Inteligencia colectiva

Publicado: 23 octubre 2016 en Filosofía de la mente, Historia, Sociología

ramanujan

El caso de Ramanujan es milagroso. A parte de sobrevivir a la viruela, de no morir a los pocos meses de edad como su hermano, y de criarse en el sistema educativo indio de finales del siglo XIX, es decir, de ser prácticamente autodidacta, pudo realizar grandísimas aportaciones a las matemáticas. Eso sí, la tuberculosis lo mató a los 32 años de edad ¿Quién sabe qué hubiera llegado a descubrir con una vida sana y longeva? ¿Cuántos genios de este tipo se han perdido a lo largo de la historia de la humanidad?

Hemos trabajado siempre con un concepto de inteligencia individual. La inteligencia, sea una o sean muchas, siempre es algo propio de un solo individuo. Cuando alguien nos hablaba de inteligencia global o colectiva ya miramos con recelo, pensando en que pronto vendrá un “espíritu universal”, una “consciencia colectiva” o la, tanta veces mencionada, superinteligencia que emergerá de Internet. Cambiemos el chip.

Definimos inteligencia de un modo muy simple: capacidad de resolver problemas. Un individuo, organismo, máquina, sociedad, época, nación (en definitiva, un sistema), será más inteligente que otra si es capaz de resolver un mayor número de problemas, si lo hace en menos tiempo, o si los que resuelve son más complejos. Con esta definición ampliamos la inteligencia de lo individual a lo colectivo sin tener que hablar de una “mente” o “alma” colectiva. Hacerlo así nos puede servir como un parámetro de medida muy ilustrativo para elaborar estrategias políticas de amplio calado.

Empecemos hoy a nivel puramente cuantitativo: una sociedad con más individuos con un promedio de inteligencia similar, tiene más inteligencia colectiva que otra con menos. Otros factores como la capacidad de coordinación, sincronización o comunicación serían también fundamentales, pero ahora los pasaremos por alto (Pensemos que una sociedad con 1.000 individuos en la que cada uno va por su lado y no se comunica con los otros tendría la misma inteligencia colectiva que una sociedad formada por un solo individuo). Según ciertas estimaciones en el Paleolítico Inferior vivían en el planeta unos 125.000 seres humanos. Si en tiempos del Imperio Romano llegamos a los 150 millones, la población se había multiplicado por mil, por lo que su inteligencia colectiva sería tres órdenes de magnitud mayor. Si nos vamos a la actualidad, con unos 7.000 millones de habitantes, nuestra población es 52.000 veces la del Paleolítico y 47 veces la del Imperio Romano. A nivel, meramente cualitativo, para un hombre prehistórico que contemplara una de nuestras urbes todo sería radicalmente incomprensible, una verdadera singularidad.

Otro cálculo. Estimemos que la posibilidad de que surja un genio universal de la talla de Aristóteles o Newton es de una por cada diez millones de habitantes. Supongamos también que la presencia de estos hombres extraordinarios representa un gran pico en la gráfica de la progresión de la inteligencia, por lo que, igualmente, su mera presencia es un indicador del grado de inteligencia colectiva de una sociedad. Entonces en la actualidad puede haber unos setecientos genios entre nosotros mientras que en largas épocas del Paleolítico es posible que no viviera ninguno. Dos ideas:

  1. Esto advierte sobre la importancia de detectar y aprovechar la llegada de estos talentos. En nuestro sistema educativo no hay prácticamente nada al respecto y, en la actualidad (y casi desde siempre) nuestros mejores cerebros se van al extranjero. La pérdida de capital humano pasará factura. No sé cuánto hace falta para entender lo que se ha dicho tantas veces: no es que los países ricos inviertan en ciencia, es que, precisamente, son ricos porque invierten en ciencia.
  2. Uno de los problemas de salud pública más graves que sufre Tercer Mundo es la carencia de yodo (unos mil millones de personas afectadas a lo largo de unos ochenta países). Los suelos de estos países apenas tienen este mineral debido al arrastre de las últimas glaciaciones, por lo que agua, vegetales y animales (toda la cadena trófica) sufre la carencia. Esta falta produce cretinismo (aparte de bocio y enanismo), que conlleva, entre sus lamentables síntomas, una pérdida de entre diez y quince puntos de CI. La merma de inteligencia colectiva es brutal, cuando la fácil solución está en la barata sal común. Existen ya muchos programas para combatir el problema con bastante éxito, pero es muy triste que se haya tardado tanto y que todavía no se haya erradicado por completo.
  3. De los 7.000 millones de seres humanos, unos 1.300 son indios y otros casi 1.400 son chinos. Es decir, más de un tercio de la población mundial vive en esos dos países.  Si a India y China le sumamos África con más de 1.100 millones, ya tenemos más de la mitad de los habitantes del mundo. Europa (780 millones), Estados Unidos (320), Japón (127), suman 1.227 millones, menos de un 20% de la población total. Si suponemos que solo estos últimos países podrían sacar partido a los genios que en ellos nacieran, si tenemos setecientos genios, solo un 20% de ellos podría tener acceso a una educación (o, sencillamente, a tener una esperanza de vida razonable), es decir, solo ciento cuarenta… ¡Estamos perdiendo al 80% de los genios que nacen en la Tierra!
  4. Y estamos hablando de la actualidad, cuando el rápido ascenso de China e India terminará por dar oportunidades al talento, pero si nos vamos al pasado, cuando ni el Primer Mundo podía garantizar el aprovechamiento de la inteligencia… la pérdida sería mucho más acusada. Pensemos en que para que un alto intelecto pudiera hacer grandes aportaciones a la humanidad tenían que darse una serie de difíciles casualidades: sobrevivir hasta la edad adulta, recibir una educación (a falta de sistemas públicos, tener la inmensa suerte de nacer en una familia acomodada), o vivir en una cultura que premiara la innovación o, al menos, que no castigara las nuevas ideas (difícil, teniendo en cuenta que gran parte de las culturas han sido fuertemente tradicionales). Revisando nuestra historia no cabe duda de que hemos sido tremendamente ineficientes aprovechando nuestra inteligencia.

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