Archivos de la categoría ‘Cine’

1. Las escenas de acción, de gran peso en la cinta, están pésimamente rodadas. Cuando aterrizan en el sueño del atontado Cilliam Murphy (al que engañan con una facilidad ridícula) van subidos en un taxi que es atacado por varios tipos armados con fusiles de asalto desde unos pocos metros (prácticamente a quemarropa). Lo normal es que todos hubieran muerto en cuestión de segundos pero, después de varios minutos de tiroteo, el único que sale herido es el personaje de Ken Watanabe.  La poca eficacia de la defensa militarizada del subconsciente hace que en ningún momento temas por la consecución de la misión y que la película acabe por hacerse aburrida. Y es que parece un error que una cinta de acción no tenga un villano combativo (quitando quizá a la suicida Morion Cotillard), siendo los malos un conjunto abstracto de estúpidos pseudosoldados que no dan miedo ni a mi sobrina de tres años.

2. El mundo de los sueños no es así. Cuando se está soñando uno está en el salón de su casa viendo la tele para, un segundo después, estar volando por el cielo del Amazonas y, otro segundo más tarde, ser perseguido por un rinoceronte en una calle de Londres. Es decir, los sueños son incoherentes, ilógicos, fantasiosos, borrosos… En Origen, los sueños son absolutamente reales, de una precisión geométrica, realidades paralelas idénticas a la realidad misma.  Los protagonistas se pasan horas hablando de las reglas de algo que, desde luego, no son los sueños. ¿Desde cuándo tiene tanta importancia el urbanismo cuando dormimos?

3. Creo que una buena película no necesita estar más de la mitad de su metraje explicándose a sí misma (peor aún si lo hace usando a los personajes como profesores del espectador). Creo que una buena película debe explicarse mediante el propio lenguaje cinematográfico, mediante el desarrollo del propio argumento, mediante ese bello juego de imágenes, sonido y palabras que es el buen cine, y no sólo mediante un Di Caprio en plan profe de primaria.

4. La banda sonora (que no está mal) intenta paliar sin éxito la falta de intensidad de la acción. Te asedian sonidos que expresan una desgarradora tensión en momentos que, dado el desarrollo narrativo de la película, no la tienen.

5. Todos los personajes, menos el de Di Caprio, son absolutamente planos, no tienen rasgo definitorio alguno. Y, el de Di Caprio, lo único, es el tormento por la muerte de su esposa y el deseo de ver a sus hijos. Ningún rasgo personal más en los siete personajes principales.

6. Todos los personajes son superhéroes: aparte de su “formación onírica” en la “universidad onírica” todos tienen una formación militar excelente: conducen con la pericia de Alonso, saben usar diferentes armas y explosivos (hasta bazookas), artes marciales, motos de nieve, esquiar…  Eso los hace aún menos creíbles.

7. El mundo que crean Di Caprio y su mujer… cincuenta años para crear el mundo de tus sueños… ¡Y crean una amalgama laberíntica de rascacielos! ¿Ese es el mundo onírico ideal de alguien?

8. La película no es nada original. Si has visto Matrix, Dark City, Abre los ojos u Olvídate de mí (Michel Gondry) habrás visto películas mejores que Origen y de las que ésta se nutre sin demasiado pudor. El tema del sueño dentro de un sueño está bastante trillado desde Calderón de la Barca.

9. Después de tanta parafernalia y tanta explicación, la historia es terriblemente simplona. Bajo esa aparente complejidad todo es hasta ingenuo, superfluo. Nolan nos engaña, presentándonos con barroca grandilocuencia algo finalmente insustancial. La trama más profunda, la de Di Caprio con su mujer, es muy predecible. Desde mitad de película, uno ya se imagina la escena en que  se reconcilian y Cobb la deja marchar.

No obstante, a pesar de estos graves defectos, Origen es una buena película que merece la pena ver. Sus efectos visuales son muy buenos (la ciudad que se pliega sobre sí misma o las peleas sin gravedad molan), el montaje es soberbio (Nolan es un experto en ello desde Memento, película muy, muy recomendable) y, a pesar de ser complicada, te enteras bien de lo fundamental de la trama (es un acierto que los tres niveles de sueño se encarnen en escenarios visualmente muy diferentes). Me gusta esa furgoneta que nunca termina de caer, la elegancia de un encantador Joseph Gordon-Levitt con chaleco luchando contra la gravedad en un ascensor; o que la película dé para varias lecturas y discusiones, más cuando introduce una buena serie de conceptos como tótem, limbo, patada, arquitecto, etc.  que, quizá por su ambigüedad más que por otra cosa, dan para varias sobremesas de controversia. No abunda el cine que invita a pensar.

Me gusta la idea de que, en los sueños, el tiempo pasa mucho más despacio, de modo que lo que en la realidad son unos minutos, en los sueños pueden ser horas, años e incluso décadas. Si pudiéramos controlar el ritmo del tiempo, bajando niveles de sueños dentro de sueños, ¿no podríamos llegar a la inmortalidad? No se trataría de parar el tiempo real, sino de parar nuestra percepción del mismo… Si pudiéramos crear un sueño en el que el tiempo fuera infinito habríamos conquistado la eternidad, y así, sub specie aeternitatis, nuestra vida real no sería más que una mota de polvo, una nada en la eternidad de nuestros sueños. Esta idea da, sin lugar a dudas, para unas cuantas películas más.

Look at me

Publicado: 16 mayo 2010 en Arte, Cine
Etiquetas:

visto en Art Futura

No leas esto si aún no has visto la película

Supongamos que llega el fin del mundo. El cielo se vuelve gris y todos los animales y plantas empiezan a extinguirse lentamente. Pronto no queda nada que comer. Es algo difícil de asumir. En primer lugar, todos nuestros planes de futuro, todo para lo que nos hemos preparado, todo lo que sostiene y da sentido a nuestra vida, desaparece. Las oposiciones que llevo años estudiando… el ascenso que acababa de conseguir… mis ahorros atesorados en el banco durante años y años… todo se desvanece. Al principio, suponemos, la sociedad aguantaría un tiempo en estado de relativa paz y búsqueda de soluciones, pero The Road nos sitúa cuando eso hace mucho que pasó. El mundo está absolutamente devastado, completamente destruido. ¿Cuántos hombres quedan vivos? ¿Cómo sabrías si eres el último hombre vivo sobre la tierra? Eso nunca se sabe, sólo se es.

La mujer (Charlize Theron) tiene al hijo (Kodi Smit-McPhee) cuando el mundo hacía tiempo que ya se había acabado. Ella dudaba del sentido de traer una vida a una realidad tan atroz. ¿Qué futuro le esperaría? La mujer, el hijo y su marido (Viggo Mortensen) viven escondidos en su casa ante el temor de ser atrapados y devorados por la “nueva forma” de conseguir alimento: los caníbales.  Pasan los años y, a la mujer, no le basta con sobrevivir. (y es que la vida no puede sólo consistir en seguir vivo) ¿Qué sentido tiene ver pasar los días escondido sin esperanza alguna de que el futuro vaya a deparar algo mejor? Lo único que pasará es que se acabarán los alimentos y morirán de hambre o que los caníbales darán con ellos. No hay otra. ¿Por qué seguir viviendo?

Sin valor para despedirse del niño, ella les abandona. “Id hacia el sur” le dice a un suplicante marido, y se va sola caminando hacia la oscuridad de la noche. Solos los dos, parten hacia el sur. El padre intenta mantener la esperanza en el niño fijando un objetivo en el viaje: llegar a la costa. También le lee, le habla de cosas buenas, de ideales de justicia. El padre intenta salvar, de algún modo, lo que quedó de su civilización, lo mejor de ella.

Lo que realmente impacta es el empecinamiento por dar sentido a lo que no tiene. El padre sabe que la costa , que el sur es exactamente igual al resto del inhóspito mundo en el que viven. No existe un lugar a donde ir, no existe el final de esa interminable carretera. No queda casi nadie vivo. La comida se acabará, morirán de frío o de hambre. Eso es todo lo que cabe esperar. “Nosotros no comemos a otras personas”, “Nosotros somos los buenos”, “Nosotros tenemos fuego interior”. Sólo esas máximas, el último código moral les da algo en la nada más absoluta. Por si acaso, tienen una pistola con dos balas. El niño sabe como usarla llegado el momento.

En una de sus inspecciones de casas desvencijadas encuentran un antiguo refugio nuclear lleno de comida. Será una maravillosa tregua. Cenan sentados a una mesa, se dan un baño, incluso el padre se fuma un cigarro y bebe unos tragos de whisky. ¿Y qué? Eso es lo máximo, lo más grande que alguien puede conseguir en el fin del mundo: una copia cutre de una cena, emular algo que ya apenas queda en el recuerdo y que, antaño, no era nada. Y además, a sabiendas de que sólo es una tregua, de que es un espejismo, un postergar un minuto lo inevitable. Es peligroso quedarse allí, hay que seguir.

El padre tose sangre, y aunque quiere ocultar la enfermedad, el niño es consciente de lo que significa. No siempre podrá estar aquí para cuidar de él y él es sólo un niño. Además, es débil, es demasiado buena persona, demasiado confiado para sobrevivir en un mundo así. Aún así se continúa, siguiendo la carretera, hacia el sur.

Recomiendo a todo el mundo que vaya  a ver Avatar, especialmente si puede verla con gafas 3D.  Cuando salí del cine me sentí afortunado de vivir en esta época, de tener la posibilidad de ver cosas que nadie hasta ahora habría soñado ver. Los efectos visuales de esta película son una de esas cosas. Pero no sólo unos efectos digitales inauditos, sino la imaginación que ha generado las imágenes, los paisajes, las diversas y originales especies vegetales y animales que pueblan la cinta… Es el gran espectáculo del cine.

Sin embargo, aparte de esa calidad visual que ya hace que la película sea altamente recomendable, me preocupó cierto aspecto de la moraleja que transmite. El argumento no es nada nuevo ni original. James Cameron nos muestra la clásica historia del malvado hombre blanco ávido de poder y riqueza en contra de una tribu de buenos salvajes (esta vez alienígenas). El codicioso humano tiene una tecnología bélica muy superior, pero, a nivel global, carece de sabiduría: estamos ante la clásica distinción entre razón instrumental (propia del hombre blanco) y comprensión o sabiduría (propia del buen salvaje). Así, aunque el hombre tiene naves espaciales y misiles y su rival sólo flechas, la tribu es más sabia, tiene una comprensión superior de la naturaleza que le lleva a una comunión total con ella (ese es el mensaje ecologista de la cinta), mientras que el humano sólo busca explotarla para sus beneficios egoístas.

Parte de este mensaje está bien. Todos sabemos ya (aunque después de Copenhage parece que aún no) que nuestro modelo económico e industrial de explotación del ecosistema no va a ningún sitio y, desde el Siglo XIX, también somos conscientes de las miserias del colonialismo etnocéntrico e imperialista que llevaron a cabo las potencias europeas sobre las naciones periféricas. Y, precisamente, la visión del hombre blanco que da Cameron es la del hombre del Siglo XIX. Ya hemos aprendido la lección, por lo menos a nivel teórico.

Sin embargo, la parte que no me gusta del mensaje es lo que Steven Pinker llama el mito del buen salvaje.  Una visión antropológica muy aceptada hoy en día está inspirada en la célebre tesis de Rousseau: el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. Así, los nativos del planeta Pandora en Avatar, serían fundamentalmente buenos, representantes de ese estado natural previo a la llegada del hombre occidental. Será esta suposición, esta creencia injustificada en la bondad de los pueblos diferentes al nuestro, lo que acaba por llevar al relativismo cultural y, en consecuencia, a la imposibilitación de toda crítica a esas culturas, en Avatar, llegando a postular su superioridad cultural respecto a los valores occidentales (o, como esperamos que todo el mundo entienda, a una caricatura decimonónica de ellos). Todo este planteamiento es un profundo error. Veámoslo en un texto del mismo Pinker:

“En los pueblos preagrícolas, no es extraño que un tercio de los hombres mueran a manos de otros hombres, y que casi la mitad de los hombres hayan matado a alguien. En comparación con las prácticas bélicas modernas, la movilización primitiva es más completa, las batallas son más frecuentes, el número de víctimas es proporcionalmente mayor, menor el número de prisioneros y mayor el daño producido por las armas. Incluso en las sociedades más pacíficas de cazadores recolectores, como los Kung San del desierto del Kalahari, la tasa de asesinatos es parecida a la que podemos encontrar en junglas urbanas americanas modernas como Detroit. En su búsqueda de universales humanos a través de los registros etnográficos, el antropólogo Donald Brown incluye entre los rasgos documentales en todas las culturas el conflicto violento, la violación, la envidia, la posesividad sexual y los conflictos intragrupales y extragrupales.”

La violencia es un universal antropológico, insertado en las profundidades de nuestro genoma. En este sentido, Hobbes tendría razón con respecto a Rousseau: somos malos o, como mínimo, tenemos una tendencia evidente al mal. No existe el buen salvaje, no hay una bondad natural precultural. Pero es que ni siquiera existe ser humano sin cultura, sino que naturaleza y cultura siempre se dan a la par. Y no toda cultura es perversa y esclavizadora, sino que habrá culturas peores y otras mejores, y, a fortiori, las culturas que entenderíamos de modo etnocéntrico como “salvajes” (periféricas o anteriores a la actual cultura occidental), suelen ser peores a la occidental en muchísimos aspectos (y por ello tenemos la responsabilidad moral de criticarlas): tiránicas con respecto a su sistema político, alentadoras de la guerra y de la injusticia social, supersticiosas, machistas…

Me gustaría que, por una vez, entendiéramos la idea de progreso o de civilización occidental en su justa medida, o que comenzáramos a generar nuevas imágenes del hombre blanco, menos ancladas en visiones ya superadas como la que aparece en Avatar.

Véase también Gaia no es tan maja.

2001

Publicado: 10 noviembre 2009 en Antropología, Cine, Evolución
Etiquetas:,

No me canso de ver esta celebérrima escena de la película de Kubrick. A parte de sus virtudes cinematográficas y de la música de Richard Strauss, esta escena gusta porque habla del origen del hombre, del origen de aquello que nos hace diferentes a los demás animales. Es sugerente la imagen del animal que se intercala mientras el homínido golpea su esqueleto: la inteligencia nace con la representación. El simio se figura en la mente algo que no está directamente presente y con ello surge nuestra inteligencia imaginativa. Además, la representación va ligada a la elaboración de herramientas. Como puedo representarme la realidad ausente puedo imaginar otros usos que no son los naturales a las cosas que veo a mi alrededor. De ese violentar la naturaleza, de hacer cosas contranatura, de usar un hueso para algo distinto a la función natural de un hueso, surge el hombre, el ser más antinatural de los seres naturales. El hombre, el animal cuya habilidad evolutiva consiste precisamente  en dejar de ser animal.

Sin embargo, el tema del monolito no hace justicia a la realidad. A pesar de lo sugerente que queda en una película de ciencia-ficción (el origen extraterrestre de la inteligencia) no es preciso en el sentido en que sugiere tanto un origen no natural de la inteligencia como su aparición como un salto brusco. No, la inteligencia es un producto natural cuyo origen es el mismo que el de la capacidad de vuelo de las aves o la fiereza de los felinos y su origen se debe a un lentísimo proceso evolutivo de una duración de millones de años.

Malditos bastardos

Publicado: 5 noviembre 2009 en Arte, Cine
Etiquetas:, ,

La película comienza como un western. Un campesino francés se lava la cara en una palancana mientras, a lo lejos, se ve que por un camino vienen soldados alemanes. Mientras tanto suena Para Elisa mezclado con música de guitarra española. Uno de los alemanes es el cazajudíos Hans Landa (Christoph Waltz), el cínico e inteligente malo malísimo, cuyo personaje te mantendrá en suspense durante el resto de la cinta (no se lo pierdan fumando en pipa o comiendo pastel).

Hans Landa es de los mejores malos de los últimos tiempos

Esteticismo absoluto. El medio es el mensaje o el cine por el cine. Pescadilla que se muerde la cola en su autocomplacencia: cine que sólo pretende homenajearse a sí mismo, sin salir de sí, sin apuntar a nada más. Es como un envoltorio que sólo contiene dentro de sí más y más envoltorios. Milimétricamente construida, palabra por palabra, enfoque por enfoque. Todo para mantenerte pegado al asiento durante sus 153 minutos de duración, pero sólo y únicamente para eso (que no es poco desde luego). Homenaje pero también parodia. Personajes pretendidamente sobreactuados, exagerados, caricaturas de sí mismos, de su profesión y de sus  mismos personajes (¿personajes interpretando a personajes?), que sueltan una chorrada en el momento más tenso o solemne, que combinan diálogos inteligentes con estupideces pueriles. Superflua, banal, frívola, una tontería, una broma, una niñería de un friki como es Tarantino.  Película sofista, retórica, como un truco de magia sin más. Sin embargo seria, trabajada, inteligente, complicada en sentido cinematográfico, bien resuelta a todos los niveles, virtuosa, técnica, deleite de estudiantes de cine. Y paradójica en ese sentido: ¿tanto para qué?

La escena en la taberna jugando a las cartas es memorable

A mí me ha gustado y creo que eso es un cumplido hacia mí mismo, pues muestra que me gusta el cine.

Cube de Vincenzo Natali

SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA NO SIGAS LEYENDO

Siete personas despiertan en un extraño complejo lleno de  habitáculos con forma de cubo. Nadie sabe como ha llegado allí pero pronto se dan cuenta de que en muchos de esos cubículos hay trampas mortales. ¿Qué hacer? ¿Cómo escapar de este complicado y letal laberinto? Hay pistas, hay claves y ninguno de ellos ha sido elegido al azar. De hecho, podemos hacer una historia de la filosofía a partir de los personajes:

Alderson (Julian Richings): muere nada más comenzar la película. Simplemente, despierta en un habitáculo y, al moverse al siguiente sin saber que hay trampas, se tropieza con la primera. Quizá representa el mero azar, el sinsentido, morir sin más. Cinematográficamente, presenta el dilema: un cubo con seis salidas, una por cada cara, que dan a más cubos, alguno de los cuales tiene trampas mortales.

Rennes (Wayne Robson): también conocido como el  “troglodita” o el “pájaro de Ática”. Es un experto escapista que se ha fugado ya de siete cárceles. Representa el pragmatismo.

“Sí, soy la reencarnación de Houdini. Os he arrastrado hasta aquí porque necesito vuestras botas. Sed inteligentes o me largaré en un visto y no visto. Basta de hablar, basta de especular. No penséis en nada que no tengáis delante de vosotros. Ese es el auténtico desafío. Tenéis que salvaos de vosotros mismos”

Después de decir este elocuente discurso muere víctima de una trampa que no supo detectar. Su muerte significa el fracaso de esta filosofía: para salir del cubo hace falta especular, pensar más allá de lo que uno tiene delante.

Worth (David Hewlett): es el nihilismo. Un arquitecto que lleva una vida solitaria y miserable. No tiene razón alguna para salir de allí, por lo que se muestra poco colaborativo. Quentin desmonta su nihilismo al proponerle que, ya que no tiene ganas de vivir, se suicide lanzándose a una trampa. Worth, evidentemente, no lo hace. Sin embargo tiene una gran lucidez (como suelen tenerla los grandes nihilistas): es el único que entiende el sentido del cubo. Curiosamente, se acabará llevando bien con Holloway.

Leaven (Nicole de Boer): joven y aburrida estudiante de matemáticas, tiene un cerebro privilegiado para los números (aunque para nada más. No propone ninguna teoría global que de sentido al cubo). Representa la razón instrumental. Descifra el acertijo numérico del sistema (le han dejado las gafas para ello) pero desprecia a Kazan por ser retrasado (la inteligencia es fría, inhumana) y tiene una buena relación inicial con el poder (Quentin).

Holloway (Nicky Guadagni): médico de indigentes y solterona. Representa el humanismo y es el contrapeso de Quentin en el liderazgo del grupo (por eso acaba con ella). Es la única que se preocupa por Kazan y consigue que no lo abandonen, aunque es conspiranoica  en sus explicaciones del cubo, es materialista (se enfada porque le han quitado sus joyas), cotilla y algo insoportable.

Todos participamos en la creación del cubo

Quentin (Maurice Dean Wint): violento y policía, maltrata a su mujer y a sus hijos (por eso ella le dejó). Va a representar el voluntarismo. En un principio, ejerce de líder positivo del grupo, tranquilizando, animando a los demás y contando con ellos para tomar decisiones, pero poco a poco, irá degenerando para terminar siendo un dictador ejemplar. Comienza desconfiando de Worth (piensa que es una trampa más) porque se presupone con la habilidad de conocer profundamente a la gente con solo mirarla, y enfrentándose a Holloway por el liderazgo, la golpea. A partir de aquí ya sabemos quién es el malo (“Una hora será el tiempo que yo diga”). Al final, asesina a Holloway, a Leaven y deja malherido a Worth.

Kazan (Andrew Miller): clásico savant, autista capaz de realizar cálculos con números astronómicos. Es despreciado por Leaven y Quentin (“Es la ley de la selva. Él pone en peligro la manada” . Los nazis practicaron el darwinismo social), y sólo Holloway se encarga de él. Podemos decir que es el único personaje que no alberga maldad y que no pretende intencionalmente salvarse, aunque es el único que lo consigue (y quizá eso es la causa como moraleja). No deja de ser curioso: escapa el único que no puede comunicar al mundo dónde ha estado (el ser es incomunicable, que diría Gorgias). Kazán sale de la caverna pero no puede volver a salvar a sus semejantes porque ya han muerto. Es el mito platónico invertido: los que ven mueren dentro de la caverna mientras que el ciego escapa. El más tonto escapa… ¿significa eso el fracaso de toda filosofía, representada por los demás personajes, para ofrecernos la salvación? ¿Algún tipo de misticismo? La salida, representada simplemente como una luz cegadora puede indicarnos algo así: la iluminación como final del camino.

¿Qué es el cubo? ¿Qué sentido tiene todo? Quentin piensa que puede ser el divertimento de algún rico excéntrico, idea de la que se burla Holloway, la que aboga más por una conspiración estatal.  Pero la verdad la tiene Worth. Él fue el arquitecto que diseñó el armazón exterior del cubo y explica el sentido de todo:

“Worth: es posible que te cueste entenderlo. No existe ninguna conspiración. No hay nadie que mande. Es una patochada sin píes ni cabeza que funciona bajo la ilusión de un plan maestro ¿Lo entiendes ahora? El gran hermano no te está vigilando.

Quentin: ¿Se puede saber qué explicación es esa?

Worth: La mejor que recibiréis. He estado pensando y la conclusión a la que he llegado es que allí arriba no hay nadie.

Quentin: Sin embargo alguien tuvo que aprobar esta cosa.

Worth: ¿Qué cosa? Sólo nosotros la conocemos.

Quentin: No tenemos ni idea de lo que es.

Worth: Sabemos más que cualquier otro. En fin, quizá alguien supiera algo antes de irse, de que le despidieran o le rechazaran, pero si esto tuvo algún propósito se tergiversó o se perdió en la confusión. Esto es un accidente, tal vez un proyecto olvidado de obras públicas ¿Creéis que alguien quiere preguntar? Lo único que desean es una conciencia tranquila y un sueldo elevado. Yo estuve meses sin mover ni un solo dedo. Era un trabajo estupendo.

Quentin: ¿Por qué nos metieron aquí?

Worth: se creó. O lo utilizas o reconoces que es inútil.

Quentin: pero… ¡claro que es inútil!

Worth: Quentin, ahí quería llegar.

Holloway: ¿En qué nos hemos convertido? Es mucho peor de lo que imaginaba.

Worth: en realidad no. Sólo es más patético.

Quentin: me pones enfermo Worth.

Worth: yo también me pongo enfermo. Los dos somos partes del sistema. Yo proyecté la caja y tú hacías la ronda. Es como dijiste: baja la cabeza, simplifícalo todo y sólo mira lo que tengas delante porque nadie quiere ver todo el cuadro. La vida es complicada. En fin, la razón por la que estamos aquí es que todo está descontrolado.

Holloway: ¿Así es como estropeamos el mundo?

Leaven: Vamos, ¿qué dices? Acaso habéis esnifado pegamento toda la vida. Siento que soy culpable por estropear el mundo desde que tenía siete años. Dios, si necesitas culpables lanza la primera piedra.

Worth: me siento mejor.

Holloway: por eso te has quedado, para confesarte.

Worth (mirando a Quentin): ¿sigues buscando algún culpable?”

Inmediatamente después Quentin golpea repetidamente a Worth. El desorden, el caos de nuestra forma de ser, el descontrol de nuestro estilo de vida, acaban paradójicamente, por crear una máquina sumamente sofisticada. Al final, el cubo que llevaba a la salida es el cubo en el que estaban al principio (ya que los habitáculos se mueven). ¿La solución del puzzle estaba en no hacer nada  (muerte del deseo, filosofía oriental)? ¿O en la sempiterna vuelta al origen?

Nota: la película tiene dos secuelas, pésimas ambas. Sólo aptas si eres fan de la serie B o por mera curiosidad.

La historia de los efectos especiales es la historia de nuestra memoria visual, es la historia de lo que nos maravilló y que ahora nos parece ridículo, de los límites que nuestra percepción fue superando, de las conquistas de una imaginación inagotable, la historia de nuestra forma de ver, de mirar, de prestar atención a unas cosas e ignorar otras. ¿Acaso quizá esa es la única historia? ¿No es la historia que nos han contado una historia de los efectos especiales?

Fuente: Blog de Art Futura

Antichrist de Lars Von Trier

SI AÚN NO HAS VISTO LA PELÍCULA NO LEAS EL ARTÍCULO.

Es curioso como uno de los mayores defensores del movimiento DOGMA 95 comience su última película con un cuidadísimo montaje en blanco en negro (aquí muy poco del mareante cámara en mano y del solamente sonido ambiental). Y es que lo mejor de esta película es su preciosista estética, gran trabajo del director de fotografía Anthony Dod Mantle. Von Trier sale de dos años de depresión desahogándose con un thriller psicológico sin grandes pretensiones argumentales en el que retrata con crudeza el mundo del miedo y la desesperación.

Mientras la pareja protagonista, formada por los soberbios Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe, hacen el amor apasionadamente, su pequeño hijo se tira por la ventana. Ella no puede superar la pérdida, así que dado que él es terapeuta, comienza a tratarla. Uno de los pasos de la terapia será volver a Edén, una tétrica y maltrecha cabaña perdida entre frondosos e inhóspitos bosques para que ella se enfrente a sus miedos.

Charlotte Gainsbourg representa la maldad de la naturaleza a través de lo femeninoDespués de un largo tiempo de tedioso y aburrido tratamiento psicológico (que Von Trier bien se podría haber ahorrado) en el que vemos al personaje de Defoe como la representación de la ciencia y de la razón, del intentar que nuestros sentimientos no distorsionen nuestra visión objetiva de la realidad, comienza lo bueno: la aparición del mal, del Anticristo. En un determinado momento, mientras observa unas fotos de su fallecido hijo, se da cuenta de que el niño siempre llevaba los zapatos puestos al revés (el izquierdo en el derecho y viceversa) lo cual causó una deformación que constaba en su autopsia. Ese es el fatal descubrimiento: su mujer no es que tenga un problema psicológico, es que es mala, es el mal mismo. La naturaleza, Edén, que desde el principio se nos presenta como la fuente del mal que la ataca (la cocina de Satanás), no es que la ataque, sino que se focaliza en ella: la naturaleza malvada se expresa a través de la naturaleza femenina (no me extraña que  acusen a Von Trier de misónigo, más cuando la escena final de la película, en la que llegan miles de mujeres a Edén, universaliza esta maldad en todas las mujeres). Y aquí surgen todas las referencias medievales al mundo de las brujas: el ciervo con su feto muerto a colgando, el zorro que se devora a sí mismo o el sempiterno símbolo del terror romántico: el cuervo. La racionalidad de un terapeuta no puede superar el sinsentido del caos que está por venir, quizá expresión del clásico miedo humano a lo inexplicable, a lo supraracional. Y entonces sólo queda la lucha por la supervivencia, los instintos, el cazador y la presa, el sacrificio humano (aquí hay algún matiz que recuerda a Misery).

Es interesante esta visión romántica de la naturaleza: temible, inmensa, acechante, inconmensurable, me recuerda al Corazón de las tinieblas de Joseph Conrad; una naturaleza que devora el alma de la mujer como a la Ofelia de Millais (en el trailer se ve claramente la referencia) y supera la razón ilustrada de la psicología cognitiva del protagonista (pretendidamente antifreudiana); una naturaleza viva, guiada por una intencionalidad intrínseca que se mantiene oculta y que se expresa siempre mediante símbolos que hay que descifrar (es lo opuesto a la naturaleza geométrica de Galileo que, aunque hay que descifrarla, cuando se consigue, es más clara que al principio. Las matemáticas son más reales que lo real). En términos psicoanalíticos, es la naturaleza del ello: onírica, arracional (o como mínimo, con una lógica distinta a la racional), instintiva, animal, atemporal y sin espacio delimitado.

La naturaleza romántica de Antichrist rodea a Willem Defoe

Por lo demás, la cinta es pura provocación (lo cual creo que es más que suficiente para verla. Creemos  que  hemos visto tanto que ya nada nos impresiona. Von Trier nos hará salir del error): sexo explícito, eyaculaciones sangrientas, una autocliterectomía vista con todo lujo de detalles, un zorrillo que se come sus propias tripas… Es probable que la película no guste, pero seguro que impactará.

Nietzsche nos dejó uno de los imperativos morales más hermosos de la historia de la filosofía:

“No anhelar distantes venturas ni bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad”

Es precioso. Tienes que amar tanto la vida, amar tanto cada segundo que pasa de tu existencia, que desearías repetirlo infinitas veces. Hay que tener en cuenta lo terrible que tiene que ser repetir algo infinitas veces, debe ser el auténtico infierno. Pues tienes que quererte tanto que no te importe eso, es más, tu amor será tan grande que lo desearás, desearás la eterna repetición de tu vida. Eso es vitalismo y todo lo demás son comedias. ¿A alguien se le ocurre un mandato más poderoso, una celebración más alta de la vida?

Pero, ¿y si llegara el ocaso y te dieras cuenta de que no has vivido? ¿Y si el último día de tu vida te dieras cuenta de que no deseas su eterna repetición? Pues eso le pasa a Josef Breuer…

No he visto la película, pero quizá esté bien.