El anillo de Giges

Publicado: 3 octubre 2012 en Ética y moral, Filosofía política
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Glaucón, comentarista habitual de los diálogos platónicos, cuenta en el II libro de la República una versión del mito del anillo de Giges. En él, Giges, un pastor del rey de Lidia, se adentra en una grieta causada por un terremoto y encuentra un caballo de bronce en el que hay un cadáver de un gigante con un anillo de oro. El pastor se queda con el anillo y pronto se da cuenta de que, al girarlo, el anillo otorga la invisibilidad a su poseedor. Entonces, utilizará el anillo para ir al palacio del rey, seducir a la reina y, con su auxilio, asesinar al regente y hacerse con el trono. Y Glaucón concluye:

Ahora bien; si existiesen dos anillos de esta especie, y se diesen uno a un hombre de bien y otro a uno malo, no se encontraría probablemente un hombre de un carácter bastante firme para perseverar en la justicia y para abstenerse de tocar a los bienes ajenos, cuando impunemente podría arrancar de la plaza pública todo lo que quisiera, entrar en las casas, abusar de toda clase de personas, matar a unos, libertar de las cadenas a otros, y hacer todo lo que quisiera con un poder igual al de los dioses. No haría más que seguir en esto el ejemplo de hombre malo; ambos tenderían al mismo fin y nada probaría mejor que ninguno es justo por voluntad, sino por necesidad, y que serlo no es un bien en sí, puesto que el hombre se hace injusto tan pronto como cree poderlo ser sin temor.

La conclusión es terrible: los hombres sólo obramos bien por necesidad, porque las circunstancias nos obligan a ello, por temor al castigo que hobbestianamente mantiene el orden social. Pero en el momento en que un hombre puede hacer lo que le place con total impunidad, el mal está servido. Conclusiones similares pueden sacarse de las versiones modernas de este mito que constituyen los famosos experimentos de Stanley Milgram o de Philip Zimbardo. En un determinado contexto social, dándose una serie de condiciones, el hombre aparentemente más bondadoso, puede cometer actos terribles. Para Zimbardo la solución estribaría en diseños de ingeniería social muy cuidadosamente planeados para reducir la posibilidad de malas acciones. Para la psicología de corte ambientalista, hay que fabricar entornos moralmente favorables, hay que sujetar “desde fuera” la maldad que el individuo tiene potencialmente dentro. Yo también añadiría el factor “interno”. Para que un hombre no haga el mal también es importante una educación, la voz interior de la conciencia que ponga trabas, que cause remordimiento ante la mala acción. Conjugando ambos factores podríamos mejorarnos moralmente.

Pero volvamos a la idea clave: la impunidad. Glaucón insiste en que incluso un hombre bueno caería en la senda del mal siempre que se concediera impunidad a sus actos. Apliquemos esta condición a nuestra realidad política. Tenemos un contexto social reglamentado de tal modo que nuestros dirigentes tienen una fuerte sensación de impunidad en sus actuaciones. De todos los políticos imputados judicialmente sólo una ridícula minoría acaban entre rejas; la división de poderes es precaria, teniendo a jueces que toman decisiones en base a presiones partidistas; no existe responsabilidad política alguna: puedes arruinar cajas de ahorros (que previamente te has repartido con tus compañeros de partido), tener intereses privados que mejoran con tu vida política, colocar a amigos y familiares en puestos públicos; y un largo etcétera de abusos que una alta cuota de poder te da la posibilidad de hacer sin que aparentemente te pase nada. Al final, con independencia de lo bien o lo mal que lo hicieras, te retiras con una buena pensión pública para, aún así, seguir trabajando de consejero en una gran multinacional.

Reiteremos la idea de Glaucón: si incluso un hombre bueno cae en el mal, ¿cuánto más caerá alguien a priori no tan bondadoso o incluso ya abyecto? La política se postula entonces como el entorno social predilecto para la inmoralidad. Pero lo interesante no es decir esto, algo muy consabido, sino hacer un ejercicio de autoreflexión. Solemos mirar a los demás con ojos muy críticos, atentos a sus errores y tropelías, ¿pero qué pasa cuando la mirada se vuelve hacia nosotros mismos? ¿Qué pasaría si cayera en nuestras propias manos el anillo de Giges? ¿Obraríamos bien a pesar de tener mucho poder y una impunidad absoluta?

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comentarios
  1. Antonio dice:

    El plantemiento es muy interesante. Más aún si lo unimos al libre albedrío. ¿Hasta qué punto sería capaz de hacer tropelías si me viera presionado? Por una mafia, en una prisión…
    Sin embargo, no estoy tan de acuerdo con Glaucón. En su supuesto, cedería a algunas debilidades, pero en muchos casos, el bien me seguiría resultando más deseable que el mal.

    Aparte. Sobre la política. Estoy harto de planteamientos apolíticos, antipolíticos y demagogia. Como decía el dibujante Perich en tiempos de Franco: “soy apolítico de derechas”. La derecha ha hecho un esfuerzo increíble por desprestigiar la política y así nos va. La última es la de tu presidenta que quita el sueldo a los diputados. Indecente: así solo se presentarán los que tienen dinero, es decir, los de derechas. Me resultaba simpático el 15M. Destesto el 25S. Asaltar el Congreso es asaltarme a mí. Demagogia que no está costando muy cara. Lo que hagan (mal) algunos políticos en absoluto se aplica a todos. Ellos al menos dan cuentas y someten su reelección a la voluntad popular. ¿Dónde hay corruptos que no tienen que ser reelegidos? Taxistas, abogados, médicos, profesores, bedeles, castañeras… No hace falta menos política. Por el contrario hace falta más. Y mejor.

  2. Yack dice:

    Dado que la honradez es sólo egoísmo travestido en honestidad para medrar en un entorno cuidadosamente diseñado para favorecer la colaboración, debemos confiar únicamente en la organización social y no en la honradez del individuo, que sólo es una forma de oportunismo y como tal transitoria y cambiante.

    Hagamos una sociedad en la que el egoísmo nos dicte que conseguiremos más siendo honrados que deshonestos y habremos conseguido una sociedad casi perfecta.

    Y cuantos menos políticos haya, tanto mejor, porque los políticos tienen, en cierto modo, un anillo de Giges, dado que ocupan la máxima jerarquía y deciden sobre las leyes, su interpretación y aplicación.

    Por otro lado, habría que promulgar leyes precisas sin margen de interpretación ni de aplicación, porque esa holgura, que nos quieren vender como favorecedora de la justicia, es lugar donde anidan y medran toda clase de sapos y culebras.

    Saludos.

  3. Irene dice:

    Hola, soy una alumna de 4ºESO y me gustaria comentar sobre este tema, ya que me parece bastante interesante y nos han hablado de ello nuestro profesor de ética.
    No se mucho sobre este tipo de cosas pero en mi opinión tine bastante razón en lo referido a que seamos buenos o malos acabariamos haciendo el mal si disponiesemos de ese poder, no todos pero si la gran mayoría, creo que aun hay personas con buen corazón y que no desean aprobecharse del poder, no por necesidad si no por no querer hacer lo que consideran mal.
    Yo, si tubiera ese poder, no lo utilizaría, no me serviría de mucho y ademas no me gustaria hacer ningun mal aunque es posible que esto no fuera asi, nunca se sabe como podemos actuar.
    Espero no haber sido infantil y se agradece la información dada sobre el anillo de Giges.

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