Archivos de la categoría ‘Ética y moral’

 

Os dejo el vídeo de la mesa de debate que hicimos en el edificio de Elzaburu en Madrid. Cuando lo he vuelto a ver me ha parecido más interesante aún que cuando estuve allí. Y es que el plantel de expertos es bastante bueno… y si estoy ya es insuperable 😉

La idea que defendí es una de las tesis centrales de Harari en Homo Deus: el fin del liberalismo a manos de las nuevas tecnologías. El fin de nuestro sistema económico-político no va a venir de la mano de los críticos del sistema. El marxismo, con todas sus matizaciones, con todas sus variantes y reformulaciones no ha podido hacer, ni hará, ni cosquillas, al neoliberalismo. El fin de nuestro sistema vendrá por otro lado: de la mano de la revolución tecnológica ¿Cómo?

El liberalismo moderno está basado en la idea de la sacralización del individuo. Y la cualidad más esencial, y por lo tanto valiosa, de ese individuo es su capacidad de elección libre. Entonces, dicho individuo tiene que vivir en un sistema democrático (ya que ha tener la libertad de autogobernarse a sí mismo, tachando de dictatorial cualquier forma de gobierno que sacrifique al individuo en pro de alguna causa mayor como, por ejemplo, el nacionalismo en sus diferentes estilos. Curioso que hoy en día las posturas nacionalistas tengan cierta fuerza) y en un sistema capitalista (tiene que tener libertad para producir pero, sobre todo, para consumir). Por lo tanto, el sistema se fundamenta en la libertad de votantes y consumidores, y si esa desaparece el sistema se derrumba ¿Está desapareciendo?

Nosotros aceptamos que los políticos nos mientan. No nos gusta, de hecho, nos asquea profundamente y gran parte de la apatía política que hoy existe viene de ese desencanto hacia esos mentirosos profesionales que, constantemente, dicen y se desdicen en un bucle patético. Sin embargo, lo aceptamos porque pensamos que el sistema democrático nos trae una serie de ventajas que compensan, con creces, este defecto. Para mí, la principal virtud es que la democracia facilita un mecanismo no violento de alcanzar el poder. En cualquier época histórica no democrática (es decir, en casi toda la historia de la humanidad) si querías gobernar debías quitar por la fuerza al gobernador vigente, y así la historia de nuestra especie es una historia de guerras y guerras y más guerras. La democracia minimiza esto y ya por eso merece, con mucho, la pena.

Sin embargo, nuevas tecnologías están dañando la idea de libertad del sujeto. Bueno, la libertad del sujeto está ya bastante dañada, sencillamente, porque el sujeto no es, para nada, libre, como ya hemos argumentado en muchas ocasiones. No obstante, por mor de la argumentación, vamos a aceptar que el sujeto elige libremente pero que puede ser manipulado, y que un alto nivel de manipulación invalida la libre elección. Entonces, aceptamos un “poquito” de manipulación (la que hacen los políticos), pero demasiada ya no sería aceptable ya que eso significaría que el individuo ha sido engañado y que su voto, en cierto sentido, no ha sido libre ¿Y cómo daña las nuevas tecnologías esto? Aquí entra Cambridge Analytica.

Christopher Wiley,  que parece sacado de un comic cyberpunk (la realidad siempre supera a la ficción), nos ha contado estos días como se elevaba el arte de la manipulación a niveles jamás vistos. Usando el enorme agujero en la seguridad de protección de datos de Fabebook, el análisis de la personalidad a partir de los likes de Facebook iniciado por Kosinski y Stillwell en Cambridge, y técnicas de microtargeting publicitario, la empresa Cambridge Analytica manipuló a más de ochenta millones de personas para votar a favor de Donald Trump o del Brexit (todo mejor explicado en mi ponencia que empieza a partir del minuto 23).  Según sostiene el mismo Wiley, sin la actuación de Cambridge Analytica la victoria de Trump y del Brexit no hubiesen sido tales… entonces, ¿no estamos hablando de fraude electoral en toda regla? ¿Qué legitimidad tienen esos resultados electorales? Pero, fijaos en el asunto porque es muy diferente a otros tipos de tongo electoral: aquí no se ha hecho trampas en el sentido clásico del término: no se obligo a nadie a votar nada en contra de su voluntad ni se falsificaron papeletas ni nada por el estilo. La gente votó felizmente, pensando en que lo hacían libremente. Entonces estamos hablando de un fraude electoral en unas elecciones en las que los votantes votaron libremente… ¿qué diablos significa eso? Que la libertad, fundamento básico del liberalismo, se cae y con ella se cae todo.

No obstante, creo que Wiley exagera un poco. No creo que las herramientas de las que dispuso Cambridge Analytica sean tan potentes a la hora de influenciar en el electorado y que, por tanto, hayan sido tan determinantes en las elecciones donde se utilizaron. Pero eso no quita que en un futuro, bastante próximo, este tipo de técnicas se vayan perfeccionando hasta llegar a niveles de manipulación del votante que nadie estaría dispuesto a aceptar. Véase en el vídeo cuando expongo la “hipótesis de la corbata amarilla” (a partir del minuto 33).

¿Soluciones? Lamentablemente, las medidas legales siempre van muy detrás de los rapidísimos avances tecnológicos (más con la habitual ineptitud de la clase política). El nuevo reglamento europeo (el latoso RGPD) ha mejorado el control de los usuarios sobre sus datos pero todavía se queda muy corto en muchos aspectos y, muy pronto, veremos ya las argucias de las empresas para saltárselo. Como bien subrayaba Elena Gil es muy importante formar en una ética del diseño (que no aparece ni lo más mínimo en ningún plan de estudios de ingeniería), y como bien subrayaba Marlon Molina, una petición de responsabilidades bien delimitada por capas parece una idea muy sensata para afrontar la dificultad que supone la dispersión de la responsabilidad en grandes proyectos empresariales. De la misma forma, que la actividad del programador informático estuviese colegiada tampoco sería una mala propuesta. En el fondo estamos como siempre: un liberalismo económico voraz y descontrolado que pide a gritos una regulación.

Me lleva llamando mucho tiempo la atención la falta de ética generalizada en el sector ingenieril. Recuerdo una vez, discutiendo con un neoliberal, que cuando le hablaba de que la economía debería estar supervisada por la ética me respondió que si yo pretendía convertir la economía en una sharia. O sea, que si hablamos de ética ya somos una especie de… ¡fundamentalistas religiosos!  Y es que los ingenieros están imbuidos en el ethos del mundo empresarial, el cual, como todos sabemos, es de todo menos ético. Así que ingenieros del mundo, por favor, a ver si somos un poquitín más buena gente, y vamos diseñando cosas no tanto para forrarnos como para hacer del mundo un lugar algo mejor. Simon Roses… ¡No trabajes más para DARPA!

Algo de activismo majo al respecto: Tristan Harris, antiguo responsable de diseño ético de Google que se fue de allí espantado viendo lo que realmente había, y otros desertores del sistema, han fundado el Center of Human Technology. Algo es algo.

Estimados lectores, en primer lugar disculparme por el tiempo que llevo sin actualizar el blog. Nunca he estado tanto tiempo sin escribir en él pero tengo escusas: el nacimiento (y posterior crianza) de mi segunda criatura y la realización de un máster, muy chulo por cierto, en Ciencias Cognitivas por la Universidad de Málaga. Ambos quehaceres me han quitado el tiempo necesario para escribir aquí lo que debiera. No obstante, no preocuparse porque tengo ya varias entradas por la mitad, que en breve saldrán a la luz.

Y, en segundo lugar, el gran Antonio Orbe me ha invitado a participar en un ciclo de debates del Foro del Futuro Próximo. Hablaremos de ética y Big Data, es decir, de todos la problemas que va a traer (y ya está trayendo) esta nueva y potente tecnología. Yo, os adelanto, hablaré de Cambridge Analytica, del peculiar Christopher Wylie y de cómo  el Big Data puede hacer tambalear los fundamentos de nuestros sistemas democráticos. También me gustaría hablar de qué consecuencias podrían tener las nuevas técnicas de tratamiento de imágenes que el deep learning ha estado pariendo en los últimos meses… ¡dan miedo! ¡Black Mirror está aquí!

Así que os invito a venir. Será el miércoles a las 18:00 horas en el salón de actos de ELZABURU (Calle Miguel Ángel, 21, Madrid). Lo guay de los ciclos de debate que monta Antonio Orbe es que las ponencias son muy cortas (10 minutos) y todo lo demás es debate entre los ponentes y el público, lo que hace que todo sea mucho más dinámico y divertido. Además, los ponentes han sido elegidos para formar un grupo heterogéneo: tenemos a un ingeniero a la última en todo tipo de tecnologías de la información, a un experto en ciberseguridad, a una abogada y a un filósofo… ¿Qué puede salir mal? Desde ópticas tan diferentes, en seguida surgen discusiones apasionadas (y apasionantes). Lo vamos a pasar muy bien.

Os dejo un vídeo muy instructivo como adelanto: ¿Puede Cambridge Analytica ganar elecciones?

En 2015, la psicóloga cognitiva Roberta Sellaro y su equipo de la Universidad de Leyden, sometieron a una serie de sesenta estudiantes a estimulación craneal de corriente directa (tDCS). Concretamente les estimularon sus cortezas prefrontales mediales, una zona del cerebro relacionada con la capacidad para contrarrestar sesgos xenófobos. Cuando está muy activa, el individuo no se deja llevar tan fácilmente por estereotipos o prejuicios hacia personas que no pertenecen a su propio grupo. Y, efectivamente, el experimento demostró que los individuos a los que se les estimulaba demostraban conductas menos racistas que el grupo de control a la hora de relacionar nombres con características positivas o negativas (Aquí el paper. Fuente: el muy recomendable libro Transhumanismo de Antonio Diéguez Lucena).

Conclusiones:

  1. Que nadie tenga ya en la cabeza la idea de que nuestra capacidad de elección moral es una cualidad espiritual, un don divino, independiente de la ruin y despreciable materia. La elección moral es tan abordable científicamente como la digestión o la elasticidad de los metales.
  2. La noción de libertad o libre albedrío es un residuo mítico, mera forma de hablar que no refieren a nada real. Hay que tener clara la idea de que no existe en nosotros ninguna estancia x que elige una opción sin ningún tipo de causa que le obligue necesariamente a ello. Suponerla sería aceptar la existencia de algo así como un “yo metafísico” que se salta a la torera las leyes de la física (y de la lógica, siendo un claro error categorial).
  3. Elementos como la temperatura, el ritmo circadiano, alimentación, deporte, etc. interfieren en la concentración química de neurotransmisores en nuestro cerebro y, en consecuencia, influirán determinantemente en nuestra toma de decisiones. Todos sabemos cómo cambia nuestra conducta cuando estamos enfadados, borrachos o sin dormir lo suficiente. Sería entonces, bastante interesante tener un buen control del momento y el contexto en el que decidimos, saber “automanipularnos” para tomar las mejores decisiones posibles.
  4. Supongamos que descubren un medicamento que produce una mayor activación de la corteza prefrontal medial y que, por tanto, nos vuelve menos xenófobos. Y supongamos también que pudiésemos, por ejemplo, introducir este medicamento en la composición de la Coca-cola, sin que nadie que la ingiriese notase nada extraño. Millones de personas se volverían menos xenófobas sin darse cuenta y, seguramente, habríamos conseguido un mundo mucho mejor ¿Sería ético hacer algo así?
  5. O pensemos en un criminal, un famoso líder del Ku Klux Klan quien, a pesar de ser encarcelado, no se arrepiente de sus crímenes ni renuncia a sus creencias ¿Sería ético administrarle tal medicamento? Estamos ante la siguiente dicotomía: ¿un mundo mejor rescindiendo “libre albedrío” o un mundo peor a base de respetar un concepto mítico?

En Bigthink Dennett muestra su preocupación acerca del mensaje que los neurocientíficos están mandando a la sociedad acerca del libre albedrío, a saber, que es una ilusión. Parece ser que las personas que saben que no son libres actúan de modo más irresponsable, o directamente peor en términos morales, que las personas que piensan que sus actos son fruto de su libre elección.

Para ilustrarnos sobre el tema nos expone un divertido experimento mental (o bomba de intuición como le gusta decir): un paciente aquejado de un trastorno obsesivo-compulsivo es tratado mediante la inserción de un chip en su cerebro. El neurocirujano le dice al enfermo que esa pequeña prótesis no solo vale para curar su trastorno, sino que, desde ese momento, van a controlar su conducta a través de ella. Le dice que a él le parecerá todo normal ya que tendrá la ilusión de que lo que hace, lo hace libremente, aunque la realidad será que todas sus acciones estarán estrictamente controladas (causadas) por el médico y su equipo.

Al paciente le dan el alta del hospital y se marcha a su casa a seguir llevando su vida, feliz por haberse curado de su trastorno. Sin embargo, a los pocos días comete un delito y es llevado ante un tribunal. Cuando le preguntan por sus fechorías, él responde que no es culpable de nada, ya que ha obrado sin libre albedrío, controlado por el equipo de la clínica de neurocirugía. El juez llama entonces al neurocirujano quien dice que todo fue una broma, que realmente nadie estaba controlando la conducta del presunto delincuente ¿Sería culpable el acusado? Diríamos que sí. Pero, ¿actúo irresponsablemente el neurocirujano? Seguramente que sí ¿Habría delinquido el acusado si hubiera sabido que la responsabilidad era totalmente suya? Es posible que no.

Dennett utiliza este relato para advertirnos acerca de las consecuencias de decir a todo el mundo que no es libre de lo que hace. Si pensamos que son otros los que controlan nuestra conducta y nos apetece apalear a nuestro jefe, ¿no lo haríamos sabiendo que, realmente, toda la responsabilidad es de otros, que nosotros, realmente, no lo hemos hecho? O dicho de otro modo, ¿no lo haremos sabiendo que, realmente, lo están haciendo otros y nosotros no estamos haciendo nada? Pensemos que mientras hacemos el mal podríamos pensar: ¡Qué malvado el neurocirujano! ¡Lo que hace con mi cuerpo!

Y es que podríamos llegar a argüir que, incluso aceptando que todo fuera una broma pesada del médico y nadie controlara sus acciones, ese individuo no obró con pleno libre albedrío porque… ¿tienes la misma responsabilidad de tus actos si crees que estás siendo controlado? ¿Eres responsable de hacer algo que tú mismo crees que no estás haciendo?

Veámoslo más claro en otro ejemplo. Supongamos que estamos contemplando con una videocámara como un criminal asesina brutalmente a nuestro jefe. Nosotros, solo como espectadores, nos lo pasamos pipa viendo hacer algo que desearíamos haber hecho desde hace mucho tiempo. Es más, el asesino mata a nuestro desdichado jefe exactamente de la misma forma que nosotros hubiésemos elegido, de tal modo que casi nos da la impresión de que nosotros vamos ordenando al asesino qué hacer a cada paso. Bien, pues a pesar de que nuestra conducta como sádicos espectadores no es éticamente muy reconfortante, nadie diría que somos culpables del asesinato pero… ¿qué diferencia hay entre este caso y el del obsesivo-compulsivo de Dennett? ¿Por qué diríamos que uno es culpable y el otro no?

Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.

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El stablishment de lo políticamente correcto tiene tres pilares: machismo, homofobia y racismo. Con independencia de toda tu carrera, de todos tus logros y servicios a la comunidad, si en algún momento dices algo que te haga sospechoso de ser machista, homófobo o racista, seras unánimemente condenado a linchamiento y escarnio público, además de perder tu puesto de trabajo. Así son las reglas: un tweet, un mal comentario con micrófono abierto, o un chiste estúpido contado donde haya cámaras o algún periodista atento y ya está, todo lo bueno que hayas hecho hasta el momento se va por el retrete.

Es el caso del septuagenario Premio Nobel Sir Tim Hunt. En una conferencia científica en Corea del Sur, en tono jocoso e irónico, dice una serie de sandeces acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en los laboratorios.  Sí, sandeces en un tono totalmente machista y que ni siquiera son graciosas. Automáticamente hay una explosión de críticas en las redes sociales (hasta con campaña de científicas “perturbadoramente sexys” incluida) . Poco después es expulsado fulminantemente de su cargo honorario en el University College of London (donde había trabajado casi veinte años). La Universidad, con un pánico atroz, sale corriendo a decir públicamente que fue la primera en aceptar mujeres en las mismas condiciones que a hombres. También lo cesan del Consejo Europeo de Investigación, con el que llevaba también años colaborando. En fin, la brillante carrera de un Premio Nobel al retrete. De nada ha valido que su mujer, la prestigiosa inmunóloga Mary Collins, que trabaja en la misma universidad, sea feminista y haya declarado que su marido no es machista, ya que si fuera así no estaría casada con él.

Entendemos que si tienes un cargo de responsabilidad pública has de ser prudente con lo que dices. Y que si eres un poco inteligente deberías saber de antemano lo que puede costarte un comentario machista. Tim Hunt ha pecado de una ingenuidad asombrosa. Pero, lo profundo del tema está en pensar sobre qué tipo de declaraciones pueden costarte tu carrera y el porqué de ellas. Un poderoso político puede negar, tranquilamente, el cambio climático (y actuar en consecuencia) sin que le pase absolutamente nada, con las terribles consecuencias para el mundo que pueden tener esas declaraciones. Sin embargo, a un Premio Nobel de setenta y dos años que  hace unas “gracietas” machistas, lo linchamos públicamente y lo echamos de su trabajo ¿Por qué? Porque al igual que existen lobbies empresariales, existen lobbies de lo políticamente correcto. Y este es el caso de determinado tipo de feminismo. Todos estamos de acuerdo en la desigualdad a todos los niveles que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer, lo cual hace que el machismo no sea un tema para tomarse demasiado a broma. Sin embargo, no hay que sacar las cosas de tiesto, y no hay que consentir  que el poder de una ideología, por muy buena causa que defienda, esté tan por encima de la ciencia. Echar a Tim Hunt de la comunidad científica nos ha privado de todas las aportaciones que este gran científico pudiese seguir haciendo a la ciencia (y, en consecuencia, a la humanidad). Además, estamos diciendo que realizar unos estúpidos comentarios machistas (no hacen falta ni si quiera pruebas de que realmente se es machista) está por encima de ganar un Premio Nobel (de toda una vida dedicada a la ciencia) y, lo que me parece aún más grave, que merece un castigo desproporcionado. Para mí, sinceramente, con un tirón de orejas (que la universidad le hubiera obligado a colaborar durante un tiempo con una fundación defensora de los derechos de la mujer, por ejemplo) y una disculpa pública seria, hubiera sido más que suficiente. Algo va mal en una sociedad que trata así a sus mejores hombres.

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1. Wade reconoce en muchas partes de su libro que aún no cuenta con demasiadas pruebas (sobre todo de las relaciones entre genética y comportamiento social). Escribir un libro sobre un tema polémico (más en Norteamérica) sin aportar suficientes pruebas es algo claramente oportunista. Wade ha apostado por una magnífica estrategia de marketing haciendo trampas y la jugada le ha salido bastante bien.

2, Pero, a pesar de la falta de pruebas, el libro defiende una tesis que parece de sentido común: la existencia de biodiversidad humana (téngase en cuenta que Wade solo acepta la existencia de razas como etiquetas útiles, como conceptos borrosos, ya que lo único que realmente existe son frecuencias alélicas). Parece muy raro que las diferencias raciales se redujeran exclusivamente a rasgos externos: color de piel, pelo, ojos, diferente altura y complexión, rasgos faciales… ¿Por qué las diferencias entre los diversos grupos humanos tenían que reducirse a lo observable a simple vista? Parece muy plausible que las diferencias sean también internas: comportamientos, habilidades y rasgos cognitivos. Wade, casi seguro, que tiene razón. Además, sus argumentaciones fluyen con gran coherencia y sensatez por todo el libro. Le faltan pruebas, pero le sobran razones. Los capítulos más polémicos, los famosos del 6 al 9, en donde Wade explica diferencias históricas, sociales y económicas en base a diferencias raciales son los más especulativos sí, y seguramente que contienen errores por ser muy arriesgados, pero no por ello deberían haber levantado tantas ampollas. Parece que todo intento de explicar hechos sociales en base a la biología y no a la cultura está prohibido.

3. Y es que lo políticamente correcto impedía que cualquier científico que no quisiera suicidarse académicamente guardara un estricto silencio en estos temas. El stablishment ordena que todas las razas son iguales (incluso que no existen. La raza se entiende como un artificio para justificar la supremacía blanca). Todos, independientemente de nuestro color de piel, tenemos los mismos derechos y obligaciones, tal y como proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cualquiera que niegue esto es un peligroso racista, digno de ser expulsado de cualquier universidad.

4. Hay un grave error en este planteamiento. La naturaleza nos ha hecho a todos diferentes de modo que no hay un ser humano igual a otro (menos los gemelos univitelinos). La naturaleza genera desigualdad, hace a unos más listos y fuertes que a otros. Nosotros, mediante nuestras legislaciones intentamos corregir esta desigualdad para evitar que el pez grande se coma al pequeño. Es decir, nuestras leyes dicen lo que debe ser, pero no lo que es. Somos diferentes y la ley nos iguala.

5. En el caso de que existan diferentes razas con capacidades cognitivas y conductuales diversas, no implica, para nada, que tengamos que esclavizar o exterminar a razas que, por ejemplo, tengan un promedio de cociente intelectual más bajo que la nuestra o que sean más propensas a la violencia. Por ejemplo, si se demostrara con claridad que la etnia judía tiene una media de cociente intelectual más alto que los demás grupos raciales, ¿eso legitimaría a los judíos para discriminar o usar la violencia contra los demás? No, de ninguna manera.

6. Es por eso que hay que diferenciar ciencia de ideología. Si permitimos que los cánones morales dominantes dicten lo que puede y no puede decirse científicamente, estaremos poniendo límites a la investigación y nos negaremos dogmáticamente a saber la verdad.

7. Lo mismo puede aplicarse a las diferencias de género. El feminismo, por regla general, ha adoptado la doctrina Queer, según la cual toda distinción entre hombres y mujeres es cultural. Simone de Beauvoir hizo célebre su máxima: “la mujer no nace, se hace”. No hay nada más falso: existen claras diferencias biológicas entre hombre y mujer que explican muchas de sus diferencias de comportamiento.

8. Le doy toda la razón a Wade en su defensa hacia la carta firmada por 139 genetistas en donde se “critica” su libro. La carta pretende ser un argumento de autoridad, no un documento científico en donde se expongan con claridad los errores que Wade hubiera podido cometer. En ciencia las cuestiones no se deciden por mayoría.

9. Una objeción más ecuánime podría ir en la línea de alertar acerca de que las afirmaciones de Wade, con independencia de su verdad o falsedad, pueden dar pie con mucha facilidad a justificar actitudes racistas. Pero es que si observamos cualquier descubrimiento científico o tecnológico de la historia de la humanidad, prácticamente todos pueden dar pie a usos perversos. Cualquier ingenio bélico en el que pensemos está repleto de avances científicos: electricidad, electrónica, informática, ingeniería, materiales… Por esa regla de tres, deberíamos haber puesto en entredicho los descubrimientos de Benjamin Franklin ya que con la electricidad se pueden fabricar alambradas electrificadas o se puede usar la electricidad como instrumento de tortura. De nuevo volvemos a repetirlo: una cosa es que existan diferentes razas, cada una con sus peculiaridades, y otra es la legitimación para discriminar o dañar de algún modo a miembros de otra raza. De lo primero no se puede saltar racionalmente a lo segundo. Suponiendo que la “raza” aria fuera superior a todas las demás, ello no otorgaba ningún derecho a los nazis para exterminar a los judíos.

10. Empero, entremos en algún punto aún más escabroso: es posible que existan razas con más propensión a la violencia que otras. Wade se apoya en un análisis genético basado en el número de promotores del gen MAO-A (un gen relacionado con la agresividad) que se da en las diferentes razas. Los estudios apuntan a que la presencia de dos promotores (tener dos te hace ser más violento que tres o cuatro) es más común en los afroamericanos que en otras razas. Si bien, esta conclusión hay que cogerla con pinzas, como bien subraya el mismo Wade, ya que hay más genes que influyen en la agresividad (como el HTR2B) y, evidentemente, el entorno social y cultural también influyen. Pero, por mor de la argumentación, vamos a aceptar que las poblaciones afroamericanas son más propensas a la violencia que otras. Esto provocaría una alerta social justificada y, quizá, llevaría a la estigmatización y a la exclusión social: los no-afroamericanos querríamos defendernos de su mayor beligerancia. Es posible pero, en cualquier caso, negar una conclusión científica no puede hacer más que empeorar las cosas. Vivir como si no pasara nada, como si los afroamericanos no fueran más violentos, no va a reducir el número de robos y asesinatos. Todo lo contrario: si ahora llegáramos a descubrir eso podríamos actuar en consecuencia, por ejemplo, reforzando las actividades educativas contra la violencia en escuelas públicas de poblaciones mayoritariamente afroamericanas.

Conclusión: menos ideología, menos corrección política, y más ciencia. Recomiendo encarecidamente leer el libro de Wade y concuerdo plenamente con su espíritu.

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En resumen, los animales vivían en completa libertad y estaban familiarizados con nuestra casa. Tendían siempre a venir hacia nosotros, no a escapar de nosotros. Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de su jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa – o el cuervo, el maki, el capuchino – quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que  – en especial a los cuervos – no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito con nuestro hijo.

Konrad Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Hay muchos tipos de cárceles que no tienen barrotes: un empleo, una relación sentimental o familiar, un proyecto, una promesa, una frontera, el miedo, el remordimiento, la inseguridad… en general, las contradicciones o los callejones sin salida. La relación del hombre con la naturaleza se ha entendido históricamente siguiendo este patrón carcelario: la naturaleza era algo hostil, peligroso, de lo que había que protegerse creando barreras. Una vez establecida una defensa sólida, se pasaba al ataque: mediante nuestra técnica había que controlarla, dominarla, ajustarla a nuestros deseos. Y esto nos llevó al callejón sin salida: una mala relación con lo natural que supone su destrucción sistemática y, a la postre, la nuestra también.

La solución pasa, como en casi todas las ocasiones, por el conocimiento. Cuando comencé a interesarme por la biología, mi impresión hacia seres que antes me parecían dañinos y repugnantes giró 180 grados. Ahora, si en un trozo de pan sale algo de moho, corro a sacar el microscopio para ver que ocurre allí. Cualquier insecto, cualquier mala hierba, me parecen sumamente interesantes. De la curiosidad y del saber surge el respeto, y del respeto surge el amor. Elevada a la enésima potencia, ésta es la vida de Konrad Lorenz : su inmensa curiosidad por la naturaleza iba pareja a su sin par amor hacia ella. Por eso su casa era el ejemplo, por excelencia, de convivencia entre hombre y animal, porque para amar algo hay que comprenderlo. De hecho, gran parte de los males que se han cometido a lo largo de la historia tienen entre sus causas un desconocimiento o una mala comprensión de lo que es el otro. Si sientes indiferencia (y, en cuanto a tal, muestras desconocimiento) por los organismos vivos, no te dolerá demasiado su exterminio en pro de otros fines que sí te interesan.

Comprendemos que, en una primera fase, la humanidad en un estadio de desarrollo técnico primitivo, entendiera la naturaleza como algo hostil. No hay duda de que un tigre dientes de sable quiere comerme y que poco amor puedo mostrar yo al encontrarme con uno, especialmente si está hambriento, en medio de la sabana. Pero en el nivel técnico actual, cuando rara vez hay especie animal que pueda resultar peligrosa, la actitud ante lo natural ha de cambiar. Hemos dominado y controlado el mundo, es algo para estar muy orgullosos como género humano. Pero una vez aquí hay que cambiar los términos.  Y cambiar los términos pasa por cambiar la posición de las alambradas: el que ha sabido protegerse ha de pasar a proteger. Y para que nos interese proteger hay que comprender, respetar y, a fortiori, amar.

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Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al individuo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos los son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvido y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y ciénagas, las guerras le trajeron a Italia, desde los márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Sur y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imaginarlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaría compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania. Dorctulft abandona a los suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido:

Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,

Hanc patriam reputans esse, Ravenna, suam. 

Muchísimas cosas que decir en este tan rico como precioso escrito de Borges (Historia del guerrero y de la cautiva en El Aleph):

1. Cuando hacemos historia solo podemos limitarnos a analizar personajes genéricos, estereotipos más o menos precisos de una época, categorías más o menas estrechas… El sujeto individual nos está siempre vetado, ergo la historia es, en último término, imposible. Resignémonos a una buena aproximación.

2. Dorctulft era “leal a su capitán y a su tribu, no al universo”. Así es, las ideas de “humanidad”, “cosmopolistismo” o “moral universal” son muy modernas en ambos sentidos de la palabra: llegan tarde en la historia (siempre en culturas muy avanzadas) y se desarrollan plenamente en la modernidad. Los bárbaros siempre son nacionalistas.

3. Cuando observa Ravena ve “un conjunto que es múltiple sin desorden”. Criado en ciénagas y selvas, y poblados caóticos de cabañas y penumbra, jamás ha visto algo tan complejo y ordenado como una ciudad romana. Algo radicalmente sorprendente para sus bárbaros ojos: orden, geometría, arcos, rectas, realidad matematizada… ¡Qué extravagancia!

4. “Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquinaría compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal.”  A Dorctulft Ravena no le parece bella. Nunca le han educado para apreciar tal tipo de belleza. Ravena le parece extraña, complicada, incomprensible, inconmensurable… obra de unos dioses que no son los suyos. Estamos en el momento de 2001: Odisea del espacio, cuando los simios encuentran el monolito o, cuando Kris Kelvin llega a la estación del Solaris de Lem.

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5. “Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania”. Y Dorctulft sale de su barbarie, rompe con su tribalismo y reconoce el valor de lo universal. La cultura romana es superior a la suya, es mejor, y merece defenderse si es preciso con la vida. No hay una absoluta inconmensurabilidad entre la barbarie y la civilización, puede darse el salto.

6. ¿Y qué es sino la educación sino eso: pasar progresivamente de la barbarie a la civilización, de lo particular a lo universal? Un alumno de primero de la ESO observará como inconmensurable, al igual que Dorctulft, una integral, la química órganica o el mito de la caverna. Sin embargo, poco a poco, instruyéndose, llegará a asimilar esas ideas, a entenderlas y tratarlas como suyas y, confiemos en Dorctulft, a defenderlas si es preciso, como el germano defendió Ravena.