Sombras de la mente

Publicado: 10 febrero 2019 en Ciencias de la computación, Filosofía de la mente, Neurociencias
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Un titular: “Redes neuronales logran traducir pensamientos directamente en palabras”.  La noticia es de Europa Press y tiene incluido el artículo de Scientific Reports, por lo que se le presupone cierto crédito. Parece alucinante ¡Hemos sido capaces de descodificar el pensamiento humano! Jerry Fodor nos contaba que debajo del lenguaje cotidiano que utilizamos para pensar (nuestro idioma), existía una estructura más profunda (ya que existe pensamiento sin lenguaje). Hay, por así decirlo, un lenguaje en el que está programado el cerebro (Fodor lo llamó mentalés) y la tarea de todo científico cognitivo que se precie será descubrirlo. Entonces, ¿lo hemos hecho ya?

De ninguna manera. Aunque en esta noticia no veo una mala intención amarillista, una lectura descuidada puede llevar a cierto engaño.

Examinemos lo que verdaderamente nos dice la investigación. Cuando realizamos cualquier actividad cerebral ocurren procesos bio-físico-químicos variados que pueden ser registrados por diferentes técnicas de monitorización. Algunas como, por ejemplo, la resonancia magnética funcional, observan el aumento de flujo sanguíneo en una determinada región cerebral. Entonces, presuponemos que si cuando yo estoy escuchando música, esa determinada área aumenta su flujo, será porque esa zona tiene que ver con mi capacidad para escuchar música. Otros sistemas de monitorización, como el electroencefalograma, detectan las distintas ondas cerebrales que surgen de la actividad eléctrica: ondas delta, theta, alfa, beta y gamma. En el caso del estudio en cuestión se basaron en datos obtenidos por la medición de frecuencias, en concreto de bajas y altas de tipo gamma. Y lo que han hecho Nima Mesgarani y su equipo, es utilizar un cierto tipo de red natural artificial para que encuentre relaciones entre las frecuencias obtenidas y las palabras que un sujeto estaba escuchando en un determinado momento, de modo que mediante un sintetizador de voz o vocoder, la red traducía los patrones cerebrales a palabras sonoras.

El caso es que la traducción de patrones de ondas a voz puede darnos la impresión de que estamos traduciendo pensamientos (mentalés), de modo que desciframos el código secreto de nuestra mente. No, lo único que estamos haciendo es transformar huellassombras, residuos que nuestro cerebro deja cuando piensa, en palabras. Y es que hay una clara confusión. Lo que los métodos de monitorización actuales captan no son los pensamientos mismos sino, por usar una metáfora fácil, el ruido que hacen. Y ese “ruido” podría, incluso, no ser información importante para comprender lo que es el pensamiento. El patrón de ondas detectado cuando se piensa en tal o cual palabra, podría no tener ningún papel causal en todo el procedimiento cerebral mediante en el que se piensa dicha palabra, podría ser un simple epifenómeno. De hecho, el gran problema para los métodos de monitorización cerebral es que es tremendamente complejo observar en directo el funcionamiento del cerebro de alguien sin dañarlo. Por eso se buscan lo que se llaman técnicas no invasivas, pero el problema, aún sin solucionar, es que estas técnicas son todavía muy imprecisas y no nos permiten el nivel de detalle que necesitamos. A día de hoy solo escuchamos ecos, sombras de la mente, y sobre ellos solo cabe la especulación.

Lo explicaremos con una metáfora. Supongamos que tenemos un coche. No sabemos nada de cómo funciona el motor pero podemos escuchar el ruido que hace. Entonces, a partir de ese ruido entrenamos a un algoritmo matemático para que nos diga en qué marcha va el coche en un determinado momento. El algoritmo es muy preciso y no falla nunca a la hora de decir en qué marcha está.  Ipso facto, la prensa saca el titular: “Hemos descubierto el código secreto del motor de explosión y una inteligencia artificial nos permite traducir su funcionamiento”. Si lo pensamos, realmente este descubrimiento sólo nos informaría de una pequeñísima parte  del funcionamiento real de un motor (en este caso que el motor tiene marchas), pero nada de lo verdaderamente significativo: el funcionamiento del cilindro, la explosión de combustible, etc.

Para que, realmente, hubiésemos descubierto el auténtico código del cerebro, deberíamos tener una equivalencia razonable entre un proceso mental y lo que monitorizamos y, con total evidencia, aún no lo tenemos, principalmente, porque no sabemos bien qué ocurre dentro de nuestros cráneos cuando pensamos. Noticias de este tipo pueden dar la impresión de que nuestro conocimiento del cerebro es muchísimo más alto de lo que, realmente, es. Y hay que dejarlo muy, muy claro: estamos todavía, únicamente, tocando la superficie de su funcionamiento y no sabemos, prácticamente, nada.

Eso sí, esto no quita nada a la importancia del descubrimiento de Mesgarani y de su gran utilidad clínica. Será maravilloso que un paciente con síndrome de enclaustramiento pudiera comunicarse con los demás, además de que abrimos las puertas a formas de comunicación “telepáticas”, y a un enorme abanico de posibilidades en el campo de la interfaz hombre-máquina.

comentarios
  1. Francisco dice:

    Pues yo pensaba los mismo pero al final me he convencido que si una rede neuronal, por el procedimiento que sea, permite inferir actividad cerebral en palabras entonces es capaz de comprender “el código sinbólico” de alguna forma, pero no sabes el procedimiento real, exactamente que el caso humano cuando escucha a otro ser humano, lo entiendes pero desconoces la actividad cerebral simétrica concreta que media entre las dos personas. Decimos que entendemos sin mostrarnos la actividad cerebral de ambos. La cuestión complicada es replicar de forma operativa el un “estado mental” No podemos exigir a la IA lo que se exigen en la comunicación entre humanos.

    En este caso más bien se trata de establecer un patrón de actividad concomitante entre la red neuronal artificial y la red cerebral, si las dos se acoplan pues hay que pensar que de alguna forma se “comprenden”, eso si, en un nivel de comprensión presumiblemente sin consciencia. La final la red artificial trabaja y nuestra mente intencional hará el resto, y el una segunda línea de procesamiento la red detectará rá también nuestras intenciones, pues son una cierta clase de actividad cerebral.

    Gracias por su blog. Es un placer leerlo. Lo mas interesante con criterio propio en castellano sobre el tema desde la Filosofía.

    Francisco
    Tenerife

  2. neuronacalva dice:

    ___Es excelente tu análisis estimado Santiago, y luego comentas el caso con una extensión que posee mucha propiedad, para concluir que:…”estamos todavía, únicamente, tocando la superficie de su funcionamiento y no sabemos, prácticamente, nada. Eso sí, esto no quita nada a la importancia del descubrimiento de Mesgarani y de su gran utilidad clínica”… Te felicito. Además, al respecto de la “comunicación telepática, entiendo que ello concierne a otro tipo de manifestación, que tiene que ver con propiedades de la Conciencia Trascendente del Ser Humano”, y en todo caso, lo relativo a “la interfaz cerebro-maquina, es un capítulo diferente. Un saludo y abrazo.

  3. Javier@@@ dice:

    Cabe preguntarse si es razonable esperar que en el futuro se pueda desencriptar el “lenguaje” del cerebro de tal forma que obtengamos un algoritmo que nos permita traducir la actividad mental a información legible e inteligible por un lector externo. Cualquiera pensaría que ¿por qué no? y efectivamente, si el progreso continúa tal cual en un futuro más bien lejano algo así podría ser posible.

    Una anécdota interesante es la del disco de oro de las Voyager, cuyo contenido fue supervisado por Carl Sagan. Entre dicho contenido se encuentra una grabación de las ondas cerebrales de Ann Druyan, de tal forma que una posible especie alienígena que encontrase las sondas pudiese “leer” esa grabación y viese imágenes y sintiese sensaciones que ha sentido una persona. Druyan comentó sobre ello en el siguiente fragmento -sacado de la Wikipedia en español-:
    “Empecé pensando en la historia de la Tierra y de la vida que alberga. Del mejor modo que pude intenté reflexionar sobre la historia de las ideas y de la organización social humana. Pensé en la situación en que se encontraba nuestra civilización y en la violencia y la pobreza que convierten este planeta en un infierno para tantos de sus habitantes. Hacia el final me permití una manifestación personal sobre lo que significaba enamorarse.”***

    Es interesante pensar en cómo afectaría a la idea de seres no humanos leyendo “ondas cerebrales” la hipótesis de la gramática universal de Noam Chomsky y la idea de que el ser humano está -a todas luces- cableado para aprender a comunicarse por medio de una serie de reglas dentro de un conjunto posible. Suponiendo que esos seres conociesen un algoritmo para desencriptar sus propias ondas cerebrales -si efectivamente significan algo-, ese posible algoritmo no va a ser el mismo que el necesario para los seres humanos, unos animales con los que ni siquiera comparten ancestro. Sus cerebros deben ser diferentes por completo; no necesitarían, a caso, un cerebro humano a modo de piedra de Rosetta?
    Quizás incluso el desarrollo del cerebro es personal y único hasta el punto de que ni siquiera entre dos humanos es posible aplicar exactamente el mismo algoritmo. Si dos seres humanos tienen la misma imagen mental -como una manzana- dichas imágenes podrían -e incluso deberían- estar codificadas de diferentes formas, ya que rasgos como el color -rojo- de la fruta o su forma, no van a estar codificadas casualmente en los mismos clústers -el cerebro, por pura probabilidad, no va a tener una disposición exactamente igual de neuronas-
    ¿Realmente es posible que las ondas cerebrales tengan sentido por si mismas? Podríamos suponer que una inteligencia lo suficientemente avanzada pudiese usar una IA que interpretase la información codificada en esas ondas de formas coherentes.

    Otra cuestión es la de si es posible que las cosas que dice haber imaginado Ann Druyan*** se viesen en un hipotético monitor “lector de mentes” tal y como ella imagina que las imaginó, muy posiblemente estarían llenas de ruido y serían confusas e inconexas. Si cualquier persona pudiese materializar su imagen mental de un objeto físico -por ejemplo, la manzana-, cabría esperar que de la incapacidad del ser humano para focalizar su atención en muchos detalles y el hecho de que la visión esté limitada a dos dimensiones, surgiese un objeto muy pobre de detalles. Y es que los artistas -al menos los normales- no tienen una imagen mental de cada píxel de su obra con el más puro detalle mientras la elaboran.

    También voy a comentar, en paralelo a todo esto, que si a mí me leyesen las ondas cerebrales y yo supiese que alguien las va a usar para conocer mis pensamientos y sensaciones, estoy seguro de que me pondría nervioso y empezaría a pensar cosas perturbadoras -cosas que a todos nos daría vergüenza que alguien pensase que pensamos- como por ejemplo, cosas relacionadas con la pornografía -infantil para más inri- o pensamientos oscuros sobre personas -que en muchos casos serían falsos y en muchos otros, exagerados-.

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