Colligatio causarum

Publicado: 5 octubre 2012 en Ética y moral, Filosofía general, Neurociencias
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Un hombre va caminando por la calle cuando el viento empuja una teja para hacerla caer encima de su cabeza y acarrearle la muerte. ¿Cómo explicar este lamentable suceso? ¿Cuál es la causa de la muerte? Un ateo apelaría a causas naturales: la fuerza del viento y el hecho de que el hombre pasara justamente por ahí debido a que iba de camino al trabajo causaron el incidente: una desdichado cruce entre dos corrientes causales. Un creyente objetaría: ¿pero qué causó la fuerza del viento o que el hombre fuera a trabajar? Así, se va creando una concatenación de causas, la colligatio causarum, que necesita una causa primera para no caer en una regresión ad infinitum. La causa primera del suceso será la voluntad de Dios, por lo que Dios es el causante último de todo lo que sucede. Pero claro, si Dios es la causa de todo… ¿dónde queda mi libertad de elección? ¿Dónde quedo yo como causa de mis actos? Baruch Spinoza, uno de los grandes genios de la Modernidad, veía en esta cadena causal que acaba por apelar a la voluntad de Dios una estupidez, un refugio de la ignorancia que no sabe encontrar el correcto orden de la naturaleza. No es por casualidad que, aunque ferviente judío, Spinoza fue acusado de ateísmo y expulsado de la sinagoga de Amsterdam.

En un universo mecanicista como el cartesiano, donde todo funciona siguiendo estrictas leyes, ¿cómo introducir actos de la voluntad, actos libres? ¿No sería la libertad una contradicción del orden causal? Descartes solucionó el problema sacando la libertad del mundo, haciendo de la res cogitans (yo) y la res extensa (mundo) dos substancias, dos realidades diferentes: el mundo funciona de modo determinista, sin acto libre alguno, mientras que mi yo, mi mente, posee libre albedrío. Problema: ¿cómo mi mente libre puede causar, por ejemplo, un movimiento voluntario en mi cuerpo? ¿Cómo mi mente, espiritual, inmaterial, inextensa, puede “empujar” los músculos de mi brazo cuando levanto mi material, mecánica y extensa mano?

Descartes no supo nunca como solventar tal dilema, pero Spinoza se atrevió a enfocarlo de otra manera: cortando por lo sano. No existe la libertad humana, es una ilusión. Sólo existe naturaleza, un mundo mecánico rígidamente reglado, que se identifica con la divinidad. Pero, ¿qué es entonces la libertad? ¿Por qué existe aunque sólo sea como ilusión? ¿Por qué tal engaño? En esto Spinoza es francamente genial. El ser humano se mueve por dos fuerzas: las pasiones y la razón. Moverse siguiendo las pasiones, al igual que pensaba Descartes, no tiene nada de libertad. Es obedecer instintos, impulsos que nada tienen que ver con elegir. De aquí la expresión “ser esclavo de tus pasiones”. Sin embargo, obrar siguiendo la razón era para Descartes el acto libre por excelencia. ¿Por qué? ¿Qué tiene de libre hacer una serie de deducciones que lleven a la conclusión de que se debe realizar un acto cualquiera? Nada: tomar una decisión es sólo tener esperanza de que algo va a suceder, hacer una apuesta sobre el futuro. Por ejemplo, si yo decido ir todos los días al gimnasio en el fondo no realizo acto volitivo alguno, únicamente, albergo la creencia de que sucederá el hecho de que yo asista todos los días al gimnasio. Después es posible que me venza la pereza o que tenga un imprevisto que haga que no pueda asistir. Entonces, mi predicción habrá fallado. En el fondo, sólo hay un acto de creencia, una predicción acerca del futuro, no hay ningún agente causal que comience en tal pensamiento y que termine con la acción de ir al gimnasio. La cadena causal que rige el mundo es la que verdaderamente decidirá si voy o no, pero no mi pensamiento. La misión de mi mente es la de informarme, lo más fidedignamente posible, de lo que puede pasar, pero no dirigir absolutamente nada. La mente funciona de un modo paralelo al cuerpo pero no influye en sus decisiones.

Pero, ¿por qué nos creemos libres, poseedores de una voluntad propia? Spinoza nos explica que lo que ocurre es que tenemos un conocimiento imperfecto del futuro, fallamos a la hora de calcular lo que está por venir y los factores que lo causan. Erróneamente pensamos que algo será bueno para nosotros cuando realmente será nefasto. Nos equivocamos constantemente. Nuestro inadecuado conocimiento del mundo fruto de las limitaciones de nuestro precario entendimiento nos hace ver un mundo lleno de libertad, de decisiones que no obedecen orden causal alguno. Incluso llegamos a creer que lo que sucede en la naturaleza obedece a la libre voluntad de un Dios, al azar o a la suerte. Y así vivimos en una fantasía.

¿Qué habría que hacer, o más bien, pensar entonces sobre mi vida y mis actos? Spinoza se muestra aquí muy estoico. La auténtica libertad consiste en conocer el verdadero orden el mundo, finalidad sólo posible mediante el uso de la recta razón. Las leyes de la naturaleza son idénticas a las leyes de la razón. Y una vez conocidas, sólo nos queda la resignación, la aceptación del férreo acontecer de la realidad. Esta concepción de la libertad tendrá mucho eco en autores posteriores como Rousseau o Kant. Para éstos, aún creyendo en contra de Spinoza en la libertad del hombre, la conciben como una obediencia a la razón. La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana en todo momento como tristemente suelen pensar mis alumnos (y, más tristemente aún, son coherentes con tal pensamiento), sino en adecuarse a lo que tu razón deduzca. En el caso de Spinoza ser libre consiste en seguir el curso de la naturaleza, el colligatio causarum, en estar en comunión con él ya que es idéntico a mi razón, aceptando estoicamente lo que llegue.

La original filosofía de este judío holandés que se ganaba la vida puliendo lentes ha cobrado actualidad después de las últimas aproximaciones científicas al tema de la libertad. Las actuales neurociencias parecen llegar a conclusiones muy parecidas a las suyas como ya vimos aquí y aquí.

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comentarios
  1. Carlos dice:

    No sé si existe la libertad. Y sospecho que hay algo, intrínseco al pensamiento lógico, que impide que a través del mismo se pueda llegar a ninguna conclusión fiable al respecto.
    Lo que sí tengo es la impresión de que los análisis lógicos acerca de la existencia o inexistencia de la libertad, pretendiendo ser un ejercicio de pura racionalidad, están, con frecuencia, fuertemente teñidos de motivaciones muy “pasionales”. Es decir, que el pensador, primero, responde “instintivamente” a la pregunta y, luego, se afana en buscar el camino lógico para llegar a la conclusión predeterminada. O, dicho de otro modo, que el “optimismo” o “pesimismo” de partida definen de antemano el curso y destino final del ejercicio lógico.
    Creo que esto sucede, al menos en parte, porque en la discusión sobre la libertad suele haber implicadas dos vertientes que no se diferencian con suficiente nitidez:
    • La vertiente objetiva: la libertad como algo que caracterizaría (o no) al comportamiento humano. Y aquí parecería que no hay términos medios: o somos libres o no lo somos. Blanco o negro. En principio, se supone que sobre esto es sobre lo que se debate
    • Pero también cuenta la vertiente subjetiva: la libertad como experiencia vital, como “sabor” de ciertos momentos de la vida. Aquí no parece que tenga sentido cuestionarse su existencia. No sé si todo el mundo (tiendo a pensar que no), pero resulta innegable que mucha gente ha podido, en algún momento de su vida, deleitarse con tan refinado sabor Y también está claro que aquí, al menos para buena parte de los seres humanos, no es cuestión de blanco o negro: el sabor de la libertad no es algo que se esté degustando de manera permanente, pero tampoco es algo que resulte inimaginable
    La cuestión es que la libertad objetiva es algo sobre lo que, teóricamente, se podría debatir con cierta “indiferencia motivacional”. Pero la libertad subjetiva no: salvo que uno se haya conseguido “liberar” plenamente del deseo, me parece inevitable desear la libertad, ese sabor tan sublime y arrebatador.
    En definitiva, lo que opino es que las posturas, pretendidamente racionales, de muchas personas con respecto al tema de la existencia o no de la libertad vienen determinadas por la relación emocional con su propio deseo: si se dejan encender por el mismo e ilusionarse, afirmarán que la libertad sí existe. Si no se sienten cómodas dejándose llevar por su deseo, si han decido optar por el desencanto, defenderán la no existencia de la libertad.
    En cualquier caso, no me gustaría que nadie se sintiera ofendido con esta opinión. Entiendo que también hay mucha gente que sí discrimina las vertientes objetiva y subjetiva de la libertad y que, cuando se pronuncian respecto a la primera, lo hacen sin dejarse influir por la segunda. Aunque claro, si finalmente la libertad (objetiva) no existiera, me pregunto hasta qué punto sería realmente posible hacer tal ejercicio de discriminación…

  2. miquel dice:

    Creo que Spinoza nos indicó la dirección adecuada para el tema fundamental del libre albedrío. El determinismo cosmológico es la única opción que veo para entender los avances de la neurociencia. Dejo aquí mi opinión: http://memoriasdesoledad.blogspot.com.es/2011/08/determinismo-libre-albedrio-y.html

    Y esto tendrá unas consecuencias que Arcadi Espada resume con acierto:

    “Todo el programa moral de la Humanidad está basado en que el hombre puede elegir sus actos. Y que cuando no puede es un enfermo. Pero la ciencia está impugnándolo: el tipo de biografía que dibuja el futuro es la de un hombre cuyos actos no pudieron ser distintos de lo que fueron. Pero eso no supone, desde luego, la eliminación del castigo: únicamente lo desplaza desde la esfera moral a la práctica”

  3. Francisco dice:

    Hola. Creo que podríamos decir mejor -en vez del paralelismo al que aludes- que el pensamiento o la razón es uno de los modos en que la realidad externa actúa sobre nosotros, haciendo saltar el resorte de nuestra voluntad y la acción consiguiente (también abstenerse de actuar sería un acto de la voluntad). Otras veces, como tú explicas glosando el pensamiento de Spinoza, cuando actuamos de forma irracional, también estaríamos sometidos al mismo determinismo, sólo que no seríamos conscientes de las causas que nos mueven. No sé si estarás o estaréis de acuerdo, pero en mi opinión, el problema que habría que esclarecer para intentar salvar la libertad moral del hombre, es el determinismo psicológico (que no sería en última instancia sino una dimensión de un determinismo metafísico o cosmológico más amplio). Me limito a apuntar una idea: si los seres humanos fuésemos seres eminentemente racionales y conscientes, conciencia racional, si es eso lo que, como apuntaban Platón, Aristóteles o Descartes entre otros, constituye nuestro ser más íntimo y verdadero (el alma intelectiva), entonces el mejor modo de ser libre sería gobernarnos por esta instancia de nuestro ser. La libertad no es la ausencia de causalidad, sino la autodeterminación, no ser determinado por otro. Si somos “conciencia racional”, entonces cuando llevamos una vida racional, consciente de las causas que nos mueven a actuar, no estaríamos sino -hasta dónde es esto posible considerando el condicionamiento de las circunstancias que no podemos elegir siempre (en este sentido puede hablarse de más o menos libertad en sentido objetivo)- autodeterminándonos, es decir, actuando libremente. Insisto: esto es la libertad y no la ausencia de causalidad. Supongo que esto es lo que quería hacernos ver Spinoza. No sé qué pensaréis vosotros, pero a mí estas reflexiones me parece que invitan a replantearse seriamente qué somos realmente los seres humanos, si al final no va tener razón Platón cuando dice que el cuerpo es una especie de cárcel del alma (con toda la carga místico-religiosa-metafísica que esto conlleva) y que el único modo de alcanzar cierto grado de libertad (en relación con el cuerpo, porque la libertad no es otra cosa que evitar ser determinados por el cuerpo o por cualquier otra instancia irracional) sería guiarnos por la razón poniendo en práctica las famosas virtudes cardinales (moderación, fortaleza, prudencia y, en suma, justicia). Evidentemente, en esta vida nunca podríamos alcanzar una libertad total. Y otra sugerencia a la que da vértigo asomarse para probar la libertad moral del hombre: todos somos conscientes de que en cualquier momento podríamos acabar con nuestras vidas, ¿qué mayor prueba de libertad que la posibilidad real del suicidio?

  4. Carlos:

    Es que lo que aquí se debate es la ilusión o no de esa libertad subjetiva. Puedo sentirme realmente genial cuando creo haber ejercido mi libertad o haber roto alguna cadena que creía que la ataba. Pero si, objetivamente, no soy libre porque no soy más que un robot, ese “sabor” maravilloso pierde su encanto.

    Muchos autores, como por ejemplo Kant, observaron esa misma dualidad y solucionaron el problema sacando la libertad del mundo objetivo. Kant habló de sujeto empírico y sujeto trascendental. El primero, un robot que seguía a pies juntillas la cadena causal determinista del gran reloj que es el mundo y el segundo, más allá de la naturaleza, en el mundo nouménico o trascendental, el que podía ser libre. Problema: ¿existe realmente esa realidad paralela en donde somos libres o es sólo una ilusión por muy placentera o deseable que nos parezca?

    Miguel:

    Totalmente de acuerdo. De hecho ahora estoy pensando cómo podríamos fundamentar un sistema moral o legal sin basarnos en las ideas de libertad o responsabilidad y que, lógicamente, fuera justo y deseable.

    Francisco:

    Pero piensa en que obrar racionalmente también puede ser una cárcel tan férrea como la de las pasiones corporales. Podemos, igualmente, ser esclavos de nuestra razón. Creo que tanto los griegos como los pensadores modernos tenían prejuicios con respecto a obrar emocionalmente porque pensaban en las emociones como algo que nos acercaba a las bestias del mundo animal. Y la razón, como nos hacía únicos como especie, era la forma más digna de actuar. Contra esto se rebelaron los cínicos u otros famosos inmoralistas como pudo ser Sade.

    Freud vio muy bien la posibilidad de la cárcel de la razón con su idea de super-ego: existe una instancia mental en donde residen todos los mandatos morales que nos oprime y puede llegar a causarnos patologías. Todo lo que obliga, sea fruto de la razón o no, constituye una cárcel. Pero Freud vio más allá: el ego, la razón puede mediar entre los imperativos del ello y del super-ego llegando a pactos, soluciones intermedias que pueden satisfacer a ambas partes y llevarnos a una saludable salud mental. Déjate llevar por las pasiones alguna vez pero también obra como debes. En este justo equilibrio podría estar la solución.

  5. Francisco dice:

    Yo no concibo la razón como algo contrario a la vida o al mundo material, o no como realidades completamente inconciliables. Creo que la conciencia racional, el yo racional, es lo que constituye nuestro verdadero ser y que esta razón es lo que nos permite conocer el mundo material y lo que nosotros somos en este mundo material, la vida, en definitiva. Si esta vida es una especie de cárcel, lo único que podemos hacer es intentar conocerla, esta vida quiero decir (nosotros y el mundo), llegar a descubrir sus mecanismos causales, para luego permitir (hasta donde esto sea posible dada nuestra condición finita) en la forma y grado que consideremos apropiado, la activación de esos mecanismos causales en nosotros o en nuestras vidas. Por ejemplo, yo puedo descubrir que en tanto que seres corporales y biológicos, estamos sometidos a unos mecanismos sexuales o agresivos (o empáticos), pero una vez que conozco cómo funcionan esas tendencias y en función también del conocimiento que tengo del conjunto del mundo y de la vida (y de mi lugar en ella), puedo decidir modular su funcionamiento de acuerdo con mis valores y mi concepción de la vida. A veces nos equivocamos (porque somos finitos), de ahí las represiones y tus acertadas referencias a Freud o a los cínicos, pero personalmente pienso que para disfrutar de algún grado de libertad moral (subjetiva), no hay otro camino que no sea el del conocimiento racional. Creo que esta explicación podría encajar en el pensamiento de Platón y también en el de Aristóteles, por citar dos autores. Ahora añado una idea personal que me viene rondando la cabeza últimamente y que sé que por su raigambre platónica, cristiana y no sé si también kantiana, no va ser muy bien recibida. Probablemente tenga algo incluso de “mitológico” (¿acaso podemos renunciar completamente a los mitos para explicar aquello que aún [aunque estemos en ello] no podemos explicar racionalmente? ¿no sería eso lo mismo que renunciar a la vida en su integridad y plenitud?). En fin, no es más que una concepción en última instancia negativa de la materia, aunque no rechace o niegue la vida. Se trata de la idea, presente en la filosofía de Platón, de que todo lo que de malo, negativo o imperfecto hay en la vida se debe a la condición material de ésta. Evidentemente, acepto la vida y el mundo, pero consciente de sus limitaciones. Y si damos otro paso más: ¿sería nuestra alma algo de naturaleza divina (sea lo que sea “lo divino”? En fin, sé que estas reflexiones sonarán “reaccionarias”, pero la verdad es que a veces pienso que en esta visión encajan mejor todas piezas y que esta visión filosófica del mundo y de la existencia se amolda mejor a lo que es nuestra experiencia radical y global de la vida. Quiero dejar claro que no soy una persona religiosa, es decir, no profeso ninguna religión ni pertenezco a ninguna Iglesia o secta. Me encantaría conocer vuestras opiniones sobre mi planteamiento, aunque sean críticas. Un saludo.

  6. Francisco dice:

    También podríamos plantearlo de otro modo, quizá como lo hizo Spinoza: Dios es todo (tambien cada uno de nosotros) y nuestra infelicidad o imperfecta felicidad provendría no de nuestra naturaleza material, sino de la conjunción de dos factores, esa naturaleza material y nuestra conciencia racional individual. La fusión con el todo (aunque sigamos siendo un elemento material) supondría el fin de dicha imperfecta o parcial felicidad. En fin, aquí lo dejo, ¡no quiero importunaros con mis divagaciones metafísicas!

  7. Francisco dice:

    Una vez leí un texto de Fernando Savater en el que decía que ser morales o comportarse éticamente supone adoptar la perspectiva de la inmortalidad, es decir, vencer nuestro miedo a la muerte, raíz última de la mayoría de nuestras miserias morales. Si no nos importa morir o nos importa menos que ser felices, generosos o valientes, por ejemplo, será más fácil que elijamos el comportamiento generoso o valiente en vez del mezquino.o el cobarde. ¿Lo veis? Es cuando en cierto sentido nos elevamos por encima de nuestra condición material, finita, mortal y perecedera, es decir, cuando actuamos de acuerdo con lo que de “inmortal” o “divino” hay en nosotros, es entonces -digo- cuando sentimos que estamos en el camino correcto, que estamos en nuestro quicio, que realizamos nuestro verdadero ser y encontramos el sentido y orientación de una vida plenamente humana.

  8. Carlos dice:

    Muchas gracias, Santiago, por tu respuesta. Entiendo lo que dices, pero lo que a mi me gustaría es, precisamente, reivindicar “el valor objetivo de la libertad subjetiva”. Es decir, aunque eventualmente llegáramos a la conclusión de que la libertad objetiva no existe, de que es una “ilusión” (que en el fondo, es lo que pienso), lo que rechazo es que eso justifique la degradación de la experiencia de libertad, el dejarla reducida a una “mera ilusión” que perdería su encanto (la experiencia de libertad no es ningua ilusión, si acaso lo es el relacionarla, causalmente, con una pretendida libertad objetiva). Pienso, más bien, que lo que cometemos es un error de enfoque, ya que buscamos la libertad (al menos en la medida en que la admitamos como objeto de deseo) donde no está: la buscamos en el mundo objetivo y, en realidad, pertenece al mundo subjetivo. Y que no por ello pierde ni un ápice de su valor. Soy consciente de que, en realidad, estoy subvirtiendo los valores convencionales de acuerdo a los cuales lo objetivo, el mundo objetivo, se entiende que tiene un estatus claramente superior al mundo subjetivo. Asumo que es una idea rara, pero bueno, ahí la dejo por si alguien engancha con ella. ¡Y muchas gracias, de nuevo, por propiciar estos intercambios de ideas!

  9. Francisco:

    Yo es que difiero mucho con Platón prácticamente a todos los niveles. Para nada creo que la fuente de todos los males tenga raigambre corporal o material. Todo lo contrario. Hoy vamos conociendo cada vez mejor el funcionamiento de ese mecanismo de autodrogadicción que es el cerebro y comprobamos su relación con estados que podríamos llamar de “felicidad”. Serotonina, adrenalina, neuropéptidos… son términos cada vez más comunes para referirnos a sustancias químicas que modulan nuestros estados de ánimo. Es ya una obviedad pensar que si vas harto a antidepresivos o si estás bajo los efectos del alcohol tu visión del mundo será muy diferente. Podemos conseguir estados emocionales maravillosos con simple (o no tan simple) química. Entonces podemos afirmar, como mínimo, que la felicidad tiene una raigambre o base biológica, corpórea o material cuya ausencia la imposibilita absolutamente. Por mucho que siga una ética determinada o esté en plena comunión con la naturaleza o con Dios, si mi cerebro no segrega suficiente serotonina, es imposible que sea feliz.

    A otro nivel, el cuerpo me da grandes placeres y emociones que perdería si fuera un asceta. Creo que la negación del cuerpo se ha exagerado, precisamente a raíz de Platón y del posterior cristianismo. El sexo, la diversión, el placer de comer o descansar, han sido tradicionalmente condenados cuando yo no veo mal alguno en ellos. Todo lo contrario, creo que es necesario cuidarlos si uno quiere tener una adecuada salud mental.

    Y, siguiendo polemizando contigo, tampoco creo en que mi “alma” tenga algo de divino. Si lees habitualmente este blog sabrás que aquí se defiende constantemente el origen evolutivo o animal de nuestra mente y conducta. Somos finitos, pequeños, miserables si se quiere, pero eso no tiene por qué afectar a nuestra conducta moral. Yo creo que hacer el bien a los demás es algo correcto por muchísimas razones. No tengo por qué elevarme a lo divino para realizar cualquier acto bondadoso.

    Carlos:

    Gracias a ti por entrar a comentar ;).

    Es que el mundo subjetivo es un producto del objetivo. Mi subjetividad, en último término, es el producto de vete tú a saber que conexiones, reacciones o interacciones físico-químicas en mi cerebro. Así, la subjetividad tendrá que cumplir las mismas normas que todo elemento del cosmos por lo que si el cosmos es determinista, mi subjetividad también lo será. No obstante, es una idea sugerente pensar que de ese cosmos fuertemente reglado pueda surgir una entidad no reglada o reglada de un modo diferente.

    Un saludo.

  10. Francisco dice:

    Muchas gracias por la respuesta, Santiago. Soy consciente de que mi planteamiento era demasiado metafísico y de que tu blog no era probablemente el lugar más adecuado. No quería ponerte en una situación incómoda (has sido muy amable al responder). Digamos que he pensado “en voz alta” y he compartido unas especulaciones demasiado radicales y metafísicas, intempestivas, por así decirlo. En realidad no son más que vías que me gusta explorar y plantearme con absoluta libertad, no afirmaciones dogmáticas y, claro, tampoco científicas. Yo admiro mucho a Popper, pero curiosamente a veces me atraen también estas divagaciones metafísicas y de carácter último. Aunque, insisto, son solo eso, divagaciones por las que me dejo llevar con total libertad. Por cierto, me encanta saber que soy uno de los pocos profesores de filosofía que hace justicia a los planteamientos metafísicos de Platón; no conozco a nadie que lo exponga con auténtica comprensión de sus intuiciones y con la necesaria empatía (casi parece un chalado, cuando era una mente genial). En fin, podría explicarte con más detalle el planteamiento de mis mensajes anteriores (el de la libertad y el más metafísico), ya que no creo que tu respuesta refute en absoluto mi esquemática y breve explicación (de hecho acepto tus aseveraciones sin ningún problema, no creo que contradigan mis especulaciones, y por tu respuesta veo que no me he explicado lo suficiente, porque constato que no he conseguido hacerte “ver” [no digo aceptar] mi planteamiento filosófico, de lo contrario tu réplica no erraría el tiro), pero como he sugerido antes, creo que -deliberada o indeliberadamente- te estaría importunando. Por cierto, unos días después de escribir mis comentarios leí la entrada del blog de la persona que hace otro de los comentarios. Comprobé con una sonrisa que el planteamiento que yo hacía en tu blog era justamente el que incidentalmente él describía y criticaba en el suyo. Diré solamente y sin ánimo de polemizar que me parece muy ingenuo por su parte -o por vuestra parte- preguntarse si es compatible la negación de la idea de libertad con las sanciones por parte del poder judicial: pues claro, es que eso ocurre en la actualidad con muchos delincuentes, pero también con los niños, a quienes castigamos en muchos casos por su conducta inapropiada, aunque sepamos que no son libres. Se sanciona para erradicar -por condicionamiento- los comportamientos antisociales o que vulneran la ley, con independencia de que el sujeto de que se trate sea libre o no. Es una obviedad. Bueno, no me extiendo más. Muchas gracias de nuevo por tu respuesta y felicidades por el blog. Un saludo.

  11. Carlos dice:

    Buf, la verdad es que tiendo a verlo justamente al revés: la subjetividad antecede a la objetividad y la produce. La objetividad es es un factor común, un consenso entre subjetividades, un peculiar efecto de nuestro cerebro. ¿Hay sonido si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para escuchar el estruendo?. Para mi, resulta obvio que no: el sonido lo generamos nosotros (incluyo a todos los seres vivos con capacidad auditiva). Con esto no estoy negando la existencia del mundo exterior. De hecho, en ese mundo exterior reside el factor desencadenante para que se genere el sonido (el árbol que cae), pero lo que genera propiamente el sonido es nuestro sistema auditivo y nervioso. Nosotros somos la extraña materia con capacidad para secretar sonidos, imágenes, pensamientos, sensaciones, sentimientos…

    Lamantablemente, no soy un erudito, no soy capaz de decir con qué posturas filosóficas conecta lo que digo. Hablo desde la imagen del mundo que poco a poco me he formado y que me ayuda a sentir que entiendo un poco mejor ese mundo que, por lo demás, sigo percibiendo lleno de misterios. La cuestón que yo no veo la libertad “ahi fuera”, no creo que la libertad exista “ahí fuera”. Creo, más bien, que la libertad es una “secrección”, una de las más “nobles”, de los seres vivos y, particularmente, de los seres humanos.

    Santiago, lo que me agobia un poco es pensar que puedas sentirte en la obligación de responder a cada una de las entradas que hago. Por favor, hazlo sólo en la medida en que te apetezca y cuando te apetezca. El que hayas creado un espacio en el que los que sentimos curiosidad por entender el mundo podamos acceder a otros puntos de vista y exponer los nuestros y que, además, lo mantengas vivo introduciendo nuevos temas, ya es MUY de agradecer. Pues lo dicho, ¡GRACIAS! y un abrazo

  12. miquel dice:

    Aquí os dejo unas palabras de Borges que explican perfectamente lo que yo pienso sobre el asunto:
    ” No hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de causas y efectos (…), que es tan vasta y tan íntima que acaso no cabría anular un solo hecho, por insignificante que fuera, sin invalidar el presente. Modificar el pasado no es modificar un solo hecho; es anular sus consecuencias que tienden a ser infinitas”
    Esto es la colligatio causarum, que explica el efecto mariposa y anula la posibilidad de libre albedrío en la mente humana.
    Y no hace falta que la subjetividad anteceda o no a la objetividad. Lo subjetivo aparece cuando se produce la interacción de un fenomeno objetivo, o exterior, con el sistema nervioso humano. Claro que no hay sonido si no hay sistema auditivo que lo perciba, pero eso no significa anteponer la subjetividad a la objetividad ni al contrario, es un juego de palabras que no conduce a solucionar el meollo del asunto. La libertad es una sensación ilusoria que produce el cerebro humano.
    Un saludo-

  13. Carlos dice:

    Pero, Miquel, ¿por qué “ilusoria”?. Si yo te digo que estoy sintiendo tristeza, podrás creerme o pensar que, por algún motivo, estoy intentando engañarte, pero no creo que me dijeras que mi tristeza es ilusoria. Si estamos de acuerdo en que la libertad es una sensación, ¿por qué utilizar ese adjetivo que parece destinado a rebajar su estatus?. ¿Quizá porque estamos suponiendo que quien experimenta sensación de libertad lo hace basándose en un conjunto de creencias, fácilmente desmontables, respecto a las leyes que gobiernan el mundo?. Yo creo que esa es una interpretación demasiado racional de la experiencia humana, que no es así como funcionamos. Insisto en lo que he intentado defender a través de este debate: creo que buscando la libertad, pasamos por alto la libertad. Porque vamos con una idea preconcebida de lo que es la libertad, la cual nos conduce inevitablemente (a muchos) a la conclusión de que la libertad, “esa” libertad, no existe. Y en el camino nos dejamos a “la otra” libertad, la que parece irrelevante desde un punto de vista intelectual, pero que es la que tiene auténtico valor desde un punto de vista vital. Dicho de otro modo, quizá la libertad no exista, ¡pero daría media vida por poder sentir libertad en la otra media! (y si me apuras, igual estaría dispuesto a mejorar mi oferta). Y nadie me va a poder convencer de que esa sensación no existe, ¡porque yo la he experimentado! (aunque haya sido en dosis homeopáticas…). Y tengo claro que no he sido el primero y no seré el último.
    Admito que igual el equívoco está en el término y que quizá todo sería más sencillo si empleáramos otra palabra distinta, sin las sospechosas implicaciones que tiene la palabra “libertad”, para aludir a esa experiencia vital a la que me refiero. Pero reconozco que me apenaría un poco, que me gusta la palabra y que no puedo evitar la sensación de que algo SÍ tiene que ver con eso que yo, tan puntualmente, he llegado a experimentar

  14. Francisco dice:

    ¿Sobre quién recae la carga de la prueba, Miquel? ¿Sobre quienes niegan la libertad o sobre quienes afirman que existe cierto margen de libertad condicionada? (Quizá sobre ambos, porque la cuestión está abierta). Tú pretendes probar que no somos libres, pero de hecho no has probado nada, has lanzado sólo una hipótesis o conjetura, una posible respuesta al problema. Yo más abajo expongo otro planteamiento. ¿Por qué es más verdadero el tuyo que el mío? Y otra cuestión más: define qué entiendes por libertad, de lo contrario no es posible que nos entendamos ni que llegamos a ninguna parte. Yo por libertad entiendo “autodeterminación”, no “ausencia de causalidad”. Somos “algo”, estamos en el mundo, por tanto la causalidad tiene que afectarnos, pero eso no significa automáticamente -como sostienes tú- que no haya libertad. Libertad no es libertad absoluta, porque eso significaría ser una especie de Dios omnipotente o, en el otro extremo, una cuasi nada que potencialmente pudiese llegar a ser cualquier cosa, una especie de “apeiron” (Anaximandro). Ya decía Hegel que el primer momento de la libertad es el más pobre, es una libertad vacía, porque todavía no ha comenzado a tomar decisiones, es decir, a autodeterminarse (lo cual significa que ciertas puertas se cierran, que renunciamos a unas cosas para elegir otras y continuar por el camino que consideramos mejor, realizándonos a nosotros mismos y/o el proyecto que gracias a la libertad podemos llevar a cabo ). Insisto, no debemos confundir libertad con libertad absoluta ni con ausencia de causalidad. Añado además que en mi opinión -como defendí en mensajes anteriores- la razón nos ayuda a ser libres, esto es, a autodeterminarnos. Somos algo, debemos conocer eso que somos y actuar de acuerdo con nuestra naturaleza. Eso es ser libre. Y es la razón la que nos ayuda a conocer lo que somos y autodeterminarnos de acuerdo con ese ser nuestro. Estoy exponiendo unas tesis concretas, creo que claras. Sin ánimo de importunarte, me encantaría conocer tu respuesta a los planteamientos que acabo de hacer en este mensaje. Un saludo

  15. miquel dice:

    A Francisco:
    Está claro que en muchas ocasiones somos capaces de anticipar las consecuencias que tendrán nuestras posibles acciones, valorarlas, y efectuar la respuesta que nos parece más ventajosa, a estos grados de libertad le puedes llamar libertad o autodeterminación. Pero no es eso lo que normalmente se entiende por libre albedrío, sino la capacidad de una supuesta entidad inmaterial, un yo independiente y consciente, que actúa como primera causa de nuestros actos.
    ¿Conoces algun experimento de la física contemporánea que nos diga algo sobre una conciencia autónoma que gobierne “libremente” nuestro cuerpo?
    Aunque no demuestren de manera definitiva la negación del libre albedrío, existen experimentos en neurociencias que lo tambalean, como los de Libet, y algunos otros. A mí me parecen interesantes los experimentos de Álvaro Pascual Leone, donde mediante estimulación magnética en un hemisferio cerebral se consigue que los sujetos muevan una mano, aunque ellos continúan teniendo la “ilusión” de que “libremente” han decidido efectuar el movimiento. Por si te parece trivial este tipo de conductas, el mismo autor consigue en otros experimentos manipular juicios morales sobre las intenciones de ciertas conductas. ¿No te parece sorprendente?
    De cualquier manera, lo que las neurociencias sí que han demostrado es que la mente y el cerebro son la misma cosa y que responden a causas físicas. Descartado el dualismo, y desde un punto de vista materialista, el concepto del libre albedrío me parece que confunde las cosas. Todo son dudas: ¿en qué momento de la evolución de los homínidos apareció esta “facultad”? ¿Cuando aparece en el desarrollo del individuo? ¿Es una característica que no tienen algunos, en algunas circunstancias, o en algunas enfermedades? ¿Se puede anular mediante condicionamiento clásico, o mediante sustancias químicas?.
    Estas dudas se me aclaran – ¿que le voy a hacer?- desde un punto de vista determinista, donde no tiene cabida este tipo de libertad, aunque claro que existen flexibilidad a la hora de actuar.
    De todas formas, no quiero ser pesado, y si quieres seguir debatiendo, tengo entradas relacionadas con este tema en mi blog memoriasdesoledad bajo la etiqueta de tercera cultura. Allí puedes dejar los comentarios que creas oportunos. Un saludo

  16. Francisco dice:

    Gracias por tu respuesta, Miquel!

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