Leibniz minero

Publicado: 8 agosto 2015 en Filosofía de la mente, Sociología
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El filósofo alemán Gottfried Leibniz es, probablemente, una de las personas más inteligentes que haya dado la especie humana. Fue quizá el “último genio universal” pues hizo aportaciones a, prácticamente, todas las materias que toco, y no fueron pocas: filosofía, matemáticas, geología, medicina, psicología, ciencias de la computación… Pero, paradójicamente, no encontramos una correlación directa entre sobredotación intelectual y éxito en la vida (menos aún entre inteligencia e integridad moral). Leibniz no fue para nada un fracasado y consiguió éxitos bastante notables (absolutamente sobresalientes en lo que se refiere al campo intelectual), pero aquí vamos a narrar uno de sus más notorios fracasos: su proyecto minero en las montañas Harz.

Leibniz prometió a su nuevo protector, el duque Ernesto Augusto de Hanover (su antiguo mecenas, el duque Johann Friedrich terminaba de fallecer), que su proyecto de construcción de molinos para la extracción de plata en las minas de Harz (Sajonia) le podría generar, sin casi costes, unos beneficios de 400.000 táleros adicionales. El duque aceptó su propuesta y mando al filósofo inventor a las montañas.

En 1683 el proyecto llevaba ya dos años de retraso y un déficit del 800 por cien. Leibniz había planteado unas estructuras auxiliares para la construcción de los molinos cuyo coste era tan alto como para poner en duda la rentabilidad de la inversión global. Por otro lado, gran parte del plan del molino de viento ya había sido proyectado por un ingeniero anterior. Leibniz no tuvo demasiados escrúpulos en venderlo como totalmente suyo. Era normal que los obreros comenzaran a dudar de la honestidad de Leibniz y se quejaran. Alegaban que este “filósofo-consultor” no parecía saber demasiado del negocio de la extracción minera, que planteaba fantasmagorías matemáticas de imposible traducción en la práctica y que, además, miraba demasiado por su interés económico. No entendían cómo cobraba un salario tan grande por lo que realmente hacía.

En 1684 las máquinas ya estaban construidas y había que comprobar si funcionaban. Resultó que no hacia viento. Las montañas de Harz no tenían nada que ver con las tierras bajas de Holanda, donde tan bien funcionan los molinos. Es absolutamente increíble como el co-inventor del cálculo infinitesimal y fundador de la Academia de Ciencias de Berlín no cayera en la cuenta de algo tan sumamente básico para su proyecto: para que un molino funcione hace falta viento.  Vale, no pasa nada, el filósofo se puso a diseñar un nuevo tipo de molino con unas aspas diferentes, una serie de planos verticales que girarían como una especie de tiovivo. Parece ser que funcionaban algo mejor que los anteriores pero el hecho era inapelable: no hacía viento.

A estas alturas los trabajadores que, prácticamente, querían asesinar a Leibniz, le propusieron una prueba: demostrar que los nuevos molinos funcionaban mejor que las bombas de agua que utilizaban anteriormente. Leibniz escribió un alegato de más de veinte páginas en donde sostenía que en su contrato no se especificaba que sus molinos tuvieran que ser más eficientes que las bombas, solo decía que debían extraer agua, y así lo hacían. El texto era jurídicamente intachable.

En 1685 el duque comprendió al fin lo ruinoso de la empresa y ordenó su cese inmediato. Por supuesto, Leibniz no podía pensar en retirarse y pasó un año más trabajando en las montañas, ideando nuevos inventos para los mineros. Propuso, por ejemplo, una cadena circular de contenedores ingeniada para elevar pesos desde los pozos usando rocas de la superficie. Pero hacía ya tiempo que las relaciones con los trabajadores estaban rotas y nadie le hacía caso. Cuando hablaban con él le daban la razón, para seguir trabajando con total normalidad al día siguiente. En 1686 Leibniz volvió a Hanover sin haber ganado ni un mísero tálero para el Ducado y habiendo malgastado miles.

Este desafortunado suceso podría interpretarse desde la perspectiva  de unos obreros que no supieron entender las avanzadas ideas de un genio como Leibniz. Podríamos adornar la historia, contándola como la del típico hombre que se adelantó a un tiempo que no lo comprendió y que se revolvió contra él, dibujando a Leibniz como a un héroe del estilo de Galileo o Darwin. Nada más lejos de la realidad. Leibniz hizo el imbécil en las minas de Harz y no hay más que hablar. Muchas de sus ideas eran o rocambolescas entelequias sin la más remota posibilidad de que funcionaran en la práctica, o cuya construcción y funcionamiento costaría mucho más dinero que lo que ahorraría, o, simple y llanamente, no existían medios técnicos en el siglo XVII para construirlas. Leibniz no tenía ninguna experiencia ni como ingeniero ni como minero, además de que, seguramente, su forma de ser, egocéntrica y altiva, no le permitió liderar eficazmente la gran empresa que traía entre manos, sobre todo en lo referente a su relación con los trabajadores.

Y es que la tónica parece ser la siguiente: la mayoría de las personas que han triunfado rotundamente en la vida eran muy inteligentes. Sin embargo, cuando se supera cierto límite de inteligencia, llegando a la abrumadora sobredotación intelectual que poseía Leibniz por ejemplo, el éxito parece romper la correlación. Si uno mira la historia de los grandes líderes políticos o de los grandes empresarios, parece ser que son personas muy listas, pero no son genios. Un intelecto elevado te permite adaptarte muy bien a tu entorno. Sin embargo, un cociente intelectual excesivamente alto quizá produce disfunciones adaptativas de diferente tipo que impiden que alguien se desenvuelva especialmente bien ante determinadas circunstancias. Así que no os preocupéis por no ser genios, seguramente tenéis más probabilidad de triunfar en la vida que ellos.

He sacado la historieta del libro El hereje y el cortesano de Matthew Stewart, una obra preciosa.

 

comentarios
  1. Solrac dice:

    Yo más bien pienso que hay diferentes contextos de inteligencia; que la inteligencia que sirve para detectar patrones ocultos de un sistema no es necesariamente la misma que sirve para reproducirlos, eficientizarlos, adaptarlos o crear otros. Y por supuesto, está la llamada inteligencia emocional, listeza o astucia; esa que poseen los líderes, los vendedores,

  2. Solrac dice:

    Finalmente, ser ético es una categoría que involucra más el carácter y la formación, que cualquier otra conformación o ventaja cerebral. Creo que no hay una inteligencia, sino zonas u rutinas inteligentes independientes o interdependientes dentro del cerebro.

  3. Christian Cisterna Farias dice:

    Santiago hace unos años era asiduo lector de tus párrafos intelectorreicos pero una orden superior (psicólogo) me prohibió la lectura de todo lo que fuera “filosofía”, “neurociencias”, “psicología” y todo este tipo de cias fias y gias de los cuales según él, sacaba segundas ideas, sera porque tengo esquizofrenia, pero siempre he pensado, y ellos (los psicólogos) al parecer quieren acción de mi parte, una lastima no poder leer tus artículos que me parecían muy interesantes, saludos desde el sur de américa, Chile. en horabuena como dicen los de la madre patria.

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