Una metáfora ajedrecística de la mente

Publicado: 13 febrero 2014 en Filosofía de la mente
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Me gusta mucho el ajedrez. Es un juego bellísimo, de un orden geométrico asombroso. Me encanta revivir partidas clásicas analizando la genialidad de esos grandes jugadores que tuvieron un momento de inspiración y que combinaron magistralmente sus piezas desde un plan trazado con muchas jugadas de antelación. Los resultados son muy hermosos: jugadas perfectas, cálculos precisos, trampas invisibles que en una jugada hacen cambiar por completo el sino de la partida. Y todo eso desde la romántica visión de un duelo a muerte entre caballeros, una encarnizada lucha entre dos cerebros en la que no hay suerte (el ajedrez no es un juego de azar), todo lo que pase es enteramente responsabilidad tuya. Las derrotas son muy duras.

Sin embargo, cuando me pongo a jugar pronto me doy cuenta que no tengo la genialidad de los grandes maestros. No puedo calcular con tanta antelación ni se me ocurren combinaciones tan brillantes. No es sólo falta de inteligencia en comparación con grandes jugadores, sino falta de preparación y entrenamiento: no me sé todas las aperturas, ni siquiera domino ninguna de forma más o menos competente. Tampoco tengo conocimientos sólidos de los fundamentos teóricos del juego. Supongo que necesitaría años de entrenamiento para poco más que no hacer el ridículo en un torneo federado.

¿Cómo, siendo un mediocre, juego entonces mis partidas? Como no puedo tener una visión global perfecta de lo que pasa en el tablero ni puedo anticipar con claridad el futuro a medio y largo plazo, vivo en el presente. ¿Cómo? Siguiendo una serie de principios básicos, de recomendaciones, de apuestas más o menos arriesgadas: despliega rápido tus piezas, presiona el centro, enrócate lo más pronto posible, no saques la dama hasta que la partida esté avanzada, que tus alfiles tengan diagonales largas para moverse, busca columnas vacías, ataca el peón más débil de la cadena, si tienes ventaja material no temas cambiar piezas, busca ataques dobles, clava piezas adversarias, etc. Luego, mi memoria también me ayuda: puedo recordar partidas clásicas o que ya he jugado, repetir estrategias que me han funcionado y evitar errores que me costaron la derrota. Igualmente mi conocimiento de mates clásicos es de gran ayuda al final de la partida. Téngase en cuenta que todas estas directrices de juego son sólo consejos, prácticas que sólo serán válidas en un contexto dado pero que muchas veces serán inútiles o, incluso, contraproducentes.

¿Y qué tiene que ver esto con la mente? Pues que la mente funciona de modo muy similar a un jugador aficionado al ajedrez como yo:

1. Nuestro cerebro es un conjunto de módulos, de subsistemas encargados de realizar tareas concretas, una caja de herramientas para sobrevivir. Hay que tener claro que nuestra mente no fue diseñada para encontrar la verdad ni para descubrir los grandes misterios del cosmos, está diseñada para adaptarse al medio, para operar y desenvolverse en él. La mente tiene una finalidad muy práctica. En la metáfora, cada módulo es un principio básico, una directriz de juego, una forma de hacer las cosas.

2. Las directrices de juego son sólo apuestas, hipótesis, tentativas, en muchas ocasiones chapuceras o mal avenidas unas con otras. Por eso nos equivocamos, por eso el error es tan común en nuestro quehacer cotidiano (y tan necesario).

3. La memoria es otro subsistema encargado de seleccionar las mejores directrices, almacenándolas para nuevos usos. Por eso la memoria está muy ligada a las emociones. ¿Qué recordamos después de una partida? Aquella jugada pésima que me hizo perder. ¿Qué emoción iba ligada a esa jugada? Rabia, impotencia… Las emociones intensas suelen ir ligadas a momentos cruciales en el proceso de aprendizaje. Y es que el cerebro humano es una gran maquinaria de aprendizaje en el que se ensayan constantemente conductas, unas se refuerzan y otras se desechan. Creo que nos diferenciamos más de los animales por nuestra enorme capacidad de aprendizaje que por nuestra inteligencia.

4. No existe el “teatro cartesiano”, un lugar donde existe una visión unificada, clara y sencilla de toda la partida. Sólo tenemos visiones parciales de la realidad dadas por cada módulo particular, múltiples perspectivas, estrategias y enfoques, diseñadas por la selección natural para no ser irreemplazables:  si falla una tenemos más. Aunque pierda ese valioso alfil puedo seguir intentando ganar la partida. La redundancia es una característica fundamental de nuestro cerebro. De hecho, una de las definiciones más comunes de persona inteligente es decir que es aquella que aporta más soluciones ante un problema dado. Una buena mente es la que, sencillamente, tiene muchos recursos.

5. ¿Por qué no existe ese “teatro cartesiano”? ¿Por qué no tener una visión global, unificada de todo? ¿Por qué no visualizar el tablero con claridad y distinción? ¿No ganaríamos más partidas? Así es pero es mucho menos eficiente teniendo en cuenta la escasez de medios. A la naturaleza le hubiera costado mucho crear un Carlsen en cada ser humano. Además, la variabilidad o diversidad de genotipos es una gran estrategia evolutiva. Pensemos que la naturaleza crea todos los cerebros tan buenos al ajedrez como Magnus Carlsen. Entonces, todos los seres humanos jugarían muy bien, pero con un estilo único, con unos determinados hábitos y, a pesar de la calidad del juego, con unos puntos débiles. La naturaleza rápidamente sacaría unos rivales que explotarían a la perfección tales defectos. La humanidad estaría condenada a la extinción. Por el contrario, diseñando jugadores mediocres pero variados, aumenta las probabilidades de supervivencia. Es lo mismo que ocurre con los pesticidas y las plagas. Solo las especies con una alta tasa de mutación sobreviven a los venenos del agricultor, haciéndose inmunes a ellos en unas cuantas generaciones.

6. El cerebro, al igual que la partida de ajedrez, es un sistema muy dinámico: se está construyendo movimiento a movimiento. Los principios de juego de los que parto pueden ir cambiando, combinarse o refutarse mientras se juega. Hay momentos en los que vendrán bien y en otros no, de modo que no hay una fórmula magistral para cada partida y, por eso, cada partida es siempre distinta al igual que cada mente es única e irrepetible. Incluso ante posiciones similares, muchas veces optaremos por estrategias diferentes (ya sea por que nos falla la memoria, porque se nos ha ocurrido algo mejor o, sencillamente, porque tenemos una corazonada), y es que no solemos funcionar mediante la lógica bivalente propia de las máquinas, sino más bien con lógica borrosa: tendemos a repetir una estrategia que funcionó, pero no lo hacemos el 100% de las veces desde el principio, sino que vamos subiendo el porcentaje a medida que funciona y no tenemos problema alguno en cambiarla si surge la necesidad. Por eso tropezamos muchas veces en la misma piedra, porque eso, al final, hace que tropieces muy pocas veces.

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comentarios
  1. Me ha gustado mucho la entrada. Hace unos días pensaba que la diferencia entre Deep Blue y un jugador humano es que la máquina sabe ganar pero no “sabe perder”. No sabe reproducir la tensión del tiempo que se acaba, los nervios, los equívocos. Perder es lo realmente difícil de simular. Si algún día fabricasen una máquina capaz de cometer el error inexplicable no sabría distinguirla de un humano.

    Si alguna vez quieres echar una partida (pierdo tantas como gano) soy eugeniosanchezbravo en chess.com

    Saludos.

  2. alejandrovu dice:

    Santiago:

    Parece que has redactado directrices para la IA. Tomaré nota. 😉

    PD: ¿saces o saques? xD (lo siento, no pude evitarlo)

  3. sirnewton3813 dice:

    No estaría mal haber nacido con la capacidad que tenía Capablanca para el ajedrez, parece ser que a los 4 años ya le ganaba a su padre, por eso de mayor decía que para él, el ajedrez era como su lengua natal, tenía una gran claridad para ese juego.

    Sí, estoy de acuerdo en la gran flexibilidad que aporta el cerebro en ideas y en enfoques hacia un único problema, pero aunque no soy determinista, si que pienso la mente funciona como un “teatro cartesiano” y me explico:

    Si partimos de la base de que hay un número limitado de neuronas en un cerebro, entonces, habrá que pensar que también hay un número limitado de conexiones neuronales, aunque ese número de conexiones neuronales sea gigantesca, está claro, de que la mente es un producto lineal como lo son las conexiones neuronales, es decir, todas las ideas que uno se le ocurran, no son más que combinaciones de conexiones neuronales que han ocurrido en el cerebro, así pues, todo parece bastante cartesiano, resumiendo, el tonto tiene menos conexiones neuronales que el listo.

    Es cierto que luego está el tema de la calidad de esas conexiones, para un problema “un cerebro” puede utilizar un mínimo de conexiones para solucionarlo, pero para otro cerebro, quizás necesite más conexiones o incluso menos, y poder resolver el problema de forma relativamente distinta, pero siempre dentro de un marco predeterminado, como lo son las conexiones neuronales .

    Es decir para solucionar cuanto es “2+2” puedo utilizar mi memoria sin calcular, y decir que son 4, no necesito sumar porque me acuerdo ya de que la solución es 4, para un niño de 5 años, 2+2 lo solucionará de otra forma, contando poco a poco, y la solución será lo mismo 4, pero realmente no deja todo esto de estar dentro de una conexiones fijas y determinadas, en un caso la conexiones son por decirlo de alguna forma conexiones relativas a la memoria, y las otras, conexiones relativas al cálculo, pero no dejan de ser conexiones previas y bien definidas.

  4. Eugenio:

    Tampoco saben ganar: el orgullo, el sabor de la victoria, el subidón de ego… Todo se resume a que las máquinas no tienen qualia, o dicho más fácil, no sienten absolutamente nada. No obstante, esto en el ajedrez es una gran ventaja: muchos jugadores cometen errores por nervios o por el agotamiento mental de jugar largas partidas. Pero sí, el gran reto de la Inteligencia Artificial es construir sentimientos, algo de lo que estamos lejísimos, es más, no sabemos casi ni por donde empezar.

    Santiago:

    Los de la AI llevan mucho tiempo trabajando en esto y algunas cosas se han conseguido, aunque todavía pocas.

    PD: corregido gracias 😀

    Sirnewton:

    No comprendo qué es lo que entiendes por “teatro cartesiano”. Tradicionalmente se lo ha entendido como un “lugar” en donde se representa todo lo que pasa en nuestra mente, existiendo como un homúnculo (una especie de mini-Yo) que contempla todo como si estuviera en el teatro.

  5. sirnewton3813 dice:

    Santiago :

    Efectivamente había tomado el teatro cartesiano como algo distinto a lo que es, mea culpa.
    ¡¡ Creo que saque la dama demasiado rápido!!

  6. alejandrovu dice:

    Santiago:

    Colgándome de lo que dijo Sirnewton3813 sobre las conexiones ¿Hay lugar para el contexto? ¿Qué pasaría si ponemos a nuestro ajedrecista a cocinar usando el mismo cableado y cambiando las entradas? ¿Terminaría con una paella o con los bomberos en la cocina? Me inclino por lo segundo. xD

  7. Jose dice:

    Santiago, para cuando tengas tiempo… Te quería preguntar tu opinión de esto:

    file:///C:/Users/Jose/Downloads/cuerpo05%20(1).pdf

  8. José:

    La postura de Varela es sumamente interesante. Está dentro de la línea pragmatista de la que hemos hablado muchas veces. Hay que tener en cuenta que cualquier acto de conocimiento es una acción y si es una acción en ella intervienen múltiples factores, tanto “internos” como “externos”, de tal modo que “ubicarlo” espacialmente es, en el mejor de los casos, confuso o falto de sentido. Es como pensar en la velocidad. Cuando observas un coche a 100 Km/h, ¿dónde está la velocidad a la que circula? La velocidad existe, hay objetos más rápidos que otros pero, ¿tendría sentido decir que la velocidad del coche está en el motor o en las ruedas?

  9. Jose dice:

    ¿Y podemos congeniar la idea de “la mente no está en la cabeza” con el reconocer que la mente surge de un proceso físico del cerebro? O es una visión muy miope-fisicalista-materialista ya superada?

  10. Jose dice:

    Creo que mi principal problema es que Varela tiene un enfoque bastante sistémico para hablar de la realidad y me he formado mucho en el mundo reduccionista que tanto éxito ha dado a la ciencia. Meterme en este mundo me genera una verdadera disonancia cognitiva 😛

  11. No, no piensas nada raro ni anticuado. A pesar de que pensar pudiera ser una acción “poco localizable”, su sustrato material sigue siendo el cerebro. En el ejemplo que antes te puse de la velocidad. Aunque la velocidad sea algo igualmente “poco espacializable” su sustrato es el coche. El automóvil es el que va rápido y sin cilindro ni carburador, es imposible conseguir velocidad. Mente sin algo parecido a un cerebro es imposible.

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