sólo hay percepción sino también imaginación. Habría dos buenas razones para imaginarse a sí mismo:

1. Simulación de situaciones como aprendizaje. Mañana tengo mi examen práctico del carné de conducir. Sería un buen entrenamiento imaginarme una y otra vez realizando tal examen en ese “espacio de realidad virtual” al que se asemeja nuestra imaginación. Pensándome a mí mismo puedo conocer mejor mis habilidades y defectos y así poder ponderar eficazmente mis probabilidades de éxito.

2. Teoría de las otras mentes. Somos primates sociales, por lo que obligatoriamente tenemos que convivir con otros. Será entonces muy útil sacar el máximo partido a estas relaciones. Yo sé que detrás de los ojos de mi vecino hay otra mente que tendrá cierta similitudes con la mía. ¿Cómo saber qué va a hacer? ¿Cómo predecir su conducta? Cómo sé que esa mente es parecida a la mía, supongo que su actuación será similar a la mía. Entonces no tengo más que imaginarme a mí mismo haciendo algo para predecir lo que creo que hará la otra persona.  Si a mí un puñetazo me ha dolido mucho, supongo que a ella también le dolerá. De la misma forma ser autoconsciente me hace verme como creo que el otro me verá. He visto que mi vecino lleva una camisa muy elegante con la cual mi vecina se ha fijado mucho en él. Imagino y deduzco que si yo llevo esa misma camisa mi vecina me verá de similar forma a como ha visto a mi vecino. La autoconsciencia nos lleva a una, muchas veces, complicada red de metarepresentaciones en las que imaginamos y nos imaginamos cómo nos imaginan. Y de aquí podemos dar un paso más. Imaginar me permite visualizar el futuro tal y como creo que será, pero también como no va a ser. Me doy cuenta de que me equivoco y que, por lo tanto, el otro puede también equivocarse. Llega el gran momento de la historia: me doy cuenta de que puedo inducir a los otros al error, puedo hacer que se equivoquen. Tenemos la gran distinción metafísica de la historia: realidad / apariencias; y tenemos al primer animal capaz de mentir, de traicionar la sagrada verdad: el simio maquiavélico que, más pronto que tarde, se da cuenta de que en gran parte de las ocasiones, es mucho más eficiente aparentar que realmente ser. El engaño, siempre que no te pillen claro está, es siempre coger un atajo, conseguir con menos esfuerzo lo que requiere mucho. ¿Existe estrategia evolutiva mejor?

Y lo bueno de todo esto es que tenemos una buena base neurológica para respaldarlo. Son las famosas neuronas espejo que Ramachandran no se cansa de explicar una y otra vez. Si yo veo a mi vecino coger un martillo y golpear un clavo, un conjunto parcial de las neuronas que yo utilizo para hacer la misma acción se activarán aunque yo no realice acto alguno. Las neuronas espejo nos informan muy bien de qué está sintiendo el otro cuando actúa, nos ponen en el lugar del otro. Es un descubrimiento fabuloso. Antes, pensábamos que yo sólo puedo percibir al otro “exteriormente”. No puedo acceder a su “mundo interior”. Si le duelen las muelas yo no puedo saberlo más que por sus gestos o porque él me lo diga. Sin embargo, ahora, cada vez que a alguien le duele las muelas, de algún modo, a mí también me están doliendo. La empatía ha dado un salto cualitativo y ahora compartimos un poquito más el “mundo interior” de los otros, estamos algo más hermanados. Es bonito aunque, cuidado, cuantos más hermanados estemos, más sabremos unos de otros y, por tanto, seremos víctimas más fáciles para otros simios maquiavélicos.

Ilustración de Chet Phillips.

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comentarios
  1. vicente dice:

    Cuidado con el concepto de neuronas espejo: hay nuevas teorías http://www.cienciakanija.com/2012/06/25/se-ha-exagerado-el-papel-de-las-neuronas-espejo/

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