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Desde el Blog Ágora Sí nos llega este montaje en castellano de unos fragmentos de la película de Derek Jarman sobre la vida y obra del filósofo más genial del Siglo XX: Ludwig Wittgenstein.

Podéis ver la película entera en inglés aquí.

TRON para nostálgicos

Publicado: 3 junio 2009 en Cine
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Esos queridos años 80 y los albores de los efectos especiales digitalizados… Es curioso que la película no se llevara el Óscar a los mejores efectos especiales porque se pensaba que utilizar efectos diseñados por ordenador era hacer trampas.

Ver también: Mi viejo ZX Spectrum

No he podido resistirme a hacer mención a la celebérrima escena de la mejor película de ciencia-ficción de todos los tiempos (con el permiso de Kubrick). Tenemos a Roy Batty (Rutger Hauer), un Nexus 6,  un replicante, una copia de ser humano fruto de la bioingeniería, creado para ser más perfecto que el hombre pero con un grave defecto: una fecha de caducidad de cuatro años. Es artificial, no tuvo infancia así que no tiene padre ni madre, ni pasado ni recuerdos, pero hay algo en él que lo hace  humano: su deseo de tener una auténtica vida, de no ser efímero, de que sus vivencias no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. ¿Acaso no se pierden así las de todo ser humano? ¿Acaso no es esa la tragedia de la condición humana?

Por otro lado tenemos a Rick Deckard (Harrison Ford), un Blade Runner, es decir, un eliminador de replicantes, un policia “especial” contratado para estos menesteres. ¿Es Rick Deckard un asesino? Desde mi juicio no tengo duda de que sí. De forma contradictoria, la película pone a los buenos en lugar de malos y viceversa o, como mínimo, en ambos hay ambivalencia. Roy es un lobo que juega con su presa en la  memorable lucha final con Deckard y asesina sin piedad a Tyrell o a Sebastian, pero  busca lo que cualquiera desearía: sobrevivir. Y lo busca con tanta fuerza (seguramente que el instinto de supervivencia es la fuerza motivadora más grande que hay en cualquier ser) que, sabiéndose muerto, salva la vida de su asesino. Paradójicamente, el ser artificial es mucho más humano que el humano (igual que en la IA de Spielberg). Es una escena preciosa que no me canso de volver a ver (desde aquella primera vez que la vi, en una cinta de video a principios de los noventa).

Otra magnífica escena de la película es el asesinato de Tyrell. Roy busca a su creador para que le alargue la vida. Tyrell es el buho de Minerva, la sabiduría, el ser humano que juega a ser Dios y que, al final, su creación se vuelve contra él, cual revisión del moderno Prometeo de Mary Shelley. ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho? Roy quiere vivir más pero su creador le dice que eso es imposible. Él fue creado para ser perfecto y “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”.  Roy se arrepiente de sus pecados, se confiesa ante su padre y después lo mata. “No haré nada por lo que el Dios de la biomecánica me impida entrar en su cielo”. El Dios de la biomecánica, el Dios de los replicantes, no el Dios de los humanos, que no es el mío. Así se pasa por las tres fases nietzscheanas para llegar al superhombre: el camello que carga con la culpa, el león que mata a Dios y, luego el hombre libre que mira al cielo, que sabe que es libre por primera vez. Roy es el superhombre, el siguiente escalón de la evolución que tiene que eliminar a su creador para crecer. Nace una nueva era, al igual que en el final de la Odisea Espacial de Kubrick.

A pesar de que la película me pareció mediocre, esta escena siempre me ha gustado. Más que por el mensaje que dice, por el ambiente cinematográfico que envuelve al discurso. Me imagino a Bertrand Russell o al mismo Wittgenstein, dando clases en Cambridge al mismo estilo de John Hurt… Ay, ¿quién los hubiera tenido de profesores?

Hoy, el director del Padrino o de Apocalypse Now cumple 70 años. Felicidades maestro.

Francis Ford Coppola

AQUÍ DESVELO PARTES DEL ARGUMENTO DE LA PELÍCULA. NO LO LEAS SI AÚN NO LA HAS VISTO.

Un hombre luchó en la guerra de Corea. Mató a muchos hombres, cargó contra ellos con balloneta, todo por defender su páis, una serie de ideas, valores, formas de entender la vida. Cuando está en el entierro de su mujer contempla que su nieta lleva un piercing en el ombligo y viste como una fulana. Walt Kowalski (Clint Eastwood) ve como los valores por los que luchó se están derrumbando. Su barrio ha sido invadido por multitud de inmigrantes de diversas culturas y etnias: negros, sudamericanos, incluso “amarillos” muy parecidos a los que combatió en Corea. Un etnocentrista intransigente se ve de cabeza en una sociedad multicultural que, encima, muestra una terrible crisis de valores. Todos los grupos culturales que allí se dan lugar sufren la misma crisis que ocasiona que los jóvenes sin rumbo se agrupen en bandas multiétnicas (si la propia étnia pierde poder de cohesión te acabas por juntar con quien sea).  La abuela vecina de Walt, de la étnia sudasiática hmong,  es tan intransigente como él y sus valores son tan decadentes como los suyos… ¿o quizá no?

Walt tiene cáncer de pulmón, su mujer ha muerto y sus hijos hacen lo que los hijos de  nuestro tiempo hacen con sus padres: ir a verlos de vez en cuando, no comprenderlos, tratarlos como cargas inútiles, querer quitárles lo poco que tienen y meterlos en asilos. ¿Qué le queda al amargado Walt? Su coche, un Ford Gran Torino  de los años 70 al que mima con devoción. Cuando a uno le fallan  las personas ha de aferrarse a los objetos.

¿Alguien quiere joderme mis valores?

Sin embargo, un día Walt ayuda a Sue (Ahney Her), una jovencita hmong tan encantadora como ingeniosa e inteligente, del acoso de tres jóvenes macarras de color. Para un veterano de guerra que ha convivido con la muerte en el campo de batalla, unos niñatos de diecisiete años no suponen nada (mientras que cualquiera de nosotros nos cagaríamos en los pantalones). Esto me hizo pensar en otra de las consecuencias de las crisis de valores: nuestros jóvenes son flojos, débiles de voluntad y de carácter (y nosotros, que yo no soy nada viejo). ¿No será eso lo propio de no tener nada que defender que merezca la pena? ¿Que no haya nada que merezca esfuerzo y sacrificio no te hace débil? Walt tiene unos valores que defender, luchó en la guerra por ellos, y por eso es un tipo muy duro. Aquí es donde soltará la frase que se ha hecho más célebre de la película al más claro estilo Harry el sucio:

” ¿Nunca os habéis cruzado con alguien a quien no deberíais haber puteado? – escupe al suelo – Ese soy yo.”

Sue lo introduce en el mundo hmong donde descubre que no son tan mala gente (no sé si era Pío Baroja el que decía que el nacionalismo se cura viajando). También conoce a Thao (Bee Vang), un joven débil y retraido al que acaba por apadrinar como si fuera un hijo. Poco a poco, Walt encuentra en esos niños sudasiáticos su auténtica familia. Ya no tiene que aferrarse a lo material. Sin ningún miramiento deja todas sus herramientas e incluso su Gran Torino al cada vez más hombre “atonThao” . Walt no era un hombre avaro, sólo que no había nadie que mereciera su generosidad.  Y aquí es donde trasciende uno de los mensajes claves de la película: los sentimientos humanos están por encima de las diferencias culturales. Ya seas chino, sudamericano o neerlandes, que te humillen te duele y que maltraten a tu hermana duele aún más.

Y así sucede. Unos pandilleros del barrio acosan a Thao cada vez más llegando a violar a Sue y a ametrallar su casa. El deseo de venganza también rompe barreras culturales y Thao quiere ir con Walt a limpiar el honor de su hermana. Hay que tomar una terrible decisión: ¿Matar a los pandilleros y que Thao pase la vida en la cárcel o no hace nada y perder el honor?

Otro tema interesante es la relación amor-odio de Walt con el Padre Janovich (Christopher Carley) parecido al que vimos en Million Dollar Baby. Supongo que muestra la contradictoria religiosidad del propio Eastwood. ¿Por qué un jovén cura recién salido del seminario va a darle lecciones de la vida y de la muerte a un hombre que ha vivido muchísimo más que él? ¿Por qué el sacerdote se ve con el privilegio de nombrarme oveja de su rebaño? ¿Cómo puede aceptar a Dios un hombre que ha vivido todos los horrores de la guerra y sigue sufriendo por ello en la actualidad? Quizá porque Walt sabe demasiado de la muerte y muy poco de la vida.

Y, de nuevo, al igual que en Million Dollar Baby, tenemos un trágico final. Walt opta por la opción éticamente más correcta al más puro estilo imperativo categórico. Hace de martir ante los pandilleros, dejándose matar para que éstos sean encarcelados y Thao tenga un futuro. Surge, de nuevo, el tema de interrumpir voluntariamente una vida, si bien desde una perspectiva muy diferente. Walt sabe que le queda poca vida porque tiene cáncer y opta por el sucidio. ¿Este suicidio es legítimo? ¿Puede ser algún suicidio legítimo? Cualquiera que viera las últimas escenas de la película diría que sí. Morir por los demás, sacrificar tu finalizada vida por otra que es aún naciente, es el acto más grande de generosidad. ¿Acaso puede entregarse algo más grande que la misma vida?

Ahney Her y el Ford Gran Torino

Suelo poner a mis alumnos El Bosque (2004) de Night Syamalan para que vean cómo es posible controlar una sociedad sin recurso a otra cosa más que el miedo. Algo tan visceral, tan atávico como el miedo es muy fácil de provocar, más si tu víctima es alguien a quien has condicionado  desde su más tierna infancia. No hacen falta fusiles ni soldados, unos disfraces y un poco de imaginación son suficientes para mantener aislado del mundo actual un poblado del siglo XIX.

¿Puedes controlar el mundo sólo con el miedo?

Leí bastantes críticas negativas sobre la película. Parece que se esperaba mucho de este jóven director y el resultado no fue suficientemente fino para los más exigentes. Yo me acabé por creer a los críticos y no le di más importancia a la película que para que los chavales se entretuvieran un rato y sacaran dos o tres ideas. Sin embargo, cuando he vuelto a verla esta vez me ha parecido una gran cinta.

En primer lugar por lo bonita que es. Hay cierto preciosismo en su fotografía, un virtuoso montaje, una magnífica ambientación acompañada de una música maravillosa (llena de retorcidos violines) que genera un desasosiego constante, una sensación de inquietud, de amenaza que te hace estar pegado al asiento durante toda la peli.  Ese verde paisaje, tan bello como tétrico, de praderas mecidas por un inquietante viento y árboles de ramas retorcidas propias del romanticismo de Caspar Friedrich. Y esos colores: el amarillo cobarde de los habitantes de la aldea y el rojo sangriento de “aquellos de los que no hablamos”. Rojo sangre pero también rojo pasión. El rojo de la preciosa historia de amor entre Lucius Hunt (Joaquín Pohenix) y la hermosísima Ivy Walker (Bryce Dallas Howard. Una chica ciega que está destinada a guíar a la comunidad, que ve mucho más lejos que los demás), un amor tan fuerte que acabará por vencer al miedo (esta será la moraleja final. El amor entre un chico que apenas habla y una ciega vence a todos los demonios).  Y el rojo de las manos del retrasado Noah Percy (Adrien Brody) después de cometer su crimen (A veces la inocencia puede ser perversa. Siempre nos han vendido la idea del buen salvaje que es corrompido por la sociedad… ¿No es más normal lo contrario: la inocencia amoral que se hace moral con la civilización? ¿O es que Noah no es tan amoral como podría parecer sino que, en el fondo, es inmoral? Se dice muchas veces en la película que es posible que los demonios no ataquen a aquellos que son inocentes… ¿no será la presunta inocencia el auténtico demonio?). El rojo de la evidente alusión a la universal fábula recogida por Perrault: la caperuza, amarilla esta vez, de Ivy siendo perseguida por el lobo en una colorista escena previa al desenlace (un final que da un giro que te deja con la boca abierta).

Bryce Dallas Howard es la caperucita amarilla de Syamalan

También trata el tema de la huida. En el fondo, nuestros demonios no están fuera, no están más allá de las fronteras del hogar seguro, sino dentro de nosotros (en la película, incluso en un lugar físico: unas cajas que todos los miembros del consejo guardan). Así que no puedes huir de ellos, pues ellos van contigo. El dolor acabará por salir a la luz, la violencia del mundo de la que querían escapar hace acto de presencia y hace dudar al lúcido Edward Walker (William Hurt) del sentido de mantener esa utopía aislacionista (¿Cuántas veces pasa que algo acaba por perder el sentido por el que nació? ¿No es esa la historia del comunismo?). ¿Permitir la muerte de Lucius con tal de salvar la aldea? ¿El fin justifica los medios?. Hicieron un juramento antes de llegar al bosque… ¿Se puede romper un juramento cuando las razones por las que se hizo han perido su razón de ser?

Para terminar voy a citar literalmente este fragmento, que es lo que le cuenta Edward a Ivy antes de enseñarle lo que hay dentro de la cabaña “a la que no debemos ir”.

“- Dime Ivy, ¿qué sabes de tu abuelo?

– Era el hombre más acaudalado de la ciudad.

– Ya lo creo. Tenía un don para eso. Si le daban un dolar, en menos de dos semanas, lo multiplicaba por cinco. Tú no conoces el dinero. No forma parte de la vida de la aldea. El dinero puede ser algo perverso, puede envilecer el corazón de los hombres, de hombres buenos. Mi padre no lo comprendía. A pesar de sus dones no sabía juzgar el fondo de las personas. Tu abuelo era un buen hombre. Su risa se oía a tres casas de distancia. Solía cogerme la mano como yo cojo la tuya. Me enseñó a ser fuerte y me demostró su amor, y me dijo que guiara cuando otros se limitan a seguir. Tu abuelo James Walker murió mientras dormía. Un hombre le disparó a la cabeza mientras soñaba. Te cuento todo esto para que comprendas algunos de los motivos de mis actos… y de los actos de los demás. Tú eres fuerte Avy, tú guías mientras otros siguen, ves luz cuando sólo hay oscuridad. Confío en ti, confío en ti más que en los demás.

– Gracias padre.

– Avy, ¿sabes donde estamos?

– En la vieja cabaña a donde no podemos ir.

– Sí.

– Avy.

–  Sí, padre.

– Haz lo posible por no gritar.”