La Hipótesis de la Mente Extendida

Publicado: 2 abril 2017 en Filosofía de la mente
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Aunque Descartes, y tantos otros antes que él, definiera la mente por su inextensión, es decir, por no ocupar lugar alguno en el espacio, por ser inmaterial, o si se prefiere, espiritual, todo el mundo con dos dedos de frente, ubica la mente “dentro” del cerebro. Sin saber muy bien qué tipo de entidad ontológica es, sin poder siquiera definirla con precisión, todo el mundo cree que se piensa con la cabeza. Nadie acepta de buen grado que le digas que su mente no está en ningún sitio, o que su último pensamiento está ubicado a 1.000 kilómetros de su cerebro.

Es más, dado el materialismo monista imperante en las ciencias de la mente, gran parte de la gente algo letrada en el tema apuesta por la teoría de la identidad: mi mente es equivalente a una serie de procesos físico-químico-biológicos que, en cuanto a tales, ocurren en una precisa ubicación espacial: mi tejido cerebral. Mi mente se forma, de alguna manera todavía no aclarada, entre esa increíblemente densa enredadera de neuronas que pueblan mi encéfalo.

Así que, solo por llevar la contraria y violentar un poco las mentes de mis brillantes lectores, vamos a ver una teoría clásica en filosofía de la mente  que pretende romper este “chauvinismo cerebral” de creer que los sucesos mentales solo ocurren “dentro” del cerebro: es la teoría de la mente extendida. Quizá la primera en plantearla fue la filósofa norteamericana Susan Hurley en su obra Conscioussness in Action de 1998, pero el texto clásico es el artículo de Andy Clark y David Chalmers The Extended Mind  del mismo año, y entró de lleno en el debate cuando Clark publicó el libro Supersizing the mind en 2008.

La teoría de la mente extendida es una consecuencia lógica del funcionalismo imperante en las ciencias cognitivas (ya lo describimos y lo criticamos aquí). El funcionalismo dice que los estados mentales son estados funcionales que conectan causalmente estímulos con respuestas (o estados funcionales con otros estados funcionales). En este sentido si yo quiero realizar una operación matemática y me valgo para ello de una calculadora de bolsillo, entre el input (por ejemplo, la visualización de los dos factores que voy a multiplicar) y el output (obtener el resultado), transcurren multitud de estados funcionales, unos “dentro” del cerebro y otros “fuera”. “Dentro”, por ejemplo, está mi miente ordenando a mis dedos qué teclas de la calculadora pulsar, y “fuera” estaría el microprocesador de la calculadora procesando los datos y mostrando en pantalla el resultado.

Si definimos los estados mentales por su función, es decir, por ser elementos causales en la cadena entre el estímulo y la respuesta, tanto mis pensamientos sobre que teclas pulsar como el funcionamiento del microprocesador de la calculadora, son eslabones causales de la cadena, ¿por qué decir  que solo los estados causales que están “dentro” de mi cabeza son estados realmente mentales, mientras que los que están “fuera” ya no lo serían? Supongamos que nos sometemos a los designios de Elon Musk y de su empresa Neuralink, y nos insertamos la calculadora en el cerebro, conectando sus circuitos a nuestros axones y dendritas neuronales. Entonces, si hiciésemos un cálculo ayudados por la calculadora, todo ocurriría “dentro” de nuestro cerebro ¿Ahora sí aceptamos lo que hace la calculadora como parte de nuestra mente y antes no? ¿Los criterios para distinguir lo mental son, únicamente, algo tan pobre como “dentro” y “fuera”?

Extendamos entonces la mente a lo bestia. Cuando usamos Google para buscar información, devolviéndonos Google la respuesta que buscábamos, nuestro proceso de causas y efectos funcionales ha viajado desde nuestra mente hasta diferentes servidores a lo largo del mundo, incluso ha podido ir al espacio y rebotar en antenas de satélites, hasta volver a nosotros… ¡Nuestros estados mentales se han extendido hasta el infinito y más allá! Seríamos, por utilizar terminología más guay, cíborgs cognitivos o mind cyborgs…

Según Clark, nuestra vida mental es un continuo negociar y re-negociar los límites de la mente con los diferentes dispositivos cognitivos que tenemos a nuestro alcance. Extendemos y reducimos la mente a cada momento: cada vez que encendemos la tele,miramos un reloj, nuestro móvil.. Lo interesante es que podríamos utilizar esta extensión para medir el potencial cognitivo de un individuo o sociedad: desde lo mínimo, un neanderthal escribiendo en la arena con un palo, hasta las actuales megalópolis de millones de individuos  hiperconectados entre ellos y con el resto del mundo, teniendo acceso a una incontable cantidad de información. Los hitos fundamentales en una historia de la humanidad concebida desde su capacidad de extensión mental serían la aparición del lenguaje, primero hablado y luego escrito (la extensión de la memoria), el desarrollo del cálculo y de sus herramientas que concluirían con la llegada del computador y, el estadio en el que nos encontramos: internet y su casi ilimitado acceso a todo tipo de datos.

Problemas: si la teoría de la mente extendida puede estar bien para medir la potencia cognitiva de un sistema, habría que entenderla únicamente como una etiqueta pragmática, como una forma de hablar útil en determinados contextos, ya tiene exactamente los mismos problemas del funcionalismo (como hemos dicho, no es más que una consecuencia lógica de éste): no explica la consciencia fenomenológica y no superaría la crítica de la caja china de Searle. Autores como Jerry Fodor, desde una perspectiva cerebrocéntrica o, Robert Rupert, desde todo lo contrario, han sido bastante críticos con ella. Y es que pasa lo de siempre: la explicación funcionalista de los estados mentales es muy incompleta y, llevada a su extremo, llega a ser confusa.

Ejemplo: de nuevo voy a realizar un cálculo extendiendo mi mente hacia una calculadora. Sin embargo, me doy cuenta de que no tiene pilas, así que bajo a la tienda de abajo de mi casa a comprar unas. Desafortunadamente no les quedan ¡Los vendedores de pilas están de huelga! Así, recorro decenas de tiendas pero en ninguna tienen nada. Viajo por toda España en busca de las pilas malditas, hasta que en un pequeño pueblecito perdido en los Pirineos, encuentro una tienda donde, al fin, las consigo. Después de tres meses de búsqueda vuelvo a mi casa, y puedo usar la calculadora para terminar mi cálculo… ¿Todo este tedioso proceso de búsqueda geográfica de tiendas de pilas formaría parte de un proceso cognitivo? ¿Lo englobaríamos dentro de un proceso mental? Echar gasolina al coche, conducir, preguntar a transeúntes, usar el GPS… ¿todos son estados mentales? ¿Dónde queda el límite entre lo que es y lo que no es un estado mental si cualquier cosa es susceptible de participar en un proceso causal?

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comentarios
  1. Sirnewton3813 dice:

    Si bien es cierto que la mente individual es producto de un cerebro individual, también es cierto que ciertos aspectos de la mente individual no se pueden explicar desde un punto de vista puramente local del cerebro.

    La calculadora es capaz de calcular una operación que de 4 igual que lo puede hacer el cerebro, el cálculo concreto lo localizados en la calculadora o en el cerebro, si partimos de la base que el 4 de la calculadora es el mismo 4 que ha calculado el cerebro, podemos decir que ese 4 está más allá de las funciones cerebrales y más allá de las funciones eléctricas de la calculadora.
    Donde situamos el 4?
    Si no hay cerebro y no hay calculadora,el 4 no existe?
    A mi modo de entender hay aspectos que trascienden lo puramente funcional y es ahí donde puede haber extensión de ciertos hechos aparentemente concretos.

  2. F. Joya dice:

    Al fin y al cabo, la mente extendida no dice otra cosa distinta que lo dicho en el clásico planteamiento de la mente interactuando con el medio, sugestionada, espoleada, aletargada por el medio, actuando y respondiendo en/al medio considerado

  3. gharghi dice:

    Y llendonos a la especulación o anticipación ceitnífica, ¿por qué no podríamos ser parte de una mente cósmica? Igual aún no lo somos pero estamos en camino de serlo.

  4. Yack dice:

    Este es un tema de enjundia.

    Consideremos que el universo se divide en dos tipos de fenómenos: teleonomicos y deterministas.
    Los deterministas se rigen por las leyes de la física y, aparentemente, no persiguen ningún objetivo explícito que podamos detectar.

    Los teleonomicos, en cambio, siguen, a nivel microscópico, las leyes de la física, pero a nivel macroscópico parecen trabajar para alcanzar un objetivo específico (expandirse, crecer, complejizarse, llegar a la autoconciencia, etc.), que tiene la facultad de modificar drásticamente el escenario determinista macroscopico. Basta con imaginar cómo sería la superficie de la Tierra de no haber aparecido la vida en ella.

    Según esto, una mente está compuesta de:

    – Un plan (el que sea) formado por información pura (como un programa informático).

    – Un elemento físico de almacenamiento que da soporte a esa información (la ram de un ordenador o el tejido cerebral de un animal, entre otros).

    – Un dispositivo que permite ejecutar ese plan, es decir, transformar la realidad determinista en un dirección predeterminada (cpu de un ordenador o el tejido cerebral de un animal, por ejemplo). En realidad, este dispositivo puede integrar multitud de capas concéntricas de periféricos y actuadores (impresoras, pantallas, ojos, manos, pies, etc.) que facilitan y potencian la ejecución del plan que reside en el interior del cerebro.

    Sin que sepamos muy bien cómo, un plan tiene la potencialidad (y nosotros somos la demostración más palpable) de expandirse ilimitadamente, tanto en cantidad como en sofisticación, a expensas de la materia determinista.

    Pero lo más sorprendente es que no se limita al ámbito cerebral o del propio organismo animal, sino que desarrolla varios niveles concéntricos de acondicionamiento de la materia para facilitar su autorealización:

    Partimos de una simple molécula replicante y le vamos añadiendo membranas, patas, pinzas, cerebro, órganos, etc.

    Pero el proceso continúa. Se generan colonias de individuos interconectados que facilitan la ejecución y aplicación del plan director (un animal pluricelular, una colonia de hormigas o de humanos, por ejemplo).

    Y no se detiene ahí: Se diseñan y fabrican objetos y herramientas que, sin estar vivos, son teleonomicos, es decir, colaboran en la empresa de ejecutar el plan: un nido, una madriguera, una presa de castor, etc.

    Y para ver el proceso en todo su alcance, debemos de observar a la especie humana, que representa la frontera actual del avance de este fenómeno.

    Nuestra especie, por ejemplo, construye ciudades donde todo (calles, automóviles, ordenadores, comunicaciones, redes de energía, etc.) están dispuestas y diseñadas específicamente para ejecutar con mayor rendimiento y alcance, los subplanes que se han derivado del embrión inicial del gran plan, el mismo que tenía asiento en los primeros replicadores químicos).

    Es decir, que la mente no es la clave del problema. La clave es el plan. Lo que llamamos “mente” solo es la esfera de más bajo nivel que da soporte al plan. El plan impregna y reorganiza la materia a su alrededor asignándole diversos y crecientes niveles de teleonomía. El proceso mental se inicia en el cerebro, pero se expande a todas las esferas teleonomicas hasta alcanzar incluso a la materia no procesada (coges una piedra para enderazar el guarbarros de tu coche, si no tienes un martillo a mano, que sería mucho más eficiente)

    Cuando el plan, sea el que sea, salte definitivamente a las máquinas inteligentes, no habrá que hablar de mente (una vieja fórmula que ya ha cumplido su papel), y entonces se verá que lo importante no es el hardware (que se puede sustituir) sino el software (el plan) y los subplanes (subprogramas) asociados.

    Así, cabe pensar, que el universo está preconfigurado de tal forma que puede generar espontáneamente un plan que (aparentemente) modifica su inicial plan determinista. ¿Pero cuál es ese plan? Tal vez la autoconciencia. Pero eso ese sería otro tema.

    Saludos.

  5. Es una hipótesis que no deja de ser interesante, pero, ¿si es una extensión de nuestra mente entonces porque no sentimos el esfuerzo hecho por esta?, porque cuando realizamos por ejemplo cálculos complejos a muchos de nosotros nos queda doliendo un poco la cabeza o sentimos de otra manera el esfuerzo cognitivo realizado, mientras que por muy complejo que sea un cálculo hecho en una calculadora jamás sentiríamos el mínimo de esfuerzo, por lo que esto sería uno de los pilares para rebatir dicha hipótesis.

  6. F. Joya dice:

    Yack, no veo la dualidad que impones entre determinista y teleonómico, al menos tal como lo planteas. No dudo que en el mundo físico (y nosotros somos parte de él) actúe el determinismo, pero determinismo no quiere decir previsión, que quede claro. Por otro lado, el “plan” que mencionas está escrito en el genoma y en el ploteinoma animal y humano, y, claro, el plan puede modificarse en el futuro al aparecer la inteligencia artificial, la biología sintética, así que, de manera imprevisible, aunque determinista, no solo el hardware puede cambiar, sino también el software, la información escrita en el genoma. El plan puede incluso dejar de reposar en la materia biológica. De la misma manera que la sustancia replicante rompió con la sustancia inanimada, la nueva sustancia que contenga el nuevo software (y que pueda a su vez elaborar nuevo software) puede romper amarras de la sustancia biológica, y el antiguo plan escrito en el genoma pase a ser cosa del pasado. Pero no hay que olvidar que cualquier plan se halla en potencia en las leyes esenciales de la física.
    Saludos

  7. Yack dice:

    Contestando a F. Joya: En principio sólo intenté poner de manifiesto que la cuestión que se planteaba (qué alcance tiene un proceso mental) resultaba inapropiada con solo considerar una perspectiva más amplia de la realidad.

    Dices “Pero no hay que olvidar que cualquier plan se halla en potencia en las leyes esenciales de la física.“ y ahí está la esencia de lo que he pretendido decir. Para mí, “el plan”, es algo que está implícito en la configuración inicial del universo, como lo está el nacimiento y evolución de las galaxias, la formación de átomos pesados en las supernovas de tercera generación o las propiedades del carbono que hacen posible la vida.

    Otra cosa es que “el plan” necesite su tiempo de maduración para que se manifieste nitidamente, como ha ocurrido con todas las estructuras complejas que ahora vemos desplegadas en el universo actual, pero que no existían en épocas pasadas.

    Entonces, si bien el hardware puede cambiar sin limitación, ha de hacerlo siempre en función de las necesidades de “el plan” que, aunque también puede evolucionar, lo hará siempre en la misma dirección o hacia el mismo objetivo, aunque pueda sufrir pequeñas desviaciones ocasionalmente para superar los obstáculos que se encuentre en el camino.

    Esto es una afirmación poco científica, porque es indemostrable, pero estamos filosofando y por eso me permito plantear la hipótesis de que sólo hay un camino posible hacia un objetivo predeterminado (“el plan”), es decir, implícito en el big bang, como lo han estado el resto de estructuras y procesos cósmicos que ahora vemos.

    La vida está asociada, desde el principio, a eso que llamamos inteligencia. Un ser inteligente es aquel que dispone de mecanismos capaces de cambiar el devenir determinista del universo, de acuerdo con “un plan”. El cerebro solo es un órgano particularmente eficiente para conseguir ese objetivo, pero la facultad de cambiar el futuro de acuerdo con “un plan”, ya está presente en las bacterias y en los virus. Aclaro que, para mí, todos los planes, forman parte de un mismo plan: “el plan”.

    La inteligencia humana es otra vuelta de tuerca en la misma dirección. Y, por último, la inteligencia artificial es el apriete final que libera “el plan” de la rosca biológica, que ha pasado de ser el catalizador necesario, a convertirse en una rémora desechable.

    ¿Puedes imaginar un atractor cósmico diferente a una inteligencia no biológica que se expande por el universo? Y, ya que la consciencia se ha desarrollado en la mente humana (no tenemos idea de cómo ni por qué), ¿puede dudarse de que cualquier ser inteligente, artificial o no, renuncie a ella?

    Nada tendría sentido sin consciencia y, por lo tanto, sólo puedo imaginar un futuro del universo dominado por la consciencia y la inteligencia, es decir una superinteligencia que reorganiza la materia determinista para incorporarla al sector autoconsciente/inteligente.

    Es lo que a pequeña escala ahora está haciendo la especie humana y en menor cuantía han hecho el resto de organismos vivos.

    Y si suponemos (algo inevitable) que una inteligencia artificial puede probar en sí misma la consciencia, ¿renunciaría a ella? Yo creo que no y esto nos lleva inevitablemente a la consumación de “el plan”: conversión masiva de materia determinista en inteligencia consciente.

    Saludos.

  8. F. Joya dice:

    Te comprendo. Si suponemos, tal como aventuran algunas hipótesis, que debe de existir un solo principio físico que rija todo el universo, una suerte de cuerda que maneja una sola ecuación básica y cuyas notas producen la materia elemental y sus interacciones, y que, por lo tanto, contiene en potencia todo el universo (u universos) pasado, presente y futuro (que en realidad sería un constructo ya dado, según afirma la relatividad), aunque no puede salirse de su plan, no puede cambiar sus dictados, pregunto, ¿qué diferencia habría en ese caso con un dios omnímodo y omnipotente?, ¿Sería consciente de su plan?

  9. Yack dice:

    Esa es una buena pregunta que ya me gustaría saber contestar.

    Aquí cabe considerar dos hipótesis: O que nuestro universo (y tal vez muchos otros) ha sido ajustado en el momento del big bang con una precisión tal que “el plan” estaba ya presente en el núcleo del proceso y ahora solo asistimos a su despliegue.

    Podemos imaginar una o varias supermentes que fabrican universos a la carta, ya sea para divertirse o para alcanzar un objetivo inimaginable. Un posible objetivo sería el de fabricar otras mentes semejantes a ellas, y si consideramos lo que ocurriría si “el plan” se ejecuta en nuestro universo hasta el final, tiene cierto sentido.

    La otra posibilidad es la generación espontánea de infinitos universos con todas las configuraciones posibles, siendo nuestro universo, por pura casualidad, una de las raras configuraciones que dan lugar a la conciencia y a la inteligencia.

    Pero este planteamiento tampoco es una panacea científica, precisamente porque puede explicarlo todo sin explicar nada. Por ejemplo, podemos suponer que nuestro universo actual se ensambló, a partir de un universo caótico, por pura casualidad, hace tan solo un segundo y que en el segundo siguiente volverá al caos. O, más probable aún, que hace tan solo un segundo, se ensambló nuestra mente tal como está ahora configurada, y en el segundo siguiente se evaporará en la nada. Todo esto sería compatible con nuestras observaciones (creencias más bien) y no requeriría ningún esfuerzo explicativo más allá de la existencia de un generador aleatorio de infinitos universos.

    Por otra parte, la existencia eterna de un tejido espacio-temporal capaz de generar universos como el nuestro, por puro azar, no es mucho mejor que la hipótesis de Dios, aunque suene más científica.

    Una última posibilidad es que sea errónea la convicción que poseemos de que somos capaces de pensar sobre cuestiones complejas, como el origen del universo, o la imposibilidad de que exista un Dios eterno. Un comecocos en cuyo cerebro solo existen las reglas para moverse en el laberinto e interaccionar con sus habitantes, podría llegar a pensar que, con la sola ayuda de esas ideas básicas deterministas, sería capaz de comprender el universo que existe fuera del laberinto, pero esa convicción es falsa y cualquier conjetura que hiciera, resultaría absurda, por simplista, desde nuestra perspectiva superior. El hecho de que puede moverse por el laberinto coherentemente le podría llevar a pensar que sus “ideas” son correctas y que su mente es capaz de cualquier proeza intelectual. Tal vez ese es nuestro caso.

    Todavía estamos lejos de encontrar una respuesta, si es que existe y podemos entenderla.

    Saludos.

  10. gharghi dice:

    Resumiendo a Yack; el universo se encamina a la formación de una supermente cósmica. Y sería algo lógico si pasara. Pero me da que terriblemtne frío. Aunque puede que su tal cosa sucede se pueda evitar el fin del universo; al ser un ser consciente tratará de seguir vivo el mayor tiempo posible. Y una codsa es segura en este universo: allí donde arraiga la vida ya no desaparece.

  11. Yack dice:

    Tal vez una forma de escapar a la muerte térmica, si fuese inevitable, sería fabricar un universo preconfigurado para generar una copia de sí misma.

    Saludos.

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