La ilusión del Yo

Publicado: 16 octubre 2012 en Filosofía de la mente
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Marvin Minsky en Máquinas inteligentes:

En particular, todos compartimos la noción de que dentro de cada persona se esconde otra persona, que llamamos el “yo”, y que piensa y siente por nosotros: toma nuestras decisiones y hace planes que después aprueba o rechaza. Esto se parece mucho a lo que Daniel Dennett llama el Teatro Cartesiano – la quimera universal de que en alguna parte en lo profundo de la mente hay un lugar especial donde todos los sucesos mentales convergen finalmente para ser experimentados -. En este sentido, el resto de nuestro cerebro – todos los mecanismos del lenguaje, el control motriz – son meros accesorios que el “yo” encuentra convenientes para sus propósitos ocultos.

David Hume lo dijo ya hace algunos siglos. No hay ninguna evidencia a favor de un “lugar” donde todas nuestras experiencias se encuentren “unificadas”. Cuando estoy hablando con alguien ocurren varios procesos: por un lado veo una imagen (la cara de mi interlocutor) y, por el otro, escucho unos sonidos (su voz), luego proceso todo eso mediante un montón de sistemas cerebrales: traducir e interpretar los sonidos en unidades con significado dentro de un entorno social muy específico, comprender las señales faciales o gestuales que nos envía, elaborar una respuesta lingüística, mover los músculos necesarios para mantener mi postura corporal y ejecutar sonidos articulados, etc. . Toda esta complejísima miríada de procesos ocurren a la vez pero, ¿quién me dice que hay una “entidad mental”, un “espacio” en el que todo esto ocurre a la vez de forma que un nuevo espectador percibe todo y actúa unitariamente?

Esta es una idea obviamente absurda, porque no explica nada. Entonces, ¿por qué es tan popular? Respuesta: ¡precisamente porque no explica nada! Eso es lo que la hace ser tan útil para la vida diaria. Uno puede dejar de preguntarse por qué hace lo que hace y por qué siente lo que siente. Por arte de magia, nos exime de la responsabilidad y el deseo de comprender cómo tomamos nuestras decisiones. Uno simplemente dice “yo decido” y transfiere toda la responsabilidad a su imaginario ego interno.

El “yo” parece la última respuesta, la causa última que “explica” todas nuestras decisiones y creencias, la base de mi libertad, mi historia, mi auténtica esencia. Pero, ¿qué podemos explicar a través de esa instancia? ¿Hacia dónde podemos seguir pensando contando con ella? Cuando en un juicio le preguntan al presunto culpable por qué ha cometido el crimen, si el dice “porque yo lo quise, fue mi decisión”, bastará para declararlo culpable sin más pesquisas. El concepto de “yo” es una vía muerta de investigación.

Presumiblemente, cada persona adquiere esta idea en la infancia, a partir de la maravillosa percepción de que uno mismo es otra persona, muy semejante a las que ve a su alrededor. Lo positivo de esta percepción es que profundamente útil cuando se trata de predecir lo que uno, uno mismo, va a hacer, a partir de la experiencia de los otros.

Efectivamente, si decimos que el “yo” es una ilusión hay que explicar el por qué de esa ilusión, qué función podría desempeñar. Y aquí la tenemos: función predictiva de la conducta de los otros. Si yo creo que dentro de mí hay otra persona (ese homúnculo de Dennett) que se comporta como cualquier otra, puedo predecir el comportamiento de los otros observando esa persona dentro de mí. Ya hablamos de eso aquí: la autoconsciencia podría ser nada más que inventar “otro yo” para saber que harán los otros.

El problema es que el concepto del yo individual se convierte en un obstáculo para el desarrollo de ideas más profundas cuando verdaderamente se necesitan mejores explicaciones. Entonces, cuando fallan nuestros modelos internos, nos vemos forzados a mirar a cualquier otra parte en busca de ayuda o consejo. Es entonces cuando acudimos a los padres, los amigos o los psicólogos, o recurrimos a algún libro de autoayuda, o caemos en las manos de esos tipos que pretenden poseer poderes psíquicos. Nos vemos formados a buscar fuera de nosotros, porque el mito del yo individual no da cuenta de lo que pasa cuando una persona experimenta conflictos, confusiones, sentimientos entremezclados – o lo que pasa cuando gozamos o sufrimos, cuando nos sentimos confiados o inseguros, o depresivos o eufóricos, o cuando algo nos repugna o nos atrae -. No nos da ninguna idea de por qué unas veces podemos resolver los problemas y otras tenemos dificultades para comprender las cosas. No explica la naturaleza de las relaciones intelectuales o emocionales, o ni siquiera establece la relación entre ambas categorías.

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comentarios
  1. Elder dice:

    Simplemente genial, cada vez que leo uno de tus artículos surgen nuevas formas de ver las cosas (sera que eres mi única fuente de lecturas filosóficas).

    Saludos y felicidades por el blog.

  2. Antonio dice:

    Explicar el Yo como una persona dentro de otra, como the ghost in the machine, efectivamente no conduce a nada. Sirve a veces también para justificar el libre albedrío.
    Sin embargo, es una entidad psicológica clave (no soy freudiano).
    La ruptura del Yo es traumática en la esquizofrenia. Hay otro Yo dentro de mí, aterroriza. También en los daños cerebrales en los que no reconzco una parte de mí mismo. Es una ruptura insoportable (Oliver Sacks cuenta varias historias de ello)
    El Yo es único e inmutable. Todo yo soy Yo y solo hay un Yo. Soy el mismo Yo de siempre (aunque admita que he cambiado, en esencia sigo siendo Yo). La frontera entre Yo y el mundo es nítida.
    La vivencia del Yo es esencial.
    No digo que haya unas pocas o muchas neuronas responsables del Yo o que sea fácilmente localizable, pero hay una red neuronal responsable de la coherencia del Yo sin duda.
    Como siempre, dando qué pensar. 🙂

  3. Francisco dice:

    Este argumento me parece mucho más interesante que el anterior (el de Spinoza, la colligatio causarum) para poner en entredicho la libertad del hombre. Lo que pasa es que supone el reconocimiento implícito de la insuficiencia de la argumentación anterior -que realmente no probaba nada- y un contrataque para intentar rebatir las críticas recibidas (pues yo hablé de la conciencia racional, del yo racional). Es realmente una buena jugada (ahora no yerras el tiro). Y la verdad es que no se me ocurre nada, porque no tengo apenas conocimientos sobre neurociencias. Sólo por esto vale la pena seguir tu blog, porque es estimulante y nos incita a pensar sobre cuestiones interesantes poniendo el dedo en la llaga. 🙂

  4. Elder:

    Gracias, eso intento: dar qué pensar.

    Antonio:

    ¿Qué evidencia tienes de ese yo inmutable, esencial y diferente del mundo? ¿Eres, en algo, el mismo que cuando tenías tres años? ¿Tienes alguna prueba que indique que no es una ilusión, un concepto que, aunque pueda ser útil, no representa nada real? De momento, en el cerebro, no encontramos nada parecido, sólo muchos procesos funcionando en paralelo. No hay un módulo director, sino asambleas, sociedades, colaboraciones, multiplicidades, el “yo” se escinde en un montón de subtareas…

    Francisco:

    ¡Pero seguro que puedes responderme muchas cosas aunque no sepas nada de neurociencia!

  5. José Manuel dice:

    Santiago:
    lo que llamamos “yo”, es un estado funcional del cerebro. Es decir, la conciencia de uno mismo (consciencia o autoconciencia). Y eso ya es innegable desde la neurociencia. Otra cosa es el Teatro cartesiano o el homúnculo de Dennet y otros autores anteriores.

    David Hume lo dijo ya hace algunos siglos. No hay ninguna evidencia a favor de un “lugar” donde todas nuestras experiencias se encuentren “unificadas”. Cuando estoy hablando con alguien ocurren varios procesos: por un lado veo una imagen (la cara de mi interlocutor) y, por el otro, escucho unos sonidos (su voz), luego proceso todo eso mediante un montón de sistemas cerebrales: traducir e interpretar los sonidos en unidades con significado dentro de un entorno social muy específico, comprender las señales faciales o gestuales que nos envía, elaborar una respuesta lingüística, mover los músculos necesarios para mantener mi postura corporal y ejecutar sonidos articulados, etc. . Toda esta complejísima miríada de procesos ocurren a la vez pero, ¿quién me dice que hay una “entidad mental”, un “espacio” en el que todo esto ocurre a la vez de forma que un nuevo espectador percibe todo y actúa unitariamente?

    Esto no es del todo cierto. Todos los sentidos (que son las “ventanas del cerebro”) menos el olfato, que es más antiguo, evolutivamente hablando, se sincronizan en el tálamo, en milisegundos. Ahí se empieza a generar la subjetividad… (No tengo tiempo de alargarme).

    Saludos

  6. José Manuel:

    1. ¿Qué significa exactamente “estado funcional”?

    2. Sincronización no es lo mismo que “integración, “unión” o “unicidad”. En un reloj, el minutero y el segundero están sincronizados, lo cual no quiere decir que, dentro de la maquinaria, exista una entidad que diga “son las diez y cuarto”.

  7. José Manuel dice:

    Santiago:

    1. Capacidad del cerebro para realizar una tarea determinada (consciente o inconsciente). Hay otros estados funcionales que no generan subjetividad, y otros que no requieren consciencia. Por ejemplo: estar dormido sin soñar, en crisis epiléptica, anestesiado totalmente, en coma profundo, etc.

    2. No es buena la analogía con el reloj. El reloj no funciona por ondas ni oscilaciones de éstas. El cerebro, sí. Las neuronas tienen una actividad oscilatoria y eléctrica intrínseca que según con quién se sincronicen generan o no consciencia. Los procesos neuronales inconscientes se dan de manera local y no implican la coordinación con otras áreas cerebrales distantes. Por el contrario, los procesos neuronales conscientes se dan a “larga distancia” en la frecuencia gamma (30-80 Hz). Por eso dicen que el cerebro trabaja en paralelo: una zona concreta del cerebro podría participar en procesos conscientes (globales) o inconscientes (locales) dependiendo de con quién se sincronice.-

  8. José Manuel:

    1. A lo que me refería con la pregunta por el estado funcional iba en línea con respecto al funcionalismo, en el sentido en que éste describe todo estado mental como un estado funcional. Putnam y otros ya han criticado mucho esta visión. Yo no tengo muy claro qué quiere decir que algo sea “una función”. Yo suelo entender las cosas como “objetos” o “procesos físicos”, pero “funciones”… No sé qué entidad ontológica es “una función”.

    2. Sí, sí. Hay sincronización pero, repito, sincronización (que no significa otra cosa que que dos o más fenómenos se den en un orden determinado en el tiempo) no sé que puede tener que ver con tener un “Yo” entendido como algo muy estable, unitario, simple, indivisible, etc. tal y como ha hecho la tradición con ese concepto.

  9. alejandrovu dice:

    Santiago:

    No soy versado en el tema ¿Qué tan diferentes son las críticas de Searle y Putnam al funcionalismo? ¿Dónde queda la independencia del sustrato (hardware, por así decirlo)? Gracias.

  10. Anke dice:

    Me parece muy interesante tu blog, Santiago. El tema del Yo y de la conciencia lo has tratado varias veces pero si es complejo entender cómo un ser vivo puede adquirir conciencia ¿por qué crees que desde la tecnología se manifiesta de forma cada vez más insistente que las máquinas alcanzarán dentro de poco conciencia? ¿Sólo existe un tipo de conciencia? Creo que la conciencia tiene que ver con las experiencias y en el caso del hombre con la aparición del lenguaje. Sin lenguaje sería imposible una autoconciencia tan desarrollada como la que tiene el hombre.

    Creo que la conciencia tiene grados y niveles y la recursividad, la aparición de la noción del Yo
    sólo tiene pleno sentido cuando nos hablamos a nosotros mismos mediante una lengua, el resto es pensamiento en imágenes, pensamiento arcaico donde el individuo se confunde con el ambiente, con la naturaleza que le rodea- imágenes que percibe- como formando parte del mismo continuum sin una diferenciación clara.

    Un saludo, Santiago.

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