Archivos de la categoría ‘Arte’

Liberation (1955) es una de mis imágenes favoritas de Escher. Abajo, una serie de triángulos equiláteros perfectamente teselados que, progresivamente, van perdiendo su perfección para materializarse en objetos mundanos, en pájaros propios de nuestra realidad sensible. Es la escena del demiurgo platónico creando el universo. Tenemos el mundo de las ideas, el mundo de las formas geométricas eternas e inmutables sólo accesibles a nuestra alma racional. A mis alumnos, antes de empezar a explicarles a Platón, me gusta preguntarles: ¿Alguien ha visto alguna vez un triángulo? Sorprendidos y extrañados, todos contestan que sí, que hay triángulos por todas partes. No, les respondo, vosotros sólo podéis contemplar copias imperfectas de la idea de triángulo. Si miráis cualquier triángulo con una lupa, haciendo una especie de zoom en cualquier de sus lados, comprobaréis que las líneas que lo forman no son del todo rectas, tienen imperfecciones, son rugosas, sinuosas… de modo que el triángulo perfecto acaba por convertirse en algo irregular, en un objeto del mundo. Las montañas o las playas, como decía Mandelbrot, no son un conjunto de formas geométricas, no se ajustan para nada a las regularidades de nuestra representación euclídea. Nadie jamás ha visto un triángulo.

Así, nuestra realidad, el mundo sensible, es totalmente diferente a nuestros precisos modos de representarlo. Es desordenado, caótico, irregular y, sobre todo, dinámico. Los objetos se mueven, cambian, fluyen en el río de Heráclito. Por eso, para Platón, nuestro mundo es incognoscible: ¿Cómo voy a hacer geometría de un mundo en el que no hay triángulos? Por eso, el conocimiento no es cosa de este mundo, sino del otro. Para comprender hay que escapar de él, romper del velo de Maya de los sentidos, las apariencias de nuestros ojos engañados, liberarse de la esclavitud de la caverna para ver el mundo de las ideas en todo su esplendor.

Sin embargo, en la imagen de Escher, la dirección es opuesta. Los pájaros se liberan de su prisión geométrica y no al contrario. Al principio, parecen atrapados, apretados unos contra otras en la férrea teselación ideal. Cuando se transforman en pájaros abren huecos entre ellos y pueden volar. Al contrario de como pensaba Platón, para Escher el mundo de la libertad no es el de las ideas sino el de los sentidos.

Lo realmente interesante del planteamiento es la oposición entre ambos mundos, disyunción, casi siempre excluyente, que ha atravesado toda la historia del pensamiento. Nuestros científicos crean modelos matemáticos de la realidad buscando isomorfismos entre ambos mundos, buscando representaciones que sean reflejos perfectos de lo que pasa en el mundo sensible, pero muy a menudo, por no decir siempre, la realidad parece escaparse a esta rigidez geométrica. Da la impresión de que el genio maligno de Descartes nos tendió una fatídica trampa: creó un mundo fluido y caótico y nos limitó a pensar en él con estructuras estáticas e inflexibles. La tragedia de la condición humana.

Otro elemento que me gusta del dibujo de Escher es el aspecto de pergamino enrollado que se descubre en la parte inferior de la obra. Parece como si nos quisiera decir que el mundo de las ideas de Platón es mucho más que ese grupo de triángulos equiláteros. Si desenrrolláramos el papel, quizá encontraríamos más ideas platónicas: ¿Estarán allí las ideas de justicia, verdad y bondad, imposibles de dibujar? ¿O quizá Escher ha querido hacer otra referencia al infinito, a esos bucles que se repiten una y otra vez tan presentes en toda su obra? ¿O también a otra autorreferencia? Es posible que los triángulos no sean más que pájaros que han vuelto a ser confinados a su prisión geométrica en un bucle que se cierra sobre sí mismo de modo interminable. La asimetría entre mundos, el infinito, y la autorrefencia: Escher resume en este dibujo todos los límites del conocimiento humano.

Estética biológica

Publicado: 13 enero 2012 en Arte, Evolución
Etiquetas:, ,

Cuando se piensa en el arte vienen siempre a la mente las obras de Picasso, Miguel Ángel o Leonardo Da Vinci. La sensibilidad estética parece reducirse a los artistas. Velázquez era alguien con una extraordinaria capacidad para apreciar y crear belleza, sin embargo, un ingeniero, un filósofo o un científico son personas que pueden tener otras magníficas cualidades pero se les presuponen pocas aptitudes para el arte. Lo bonito es cosa de los de letras, mientras que los de ciencias son muy listos pero tienen muy poca sensibilidad.

A mí, sin embargo, me gustaría que cuando se pensara en arte también vinieran a la cabeza imágenes como estas:

 

Desde mi sensibilidad, cualquiera de las células que componen el cuerpo humano contiene una complejísima belleza bastante superior a la de una catedral gótica. Por favor, rompamos ya esta estúpida división artificial entre ciencias y letras. Dura ya demasiado tiempo.

Más vídeos en la web de Hybrid.

Solemos pensar en la destrucción como en algo caótico, desordenado, irracional. Una explosión no sigue ley alguna. Por el contrario, el orden nos suena como sinónimo de generación: crear algo es ordenar lo que previamente estaba desordenado. Cada nuevo estilo artístico, cada nuevo género literario constituye una nueva forma de ordenación, un modo diferente de combinar elementos, de cartografiar la realidad haciéndola inteligible, mostrándonos una óptica no asumida, eliminando entropía.

Sin embargo, viendo las poderosas fotos de Edward Burtynsky, esa idea se invierte: la destrucción puede tener la feroz precisión geométrica de un bisturí. En ellas parece que un dios olímpico haya tallado la realidad, quedándose a medias en la construcción de un mundo nuevo: el que dejan atrás nuestras excavadoras.  ¿La destrucción del mundo como obra de arte?

El hombre entendido como una termita, como un pequeño insecto que, con eficiencia matemática, devora secuencialmente el planeta donde vive, dejando tras de sí escalonadas pirámides invertidas. Si los faraones buscaban el cielo, el hombre termita parece querer encontrar el averno.

Más imágenes en la Web de Burtynsky. Visto en Pasa la vida.

Todos los años, un grupo de profesores del instituto donde trabajo escriben un libro sobre diversas temáticas. El año pasado se hizo sobre etnografía manchega. Yo, al que nunca le ha interesado el folclore popular (menos si es manchego. Ya se sabe que nadie es profeta en su tierra), no sabía de qué escribir, pero, rindiendo honor a una picaresca también muy manchega,  se me ocurrió una treta: usando como pretexto alguna superstición popular, hablaría de algo que sí me interesa, a saber, las falsas creencias. Así, hice una pequeña investigación sobre el mal de ojo, una superstición muy arraigada por aquí, como pretexto para reflexionar acerca del origen de la superstición en general y de su supervivencia a lo largo de los siglos.

Y aquí os dejo lo que me atrevería a decir que es lo mejor que jamás nadie ha escrito sobre la superstición. Son treinta páginas, pero tal es su calidad y la sapiencia que se desprende de entre sus páginas, que no os arrepentiréis de su lectura 😉

El Logos de la Superstición en pdf.

Partiendo de un realismo clasicista al que se retuerce y oniriza con un surrealismo daliniano, Safonkin introduce múltiples referencias a la cultura europea. A esos personajes mitológicos de titánico talante, se unen referencias al Cristianismo, a la Unión Soviética o a la sociedad industrial decimonónica. No sé si se podría hablar de una nueva mitología, pero sí de una original reinterpretación de la misma muy cercana al espíritu de nuestra época, dado a la saciedad y al agotamiento cultural. Al europeo del XXI sólo le queda el eclecticismo y la distorsión y exageración del arte del pasado.

Esta crucifixión es de las más originales que he visto. Resulta novedoso centrar la atención en el endurecido rostro del verdugo.

Aquí tenemos al Marte de la revolución industrial, general propio de la Primera Guerra Mundial, del nacionalismo romántico.

Un Gernika posmoderno.

Visto en Uno de los nuestros. Más en la web de Safonkin.

La mujer a vista de pajaro

Publicado: 4 julio 2010 en Antropología, Arte
Etiquetas:,

Hay dos características de lo femenino que se ven muy claras en los cuadros de Lee Price: por un lado está la fragilidad, esa hipersensibilidad emocional que hace que la mujer busque refugio en su privacidad como si el aislamiento fuera la única salida ante la hostilidad de un mundo masculinizado. El baño, como lugar de máxima intimidad, se convierte en el último fortín, en el único lugar donde la mujer encuentra el relax del agua caliente y quizá también su purificación.

Y por otro lado está la dual relación femenina con la comida. Cocineras históricas, pero expulsadas de la masculina alta cocina, se encuentran en la paradójica situación de amar y odiar los alimentos. Amarlos, en el sentido de crearlos, de ser expertas en el heredado arte culinario, de tener una milenaria relación con ellos, mucho más intensa y rica que el hombre. Odiarlos, en el sentido de la prohibición de la manzana de Eva. Esclavas de un mercantil canon de belleza se encuentran alienadas ante su propio producto. Price (cuya imagen de abajo es su curioso autorretrato) las pinta en medio de ataques bulímicos (o después de ellos) mostrando como en el auspicio de la privacidad se puede escapar a la prohibición edénica.

Y todo esto a vista de pájaro, vigiladas por un Dios que, seguramente, las apunta con la maldición de la culpabilidad. No hay huida posible pues no se puede escapar de una misma.

Visto en Uno de los nuestros

Me gustan los programas de bricolaje. No sé por qué me gusta ver como, poco a poco, va construyéndose algo. Por un lado está el buen hacer del constructor, su innegable habilidad para, lo que para el común de los mortales sería un desastre garantizado, acabe por llegar a una obra intachable. La virtud es algo que, desde siempre, ha gustado admirar. Pero también esta contemplar una planificación y una ejecución, ver como se desarrolla algo con pasos bien estructurados en busca de unos fines claros. Me gusta ver un proceso con sentido, en el que no se hace nada en vano, en el que no sobra ni falta nada. Supongo que es una salida ante el absurdo cotidiano que contemplo en mi trabajo como profesor de secundaria y, quiza de modo mas general, en la misma vida.

Ver como esta silla se va autoconstuyendo es algo hipnótico. A pesar de que uno pronto supone que pasos va a dar este extraño robot, gusta ver como los ejecuta. Hay algo de simpático en él, algo en su lentitud, en la paciencia con la que realiza su tarea o en la dificultad inicial a la que parece enfrentarse, que hace que nos reflejemos en él.   Quizá sea esa labor constructiva, esa capacidad técnica de enfrentarnos a un problema y resolverlo, ese tener un objetivo claro y darlo todo por él, o la fragilidad misma que representa la escena, sean buenas metáforas de lo que es un ser humano. Mejor que la del artista o del filósofo, presentadas tantas veces como la esencia del ser humano únicamente porque los animales carecen de ellas. Quizá me minusvalore pensándome como un robot-silla, pero veo aquí mucha humanidad, mas cuando, al final, la silla vuelve a caerse, como en el famoso mito de Sísifo, como en la vida misma.

Visto en Art Futura

Una adolescencia mimada, adormilada, anestesiada tas años de hiperprotección institucionalizada. Una adolescencia que vive en un presente superabundante, tan saturado de estímulos que sólo las emociones extrafuertes pueden sacarle de su letargo. Una adolescencia que cuando ya lo tiene todo, al no quedarle nada contra lo que rebelarse, ninguna parcela de la realidad por conquistar, opta por el último lugar prohibido: la autodestrucción.

Como sacadas de Trainspotting, las lolitas de John John Jesse lucen el nihilismo punk del “No future” propio de la época Thatcher en los suburbios de Manchester. No hay trabajo, no hay ningún proyecto vital que merezca la pena. Rostros drogados y cansados, apatía e inocencias rotas demasiado pronto.

¿No será lo que nos espera como resultado de esta crisis del fin del mundo? ¿No es esta la conclusión lógica? ¿No son las conductas juveniles variantes de retornos al punk? ¿Volverán los Sex Pistols insultando a la reina de Inglaterra?

Visto en 40fakes.

Damian Loeb

Publicado: 1 junio 2010 en Arte
Etiquetas:, , ,

¿Qué quedará en el memorándum visual de una generación que jamás haya visto una pintura, que ningún clásico consiguió ser lo suficiente para serle relevante? Fotogramas, clímax, fragmentos de películas que consiguieran provocar su emoción, activando su memoria, capturando un pedacito de relevancia dentro de la global indiferencia. Es el arte de Damian Loeb.

Loeb plantea escenas inquietantes que recuerdan a un Edward Hooper actualizado, posmodernizado con el filtro del séptimo arte contemporáneo.  Sólo nos deja ver una parte, sólo nos muestra el comienzo, un breve fragmento de la acción que está en ciernes, creando desasosiego, insatisfacción ante la expectativa de lo que está por venir. Pero quizá es que la realidad se agota aquí, es que la realidad sólo sea un “está por suceder que nunca sucede”... ¿No es ese el auténtico mensaje de la posmodernidad? No hay un final feliz, no hay un paraíso prometido al que llegaremos, tan sólo un presente efímero y escurridizo, tan sólo una promesa incumplida.

Y de nuevo la pérdida de protagonismo del observador en la acción (que no en el cuadro): el hombre ya no es el sujeto de la historia, ya no puede cambiarla (pues quizá ya no haya nada que cambiar, ese será el nihilismo del último hombre). El observador es un mero voyeur, alguien que ya sólo aspira a la conquista del efímero momento pecaminoso para romper con la futilidad de su cotidianeidad. Esa miserable conquista de una pequeña emoción fuerte será el último refugio.

Visto en Uno de los nuestros. Más en la Web de Damian Loeb. Siento que las imágenes, al ser tan pequeñas, no consigan crear el impacto que los originales (que miden varios metros), los cuales han de ser una auténtica delicia visual.

Look at me

Publicado: 16 mayo 2010 en Arte, Cine
Etiquetas:

visto en Art Futura