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Año 2037. La gran mayoría de los trabajos relacionados con el transporte, la administración o la producción industrial han sido ocupados por robots. El aumento del crecimiento económico ha sido excelente. No hay ningún problema para pagar las pensiones a una población muy envejecida y las arcas del Estado permanecen saneadas y con superávit.  El gran problema es que la tasa de desempleo llega a niveles que rondan el 50%, si bien la manutención de tanto parado se solucionó implantando una renta básica universal. A pesar de que se han creado multitud de nuevos puestos de trabajo y aunque gran parte de los políticos siguen buscando fórmulas para bajar el desempleo, la reconversión laboral ha sido imposible y el desempleo generalizado ha pasado a ser algo completamente cotidiano.

La brecha económica y social ha aumentado. Los afortunados que supieron subirse al carro de la robolución,  aquellos que consiguieron mantener su puesto de trabajo mejoraron muchísimo su calidad de vida. Trabajando con robots que no tenían que dormir ni descansar, a los que no había que pagar un salario, que no se ponían enfermos ni pedían bajas por maternidad y que, para colmo, producían muchísimo más que sus predecesores humanos, las ganancias crecieron sustancialmente. Aunque el reparto de la riqueza siguió siendo tan injusto como siempre (el empresario se seguía llevando casi la totalidad del pastel), una tajada algo mayor les correspondió a ellos (eso sí, su jornada laboral sigue tan larga como siempre. Las predicciones de Keynes, definitivamente, no se cumplieron).

En consecuencia, la estratificación social ha cambiado: seguimos teniendo el pequeño porcentaje de superricos de siempre (un poco más ricos aún que antes), pero a cierta distancia les sigue una nueva clase social: los workers, aquellos que trabajan. Después viene algo parecido a la antigua clase media pero sin trabajo: los jobless (también llamados despectivamente laggards: rezagados). La clase pobre, afortunadamente, ha desaparecido casi por completo en los países desarrollados.

El problema de una sociedad que ha conseguido vencer el hambre, la pobreza, y gran parte de las enfermedades (la esperanza de vida casi llega a los cien años y creciendo), es buscar un sentido a la vida de toda la población jobless. La prensa ha llamado a este asunto el V-problem (void problem: el problema del vacío): ¿Qué hacer cuando no tienes nada que hacer? En sociedades como la nuestra, en las que el sentido de la vida ha estado muy ligado a la ocupación laboral, se temió un brote de angustia y vacío existencial de imprevistas, pero siempre nefastas, consecuencias. Entonces, los jobless, dieron cuatro respuestas al sinsentido:

  1. Los antidepresivos y drogas de diverso índole han avanzado muchísimo, de modo que muchos han optado por una vida de placeres artificiales. El absurdo vital se compensa con un hedonismo potenciado con los nuevos avances de la farmacología. El soma de Huxley es ya una realidad, pero mucho mejor: prácticamente, puedes elegir el estado de ánimo en el que quieres estar en todo momento. Las macrofiestas en donde la música se mezcla felizmente con los psicotrópicos son ahora mucho más comunes que antaño. De hecho hay gente que vive durante años en una fiesta ininterrumpida. Son los everlastings. Las opciones de ocio han aumentado salvajemente: el cine, los videojuegos y la realidad virtual se han fusionado para brindar experiencias alucinantes como, por ejemplo, películas en las que, realmente, tú eres el protagonista. Hay restaurantes virtuales en los que puedes elegir en qué parte del mundo o qué paisaje quieres que envuelva tu mesa. Además, la alta cocina se ha fusionado con la avanzada farmacología consiguiendo platos increíbles: orgasmos con sabor a ostras, cerdo agridulce (sí, la comida china se ha impuesto) que hace que te rías, o los supersutiles (y de precios prohibitivos) pollo gong bao con sabor a verano, o la sopa de wonton que sabe a juventud.  La humanidad jamás ha gozado de tantas alternativas de diversión al alcance de tantas personas.
  2. Luego están los russellianos. Al igual que afirmaba el filósofo británico Bertrand Russell, piensan que es una bendición haberse liberado del trabajo (que consideraban alienante), ya no tanto para el hedonismo salvaje como para otros quehaceres más elevados. Los russellianos se dedican al estudio, a la ciencia, al arte, a la política o a la filosofía, al voluntariado solidario o al ocio cultural: van al teatro o a la ópera, visitan museos, viajan… También hacen multitud de actividades de vida saludable: pasean, hacen deporte, van a la montaña…
  3. Los prayers (rezantes): a pesar del ocaso de las grandes religiones en Occidente (el Islam fue el último en caer), y del tenaz esfuerzo del humanismo laico por terminar con ellas, han surgido nuevas formas de religiosidad, si bien constituyen grupos muy minoritarios en comparación con los everlastings y los russellianos. Habitualmente son formas sincréticas de religiones clásicas y orientales (hay una moda muy popular de rescatar religiones antiquísimas ya extinguidas), dándose originales mezclas como, por ejemplo, los nimai (o luminosos) quienes integran el chiismo imaní y el hinduismo advaita, con algunos elementos tomados del shintoismo japonés. Europa y Norteamérica están plagadas de sectas de lo más variopinto: desde los vedantas cristianos seguidores de Mithra, hasta los renovados adoradores de Brahatmanariyú (quien ahora es una especie de deidad digital que fluye por Internet).
  4. Y por último los llamados voids (podría traducirse como vacíos) o, despectivamente, wastes (desechos): grupos de nihilistas que no han conseguido encontrar el sentido ni en el ocio ni en el russellianismo. Yacen tirados en los parques, vuelven a escuchar música de Nirvana y de los Smashing pumpkins y tienen una altísima tasa de suicidio. Fenómenos como los hikikomori, o casos similares de aislamiento y fobia social, son muy habituales en todas las capitales europeas.  También son tristemente habituales los suicidios colectivos: decenas de personas planifican todo por Internet (hay muchas webs dedicadas a ello y los gobiernos no dan abasto a cerrarlas), quedan en un bonito lugar alejado de las ciudades y mueren tras la ingesta de pentobarbital, que se consigue hoy muy fácilmente en la red (ellos querían hacerlo con el monóxido de carbono de los tubos de escape de sus coches como se hacía en Japón a principios de siglo, pero se encontraron con que ahora todos los coches son eléctricos). Sin embargo, aunque constituyen un problema social e incluso de salud pública, no son un grupo mayoritario en comparación con los otros dos grandes. A pesar de que muchos predicadores del apocalipsis vaticinaron una crisis existencial sin precedentes históricos, la verdad es que no ha ocurrido o, al menos, no lo ha hecho en tal medida.

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Post scríptum: esta es una hipótesis de un posible futuro que me ha parecido especialmente literario. No obstante, con respecto a la robolución, creo que, después de un tiempo problemático de incertidumbre y desempleo, se conseguirá la reconversión laboral y no habrá ninguna renta básica universal (a lo sumo algunas rentas mínimas para sectores especialmente frágiles). Unos puestos de trabajo se extinguirán (como ya lo hicieron los de limpiabotas, curtidor, afilador, sereno, telefonista, etc.) y surgirán otros nuevos (como los actuales youtubers, personal shoppers, diseñadores de apps, etc.) que aún desconocemos. En la sociedad ya se han incorporado muchas veces avances tecnológicos que presagiaban la pérdida de empleo y, al final, no llegaron a tanto (por ejemplo, el mismo ordenador). En cualquier caso, lo que, evidentemente, hay que hacer son políticas para afrontar competitivamente estos nuevos cambios (cambios en el sistema educativo, en la fiscalidad, en la legislación laboral… y, por supuesto, en las mentalidades) ¡Traed robots a España ya!

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  1. MacLuhan hablaba de “extensiones del hombre” o Ernst Kapp de “órganos proyectados”. He leído muchas veces usar la expresión “prótesis” (si bien sería más correcto decir “órtesis” en la mayoría de los casos ) para hablar de los adelantos tecnológicos que forman parte de nuestros quehaceres cotidianas y que, en cierto sentido, forman parte de nuestro cuerpo, siendo ya complejo establecer una frontera entre hombre y máquina. Se habla de cyborg para referirse a esta simbiosis representada por individuos con cualquier tipo de implante mecánico o electrónico. Todos se quedan muy cortos. Ortega se acercó algo más: somos esencialmente técnicos, esencialmente artificiales: nuestra forma de relacionarnos con el mundo es el artificio. No es que podamos elegir entre usar tecnología o no, es que somos tecnología. El ludismo es el movimiento más antinatural que existe y el transhumanismo es un humanismo.
  2. Spacewar fue el primer videojuego de la historia. Lo diseñó en 1962 un estudiante del MIT llamado Steve Russell. Conocer la fecha de este evento no parece importante. Yo mismo no la conocía hasta hace unos días, pero eso cambiará drásticamente. Igualmente que la historia que nos enseñaron en los institutos (llena casi exclusivamente de reyes y batallitas) ha ido evolucionando para convertirse en una historia social, económica, simbólica, de las ideas, etc. muchísimo más útil y significativa, la historia de la computación terminará por incluirse en ella y tener un importante papel en los planes educativos (o no, dependerá claro de nuestra insigne clase política). Es una obviedad decir que a día de hoy, un sociólogo no se enterará de absolutamente nada sin la historia del procesamiento de la información.
  3. En 2008 existían ya unos 8,6 millones de robots, cifra que contrasta mucho con los escasos 20.000 que funcionaban en 1980. En 28 años ya hay 430 veces más robots y, sin embargo, la jornada laboral no se ha reducido (incluso ha subido a principios de siglo) ¿Por qué? ¿En qué están fallando las predicciones de Keynes? ¿Por qué no tenemos ya jornadas de dos o tres horas diarias? Dos razones: nosotros, la clase media hemos elegido mantener un elevadísimo nivel de consumo a cambio de seguir trabajando muchas horas (hay que ser imbéciles pero así lo hemos decidido. Ya veréis a quién votáis o cuáles son las prioridades en vuestras vidas). Y la segunda: desde las clases dirigentes se ha remado en la misma dirección como no podría ser de otra manera. En tu empresa, si tus trabajadores echan ocho horas y producen x, y ahora tienes dos robots que te hacen producir x+5 sin un aumento significativo de costes, bienvenido sea ese aumento de producción en un ámbito de dura competencia en el sector. Si reduces la jornada laboral, siempre habrá otra empresa que no lo hará y ganará la partida, así que no lo haces. Sin una legislación global no se puede hacer nada.
  4. Diversos estudios (por ejemplo aquí y aquí) calculan que en un par de décadas casi la mitad de los puestos de trabajo en el sector industrial serán ocupados por robots. En España el sector industrial representa, desgraciadamente, solo un 20% del total de los trabajadores. Si tenemos algo más de 17 millones de trabajadores, de los cuales 3,4 trabajan en la industria, para el 2040 tendremos 1,7 millones de puestos de trabajo destruidos. Son veinte años, una generación. Hay tiempo para formar a los futuros trabajadores para adaptarse a este nuevo mercado laboral (evidentemente dentro de lo previsible. Mucho de lo que venga en veinte años es totalmente impredecible a día de hoy), si bien será complicado conseguir suplir un número tan alto de puestos de trabajo perdidos (se auguran momentos complicados). Además, este suceso implicará la división entre países que han conseguido robotizar su sector industrial y los que no. Se antoja muy necesario prepararse para la inminente robolución.

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En 2009, un artista llamado Thomas Thwaites emprendió la tarea de fabricar su propio tostador, del tipo que podría comprar en una tienda por unas cuatro libras. Sólo necesitaba algo de materia prima: hierro, cobre, níquel, plástico y mica (un mineral aislante alrededor del cual se envuelven las piezas de calentamiento). Pero incluso encontrar estos elementos le fue casi imposible. El hierro está hecho de mineral de hierro, el cual probablemente podría extraer de una mina, pero ¿cómo podria construr un horno que calentara lo suficiente sin fuelles eléctricos? (Hizo trampa y usó un horno de microondas). El plástico está hecho de petróleo, el cual no podía fácilmente extraer, y mucho menos refinar, por sí mismo. Y así sucesivamente. El punto es que el proyecto tomó meses, costó mucho dinero y resultó en un producto inferior [el tostador es el que vemos en la foto]. Sin embargo, comprar un tostador de cuatro libras le hubiera costado menos de una hora de tabajo con salario mínimo.

Matt Ridley, El optimista racional

Llamadme conservador, pero porque quiero un buen tostador no soy antisistema. Hay que cambiar muchísimas cosas, pero no todo.

He de reconocer avergonzado que uno de los campos que menos domino es el de la economía. Por ello animo a mis lectores economistas que me corrijan y que no duden en desmantelar lo que voy a decir.

Estos días hemos tenido noticias de que en muchos colegios e institutos de Castilla-la Mancha están funcionando con una precariedad absoluta en términos de limpieza. Se han amortizado plazas de trabajadores de modo que institutos enormes (con claustros que rondan los cien profesores) están funcionando con solo un limpiador. Acojonante que esto pase en España en el siglo XXI. La idea de la administración es, al final, privatizar este servicio: subcontratar empresas de limpieza. Mi duda es: ¿sale eso más barato? ¿Se ahorra dinero o es pura ideología neocon?

Pongamos un ejemplo: supongamos que tenemos tres trabajadores de limpieza que cobran un sueldo digno. Digamos 1.200 euros. Así, le cuesta al Estado 3.600 euros mensuales. Si el servicio se privatiza, ¿cómo ahorramos? Cuando una empresa entra en juego tenemos una nueva figura: el empresario, el cual tiene que obtener beneficios. ¿Cómo los obtiene y, a la vez, es más barato para el Estado? No sé si voy a decir una simpleza pero la respuesta parece muy obvia: pagándoles mucho menos. Si ahora les paga 600 euros, su coste en salarios se reducirá a 1.800 euros, por lo que le quedarán otros 1.800 para su beneficio. Si se quita, imaginemos, 200, tendrá 1.600 euros de beneficio y al Estado le costará 3.400 euros, algo más barato que si el servicio fuera público. Pero, ¿qué hemos conseguido con este ahorro? Que tres empleados pasen de ser clase media a clase baja, es decir, precarizar el empleo. Hemos introducido un nuevo elemento, a priori innecesario: un intermediario, el empresario que, sin aportar demasiado, saca beneficios y contribuye a una distribución más desigual de la riqueza: él, habitualmente, tendrá un salario mucho más alto que sus empleados, pues si no convendría más ser empleado que jefe. Un desastre.

Pero, pongamos objeciones:

1. El empresario podría hacer mas barato su servicio sin la necesidad de bajar los salarios de sus trabajadores. Podría ahorrar, por ejemplo, en los materiales y herramientas de limpieza (No sé, comprando fregasuelos más barato).  Supongo que algo así podrá hacerse (y esta es la idea que nos está vendiendo constantemente el PP: no derrochar dinero público). Pero la idea no se sostiene: ¿no podría la misma administración pública intentar hacer más eficiente su servicio sin la necesidad de tener que introducir intermediarios? Si conseguimos abaratar costos sin necesidad de que un empresario saque beneficios nos ahorraríamos el cuantioso sueldo del empresario. Lo público puede hacerse económicamente más eficiente sin necesidad de privatizar, y si esto se hace bien, saldría mucho más barato.

2. Los empleados públicos tienen fama de poco eficientes (fama, en muchas ocasiones, ganada a pulso), por lo que pasar esa función a manos privadas podría hacer el sistema mucho más eficiente. Sí, pero una solución más barata en vista de lo anterior es hacer más eficiente el sistema público sin la cara necesidad de privatización. Podríamos, por ejemplo, premiar a las administraciones públicas que consiguen una gestión más eficaz con políticas de incentivos y evaluaciones por resultados. A mí me hace mucha gracia que se hable tanto de mejorar nuestro sistema educativo sin ninguna medida que incentive la labor del profesorado. Se nos pide que trabajemos más cobrando menos y en peores condiciones de trabajo (más alumnos, medios más precarios, etc.). Lo que hace falta no es privatizar, es mejorar el sistema público.

3. Que el dinero público pase a manos privadas podría ser un buen medio de mejorar nuestra economía. Podrían crearse un montón de empresas que asumieran las labores que hacen ahora las instituciones públicas. Error. Ahora, el dinero fluye desde la administración a sus trabajadores. Si privatizamos, lo único que hacemos es introducir intermediarios que se queden con ese dinero precarizando el trabajo de dichos empleados. Lo único que conseguimos es distribuir más injustamente la riqueza dando un buen trozo del pastel a meros gestores privados que, como ya hemos dicho, son innecesarios ya que su labor debería ser asumida por la misma administración.

En definitiva, creo que la cuestión de la privatización no obedece a argumentos racionales sino que es pura ideología y, lo que es aún peor, obedece a que muchos quieren enriquecerse a costa del erario público. Ahora, amigos economistas, a corregirme.

Como un invento casi nunca es la obra exclusiva de un solo inventor, por muy grande que pueda ser su genio, y como es el producto de los trabajos sucesivos de innumerables hombres, trabajando en tiempos diferentes y a menudo en diversas direcciones, el atribuir un invento a una sola persona constituye simplemente una manera de hablar, es ésta una falsedad conveniente alentada por un falso sentido del patriotismo y por el sistema de monopolios de patentes, sistema que permite a un hombre reclamar una recompensa financiera especial por ser el último eslabón en el complicado proceso social que produjo el invento. Cualquier máquina completamente desarrollada es un producto colectivo compuesto, la actual maquinaria de tejer, según Hobson, es un compuesto de cerca de 800 inventos, en tanto la de cardar está constituida por un conjunto de 60 patentes. Esto también es cierto por lo que se refiere a países y generaciones, el acervo común de conocimientos y de experiencias técnicas trasciende los límites de los egos individuales o nacionales, y olvidar este hecho es no sólo fomentar la superstición sino minar la base planetaria esencial de la tecnología misma.

Lewis Mumford, Técnica y Civilización

Parece un acto bastante ladino, apropiarse de algo que no es de uno, pero más ladino parece apropiarse de algo que podría servir de provecho a toda la humanidad. No creo que el capitalismo, en sí mismo, sea algo malvado. No creo que el tráfico libre de productos y mercancías tenga en sí algo diabólico. Sin embargo, sí que creo que el capitalismo se hace nocivo cuando invade áreas que no le corresponden, cuando conquista espacios que, a priori, no deberían estar sujetos a transacciones financieras. Y el caso de la propiedad intelectual es uno de ellos. Sí, como afirma Mumford, cualquier invención humana es un fruto colectivo que excede por completo el trabajo de un autor, ¿con qué pretexto puede tal autor decir que la invención es suya? Pero, es más, ¿por qué los demás, miembros de sociedades democráticas, debemos ver como deseable que descubrimientos científicos, tecnológicos o intelectuales de cualquier tipo, no fueran patrimonio de toda la humanidad?

Decía Rousseau que el origen de la propiedad privada fue cuando alguien cercó un terreno, dijo que era suyo y encontró a alguien tan tonto como para creérselo. Con el sistema de patentes o con la propiedad intelectual pasa lo mismo. Cuando enseñamos que Watt es el inventor de la máquina de vapor estamos contribuyendo a esta gran mentira. Por eso urge la necesidad de inventar nuevas formas de premiar el trabajo de los creadores (y de fomentar las ya inventadas, que son muchas), a la vez que el producto de sus obras repercuta en el bien de la comunidad, eliminando, de algún modo, el concepto de “propiedad intelectual”.

Véase: La Ley Sinde: ¿Qué significa robar?

El poder en el mundo se encuentra muy descentralizado. Ya no existen, como en tiempos pasados, monarcas absolutos que sólo rendían cuentas ante Dios de sus omnipotentes decisiones. Lo que existe es una amplia variedad de grupos de presión, de grupos de intereses de diversa índole e influencia, que pujan por conseguir que se haga lo que ellos desean. Tenemos políticos, sindicatos, lobbies que representan diferentes intereses de grupos empresariales muchas veces enfrentados, asociaciones  que representan sectores de la sociedad civil (feministas, homosexuales, consumidores, grupos religiosos, etc.), el imperio de la ley (decisiones judiciales constituidas desde un poder legislativo que también obedece a muchas influencias), la ciudadanía entendida como colectivo de votantes y consumidores, etc. Existen un montón de grupos de influencia que dispersan y descentralizan el poder. Por eso gobernar es muy complicado y en muchísimas ocasiones se toman decisiones no del todo correctas.

Eso no tiene por qué ser malo del todo. Pensemos que la mayoría de las atrocidades que se han cometido a lo largo de la historia han sido fruto de que una persona o un pequeño grupo de ellas han atesorado todo el poder. Un poder más descentralizado evita que alguien lo consiga todo y lo use para el mal. La división de poderes que Montesquieu pensó para la política se extiende positivamente a todos los ámbitos de la sociedad. Nadie tiene todo el poder por lo que el mal que pueda hacerse se reduce a la parcela que cada uno ostente.

Sin embargo, sí que es malo en un amplio sentido. Cuando una sociedad con un poder muy descentralizado se enfrenta a amenazas globales, le es muy difícil reunir e integrar todo el poder necesario para hacerlas frente. Es el caso de la crisis económica y medioambiental. Pero, sobretodo, y esto es lo que quiero resaltar en este artículo, cuando la lógica de actuación de cada agente social es lo que los economistas llaman acción racional, las consecuencias pueden ser desastrosas.

A lo largo del siglo XX, matemáticos y economistas tuvieron una genial idea. De la mano de Von Neumann estudiaron lo que se ha llamado teoría de juegos. Investigaron acerca de cuáles serían las estrategias de actuación idóneas si se quería ganar jugando a cualquier cosa, incluidos juegos tan aparentemente carentes de estrategia a seguir como los juegos de azar. Von Neumman descubrió su famoso teorema del minimax: calcular cómo maximizar beneficios y minimizar pérdidas sabiendo que tu rival elegirá lo mejor para él y lo peor para ti. Cuando estos avances se incorporaron a la política y a la economía, el optimismo reinaba por doquier. ¿Qué mejor que actuar de esa manera, qué mejor que ser absolutamente racionales en la toma de decisiones, maximizando beneficios y minimizando pérdidas? Además, este enfoque permitía estudiar el comportamiento de los agentes sociales y poder predecirlo pues, ¿no actúa la mayoría de la gente de ese modo? ¿No sería estúpido no hacerlo así? A pesar de las múltiples críticas que recibió pues, aunque parezca mentira (o no tanto), la gente no suele actuar tan racionalmente como pudiera suponerse, sigue siendo un buen modo de entender gran parte del funcionamiento de nuestras sociedades.

¿Dónde está el problema entonces? En que sólo actuando exclusivamente de este modo estamos avocados al desastre. Los autores de la Escuela de Franckfurt vieron muy bien el problema, llamando a esta lógica razón instrumental: aquella que sólo busca los medios más eficientes para conseguir un fin dado sin cuestionarse nada más. El ejemplo claro está en la venta fraudulenta de bonos preferentes por parte de nuestros maravillosos bancos. El vendedor hace todo lo posible por vender, ignorando deliberadamente que su producto es una estafa. Sabe que cumple órdenes y que la responsabilidad final no caerá sobre él. Cuando se descubra el timo, quizá él ya no esté en la empresa o haya ascendido a otro puesto que nada tenga que ver  con el turbio asunto. Del mismo modo, los directivos de nuestras solventes y poderosas cajas, obraban con una perfecta razón instrumental cuando arruinaban a sus entidades con arriesgadas decisiones a sabiendas que si les salía mal se iban a su casa con cuantiosas indemnizaciones. Mucho que ganar y nada que perder. Sería irracional no hacerlo así. Es un minimax perfecto del que Von Neumann estaría orgulloso.

La razón instrumental representa la ceguera de miras por excelencia. El PSOE, en sus años de gloria y alegría, conocía perfectamente el estado de la burbuja inmobiliaria. Sabía que tarde o temprano todo estallaría si bien no se conocían tan bien las consecuencias de tal explosión. Sin embargo no hizo nada más que disfrutar de ese precario pero fastuoso presente. Había dinero, las prestaciones sociales se mejoraban y la gente estaba contenta. ¿Por qué fastidiar ese momento tan rentable electoralmente en pro de una burbuja que sólo Dios sabe cuándo estallaría y qué consecuencias tendría? No sabemos dónde estaremos dentro de unos años, rentabilicemos a tope el presente. Ante la imposibilidad de una predicción precisa del futuro, la razón instrumental obliga a una actuación cortoplacista. Si jugando al ajedrez nuestra capacidad de cálculo nos impide predecir ciertas jugadas muy complejas, limitémonos a hacer jugadas pequeñas al alance de nuestra sesera.

En la actualidad la praxis política sigue la misma lógica. El PP se encuentra ante graves problemas que urge solucionar. Sabemos que nuestro sistema económico y productivo es insostenible, conlleva crisis cíclicas y a la postre va a llevar al desastre medioambiental. Pero eso da igual en términos de racionalidad instrumental porque realizar un cambio profundo en el sistema es mucho más arriesgado que jugar tus cartas dentro del propio sistema, aunque éste esté corrupto. Por eso las medidas van en la línea: eliminar prestaciones sociales y regresar al modelo económico del siglo XIX para volver a ser competitivos. Es decir, solucionar el problema con más de lo mismo y peor en vez de romper la baraja.

Y es que querer cambiar el sistema desde un poder descentralizado en el que sus agentes pujan por defender sus intereses es prácticamente imposible. Habría que conseguir que grupos que pierden más que ganan al cambiarlo todo, acepten ese cambio, lo cual es diametralmente opuesto a la lógica de la razón instrumental. Por eso me da mucho miedo cuando conceptos como racionalización del gasto y productividad llegan a nuestros sistemas educativos. Un profesor no produce nada claramente visible en estos términos. ¿Qué produce un profesor de griego que enseña la Odisea a sus alumnos? ¿Qué produce leer a Miguel Hernández o a Séneca? Nada susceptible a ser cuantificado con precisión a corto plazo. Si metemos a grupos de interés guiados por la mera razón instrumental en la educación sólo conseguiremos más de lo mismo y peor. De hecho, la simple cuestión de que existen dos grandes grupos de poder con intereses opuestos, el PP y el PSOE, que gobiernan cíclicamente, sólo ha conseguido el desaguisado que es hoy en día nuestra educación pública: planes de estudio, asignaturas, enfoques pedagógicos, regulaciones, etc. que cambian al ritmo de los vientos ideológicos y que hacen que sea imposible enseñar y aprender.

Solución: saber perder, jugar en pro de fines más grandes que el mero ganar en el juego de los intereses particulares. La idea es tan sencilla como buscar el bien común por encima de tus intereses propios. Una obviedad tan grande que todo el mundo la sabe desde su más tierna infancia. El gran problema está en quién va a ser el primer “tonto” que haga eso sabiendo que tienes unos rivales que no están dispuestos a hacer lo mismo. ¿Alguien quiere suicidarse en el juego político o económico? Lo vemos en nuestro día a día. Por ejemplo, cuando en educación nos planteamos hacer una huelga indefinida Von Neumann nos advierte: no es buena estrategia. El beneficio es incierto: ¿cambiarán nuestros políticos sus decisiones a pesar de que paralicemos el sistema educativo? Y las pérdidas grandes: pérdida de sueldo amén que demás sanciones administrativas. Además, estamos seguros que muchos docentes no secundarían la huelga, por lo que las condiciones de éxito se reducen aún más. ¿Algún “idiota” va a lanzarse en solitario a hacer una huelga indefinida sin consecuencia alguna más que pérdidas graves para él?

Siempre pienso en eso cuando reflexiono acerca del sinsentido de las guerras. Cuando en la Primera Guerra Mundial centenares de miles de soldados morían por ganar unos metros de tierra en Verdún, hubiese bastado con que se pusieran de acuerdo en no hacerlo, más cuando era manifiesto el absurdo de malgastar tu vida así. Pero aquí radicaba el problema. Von Neumann de nuevo. El castigo por deserción era el fusilamiento y dado que la mayoría de tus compañeros no iban a rebelarse por temor a ese castigo, era absurdo rebelarte tú solo para ser fusilado sin más. Al final, era más rentable combatir con la esperanza de sobrevivir a la batalla.

No hay más: nos encontramos encarcelados en un complejo dilema del prisionero sin que nadie tenga las agallas y la amplitud de miras para ver más allá de su despiadada lógica. Vamos a pique.

Hace tiempo que renuncié a la ilusa idea de llevar una vida plenamente racional. Renuncié a la posibilidad de hacer todas las cosas siguiendo un plan que maximice beneficios y minimice pérdidas. En primer lugar porque es imposible estar constantemente analizando todo para después actuar. Lleva demasiado tiempo, de modo que, al final, aparte de ser algo agotador, no llega a ser práctico. En muchas ocasiones, resulta más rentable ser algo más impulsivo y lanzarse al vacío partiendo de información parcial o insuficiente, que estar demasiado tiempo reuniendo toda la información necesaria, evaluarla y planificar la acción. Y, en segundo lugar, porque a uno no siempre le gusta hacer las cosas del modo más racional posible. A uno le gusta, muchas veces, hacer las cosas, a “su manera” aunque esa manera no sea la mejor. A mí, por ejemplo, me gusta quedarme leyendo por la noche hasta bien pasada la madrugada. Al día siguiente tengo que levantarme temprano por lo que duermo poco y cuando suena el despertador pienso seriamente en el suicidio. Me convendría más desplazar esas horas de lectura a otro momento del día y acostarme más temprano. Pero no, no lo hago ni lo haré. Esa es mi manera de hacer las cosas a pesar de ser un poco irracional.

Sin embargo, esto no implica que uno deba llevar una vida absurda sin ningún tipo de planificación. El economista norteamericano Thomas Schelling nos ofrece una buena estrategia de actuación conocida como quemar las naves en honor a la decisión de Hernán Cortés durante la conquista de México. Schelling publicó su famoso libro La estrategia del conflicto con el fin de aplicar la teoría de juegos a los enfrentamientos entre países en el marco de la Guerra Fría. Una nación en guerra tiene varias opciones estratégicas para atacar a su enemigo. Quemar las naves significa eliminar alguna de ellas para reforzar la posición de las otras. Cortés barrenó sus barcos haciendo imposible que sus soldados pudieran desertar, dejando como única opción seguirle hasta el final en su rebelión contra la corona española.

Schelling llevó más lejos su estudio trascendiendo los análisis bélicos hacia situaciones de la vida cotidiana. Tal y como estudió el psicólogo Kurt Lewin, los individuos están continuamente teniendo que enfrentarse a conflictos interiores: ¿hago dieta y cuido de mi salud o me como otro bocado de este jugoso pastel? ¿Elijo a Claudia, que es muy atractiva pero tiene muy mal genio, o a Lucía, que no es tan atractiva pero es muy inteligente? ¿Dejo de fumar o me tomo otro apetecible cigarrillo con el café? No saber qué hacer o elegir siempre la peor opción genera frustración y baja la autoestima.

¿Cómo aplicar la estrategia de Schelling a nuestra vida? Eliminando opciones. Si quiero hacer dieta será buena estrategia no tener pasteles en el frigorífico de casa, si Claudia no me conviene puedo borrar su número de mi móvil o no comprar tabaco ni salir a tomar café pueden ser buenas opciones para evitar la tentación de fumar. Me gusta esta estrategia porque tiene muy en cuenta el hecho de que hay fuerzas que dominan nuestra conducta más que nuestra racionalidad. No siempre somos dueños de nosotros mismos y, muchas veces, elegimos la peor opción aún a sabiendas de que lo es. Contra esto mejor quemar las naves.

Una de las principales razones por las que me siento feliz de ser profesor es que soy un funcionario público. Esto quiere decir, fundamentalmente, que trabajo para servir a los demás, trabajo en pro de toda la sociedad, lo cual es muy distinto a ser un trabajador en una empresa privada. Yo no trabajo para hacerme rico ni para hacer ricos a otros, que suele ser el sentido último del que trabaja por cuenta ajena. Por eso no creo en las políticas liberales que pretenden minimizar las funciones y el alcance del Estado, convirtiéndonos a todos en miembros de productivas empresas. Por eso no creo en la derecha (y no entiendo cómo cualquier funcionario puede votarles).

No entiendo por qué cada vez más ámbitos de la realidad deban estar regidos por las leyes de la oferta y la demanda. Y, desde luego, ámbitos como la educación y la sanidad deberían permanecer intocables al capital. ¿Qué pensaríamos si cosas como la amistad o la familia estuvieran reguladas por los mercados? ¿En qué se convierte el amor cuando en él interviene el dinero? En prostitución. Esto no quiere decir que haya que demonizar a los empresarios o al sistema económico. El capitalismo ha traído prosperidad y bienestar. Crear una empresa e intentar ganar mucho dinero no tiene por qué ser malo. Lo que sí es malo es que el interés económico alargue sus tentáculos a facetas de la realidad que no le corresponden. Está muy bien que una empresa fabrique iphones, pero no que manipule las mentes de los niños o decida quién tiene derecho o no a un trasplante de corazón. Y, con certera evidencia, está muy, pero que muy mal que las empresas determinen las decisiones políticas. La política es otro espacio público que, desgraciadamente, ha sido invadido por lo económico. Es curioso como en pleno siglo XXI hayamos dejado cómo algo tan impredecible e incontrolable como la bolsa, determine las decisiones de nuestros líderes, hoy menos poderosos que nunca. Hemos creado un sistema en que los hombres no gobiernan, sino unos fenómenos complicados y abstractos cuyo comportamiento es desconocido hasta para nuestros premios nobeles en economía. El hombre ya no es dueño de sí mismo.

Por eso, en estos días malditos de austeridades y motosierras hay que defender más que nunca el espacio público. Tenemos que impedir que lo público retroceda pues dudo mucho que lo que hoy perdamos, y que costó mucho conseguir, vaya a recuperarse más adelante. Yo podría entender que las rebajas en los presupuestos para educación, la reducción y congelación de mi sueldo y las dos horas más de trabajo no remunerado que parece que me van a colar, fueran medidas necesarias sin las que vamos a pique (aunque me cuesta mucho creerme que son absolutamente necesarias y que no hay más opciones), pero cuando veo que las grandes fortunas no se tocan (nuestros ricos no están por imitar a sus colegas norteamericanos) y que esta crisis la vamos a pagar las clases medias y bajas… no me creo la historia. Y es que no entiendo por qué una crisis generada en lo económico tenga que solucionarse mediante el retroceso de lo público o, con más precisión, no entiendo cómo hemos dejado que lo económico interfiera así en lo público. No puedo entender cómo una arriesgada inversión de un dirigente de un banco tenga algo que ver con la educación de nuestros hijos, no puedo concebir que haya algún tipo de conexión causal entre esas dos cosas. Nuestro sistema es manifiestamente absurdo.

 

Bajos tipos de interés durante mucho tiempo → Sobreinversión + hipotecas basura (orgía descontrolada del crédito)→ Empresas y particulares endeudados incapaces de devolver sus préstamos cuando sus inversiones dejan de ser rentables → Crisis.

Estados Unidos tiene un gran déficit público ¿Cuál sería la consecuencia normal de esto? → Deuda pública → Elevación de los tipos de interés → Incremento de la demanda de dólares → Incremento del tipo de cambio del dolar → Encarecimiento de las exportaciones y abaratamiento de las importanciones → Déficit por cuenta corriente en la balanza de pagos.

¿Cómo es posible que si Estados Unidos tiene un gran déficit público, los tipos de interés hayan permanecido tanto tiempo tan bajos?

CHINA decide incorporarse al mercado en los años 90 → Compra deuda pública a los Estados Unidos + Vincula el yuan con el dolar → los tipos de intereses permanecen bajos → se favorecen las exportaciones chinas → China termina por convertirse en la primera potencia económica del mundo.

Todo esto dicho de un modo mucho más sencillo:

1. No deja de ser paradójico que la bombilla, como símbolo por excelencia de la innovación, metáfora de las grandes ideas,  sea un producto diseñado para fallar. ¿Fracaso de las ideas del Siècle del lumières? No creo, más bien tergiversación.

2. Curiosa idea la de Bernard London: obsolescencia programada OBLIGATORIA. ¿Saldríamos así de la crisis?

3. Ingenieros trabajando para empeorar productos, el novamás de la idea de progreso . Eso va para todos los que piensan que la mano invisible vela para que todos seamos más felices.

4. Los iPod son una mierda (y los iPad, lo cual ha convertido a Apple en una empresa que ha doblado sus ingresos durante la crisis) y África es el vertedero de Occidente. Eso ya lo sabíamos.

5. El documental está bien hecho, pero no nos dice nada nuevo, nada que no supiéramos ya desde hace bastante tiempo. Lo triste es que la EVIDENTE necesidad de un cambio en el modelo productivo no vino con la Unión Europea y su fallida Constitución, tampoco vino con el decepcionante a todos los niveles PSOE, y no vendrá, desde luego, con el PP. La crisis será una nueva oportunidad perdida.

6. Pero, ¿realmente queremos una sociedad de decrecimiento? ¿Alguien está dispuesto a volver a los años 60? El cambio de modelo productivo, económico y político tendrá que ser necesariamente fruto de una auténtica revolución cultural.