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Vamos a hacer un poquito de ejercicio. Mis conocimientos en las ciencias del deporte son más bien precarios, así que decido bajarme una aplicación a mi móvil que me proponga un plan de entrenamiento efectivo. Si la aplicación es de calidad, en ella estarán concretados los mejores conocimientos acerca de cuál es el mejor plan para una persona de mis características y, por tanto, será eficaz. Entonces yo confío en la aplicación y la pongo al mando, es decir, dejo que ella decida por mí qué es lo que tengo que hacer. En ese momento estoy dejando que un algoritmo gobierne una parcela de mi vida ¿Estoy haciendo algo malo? No, precisamente porque ese algoritmo es mejor gobernando esa parcela de mi vida que yo mismo. Es totalmente razonable confiar en esa máquina si, realmente, queremos adelgazar.

Damos un paso más. Hoy es día de elecciones y como buen ciudadano voy a ir a votar. Desde siempre he votado al PSOE. Mi abuelo luchó en la guerra civil en el bando republicano e inculcó sus ideas políticas a mi padre, quien luego me las inculcó a mí. Soy socialista por tradición. Sin embargo, cuando voy a votar me encuentro con un viejo amigo comunista. Hablamos un rato, precisamente sobre política, y me hace pensar. Al final, por primera vez en mi vida, voto a Podemos. Pero después, mientras voy caminando de vuelta a casa, comienzo a sentirme mal. Me arrepiento de mi voto y pienso que he traicionado a mi familia por una conversación de última hora. Quisiera cambiar mi voto pero ya es demasiado tarde: yace en el fondo de la urna.

Rebobinamos. Supongamos otra vez la situación anterior pero introducimos un nuevo elemento: Cortana 2045, mi asistente virtual de última generación, cortesía de Microsoft. A partir de todos mis datos de internet y de acompañarme continuamente en todo mi quehacer cotidiano, sabe perfectamente mis preferencias políticas y también sabe lo voluble que puedo ser a la hora de tomar una decisión, sobre todo, a última hora. Ella sabe mejor que yo a quién quiero realmente votar y no va a dejarse llevar por sesgos ni cambios repentinos de opinión. Entonces, lo razonable sería dejar que Cortana votara por mí ¿Dejaremos entonces una decisión supuestamente tan importante como el voto a un conjunto de algoritmos automatizado?

¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales sepan tomar nuestras decisiones mejor que nosotros mismos? Tendremos dos opciones: o preferimos seguir sintiéndonos libres y decidimos por nosotros mismos, o dejamos que las máquinas lo hagan y perdemos el mando. El problema estará en que los que pierdan el mando vencerán, ya que tomarán mejores decisiones que los libres, por lo que parece que por simple y pura lógica, cada vez más gente dejará la toma de decisiones a sus consejeros digitales.

Y pensemos las repercusiones de algo así: como apuntábamos en la entrada anterior, la base política, social y económica de nuestra sociedad es el liberalismo, y el liberalismo presupone como condición de posibilidad la existencia de un agente libre que vota, consume y delinque en virtud de susodicha libertad ¿Qué pasará cuándo esas decisiones las tomen máquinas? Podríamos llegar a un original pronóstico: el fin del liberalismo no será, desde luego, el marxismo ni sus diversas variantes, sino una tecnología: la IA.

Pero, y ésta creo que es la gran pregunta del futuro próximo: ¿Aceptará el arrogante ser humano la pérdida del protagonismo en la historia? ¿Aceptará pasar a un segundo plano? ¿Aceptará ser irrelevante?

 

Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.

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El caso de Ramanujan es milagroso. A parte de sobrevivir a la viruela, de no morir a los pocos meses de edad como su hermano, y de criarse en el sistema educativo indio de finales del siglo XIX, es decir, de ser prácticamente autodidacta, pudo realizar grandísimas aportaciones a las matemáticas. Eso sí, la tuberculosis lo mató a los 32 años de edad ¿Quién sabe qué hubiera llegado a descubrir con una vida sana y longeva? ¿Cuántos genios de este tipo se han perdido a lo largo de la historia de la humanidad?

Hemos trabajado siempre con un concepto de inteligencia individual. La inteligencia, sea una o sean muchas, siempre es algo propio de un solo individuo. Cuando alguien nos hablaba de inteligencia global o colectiva ya miramos con recelo, pensando en que pronto vendrá un “espíritu universal”, una “consciencia colectiva” o la, tanta veces mencionada, superinteligencia que emergerá de Internet. Cambiemos el chip.

Definimos inteligencia de un modo muy simple: capacidad de resolver problemas. Un individuo, organismo, máquina, sociedad, época, nación (en definitiva, un sistema), será más inteligente que otra si es capaz de resolver un mayor número de problemas, si lo hace en menos tiempo, o si los que resuelve son más complejos. Con esta definición ampliamos la inteligencia de lo individual a lo colectivo sin tener que hablar de una “mente” o “alma” colectiva. Hacerlo así nos puede servir como un parámetro de medida muy ilustrativo para elaborar estrategias políticas de amplio calado.

Empecemos hoy a nivel puramente cuantitativo: una sociedad con más individuos con un promedio de inteligencia similar, tiene más inteligencia colectiva que otra con menos. Otros factores como la capacidad de coordinación, sincronización o comunicación serían también fundamentales, pero ahora los pasaremos por alto (Pensemos que una sociedad con 1.000 individuos en la que cada uno va por su lado y no se comunica con los otros tendría la misma inteligencia colectiva que una sociedad formada por un solo individuo). Según ciertas estimaciones en el Paleolítico Inferior vivían en el planeta unos 125.000 seres humanos. Si en tiempos del Imperio Romano llegamos a los 150 millones, la población se había multiplicado por mil, por lo que su inteligencia colectiva sería tres órdenes de magnitud mayor. Si nos vamos a la actualidad, con unos 7.000 millones de habitantes, nuestra población es 52.000 veces la del Paleolítico y 47 veces la del Imperio Romano. A nivel, meramente cualitativo, para un hombre prehistórico que contemplara una de nuestras urbes todo sería radicalmente incomprensible, una verdadera singularidad.

Otro cálculo. Estimemos que la posibilidad de que surja un genio universal de la talla de Aristóteles o Newton es de una por cada diez millones de habitantes. Supongamos también que la presencia de estos hombres extraordinarios representa un gran pico en la gráfica de la progresión de la inteligencia, por lo que, igualmente, su mera presencia es un indicador del grado de inteligencia colectiva de una sociedad. Entonces en la actualidad puede haber unos setecientos genios entre nosotros mientras que en largas épocas del Paleolítico es posible que no viviera ninguno. Dos ideas:

  1. Esto advierte sobre la importancia de detectar y aprovechar la llegada de estos talentos. En nuestro sistema educativo no hay prácticamente nada al respecto y, en la actualidad (y casi desde siempre) nuestros mejores cerebros se van al extranjero. La pérdida de capital humano pasará factura. No sé cuánto hace falta para entender lo que se ha dicho tantas veces: no es que los países ricos inviertan en ciencia, es que, precisamente, son ricos porque invierten en ciencia.
  2. Uno de los problemas de salud pública más graves que sufre Tercer Mundo es la carencia de yodo (unos mil millones de personas afectadas a lo largo de unos ochenta países). Los suelos de estos países apenas tienen este mineral debido al arrastre de las últimas glaciaciones, por lo que agua, vegetales y animales (toda la cadena trófica) sufre la carencia. Esta falta produce cretinismo (aparte de bocio y enanismo), que conlleva, entre sus lamentables síntomas, una pérdida de entre diez y quince puntos de CI. La merma de inteligencia colectiva es brutal, cuando la fácil solución está en la barata sal común. Existen ya muchos programas para combatir el problema con bastante éxito, pero es muy triste que se haya tardado tanto y que todavía no se haya erradicado por completo.
  3. De los 7.000 millones de seres humanos, unos 1.300 son indios y otros casi 1.400 son chinos. Es decir, más de un tercio de la población mundial vive en esos dos países.  Si a India y China le sumamos África con más de 1.100 millones, ya tenemos más de la mitad de los habitantes del mundo. Europa (780 millones), Estados Unidos (320), Japón (127), suman 1.227 millones, menos de un 20% de la población total. Si suponemos que solo estos últimos países podrían sacar partido a los genios que en ellos nacieran, si tenemos setecientos genios, solo un 20% de ellos podría tener acceso a una educación (o, sencillamente, a tener una esperanza de vida razonable), es decir, solo ciento cuarenta… ¡Estamos perdiendo al 80% de los genios que nacen en la Tierra!
  4. Y estamos hablando de la actualidad, cuando el rápido ascenso de China e India terminará por dar oportunidades al talento, pero si nos vamos al pasado, cuando ni el Primer Mundo podía garantizar el aprovechamiento de la inteligencia… la pérdida sería mucho más acusada. Pensemos en que para que un alto intelecto pudiera hacer grandes aportaciones a la humanidad tenían que darse una serie de difíciles casualidades: sobrevivir hasta la edad adulta, recibir una educación (a falta de sistemas públicos, tener la inmensa suerte de nacer en una familia acomodada), o vivir en una cultura que premiara la innovación o, al menos, que no castigara las nuevas ideas (difícil, teniendo en cuenta que gran parte de las culturas han sido fuertemente tradicionales). Revisando nuestra historia no cabe duda de que hemos sido tremendamente ineficientes aprovechando nuestra inteligencia.

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¿Qué pasaría si encontráramos nuestro cerebro en una cubeta, conectado a un computador programado para hacer creer a dicho cerebro de que vive en el mundo real?

Descanse en paz, uno de los grandes de la segunda mitad del XX.

PD: absolutamente lamentable el nulo eco mediático en el mundo hispanoparlante de la noticia de su muerte el pasado 13 de marzo.

Hay una expresión que creo que viene del coaching deportivo (o no sé si de la psicología) y que me parece bastante ilustrativa: zona de confort. En cualquier actividad que realices en tu vida, esa zona es en la que te siente cómodo, la que dominas, en la que sabes perfectamente lo que tienes que hacer y lo haces bien. Los seres humanos, animales comodones donde los haya (eso de no perder el tiempo, de no vaguear y de hacer siempre cosas productivas es un invento de los protestantes. El homo sapiens es naturalmente perezoso), vivimos muy bien en esa zona. Sin embargo, todos los coachs valoran a los jugadores a los que les gusta salir del confort y meterse en problemas, en lugares en donde uno está de todo menos a gusto. La razón es evidente: salir de la zona de confort es la única forma de crecer, de aprender. Si solo haces lo que sabes hacer nunca harás nada nuevo y, a fortiori, jamás aprenderás. En el mundo del pensamiento, de la filosofía, es lo mismo.

Leemos a los de siempre, a los que escriben lo que queremos leer. Creamos muros de prejuicios a base de repetir siempre lo mismo, de pensar continuamente lo mismo, es decir, de no pensar. Repetimos los mantras que escuchamos en la caverna mediática de los nuestros. Construimos castillos de argumentos en torno a ideas preconcebidas, protegiendo esos dogmas que, bajo ningún concepto, pueden derrumbarse. Y aunque llegaran a derrumbarse, no importa, seguiríamos sosteniéndolos, porque forman parte de nosotros mismos. En términos de Ortega, estaríamos hablando no de ideas sino de creencias, de verdades vitales que forman parte de nosotros tanto como nuestro nombre o nuestra casa. Por eso nos cuesta tanto abandonarlas, por eso nos ofende tanto cuando las cuestionan.

Leo constantemente en saludables blogs escépticos la distinción entre cosas que merecen respeto y que no. Se suele afirmar que las personas sí que merecen respecto pero las creencias no. Si tú eres racista, puedo respetarte como ser humano pero no respetaré tus malvadas creencias. Está bien, pero solo como ideal. Es completamente normal que cualquier persona se ofenda si le dices que sus afirmaciones son una estupidez, sencillamente porque las ideas de una persona, si se ha habituado a ellas o las defiende desde hace tiempo, son parte de su identidad, de su más íntimo ser. Criticar sus ideas es criticarle a él mismo. Cuando afirmamos que el cristianismo es una rotunda estafa y comprobamos como los creyentes se enfadan, no solemos caer en la cuenta en que lo que realmente les estamos diciendo es que su modo de vida, lo que hacen, dicen y piensan todos los días, es una rotunda estafa. En el fondo estamos diciendo que ellos mismos son una estafa o, como mínimo, les estamos diciendo que son tan estúpidos como para haber estado engañados toda su vida. A nadie le gusta que le tomen por idiota. Es totalmente razonable que se sientan ofendidos. Igualmente, si le decimos a un físico que la teoría en la que lleva trabajando veinte años es una total estupidez, creo que se molestará.

Cambiar de ideas cuando alguien nos da fuertes razones para pensar que son erróneas es una forma radical de salir de nuestra zona de confort. Por eso nos cuesta tantísimo, pero debemos intentar hacerlo o, como mínimo, tenerlo como un ideal utópico al que tender. Y es que eso es precisamente la filosofía, el ideal utópico de estar siempre dispuesto a abandonar la seguridad de tu confort para situarte en la incomodidad de la frontera. El auténtico pensamiento consiste en violentar el mismo pensamiento, en quedarse perplejo sin respuesta alguna, en encontrarse en callejones sin salida, en laberintos sin la ayuda de ningún hilo de Ariadna. La filosofía consiste en estar siempre en los límites: en los de la ciencia, en los del conocimiento, en los de la razón, en los del abismo o en los de la cordura… Y no hay nada tan antinatural para el siempre comodón, orgulloso y susceptible ser humano.

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El filósofo alemán Gottfried Leibniz es, probablemente, una de las personas más inteligentes que haya dado la especie humana. Fue quizá el “último genio universal” pues hizo aportaciones a, prácticamente, todas las materias que toco, y no fueron pocas: filosofía, matemáticas, geología, medicina, psicología, ciencias de la computación… Pero, paradójicamente, no encontramos una correlación directa entre sobredotación intelectual y éxito en la vida (menos aún entre inteligencia e integridad moral). Leibniz no fue para nada un fracasado y consiguió éxitos bastante notables (absolutamente sobresalientes en lo que se refiere al campo intelectual), pero aquí vamos a narrar uno de sus más notorios fracasos: su proyecto minero en las montañas Harz.

Leibniz prometió a su nuevo protector, el duque Ernesto Augusto de Hanover (su antiguo mecenas, el duque Johann Friedrich terminaba de fallecer), que su proyecto de construcción de molinos para la extracción de plata en las minas de Harz (Sajonia) le podría generar, sin casi costes, unos beneficios de 400.000 táleros adicionales. El duque aceptó su propuesta y mando al filósofo inventor a las montañas.

En 1683 el proyecto llevaba ya dos años de retraso y un déficit del 800 por cien. Leibniz había planteado unas estructuras auxiliares para la construcción de los molinos cuyo coste era tan alto como para poner en duda la rentabilidad de la inversión global. Por otro lado, gran parte del plan del molino de viento ya había sido proyectado por un ingeniero anterior. Leibniz no tuvo demasiados escrúpulos en venderlo como totalmente suyo. Era normal que los obreros comenzaran a dudar de la honestidad de Leibniz y se quejaran. Alegaban que este “filósofo-consultor” no parecía saber demasiado del negocio de la extracción minera, que planteaba fantasmagorías matemáticas de imposible traducción en la práctica y que, además, miraba demasiado por su interés económico. No entendían cómo cobraba un salario tan grande por lo que realmente hacía.

En 1684 las máquinas ya estaban construidas y había que comprobar si funcionaban. Resultó que no hacia viento. Las montañas de Harz no tenían nada que ver con las tierras bajas de Holanda, donde tan bien funcionan los molinos. Es absolutamente increíble como el co-inventor del cálculo infinitesimal y fundador de la Academia de Ciencias de Berlín no cayera en la cuenta de algo tan sumamente básico para su proyecto: para que un molino funcione hace falta viento.  Vale, no pasa nada, el filósofo se puso a diseñar un nuevo tipo de molino con unas aspas diferentes, una serie de planos verticales que girarían como una especie de tiovivo. Parece ser que funcionaban algo mejor que los anteriores pero el hecho era inapelable: no hacía viento.

A estas alturas los trabajadores que, prácticamente, querían asesinar a Leibniz, le propusieron una prueba: demostrar que los nuevos molinos funcionaban mejor que las bombas de agua que utilizaban anteriormente. Leibniz escribió un alegato de más de veinte páginas en donde sostenía que en su contrato no se especificaba que sus molinos tuvieran que ser más eficientes que las bombas, solo decía que debían extraer agua, y así lo hacían. El texto era jurídicamente intachable.

En 1685 el duque comprendió al fin lo ruinoso de la empresa y ordenó su cese inmediato. Por supuesto, Leibniz no podía pensar en retirarse y pasó un año más trabajando en las montañas, ideando nuevos inventos para los mineros. Propuso, por ejemplo, una cadena circular de contenedores ingeniada para elevar pesos desde los pozos usando rocas de la superficie. Pero hacía ya tiempo que las relaciones con los trabajadores estaban rotas y nadie le hacía caso. Cuando hablaban con él le daban la razón, para seguir trabajando con total normalidad al día siguiente. En 1686 Leibniz volvió a Hanover sin haber ganado ni un mísero tálero para el Ducado y habiendo malgastado miles.

Este desafortunado suceso podría interpretarse desde la perspectiva  de unos obreros que no supieron entender las avanzadas ideas de un genio como Leibniz. Podríamos adornar la historia, contándola como la del típico hombre que se adelantó a un tiempo que no lo comprendió y que se revolvió contra él, dibujando a Leibniz como a un héroe del estilo de Galileo o Darwin. Nada más lejos de la realidad. Leibniz hizo el imbécil en las minas de Harz y no hay más que hablar. Muchas de sus ideas eran o rocambolescas entelequias sin la más remota posibilidad de que funcionaran en la práctica, o cuya construcción y funcionamiento costaría mucho más dinero que lo que ahorraría, o, simple y llanamente, no existían medios técnicos en el siglo XVII para construirlas. Leibniz no tenía ninguna experiencia ni como ingeniero ni como minero, además de que, seguramente, su forma de ser, egocéntrica y altiva, no le permitió liderar eficazmente la gran empresa que traía entre manos, sobre todo en lo referente a su relación con los trabajadores.

Y es que la tónica parece ser la siguiente: la mayoría de las personas que han triunfado rotundamente en la vida eran muy inteligentes. Sin embargo, cuando se supera cierto límite de inteligencia, llegando a la abrumadora sobredotación intelectual que poseía Leibniz por ejemplo, el éxito parece romper la correlación. Si uno mira la historia de los grandes líderes políticos o de los grandes empresarios, parece ser que son personas muy listas, pero no son genios. Un intelecto elevado te permite adaptarte muy bien a tu entorno. Sin embargo, un cociente intelectual excesivamente alto quizá produce disfunciones adaptativas de diferente tipo que impiden que alguien se desenvuelva especialmente bien ante determinadas circunstancias. Así que no os preocupéis por no ser genios, seguramente tenéis más probabilidad de triunfar en la vida que ellos.

He sacado la historieta del libro El hereje y el cortesano de Matthew Stewart, una obra preciosa.

 

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El stablishment de lo políticamente correcto tiene tres pilares: machismo, homofobia y racismo. Con independencia de toda tu carrera, de todos tus logros y servicios a la comunidad, si en algún momento dices algo que te haga sospechoso de ser machista, homófobo o racista, seras unánimemente condenado a linchamiento y escarnio público, además de perder tu puesto de trabajo. Así son las reglas: un tweet, un mal comentario con micrófono abierto, o un chiste estúpido contado donde haya cámaras o algún periodista atento y ya está, todo lo bueno que hayas hecho hasta el momento se va por el retrete.

Es el caso del septuagenario Premio Nobel Sir Tim Hunt. En una conferencia científica en Corea del Sur, en tono jocoso e irónico, dice una serie de sandeces acerca de las relaciones entre hombres y mujeres en los laboratorios.  Sí, sandeces en un tono totalmente machista y que ni siquiera son graciosas. Automáticamente hay una explosión de críticas en las redes sociales (hasta con campaña de científicas “perturbadoramente sexys” incluida) . Poco después es expulsado fulminantemente de su cargo honorario en el University College of London (donde había trabajado casi veinte años). La Universidad, con un pánico atroz, sale corriendo a decir públicamente que fue la primera en aceptar mujeres en las mismas condiciones que a hombres. También lo cesan del Consejo Europeo de Investigación, con el que llevaba también años colaborando. En fin, la brillante carrera de un Premio Nobel al retrete. De nada ha valido que su mujer, la prestigiosa inmunóloga Mary Collins, que trabaja en la misma universidad, sea feminista y haya declarado que su marido no es machista, ya que si fuera así no estaría casada con él.

Entendemos que si tienes un cargo de responsabilidad pública has de ser prudente con lo que dices. Y que si eres un poco inteligente deberías saber de antemano lo que puede costarte un comentario machista. Tim Hunt ha pecado de una ingenuidad asombrosa. Pero, lo profundo del tema está en pensar sobre qué tipo de declaraciones pueden costarte tu carrera y el porqué de ellas. Un poderoso político puede negar, tranquilamente, el cambio climático (y actuar en consecuencia) sin que le pase absolutamente nada, con las terribles consecuencias para el mundo que pueden tener esas declaraciones. Sin embargo, a un Premio Nobel de setenta y dos años que  hace unas “gracietas” machistas, lo linchamos públicamente y lo echamos de su trabajo ¿Por qué? Porque al igual que existen lobbies empresariales, existen lobbies de lo políticamente correcto. Y este es el caso de determinado tipo de feminismo. Todos estamos de acuerdo en la desigualdad a todos los niveles que ha sufrido y sigue sufriendo la mujer, lo cual hace que el machismo no sea un tema para tomarse demasiado a broma. Sin embargo, no hay que sacar las cosas de tiesto, y no hay que consentir  que el poder de una ideología, por muy buena causa que defienda, esté tan por encima de la ciencia. Echar a Tim Hunt de la comunidad científica nos ha privado de todas las aportaciones que este gran científico pudiese seguir haciendo a la ciencia (y, en consecuencia, a la humanidad). Además, estamos diciendo que realizar unos estúpidos comentarios machistas (no hacen falta ni si quiera pruebas de que realmente se es machista) está por encima de ganar un Premio Nobel (de toda una vida dedicada a la ciencia) y, lo que me parece aún más grave, que merece un castigo desproporcionado. Para mí, sinceramente, con un tirón de orejas (que la universidad le hubiera obligado a colaborar durante un tiempo con una fundación defensora de los derechos de la mujer, por ejemplo) y una disculpa pública seria, hubiera sido más que suficiente. Algo va mal en una sociedad que trata así a sus mejores hombres.

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En 2009, un artista llamado Thomas Thwaites emprendió la tarea de fabricar su propio tostador, del tipo que podría comprar en una tienda por unas cuatro libras. Sólo necesitaba algo de materia prima: hierro, cobre, níquel, plástico y mica (un mineral aislante alrededor del cual se envuelven las piezas de calentamiento). Pero incluso encontrar estos elementos le fue casi imposible. El hierro está hecho de mineral de hierro, el cual probablemente podría extraer de una mina, pero ¿cómo podria construr un horno que calentara lo suficiente sin fuelles eléctricos? (Hizo trampa y usó un horno de microondas). El plástico está hecho de petróleo, el cual no podía fácilmente extraer, y mucho menos refinar, por sí mismo. Y así sucesivamente. El punto es que el proyecto tomó meses, costó mucho dinero y resultó en un producto inferior [el tostador es el que vemos en la foto]. Sin embargo, comprar un tostador de cuatro libras le hubiera costado menos de una hora de tabajo con salario mínimo.

Matt Ridley, El optimista racional

Llamadme conservador, pero porque quiero un buen tostador no soy antisistema. Hay que cambiar muchísimas cosas, pero no todo.

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La historia de la Filosofía de la Ciencia va a llenarse, a partir de los años 70 del pasado siglo, de una pléyade de estudios sobre el quehacer rutinario de los científicos. Con su cuaderno de campo en mano, sociólogos y antropólogos, se plantaban dentro de los laboratorios y anotaban hasta el más mínimo detalle de la vida de los investigadores. El planteamiento era bueno: si queremos saber qué es la ciencia, no solo hay que estudiar las teorías (que es lo único que se había debatido hasta entonces), sino cómo se generan. Parece que si solo estudiamos los resultados, nos estamos quedando sin una parte, quizá importante, de la historia. Estudiemos entonces el origen, la génesis de la ciencia en directo: el laboratorio en acción. Pero además, hagámoslo al estilo Malinowski, cual antropólogo del XIX, pisando las playas vírgenes de Papúa y acechando desde las sombras a los nativos. Había que entender al científico como a un salvaje haciendo extraños rituales. Solo tomando esa distancia, haciendo extraño lo cotidiano, podemos eliminar todos nuestros sesgos y prejuicios. A veces, nos ocurre que hemos pasado mil veces por una calle cercana a nuestra casa y no hemos notado nada peculiar. De repente, un visitante extranjero pasa por allí la primera vez y cae en la cuenta de un hermoso relieve encima del dintel de un portal. ¿Cómo es que no lo vimos si pasamos mil veces por ahí? Porque la costumbre, la familiaridad, el hábito nos ciega. Por eso, para ver más, hay que comportarse como un extranjero en nuestra propia ciudad. Para saber cómo funciona la ciencia hay que ser un extraterrestre, un absoluto ignorante de la labor que en un laboratorio se realiza. Así que cuanto menos sepa nuestro antropólogo de ciencia, mejor.

Los resultados fueron, en muchas ocasiones bastante interesantes, pero el problema estuvo en que ciertas tesis se radicalizaron. Como el antropólogo suele entender todo suceso social como fruto de la cultura que estudia, se entendieron conceptos como realidad, racionalidad, verdad, etc. estrictamente como construcciones culturales o sociales. Por ejemplo, Harry Collins, uno de los máximos representantes del EPOR (Empirical Programme of Relativism), afirmaba que a la hora de explicar cualquier aspecto de la ciencia había que evitar las explicaciones de tipo TRASP (que apelaran a la verdad (Truth), racionalidad (RAtionality), éxito (Success) o progreso (Progress)). Los conceptos fundamentales para diferenciar que una teoría falsa de otra verdadera se terminan por entender en términos de construcción social, y entender algo como construcción social es decir que ese algo está sujeto a las particularidades de una sociedad y de un momento histórico, es decir, es relativizar lo que se pretende explicar. Nuestras teorías científicas más contrastadas empíricamente no serían más que pormenores históricos que hubieran sido bien diferentes si se hubieran dado en otra cultura o momento diferentes.

Bruno Latour y Steve Woolgar llegaban a afirmar que el laboratorio científico era un sistema social de construcción de hechos. Pensemos bien en esta afirmación: los científicos, a la hora de elaborar sus teorías acerca de la realidad, lo que realmente hacen es crear, construir, inventar esa realidad. El laboratorio es un generador ontológico de mundos. La luna existe como un satélite que gira alrededor de la Tierra solo porque unos astrónomos construyeron socialmente este hecho. Pero la radicalidad de sus postulados no queda aquí. Leamos el siguiente texto:

El resultado de la construcción de un hecho es que aparece como no construido por nadie; el resultado de la persuasión retórica, en el campo agnóstico en el que los participantes están convencidos de estar, es que los participantes están convencidos de que no han sido convencidos; el resultado de la materialización es que la gente puede jurar que las consideraciones materiales son sólo componentes menores de los ‘procesos de pensamiento’; el resultado de las inversiones en credibilidad es que los participantes pueden afirmar que la economía y las creencias no tienen relación alguna con la solidez de la ciencia; en cuanto a las circunstancias, simplemente desaparecen de los protocolos finales, siendo preferible dejarlas para un análisis político que tenerlas en cuenta a la hora de valorar el duro y sólido mundo de los hechos.

Latour y Woolgar, Laboratory Life. Citado por Javier Echeverría en Filosofía de la Ciencia.

La idea, por su violencia, me parece genial: el laboratorio es un lugar donde, no solo se inventan hechos, sino que se borra cualquier rastro de su creación, se persuade a sus artífices de que lo que han creado no ha sido creado sino tan solo descubierto. La ciencia sería algo así como una gran maquinaría de lavado de cerebros para hacer creer a sus protagonistas que están descubriendo la auténtica realidad cuando, en el fondo, solo serían algo así como unos poetas ontológicos.

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Una antigua, y brillante,  alumna mía ha hecho un excelente trabajo traduciendo un artículo de Enzensberger publicado en Der Spiegel. Trata sobre las profecías de Orwell, Weber o Bradbury acerca del control que los estados intentan imponer a los individuos. Es bastante interesante, así que os lo adjunto al completo.

Si Orwell levantara la cabeza…
¿Por qué los ciudadanos dejamos voluntariamente que nos vigilen?

Hans Magnus Enzensberger

Un hombre visionario, ese Eric Blair, más conocido bajo el seudónimo de George Orwell. Ya sabía de los regímenes totalitarios mucho antes de que este término comenzara a formar parte del lenguaje de los historiadores. Ya predijo el antagonismo entre las superpotencias y la Guerra Fría cuando Stalin, Churchill y Roosevelt se reunieron en Teherán en 1943.

Un par de años después de la Segunda Guerra Mundial publicó su famosa novela 1984. A Orwell no le gustaba el futuro que vaticinó. Retrató el panorama de un régimen de terror, que en un futuro cercano perfeccionaría las ideologías y métodos de Stalin y Hitler en Centroeuropa: un partido único dirigido por un Gran Hermano; normas de uso del lenguaje para introducir en las mentes el significado de las palabras mediante la llamada neolengua; la supresión de la intimidad; la vigilancia total, la reeducación y el lavado de cerebro de toda la población; y una policía secreta omnipotente cuya misión sería la de extinguir de raíz cualquier movimiento contra el régimen a base de torturas, detenciones en campos de concentración y asesinatos.

Afortunadamente, George Orwell se equivocó con este pronóstico, al menos en lo que respecta a esta parte del globo. Ni en sueños hubiera imaginado que se alcanzarían algunos de esos propósitos, sobre todo en lo que respecta a la vigilancia de todos los ciudadanos, aun sin el empleo de la violencia; ni que se podría prescindir de una dictadura para ello; ni que incluso una democracia pudiera lograr esos objetivos de una manera moderada y ya ni qué decir, pacífica.

Sobre la manera de conseguirlo, ya reflexionó un joven francés hace más de cuatro siglos en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Se llamaba Étienne de la Boétie y no le bastó con poner en la picota a los soberanos absolutistas de su época. Apelaba sobre todo a la conciencia de aquellos que toleraban la tiranía: “Son, pues, los propios pueblos”, afirma, “los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo. (…) No creáis que ningún pájaro cae con mayor facilidad en la trampa, ni pez alguno muerde tan rápidamente el anzuelo como esos pueblos que se dejan atraer con tanta facilidad y llevar a la servidumbre por un simple halago, o una pequeña golosina.”

Pero hace mucho tiempo que la situación ya no tiene nada que ver con el monarca único, palpable e impugnable, contra el que se rebeló Étienne de la Boétie. No se trata de un Gran Hermano que nos controla, como decía Orwell, sino más bien de un sistema, como describió Max Weber en los años veinte del siglo pasado: “Es espíritu coagulado asimismo aquella máquina viva que representa la organización burocrática con su especialización del trabajo profesional aprendido, su delimitación de las competencias, sus reglamentos y sus relaciones de obediencia jerárquicamente graduados. En unión con la máquina muerta, la viva trabaja en forjar el molde de aquella servidumbre del futuro a la que tal vez los hombres se vean algún día obligados a someterse impotentes como los fellahs del antiguo Estado egipcio, si una administración buena desde el punto de vista puramente técnico —y esto significa una administración y un aprovisionamiento racionales por medio de funcionarios— llega a representar para ellos el valor supremo y único que haya de decidir acerca de la forma de dirección de sus asuntos. Porque esto lo hace la burocracia incomparablemente mejor que cualquier otra estructura de poder”.

Weber llamó a esta servidumbre “la jaula de hierro”, pero incluso el perspicaz pensador se equivocó. Resulta que el calabozo se ha transformado en una casa relativamente cómoda, que más bien recuerda a una celda de aislamiento de buen tamaño con paredes de goma mullida. Nuestros guardas van con pies de plomo. Consiguen su principal objetivo estratégico —la vigilancia completa y la supresión de la intimidad— de forma silenciosa siempre que sea posible. Solo si no pueden hacerlo de otra manera, recurren a las porras. Prefieren mantenerse en el anonimato, no llevan uniforme, sino traje, se llaman a sí mismos gerentes o comisarios y no trabajan en un cuartel, sino en oficinas climatizadas. Brindan una labor totalmente filantrópica. Ofrecen a los presos seguridad, protección, comodidad y consumo. Así pueden ganarse la aprobación tácita de los residentes y asegurarse de que sus protegidos pulsan con afán el botón de me gusta de un teclado invisible.

Aún hay otro punto del análisis de Weber que se nos presenta hoy como anacrónico. Su ingenua creencia en las habilidades y en la fuerza de imposición del Estado es parte del pasado. Ya no solo porque los mercados financieros mundiales obliguen al gobierno a arrodillarse frente a ellos. Ni Berlín ni Bruselas ni Washington podría garantizar por sí mismo el control total de la población. Sus funcionarios son demasiado torpes e incapaces de llevar a cabo esta tarea. Tampoco están lo suficientemente familiarizados con la tecnología actual. Por eso las autoridades dependen de la economía, es decir, de las multinacionales que operan en el sector de las TI. Solo si ambas partes —los gobiernos y las empresas como Google, Microsoft, Apple, Amazon y Facebook— trabajan codo a codo, podrán coaccionar la libertad con éxito. Claro está, que en esta frágil alianza, las autoridades políticas tienen el papel de socios menores. Son las multinacionales las que poseen el conocimiento necesario, el capital necesario y los peones necesarios: informáticos, ingenieros, desarrolladores de software, hackers, matemáticos y criptógrafos.

En el siglo XX, la Gestapo, el KGB y la Stasi jamás hubieran soñado con los medios técnicos de los que disponen en la actualidad: cámaras de vigilancia omnipresentes, control automatizado de las líneas telefónicas y del correo electrónico, imágenes de satélite de alta definición, datos detallados sobre la localización de las personas, reconocimiento biométrico facial, todos los programas basados en fabulosos algoritmos y guardados en bases de datos de capacidad ilimitada.

El último movimiento de resistencia contra las ambiciones de las autoridades alemanas y de las multinacionales se produjo hace mucho tiempo y ya casi ha caído en el olvido. Fue en 1983, un año antes de la fecha de Orwell, cuando un censo nacional, relativamente inofensivo, provocó la tempestad. Entonces, un buen número de ciudadanos apeló al Tribunal Constitucional de Alemania y logró la victoria con su recurso. Dicho tribunal —con sede en Karlsruhe— falló en contra de las intenciones del gobierno y estableció la autodeterminación informativa como un nuevo derecho fundamental con el fin de proteger la personalidad. Fue una sentencia que hoy nos parece ingenua. Nadie la ha acatado nunca. Los encargados de la protección de datos, hace tiempo ya que, impotentes, tiraron la toalla en la ciberguerra contra la población.

George Orwell sigue estando en lo cierto en cuanto a la regularización del uso del lenguaje. Su neolengua se ha convertido en el nuevo sociolecto oficial. A los llamados cargos públicos les desagrada la Constitución. Diferenciarlos de los criminales informáticos es muy difícil. La nueva tarjeta sanitaria es en realidad un expediente médico electrónico al que cualquier hacker debería poder acceder sin muchas dificultades. Las redes sociales se aprovechan del exhibicionismo de sus usuarios para generar ganancias sin piedad.

El dinero en metálico es uno de los últimos residuos incómodos de la vida privada. Por eso es lógico que el Estado, codo a codo con las multinacionales, se empeñe sin dudar en suprimir el efectivo. Para ello, se sirven de las cada vez más numerosas tarjetas de crédito y de débito. Otros sistemas de pago mediante chip o inalámbricos están a punto de empezar a usarse. Es obvio lo que se pretende conseguir con todo esto: la vigilancia, preferiblemente total, de cada una de las transacciones. No solo el fisco tiene mucho interés en ello, sino también las redes antisociales, el comercio online, la economía crediticia, la publicidad y la policía. Además se procura eliminar cada recuerdo de la materialidad del dinero para así reducirlo a un conjunto de datos manipulables a su gusto.

Para no dejar ningún cabo suelto, conviene echar un vistazo a un escenario mediático aledaño, es decir, al intento por eliminar los derechos de autor. Se trata de una conquista tardía del siglo XIX. Hasta entonces, el privilegio de la lectura había permanecido en manos de una reducida minoría. Pero de repente, la novela se convirtió en una operación comercial a gran escala. Los escritores se dieron cuenta de que con la literatura podrían incluso ganar bastante dinero, ya que también participarían en los beneficios de las reediciones y traducciones. Pero por desgracia, su alegría se desvaneció pronto. Hoy las empresas líderes consideran la impresión tipográfica —que ahora se denomina en alemán con el término anglosajón print— un modelo caducado. Por consiguiente, estas empresas consideran el copyright un obstáculo, algo que las vanguardias digitales aplauden con júbilo. A los alegres piratas les parece absolutamente absurdo pagar por los contenidos que ofrece la industria de las TI. Los anteriormente llamados autores tendrán que trabajar gratis en el futuro. En cambio podrán tuitear, chatear y bloguear cuando les plazca.

Parece que a nadie le molesta que la vida media de la tecnología disponible —de acuerdo con los ciclos económicos de las empresas de TI— esté entre los tres y cinco años. Mientras que se puede disponer sin problema de un texto escrito en pergamino o en papel libre de ácido tras 500 o 1.000 años, debemos transferir a menudo los datos de un medio electrónico a otro, si se quiere evitar que se vuelvan ilegibles tras una o dos décadas. Pero por supuesto, esto ya estaba pensado.

La supresión de los libros impresos no es una idea reciente, hace tiempo que ya se anunció. Fue Ray Bradbury, quien en su best seller (!) Fahrenheit 451 describió y retrató la situación hasta las últimas consecuencias. En su historia utópica, poseer un libro supone un crimen capital. Las visiones de futuro de los grandes pesimistas tienden a la exageración. Dice mucho a favor de ellos y no en su contra, el hecho de que se les pueda rebatir. Esto se aplica a las de Bradbury, Orwell o Max Weber. Hablar de los sucesos, cuando ya son parte del pasado, es pan comido.

Inevitable como el amén en la iglesia, es la pregunta de dónde se encuentra la parte positiva de cada oscuro pronóstico. Es fácil responder. Es sumamente grato comprobar que hasta ahora todo lo que origina nuestra servidumbre voluntaria se impone de manera no sangrienta. No se han destruido de ningún modo los vestigios del pasado que quedaban, tal y como hiciera previamente Lenin en Rusia. La razón es evidente. La actitud tolerante de nuestro vigilante se basa en un sencillo cálculo de costes y beneficios. El esfuerzo por detectar a los últimos insubordinados alcanza límites insospechados cuanto más se acerca el estado ideal. Por eso se contentan con un 95% de la población vigilada. Sería muy costoso excluir a una pequeña pero perseverante minoría que se resistiera, por pura tozudez, a las promesas de la era digital. En cualquier caso, ese 5% supone, en Alemania, más de cuatro millones de personas. Así que: ¡que no cunda el pánico! Aun en el futuro habrá algunos que no consientan y puedan así de forma despreocupada y analógica comer y beber, amar y odiar, dormir y leer pasando relativamente desapercibidos.

Traduccion de Deyaneira Aranda Aparicio