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Desde los albores de la lingüística, el modelo que se utilizaba para explicar el significado de las palabras (la semántica), era la teoría referencialista del lenguaje. Básicamente sostenía que las palabras significaban algo en la medida que existía un referente en la realidad. Así, la palabra “manzana” significaba si cuando hablábamos de ella nos estábamos refiriendo a una manzana del mundo real. De aquí, además surge la teoría de la verdad como correspondencia: La frase “la nieve es blanca” es verdadera si y solo si la nieve es blanca (tal y como desarrolló Alfred Tarski en 1933 y 1944). Estábamos ante una nueva reformulación del realismo clásico representando fundamentalmente por Aristóteles: mediante el lenguaje podemos hablar de la realidad y habría tantas formas lingüísticas de hablar de la realidad como categorías tenga la realidad. Así, si tuviésemos una descripción del mundo que asignara cada palabra a su referente, tendríamos una teoría completa y perfecta del mundo…

Pero los problemas comienzan. En primer lugar, cuando hablamos de seres imaginarios como, por ejemplo, unicornios, ¿dónde está la referencia real? No pasa nada. Nuestra imaginación crea nuevos mundos (habitualmente combinando elementos del mundo real: caballo + cuerno = unicornio). Sencillamente, las referencias se encuentran en ese mundo mental (verdaderamente, no era tan sencillo… ¿qué tipo de existencia tienen los objetos imaginarios? ¿Qué es y dónde está ese mundo mental?). Después había palabras sincategoremáticas como por, para, en, y, entonces… que no tienen ningún referente ni real ni imaginario ¿qué significan entonces? No pasa nada. Son solo palabras auxiliares que cobran significado cuando se combinan con otras que sí lo tienen. Por ejemplo, si digo “Tengo un regalo para ti”, “regalo” y “ti (tú)” tienen plena referencia y “para” la gana al designar la dirección hacia la que va el regalo (de mí hacia ti).

Vale, pero aquí viene un problema gordo: las palabras no solo refieren a un único referente, sino que pueden cambiarlo en función del contexto. Si yo digo “Fuego”, la referencia no tendrá nada que ver si estoy señalando con mi mano un cigarrillo en mi boca,  a si estoy asomándome por la ventana de un edificio en llamas. Esto, que parece trivial, y casi estúpido, representa una ruptura brutal con la teoría referencialista del significado: no existe un lenguaje universal para hablar de toda la realidad, no existe un único modelo lingüístico del mundo, sino que habrá tantos lenguajes como contextos en los que nos encontremos. De hecho, cada comunidad lingüística utilizará unos significados diferentes que no solo se reducirán a nombrar cada objeto con una palabra distinta, sino a diferencias mucho más profundas. Vamos a ver un ejemplo precioso sacado del libro de Jim Jubak La máquina pensante (muy, muy recomendable), en un capítulo que dedica a las ideas del lingüista George Lakoff:

Por ejemplo, el dyirbal, una lengua aborigen de Australia, que Lakoff expone en su libro de 1987 Women, Fire and Dangerous Things, utiliza tan solo cuatro clases para todas las cosas. Cuando un hablante del dyirbal utiliza un nombre, éste debe ir precedido de una de entre las cuatro palabras siguientes: bayi, balan, balam o bala. Robert Dixon, un lingüista antropólogo, registró cuidadosamente los miembros de cada clase del dyirbal. Bayi incluía a hombres, canguros, zarigüeyas, murciélagos, la mayoría de serpientes, la mayoría de peces, algunos pájaros, la mayoría de insectos, la luna, las tormentas, los arco iris, los bumeranes y algunos tipos de lanzas. Balan incluía a las mujeres, las ratas marsupiales, los perros, los ornitorrincos, los equidnas, algunas serpientes, algunos peces, la mayoría de los pájaros, las luciérnagas, los escorpiones, los grillos, el gusano plumado, cualquier cosa relacionada con el agua o el fuego, el sol y las estrellas, los escudos, algunos tipos de lanzas y algunos árboles. Balam incluía todos los frutos comestibles y las plantas que los producen, los tubérculos, los helechos, la miel, los cigarrillos, el vino y los pasteles. Bala incluía partes del cuerpo, la carne, las abejas, el viento, los ñames, algunos tipos de lanzas, la mayoría de los árboles, la hierba, el barro, las piedras, los ruidos y el lenguaje.

Dixon no creía que, simplemente, las clases se agruparan aleatoriamente y que, para aprender a usarlas, había que aprenderse de memoria cada uno de sus miembros. Estudiándolas más profundamente llegó a ciertas directrices de categorización: Bayi estaba compuesto por hombres y animales (lo masculino); balan por mujeres, agua, fuego y lucha; balam  tiene evidente relación con la comida; y bala parecía contener todo lo demás. Pero lo importante es que existían criterios experienciales para categorizar: por ejemplo, los peces eran bayi, por lo que todo lo relacionado con la pesca (lanzas, redes o cualquier aparejo de pesca) era también bayi. De la misma forma, los mitos y las leyendas  también influían en las clasificaciones. Los pájaros, siendo animales, deberían ser bayi, pero eran balan ¿Por qué? Porque según la mitología de los aborígenes australianos del noreste de Queensland, los pájaros son los espíritus de las mujeres muertas. Por el contrario, tres especies de pájaros cantores son hombres míticos, por lo que pasan a la categoría de bayi.

El contexto, las prácticas, costumbres, creencias, etc. de una determinada comunidad lingüística, fijarán (y no para siempre) los significados de un lenguaje. Wittgenstein sostenía que los lenguajes están irreversiblemente ligados a formas de vida.  A mí me gusta decir que tienen historia: cada acontecimiento histórico (no en el sentido político, sino en tanto en que influye significativamente en la vida de los hablantes) creará nuevas narraciones que podrán modificar los significados.

Pero, es más, el lenguaje puede llegar modificar nuestras capacidades cognitivas. En 2006, Diana Deutsch y sus colaboradores realizaron experimentos con hablantes de chino mandarín. El chino mandarín es una lengua tonal, es decir, una lengua en el que las variaciones del tono en que se pronuncian las expresiones cambian mucho su significado. Por ejemplo, la palabra “ma” puede significar palabras tan dispares como “caballo”, “madre”, “cáñamo” o “regañar” solo cambiando la duración o intensidad del tono. Deustch hizo un estudio comparativo entre estudiantes de conservatorio chinos (que hablaban mandarín) y norteamericanos (tondos angloparlantes de nacimiento) para comprobar cuándo conseguían desarrollar lo que se conoce como oído absoluto: capacidad de identificar notas aisladas (capacidad muy compleja incluso para los músicos profesionales. Todos podemos identificar notas en el contexto de una canción, al compararlas con otras, pero, por ejemplo, escuchar un fa aislado y reconocerlo como tal es muy difícil). Los datos fueron muy concluyentes: por ejemplo, de entre los estudiantes que habían empezado el conservatorio entre los 4 a 5 años de edad, tenían oído absoluto el 60% de los chinos, frente a solo un 14% de los estadounidenses. Hablar una lengua tonal favorece el desarrollo de oído absoluto, o dicho de un modo más general, según el lenguaje que hables desarrollaras más o menos ciertas habilidades cognitivas.

Sin embargo, esto no tiene que llevarnos a lo que, lamentablemente, la postmodernidad hace continuamente: dirigirnos a un relativismo radical (basándose en la hipótesis de Sapir y Whorf), afirmando que la realidad es una construcción lingüística, y como hay muchos lenguajes diferentes, habrá tantas realidades como lenguajes… ¡ufffff! Y es que prescindir de la realidad siempre es harto peligroso (es lo que tanto les gusta hacer a nuestros ilustres políticos). Vamos a ver unos ejemplos, de lo que se han llamado tipos naturales, es decir, de formas de significar que no obedecen a ningún tipo de construcción lingüística.

En sus experimentos [los de Brent Berlin y Paul Kay] mostraban 144 trozos de material pintado a hablantes de lenguas diferentes. Cuando les pedían a los sujetos que señalaran las partes del espectro que nombraba su lengua, las respuestas parecían arbitrarias. Pero cuando se les pedía que señalarán el mejor ejemplo de, pongamos “grue” [green + blue] (el nombre de una combinación de azul y verde), todos identificaban el mismo azul central y no el turquesa. Independientemente de los términos que utilizara una lengua para los colores, todos los seres humanos parecían estar de acuerdo en qué colores eran más azules, más verdes o más rojos.

Eleanor Rosch conoció los resultados de Berlin y Kay cuando estaba en pleno apogeo de su propio estudio sobre el dani, una lengua de Nueva Guinea en la que solo había dos términos para colores: mili para colores oscuros y fríos (incluyendo el negro, el verde y el azul), y mola para colores claros y cálidos (incluyendo el blanco, el rojo y el amarillo). Se trataba de una sociedad que planteaba un increíble desafío a los resultados de Berlin y Kay ¿Podría Rosch duplicar aquellos resultados con nativos de una lengua tan radicalmente pobre?

Reproducir la prueba de Berlin y Kay no fue difícil. Al enfrentar a los hablantes del dani con los 144 trozos coloreados y pedirles que escogieran el mejor ejemplo de mola, eligieron colores focales, bien el rojo central, el blanco ventral o el amarillo central. Ninguno eligió una mezcla de los tres.

Es más, Rosch fue más allá y realizó un nuevo experimento. Enseñó a un grupo de danis los nombres de ocho colores centrales (elegidos aleatoriamente) y a otro, otros ocho colores no centrales. Con total claridad, el grupo que aprendió los colores centrales lo hizo más rápidamente y recordaba mejor los nombres. Los resultados son evidentes: no todo es una construcción lingüística ya que hay una realidad preexistente que conocemos antes de, ni siquiera, saber o poder nombrarla. Y, por tanto, la construcción de un lenguaje no es algo totalmente convencional o arbitrario, sino que la realidad (o nuestra estructura o forma cognitiva de conocerla) interviene decisivamente.

Como vemos, la semántica es un tema mucho más complejo de lo que a priori podría imaginarse. En la comprensión de un lenguaje influyen aspectos de, prácticamente, todas las esferas de ámbito humano: la realidad, la situación contextual, las costumbres y las creencias, las prácticas sociales, las experiencias vitales, la biología de nuestros sistemas perceptivos, cognitivos e, incluso, de nuestros aparatos fonadores… todos influyen de diversas maneras en que comprendamos el significado de cualquier expresión de un lenguaje.

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Definir consiste en delimitar, en predicar una serie de descripciones de un objeto que lo hagan diferente de cualquier otro. Por ejemplo, la RAE define silla como un “Asiento con respaldo, por lo general con cuatro patas, y en que solo cabe una persona”. Lo que se busca con cualquier definición es que, cuando nos encontremos con el objeto en cuestión, sepamos identificarlo al diferenciarlo de todo lo demás. Así, la RAE pretende distinguir una silla de un sofá o de una mesa. Sin embargo, el problema de toda definición estriba en sus fronteras: ¿hay objetos que no serían sillas y que entrarían dentro de nuestra definición? La definición dice que en una silla solo cabe una persona pero, ¿una persona obesa que no cabe en nuestra silla del salón nos impediría seguir refiriéndonos a ella como silla? O quizá en ella caben dos o más bebés… ¿cuál es la medida exacta de una silla para que en ella solo quepa una persona teniendo en cuenta que las personas varían de tamaño?  O, contando con otra variable, ¿dónde estaría el límite que diferenciaría una silla de un sillón? La RAE define sillón como  “Silla de brazos, mayor y más cómoda que la ordinaria”, pero todos sabemos que existen sillas muy cómodas y sillones bastante incómodos, o sillas bastante grandes y sillones pequeños… de nuevo, ¿dónde está el límite que nos permitiera una definición que delimite eficazmente?

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¿Una silla en miniatura seguiría siendo una silla sin que en ella pueda sentarse ningún individuo?

En general, definir es bastante complejo ya que siempre encontraremos esos casos fronterizos, esos objetos que no encajan bien ni dentro ni fuera de nuestra definición. Es lo que pasa con conceptos tan importantes como el de educación (¿todo aprendizaje es educación?), inteligencia (¿es inteligencia la habilidad deportiva o la capacidad de empatía?) o, del que nos vamos a ocupar, el de vida en el sentido biológico. El biólogo Radu Popa hizo un largo estudio publicado en 2004 en el que recogió más de un centenar de definiciones diferentes de vida por parte de multitud de autores interesados en la cuestión. Debería parecernos muy chocante que en una disciplina científica no exista un acuerdo claro entre, al menos, el objeto de su campo de estudio, pero así pasa también en muchas otras (pregunten a un matemático que defina matemáticas o a un físico que defina qué es el universo). Pues, bien, además, de toda ésta amplia variedad de definiciones de vida, ninguna sirve para acotar con absoluta claridad el mundo de lo vivo. Según nos cuenta Antonio Diéguez en su magistral La vida bajo escrutinio, la mayorá de las definiciones tienen en común dos condiciones mínimas esenciales:

1. La capacidad de autorreplicación.

2. La evolución abierta.

El problema es que con solo estas dos clausulas se nos cuelan dentro de la definición un montón de entidades que los biólogos no aceptarían como vivas (moléculas de ADN o ARN sueltas, virus informáticos y cualquier programa de vida artificial…) y dejamos fuera otras entidades tradicionalmente vivas (los híbridos estériles, ciertos insectos sociales que no dejan descendencia o quizá ciertos seres vivos en las fases iniciales de la vida, que no tenían un claro sistema de autorreplicación que permitiera una evolución propiamente darwiniana). La solución consiste en ir añadiendo y perfilando más condiciones: está la famosa definición de vida de Maturana y Varela (apoyada también por Margulis), que hace referencia a la capacidad autopoietica de los seres vivos (capacidad de reconstruirse a sí mismos para mantenerse como una estructura estable); o el desequilibrio termodinámico de Scrhödinger y las estructuras disipativas de Prigogine: un ser vivo será aquel organismo que siempre se encuentra en desequilibrio termoquímico diminuyendo localmente la entropía (estas definiciones insistirían en la idea de metabolismo: intercambiar materia y energía con el entorno). Otros han denunciado que este tipo de definiciones son demasiado formalistas y que no tienen en cuenta el sustrato material de la vida, quizá requisito indispensable para que se de ésta: la química del carbono. Sin embargo, estas posturas “materalistas” caen en lo que se ha llamado “chauvinismo del carbono”, al negar a priori la posibilidad de seres vivos con otro tipo de química diferente (como la del silicio).

El caso es que a pesar de todos estos loables intentos, todavía no tenemos ninguna definición absolutamente válida que marque un criterio de demarcación infranqueable. Antonio Diéguez nos propone la definición hecha por K. Ruiz-Mirazo, J. Peretó y A. Moreno como una de las más elegantes. Un ser vivo ha de cumplir las siguientes claúsulas:

1. Un límite activo semipermeable (membrana).

2. Un aparato de transducción / conversión de energía.

3. Dos tipos al menos de componentes macromoleculares interdependientes, uno capaz de catalizar los procesos de autoconstrucción y otro capaz de almacenar y transmitir la información necesaria para desempeñar estos procesos.

Como vemos, en ella quedan resumidos elementos formales, materiales y autoorganizativos de un modo sencillo. No obstante, estoy seguro, que con un tiempo de reflexión y de búsqueda, podríamos encontrar algún contraejemplo o fisura en la definición. Además, yo le criticaría que las condiciones parecen aisladas. Una definición elegante no debería ser solo una yuxtaposición de propiedades.

Pero, y este es el tema central de esta entrada en el blog, creo que carecer de tan precisa definición no tiene demasiada importancia o, al menos, no tanta como para desesperar y concluir que el asunto es un imposible, o para defender, como muchos han sonstenido, que la biología no tiene nada que decir al respecto (¡la biología no define la vida biológica!). Y es que, como dijimos antes, gran parte de los conceptos importantes para muchas ciencias tampoco tienen una definición absolutamente precisa sin que esto tenga graves consecuencias. Pusimos el ejemplo del concepto de educación. No sabemos con precisión de cirujano qué es educar, pero esto no quita para que en los centros de enseñanza se eduque o para que los padres eduquen a sus hijos. Del mismo modo, con respecto a la vida, no tener la definición superprecisa no implica que los biólogos no puedan hacer su trabajo con total normalidad ni, con respecto a lo que debería ser la utilidad de toda definición, identificar con claridad un objeto. Con las definiciones actuales podemos identificar a la inmensa mayoría de los seres vivos y solo tenemos problemas en determinados casos fronterizos. Por ejemplo, suele citarse el caso de los virus como ejemplo paradigmático. Muchos de ellos son solo una cápsula de proteinas en la que flotan fragmentos de ARN. Un virus puede estar una infinidad de tiempo sin hacer absolutamente nada y, cuando lo hace, siempre necesita un hospedador para que haga todo por él. Así, no metaboliza ni tiene herramientas de replicación propias… ni siquiera trabaja para mantener su estructura autopoietica de forma autónoma. ¿Es, entonces, un ser vivo? No podríamos decirlo, pero eso no implica que no podamos estudiarlo ni que podamos ver que tiene estrechas relaciones con lo vivo. Los virus no suponen problema alguno a la investigación científica por el hecho de no poder catalogarlos bien.

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Otro ejemplo: la propiedad “ser alto” es imposible de delimitar. Podemos, sin duda alguna, afirmar que un hombre que mide 1,97 metros es alto y que un hombre que mide 1,54 no lo es. Sin embargo, si ponderamos que la media de altura del hombre occidental está en 1,75 metros, ¿un hombre de uno 1,749 no será alto mientras que uno de 1,751 sí? Suele decirse que el conjunto de todos los hombres altos es un conjunto borroso, un conjunto que tiene límites en donde hay elementos que no se sabe si entran o no en dicho conjunto. Con el conjunto de todos los seres vivos pasa exactamente lo mismo, pero esto no implica para nada que tener un conjunto así no sea algo válido y útil. Al igual que podemos identificar a los altos que miden 1,97 metros, podemos identificar a los seres plenamente vivos.

No poder definir con precisión no debe ser nunca un obstáculo que paralice la investigación, porque la única finalidad que una definición debería tener es la de ser operativa, funcional, es decir, que permita seguir investigando. Una definición no debería pretender ser más que eso: una etiqueta funcional. Yo estoy completamente seguro que, conforme avance la biología, encontraremos nuevas cualidades de lo vivo que podrán servir de nuevas claúsulas restrictivas que vayan precisando cada vez más nuestra definición. Y, precisamente, descubrir esas nuevas cláusulas será lo valioso, porque cada una de ellas constituirá una nueva perspectiva antes ignorada. Cuando Schrodingër publicó su obra ¿Qué es la vida? intorodujo la física en la biología con su definición de vida como desequilibrio termoquímico. Es una definición muy incompleta, pero eso no quita ni un ápice a lo valioso de su aportación, la cual fue una total revolución en este campo de estudio.

Parece ser muy común en todos los hombres de genio, pasar por épocas de sequía intelectual, épocas aterradoras en las que se piensa que uno ha perdido su don más preciado, su capacidad de crear grandes obras. Evidentemente, si un genio pierde su genio, no le queda nada. Es por ello que esas rachas de esterilidad son especialmente temidas y, cada genio, ha intentado sortearlas de los mas diversos modos, recurriendo a incluso a soluciones impropias de hombres dotados de tal genio (quizá porque, precisamente en esos momentos, no eran genios). Wittgenstein no era una excepción, tal y como nos cuenta Ray Monk a partir del diario de David Pinsent:

Wittgenstein dio en pensar que lo que necesitaba no era diversión, sino mayores poderes de concentración. A este fin estaba dispuesto a probarlo todo, incluso la hipnosis, y se hizo mesmerizar por un tal doctor Rogers. “La idea es ésta”, escribe Pinsent en su diario: “es verdad, creo que las personas son capaces de un esfuerzo muscular extraordinario cuanto están en trance hipnótico: ¿entonces por qué no también un esfuerzo mental extraordinario?”

De modo que cuando esté en trance, Rogers le hará ciertas preguntas acerca de puntos de lógica que Wittgenstein todavía no tiene claros (ciertas dudas que todavía no ha conseguido aclarar), y Witt espera ser capaz de verlas claramente. ¡Parece tan descabellado! Witt ha ido dos veces a que lo hipnotizaran, pero solo al final de la segunda entrevista Rogers consiguió dormirlo; cuando lo hizo, sin embargo, lo hizo tan profundamente que tardó media hora en volver a despertarlo completamente. Witt dice que estuvo consciente todo el tiempo – podía oír hablar a Rogers -, pero absolutamente sin voluntad ni fuerza: no podía comprender lo que le decían, no podía hacer ningún esfuerzo muscular, se sentía exactamente como si estuviera anestesiado. Estuvo amodorrado durante una hora después de dejar a Rogers. En conjunto es un asunto maravilloso.

Como no podía ser de otra manera, la hipnosis no fue muy útil al austriaco, quizá nada más que para ahondar en la desesperación ante su vacío mental (que, afortunadamente, fue solo temporal). Y es que la hipnosis no ha demostrado tener utilidad alguna, bordeando siempre ser una práctica pseudocientífica. Ya el mismo Freud, abandonó esta técnica dudando de sus propiedades terapéuticas (y mira que el psicoanálisis, en general, tampoco ha demostrado curar demasiado a nadie). No obstante, como concluye Pinsent, en conjunto, un asunto maravilloso.

ARTE CANINO

En su famoso ensayo El anillo del rey Salomón, Konrad Lorenz distingue entre tres niveles de lenguaje.  Por un lado está el lenguaje simbólico, propio de los humanos, que se distingue por su versatilidad, riqueza y complejidad.

Animales como la mayoría de las aves tienen un lenguaje que, únicamente, se limita a las interjecciones. Emiten sonidos que expresan determinados estados de ánimo sin ningún tipo de intencionalidad consciente de influir en la conducta de otros. Cuando perciben la llegada de un enemigo, emiten un determinado sonido que, al ser oído por otros miembros de su misma especie, les incita a a la huida. El fin evolutivo es evidente, pero el pájaro no lo hace con esa intención, pues sabemos que emite ese mismo sonido incluso si está solo, sin ningún congénere cerca que pueda escucharlo. El ave tiene la emisión de esos sonidos marcada de modo innato en su ADN. No puede no emitirlos. Nosotros mantenemos aún algunas conductas similares aunque ya muy reducidas. Por ejemplo, cuando sentimos dolor y gritamos lo hacemos mecánicamente, aunque nadie pudiese escucharnos.

Después están animales sociales como los perros. No tienen un lenguaje simbólico como el nuestro pero son capaces de comunicarse intencionadamente. ¿Cómo conseguirías comunicarte si no pudieras hablar ni entender lo que los demás te dicen? Siendo un especialista en gestos, en detectar toda información no lingüística que seas capaz de captar en tu interlocutor. Lorenz nos cuenta multitud de ejemplos en los que perros muestran habilidades casi “telepáticas” a la hora de interpretar los estados de ánimo de su dueño. Seguramente, los perros son muy sensibles al más mínimo gesto que delate nuestro estado emocional. Según Lorenz, esta habilidad de los canes es  muy superior a la de los humanos. Los perros son más intuitivos y más empáticos que nosotros.

Así, mi perra pastor “Tito”, tatarabuela del perro que hoy tengo, conocía exactamente, y por medios que podemos calificar de “telepáticos”, si la presencia de una persona me atacaba los nervios. Cuando ocurría ésto, nada podía evitar que le mordiera por detrás, con suavidad, pero con decisión. Era especialmente peligrosa para las personas ancianas y de autoridad, que en sus discusiones conmigo adoptaban la clásica actitud de “por lo demás, tú eres muy joven”: si un extraño se expresaba de este modo, pronto dirigía la mano, asustado, hacia el lugar donde había percibido puntualmente el castigo de “Tito”. No me pude explicar nunca cómo se producía esta reacción, manifiesta incluso cuando la perra estaba bajo la mesa y, por tanto, no podía ver las caras ni los gestos de los interlocutores. ¿Cómo sabía, pues, quién era el que me hacía la contra?

Lo interesante del planteamiento de Lorenz es que en los seres humanos, cuando llegó el lenguaje simbólico, al ser mucho más eficaz en términos de polivalencia y riqueza comunicativa, nuestra facultad de detección de  intenciones y emociones ajenas fue utilizándose menos, perdió su función evolutiva y, a la postre, se atrofió. Y esto es una muestra más del funcionamiento de la evolución natural. A todos nos parecería maravilloso tener la capacidad empática del perro. Sería una cualidad muy útil para desenvolvernos socialmente (de hecho, las personas que, a nivel humano, la tienen alta, son sujetos con grandes habilidades sociales). ¿Por qué no unir nuestra capacidad lingüística con esa intuición empática que ya tuvimos en nuestra época de mamíferos primitivos? Porque la evolución no funciona así, no produce seres más perfectos, sino seres más eficientes en términos adaptativos. Quizá mantener ambas facultades a la par era muy costoso, viendo que simplemente con el lenguaje simbólico nos iba bastante bien. Como ya mostramos aquí, la evolución ha dejado en el camino estupendas adaptaciones, sencillamente, porque no eran útiles en un determinado contexto.

Otra idea interesante que puede sacarse de aquí, es investigar la correlación que pueda existir entre competencia lingüística y capacidad empática (ignoro si se ha hecho ya). Podría darse el caso en que individuos con mucha habilidad para detectar estados de ánimo ajenos tuvieran una menor habilidad para el lenguaje y viceversa. Es posible que la plasticidad cerebral supliera unas facultades con otras siguiendo este patrón.

Y una última idea, quizá la más importante, consiste en que, viendo el uso que los animales han dado a sus diversas formas de lenguaje, la función esencial para la que fue diseñado sea, sencillamente, influir en la conducta de los otros. Otras funciones (descriptiva, argumentativa, poética, fática, etc.) podrían, solo ser, epifenómenos o efectos colaterales de la primera. También podrían ser distintos modos de, en el fondo, conseguir influir en la conducta del otro.

Quiero hacer una gran fiesta en mi casa y para ello cuento con la inestimable ayuda de mi robot doméstico DOMOT 9000. Necesito que mi fiesta acabe por ser una especie de gran orgía, por lo que cuando le mando a DOMOT que haga la lista de invitados, le incluyo el requisito de que invite únicamente a mis amigos que sean solteros. Entonces recurre a su base de datos y manda invitaciones a mis amigos solteros de la siguiente manera:

Arturo ha vivido feliz con Alicia durante los últimos cinco años. Tienen una hija de dos años llamada Mónica y nunca se han casado ni por lo civil ni por la Iglesia. Enviar invitación a Arturo, a Alicia y a Mónica.

Wilson es un inmigrante colombiano sin papeles que decidió casarse con mi amiga Bárbara para librarse de ser deportado. De todas formas, nunca han vivido juntos. Han tenido numerosas parejas y proyectan anular su matrimonio tan pronto como encuentre a alguien con quien quieran casarse. NO enviar invitación a Wilson ni a Bárbara.

Rebeca es mi entrañable vecina, una mujer de noventa y cinco años que nunca ha conocido varón y vive junto con seis gatos. Enviar invitación a Rebeca.

Julia y Luis son hermanos y tienen quince años, viven en casa de sus padres y cursan segundo de la ESO. Enviar invitación a Julia y a Luis.

David tiene diecisiete años. Se marchó de casa a los trece, y abrió un pequeño negocio. En la actualidad es un empresario de éxito que vive como un playboy en su dúplex. Enviar invitación a David.

Lorena una ferviente católica profesora de religión. Ha decidido llegar virgen al matrimonio y es muy firme siguiendo sus convicciones y compromisos religiosos. Enviar invitación a Lorena.

Marta y Elisa son una pareja de homosexuales que viven juntas desde hace muchos años. Enviar invitación a Marta y a Elisa.

Andrea es una joven de veinticinco años sin pareja muy atractiva y muy promiscua. La conozco de sólo hace unos días y me cae muy bien. No podría decir que es mi amiga aunque si la conociera más estoy seguro de que acabaríamos por ser grandes amigos. NO enviar invitación a Andrea.

A Faisal, la ley de su país natal, Abu Dabi, le concede la posibilidad de tener tres esposas. En la actualidad tiene dos y está interesado en conocer a otra potencial consorte. NO enviar invitación a Faisal.

Jaime y Lucía son actores porno. Llevan casados desde los veinte años y llevan una relación de lo más liberal, estando abiertos a relacionarse sexualmente con mucha más gente. NO enviar invitación a Jaime y a Lucía.

El padre Matías es sacerdote de la Iglesia católica. Enviar invitación al padre Matías.

Eva aún no ha nacido. Es un embrión de trece días. ¿Envíar invitación a Eva? ERROR, ERROR… Entonces DOMOT 9000 se queda colgado.

(Lista basada en una elaborada por Terry Winograd)

En fin, confiando en mi robot, me pongo mis mejores galas y espero a que vengan mis invitados con la esperanza de celebrar la fiesta sexual más salvaje de los últimos tiempos. Para mi desagradable sorpresa me encuentro con una pareja con una hija, una anciana, tres menores de edad, una  mojigata profesora de religión, dos lesbianas muy enamoradas y un cura. Por contra, mis amigos más promiscuos no han sido invitados: Wilson, Bárbara, Andrea, Faisal, Jaime y Lucía. Tras unas aburridísimas dos horas y después de intentar, sin éxito, ligarme a la catequista (la cual terminó por darme un bofetón), la gente se fue de mi casa con cara de pocos amigos. ¡Jamás volveré a confiar en DOMOT 9000!

¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué el robot siguió tan mal mis instrucciones? Es que nuestro robot seguía de modo literal una teoría referencialista del lenguaje. En ella cada concepto se refiere a una extensión de objetos que comparten una característica común, ignorando cualquier otro elemento. La palabra “soltero” tiene de extensión todos aquellos individuos no casados  por la Iglesia o por lo civil, de modo que menores de edad, ancianos, curas, etc. entrarían dentro de su dominio. Su error a la hora de organizar la fiesta es una prueba de que la teoría referencialista del lenguaje defendida por los autores del Círculo de Viena siguiendo el Tractatus de Wittgenstein no se adecua perfectamente a lo que realmente es el lenguaje. Para comunicarnos lingüísticamente entran en juego un montón de elementos que van más allá de las meras definiciones (muchos de ellos incluso extralingüísticos: gestos, entonaciones, conocimiento de intenciones, etc.). En este caso entra lo que podemos denominar genéricamente como contexto o, dicho de otro modo, lo que llamaríamos sentido común. A DOMOT 9000 le faltaba información previa, a saber, que además de amigos solteros, yo necesitaba que estuvieran sexualmente disponibles. Le faltaba algo que al ser humano más estúpido no le falta: leer un poquito entre líneas.

Es por esto que la filosofía analítica acabó dando un giro hacia teorías pragmatistas del lenguaje, es decir, teorías que tuvieran en cuenta todos los factores que la praxis del lenguaje ordinario sí tenía en cuenta. Del mismo modo, desde las ciencias de la computación, se construyeron sistemas basados en conocimiento o sensibles al contexto intentando, todavía con poco éxito, emular algo paradójicamente tan complejo como el sentido común humano.

HAL, quiero que seas capaz de reconocer las letras del vocabulario mediante tus sensores visuales. Empecemos por la “a”. Voy a darte un patrón para que reconozcas los diferentes tipos de aes que puedas encontrarte.

De acuerdo Dave. Introduce el patrón.

Su forma se asemeja a un triángulo.

ERROR. La “a” minúscula suele ser redondeada.

Tiene un hueco aproximadamente en el centro.

ERROR. Por ejemplo, en la imagen de arriba, la tercera y la cuarta “a” de la última fila no tienen huecos en el centro. O la última de todas, que es un hueco toda ella, siendo el relleno su fondo.

Una línea horizontal cruza otras dos líneas aproximadamente verticales.

ERROR. La “a” minúscula no tiene línea horizontal. Igualmente, hay un montón de ejemplos de aes sin línea horizontal en la imagen.

¿Cómo es posible? ¿Cómo puede ser que ya desde niños seamos capaces de identificar todo el abecedario sin dificultad alguna, pero que reconocer simplemente la letra “a” sea uno de los  grandes desafíos de la inteligencia artificial? La respuesta es que estamos muy acostumbrados a pensar con ideas claras y distintas tal como nos enseñó Descartes. Queremos un patrón único que defina límpiamente la letra “a”, de modo que el computador la identifique de un modo fácil y 100% seguro.  Queremos algo así como la esencia de la “a”. Pedimos demasiado. Seguramente la forma en la que el ser humano identifica letras es mucho menos precisa, más desordenada y funciona por vagas aproximaciones  y tentativas. ¿Por qué en vez de utilizar una única condición y lógica bivalente, utilizamos más condiciones y en diferentes proporciones? ¿Qué tal si probáramos algo así?:

HAL, sigue estos patrones:

Si su forma se asemeja a un triángulo suma un 60% de probabilidades de estar ante una “a”, si no resta 30%

Si tiene un hueco aproximadamente en el centro suma un 20% de probabilidades, si no resta 40%

Si tiene una línea horizontal curzando otras dos líneas aproximadamente verticales suma otro 50%, si no resta 30%

Si tiene un rabillo al final suma un 30% si no resta un 5%

Incluso podemos intruducir datos contextuales:

Si está entre dos consonantes hay un 90% de que sea vocal.

Si es vocal habrá un 20% de que sea una “a”.

HAL se equivocaría muchas veces (con toda certeza que muchas, ya que los percentiles los he puesto más o menos a bote pronto), pero podríamos ir refinando las condiciones en función de sus aciertos. Sabemos que el cerebro procesa mucha cantidad de información en paralelo y, seguramente, que mucha de esa información será parcial y contradictoria, de modo que, al final, las decisiones sean probabilísticas y, muchas veces, equívocas. ¿No es así como actuamos nosotros en nuestra vida cotidiana? Ya sabemos que nuestro cerebro es un kludge. Pues en esta línea apuntan las investigaciones en visión artificial de las últimas décadas, y quizá sea la forma de afrontar muchos otros problemas dentro de la AI. Señores, si queremos imitar al hombre no hay que construir máquinas perfectas, sino chapuzas que, de modo casi inexplicable, funcionen muy bien.

 

 

Ex contradictione quodlibet (de una contradicción se sigue cualquier cosa) es una regla derivada de lógica de enunciados cuya sencillez es más que trivial pero cuyas consecuencias no dejan de parecer extrañas para nuestro sentido común.  Su fórmula es esta:

AΛ¬A→B

Si en un discurso nos encontramos con una contradicción, de ella podemos derivar lo que nos plazca, cualquier cosa. En el siguiente pasaje el filósofo medieval Duns Scoto nos fundamenta este principio:

La consecuencia “Sócrates corre y Sócrates no corre; luego, tú estás en Roma” es formalmente correcta. De la conjunción “Sócrates corre y Sócrates no corre” se sigue en consecuencia formal tanto el enunciado “Sócrates corre” como el enunciado “Sócrates no corre”. Del enunciado “Sócrates corre” se sigue de nuevo en consecuencia formal la disyunción “Sócrates corre o tú estás en Roma”. De esta disyunción y de la negación del primero de sus miembros se infiere “Tú estás en Roma”.

Dun Scoto, Quaestiones super Anal, Pr, II, 3.

Lo que Duns Scoto hace es una demostración muy sencilla:

-1.AΛ¬A                                   Sócrates corre y Sócrates no corre

2. A                       Aplicamos la regla de la simplificación o eliminación de la conjunción en 1. Sócrates corre

3. AVB                 Aplicamos la regla de la adición o introducción de la disyunción en 2. Sócrates corre o tú estás en Roma

4. ¬A                   De nuevo simplificación en 1. Sócrates no corre

5. B                      Aplicamos la regla  silogismo disyuntivo en 3 y 4 y ya está. Tú estás en Roma.

Parece extraño: Si Sócrates corre y no corre, tú estás en Roma o existen duendes verdes o Dios es uno y trino. Si lo pensamos bien y aplicamos este principio a todo nuestro discurso científico, en seguida se nos pone la carne de gallina. Si no queremos que de cualquier proposición científica se deriven todos los disparates imaginables, nuestro discurso ha de estar libre de cualquier tipo de contradicción, pues con que sólo exista una, de ella podrá derivarse absolutamente todo. La necesidad de coherencia se hace aquí más patente que nunca…

1. ¿Ha estado alguna vez el conocimiento científico absolutamente libre de contradicciones?

2. Situaciones como la dualidad onda-corpúsculo, el principio de incertidumbre, el efecto túnel o la superposición, entre tantos otros efectos cuánticos… ¿no estarían rayando la contradicción?

Insisto, con que exista una, una sola contradicción que se derive de cualquier tesis científica, todo nuestro conocimiento se va al garete mientras Feyerabend vuelve a enarbolar su célebre “En ciencia todo vale”. No me extraña que a la regla Ex contradictione quodlibet también se la llame principio de explosión.

Leyendo un simpático post de Jesús Zamora acerca de la verdad me vino a la cabeza la popular teoría de la verdad como redundancia. Es una forma ingeniosa de desembarazarse de conceptos que, debido a su carga metafísica, traen dolores de cabeza al reflexionar sobre ellos. Tal era el caso del concepto de verdad. Cuando nos preguntamos ¿qué es la verdad?, automáticamente nos entra vértigo y tenemos que exprimir nuestra sesera para ofrecer alguna respuesta concluyente. Los positivistas lógicos de primera mitad de siglo, intentaron solucionar el asunto disolviéndolo, es decir, constatando que ,en el fondo, lo que pasaba es que el concepto de verdad es un pseudoconcepto, una palabra sin sentido que sólo traía pseudoproblemas. Si queremos tener un conocimiento sólido de la realidad hay que eliminar estas absurdas fuentes de sofismas, por lo que, en su pretencioso proyecto de construir lenguajes lógicamente perfectos, entraba eliminar por completo cualquier palabra que oliera a metafísica.

La primera formulación de la teoría de la verdad como redundancia se encuentra formulada en Ramsey si bien Frege o Wittgenstein ya habían hecho mención de ella. En sus Investigaciones filosóficas Wittgenstein sostiene que decir que “es verdad que p” equivale a decir que “p”, del mismo modo que decir que “es falso que p” equivale a decir que “┐p”; por lo tanto decir “es verdad que p” es una redundancia que no añade nada nuevo a lo dicho en “que p”. Según Ramsey las teorías que afirman que la verdad es una propiedad o una relación de las palabras, de los objetos, o del resultado de relacionarlas, son erróneas. Las afirmaciones “es verdad que” o “es cierto que” no añaden nada nuevo a lo que diría la misma oración sin incluirlas. De este modo no hay verdades ni falsedades, ni siquiera hechos o casos. Ramsey disuelve en un momento todo discurso metafísico acerca de la verdad y, si forzamos un poquito, hasta de la misma realidad. Esto sí que es usar la navaja de Ockham.

Sin embargo, existe un problema: no siempre afirmamos la verdad de algo sin conocer la proposición en cuestión (p), adscribiéndonos ciegamente a su verdad. Sería el ejemplo de decir “Todo lo que el Papa dice es verdadero”. Ramsey, consciente del problema se lanza a su solución:

La proposición “Todo lo que el Papa dice es verdadero” se transcribe a lenguaje lógico así:

(1) Para todo a, R, b, si el Papa asevera aRb, entonces aRb

Si admitimos la cuantificación de segundo orden sobre la proposición, se podría transcribir a:

(2) Vp (Si el Papa dice que p, entonces p)

Podríamos decir entonces lo mismo sin recurrir a “es verdadero” por lo que afirmar la verdad o falsedad en este tipo de proposiciones seguiría siendo redundante.

PD: Ramsey, además de un genio, era un ateo militante, pero tenía graves problemas de riñón que lo llevaron a la tumba con tan sólo veintiséis años. Dios tiene muy mala leche con los ateos. Crucemos los dedos.

 

Habla el creador de la lógica moderna:

“Se puede reconocer que hay judíos muy honorables, y sin embargo considerar como una desgracia que existan judíos en Alemania, y que estos tengan los mismos derechos políticos que los alemanes de origen ario. De todos modos, no basta el deseo de que los judíos pierdan sus derechos políticos en Alemania, o mejor aún, que desaparezcan de Alemania. Si se quisieran promulgar parágrafos que solucionasen esta lamentable situación, habría que empezar por plantearse la pregunta: ¿Cómo distinguir con seguridad a los judíos de los no judíos?”

Es curioso como una mente tan endiabladamente genial para algunas cosas, se vuelve terriblemente obtusa para otras. Sería de esperar que un hombre como Frege, aunque no fuera revolucionario en todas las facetas del saber (cosa imposible), tuviera una visión de la realidad política algo distinta de los tópicos del vulgo  más reaccionario de su época. No es el caso.

¿Entre el hombre y los simios hay sólo una diferencia de grado o hay un salto cualitativo? El darwinismo acepta de mala gana cualquier salto y se deleita en su autocomplacencia cuando ve procesos graduales, mientras que desde otras instancias se llenan de júbilo cuando existen saltos ya que eso mostraría de algún modo las carencias del naturalismo y la venida de lo sobrenatural puede entrar de nuevo en el juego.

Si comparamos lo que hace cualquier animal con lo que hace un ser humano encontramos una obvia diferencia cualitativa. Ningún primate pintaría la Capilla Sixtina ni escribiría el Quijote ni enunciaría la Teoría de la Relatividad. Por mucho que estudiemos sus facultades mentales comprobamos que sus habilidades lingüísticas o matemáticas son muy básicas y conseguimos algunos logros tras un largo y arduo entrenamiento que no se da en ningún modo en su entorno natural. El sobrenaturalismo parece, a simple vista, que se anota el tanto. A simple vista…

En primer lugar, esta discusión tiene el problema de la ambigüedad de los términos cuantitativo (preferido por los darwinistas) y cualitativo (preferido por los otros). Si el humano resuelve ecuaciones diferenciales y el primate apenas sabe sumar, vemos una diferencia cualitativa. Para resolver ecuaciones hacen falta procesos mentales muy diferentes a los necesarios para simplemente sumar. Ya está, hay un salto, lo sobrenatural es la única explicación tangible, ¡Aleluya, alabado sea Dios!

No. El argumento no es válido porque, aparte que la distinción cuantitativo/cualitativo es confusa (ambos utilizan unidades discretas), cambios cuantitativos ocasionan cambios cualitativos. Pongamos  un  ejemplo tonto. Tengo una piedra que pesa un miligramo. La tiro contra una ventana de cristal y rebota sin romper nada. Cojo una piedra de cinco miligramos y repito la operación. El cristal no se rompe. Voy subiendo y subiendo el peso del proyectil hasta que tengo una piedra que pesa cinco gramos con la que, al final, consigo romper el cristal. La rotura del cristal (un cambio cualitativo de su estado) se ha conseguido a partir de una serie de cambios cuantitativos (subir progresivamente el peso). Así pasa constantemente en la naturaleza. Pequeños cambios graduales, ese cincel que es la selección natural, acaban por provocar cambios cualitativos. Las patas de los dinosaurios que valían para caminar, a base de pequeños cambios (o no tan pequeños, nos da igual), acabaron por, en un momento dado, servir para volar. La naturaleza está llena de enormes saltos cualitativos no siendo el hombre el salto, científicamente hablando, más difícil de explicar. La confusa distinción cualitativo / cuantitativo lleva a ocasionar un pseudoproblema.

Apliquemos esto al origen del lenguaje. Existe una enorme diferencia entre el lenguaje humano y el de los animales. En su entorno, no hemos encontrado a día de hoy, nada que se asemeje de modo significativo al lenguaje humano. Es más, algunos etólogos piensan que lo que hay que explicar no es que los simios tengan lenguaje, sino más bien por qué no lo tienen. Pero es que esto sería la problemática en el debate estrictamente científico (en el que se da por presupuesta la evolución por selección natural). Por el contrario, si nos vamos a la cuestión de si el lenguaje tiene un origen natural, fruto de un proceso evolutivo como el de cualquier otra facultad o disposición que encontramos en los animales, las pruebas son apabullantes.

La tabla de la imagen está sacada de Hablar y pensar, tareas culturales de Honorio M. Velasco, catedrático de antropología social. En ella vemos un estudio comparativo entre los lenguajes de distintas especies de primates, la genial bonobo Kanzi y el ser humano. Como vemos, existen una gran cantidad de características que compartimos con los diferentes lenguajes primate (las cuales son menos evidentes con otras especies, como cabría esperar). Sin embargo, vemos como en los primates no se da la producción de lenguaje nuevo y  tienen unas enormes dificultades para llegar a desplazamientos totales (hablar de algo que se encuentra lejano en el espacio y en el tiempo). ¿Esto hace el salto entre el lenguaje primate y el humano insalvable? No, este hecho nos lleva a pensar que durante esos seis millones de años en los que nuestro clado se diferenció y los homínidos seguimos nuestro camino y ellos (los póngidos) se fueron por otro, nuestros extintos parientes acabaron por ir desarrollando estas cualidades lingüísticas hasta llegar a las nuestras. Pruebas que nos llevan a suponer esto vienen de diversas fuentes:

1. De la morfología del cerebro y del tracto vocal: nuestro cerebro y el de los primates apenas difiere morfológicamente. No es cierto, como se pensaba, que el humano se distinguiera por el desarrollo excepcional del lóbulo prefrontal y de las áreas de asociación. En el cerebro humano no parecen existir estructuras nuevas, la diferencia parece estar únicamente en el tamaño del cerebro y en la complejidad neuronal (neuronas más grandes con más interconexiones). Haciendo un recorrido por la capacidad craneana de nuestros ancestros más cercanos (ya homínidos) vemos en cualquier manual de bachillerato, un progresivo aumento (en el que se ve un gradualismo muy claro) de la capacidad craneana. Los estudios de Phillip Tobias en moldes de cráneos de Homo Habilis, mostraron un gran desarrollo de las áreas de Broca y de Wernicke, relacionadas profundamente con la comprensión y ejecución del lenguaje. ¿Pudo ser el habilis el primer homínido que tenía un lenguaje muy parecido al nuestro? Vaya, Dios habría elegido a otra especie diferente a la nuestra para poner sus “semillas sobrenaturales”. Realmente, es una lástima el hecho de que seamos el único homínido no extinto. Si aún existiera el Neanderthal la disputa estaría más que zanjada. No somos la especie elegida, en el mejor de los casos, seríamos la familia o el orden taxonómico elegido (Dios no hubiera elegido al hombre como la cumbre de la creación sino a todo un conjunto de muchas especies).

2. Del tamaño de los grupos sociales y del comportamiento social: según han mostrado Dunbar y Aiello, existe una clarísima correlación en los homínidos entre el tamaño del neocortex y el tamaño del grupo. Por ejemplo, mientras que el Afarensis, con una capacidad craneana de 500 cm cúbicos se movía en grupos de unos setenta individuos, el Erectus con 850 vivía en grupos de unos 100 y el Neanderthal con 1500 vivía en grupos de 150 individuos. Igualmente, las investigaciones de Dario Maestripieri con macacos muestran una conducta social de un parecido sorprendente con la humana. La complejidad social y el desarrollo del lenguaje tuvieron que ir de la mano.

3. De la herramentación: tanto los primates como las diferentes especies de homínidos utilizaban herramientas. En los Habilis encontramos elaboración de herramientas de una impresionante precisión técnica (que se irán perfeccionando gradualmente), además de herramientas de segundo grado (herramientas para hacer herramientas) y herramientas almacenadas para futuros usos. Estos hallazgos implican necesariamente habilidades cognitivas tan humanas como la planificación a largo plazo (para la que necesitamos intenciones, valoraciones, representaciones mentales, memoria, control del tiempo…). Si tenemos representaciones, estamos en el mundo de lo simbólico. La conexión con el lenguaje es más que patente.

¿Alguien duda del origen natural del lenguaje? Ni Kanzi lo haría.