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Año 2037. La gran mayoría de los trabajos relacionados con el transporte, la administración o la producción industrial han sido ocupados por robots. El aumento del crecimiento económico ha sido excelente. No hay ningún problema para pagar las pensiones a una población muy envejecida y las arcas del Estado permanecen saneadas y con superávit.  El gran problema es que la tasa de desempleo llega a niveles que rondan el 50%, si bien la manutención de tanto parado se solucionó implantando una renta básica universal. A pesar de que se han creado multitud de nuevos puestos de trabajo y aunque gran parte de los políticos siguen buscando fórmulas para bajar el desempleo, la reconversión laboral ha sido imposible y el desempleo generalizado ha pasado a ser algo completamente cotidiano.

La brecha económica y social ha aumentado. Los afortunados que supieron subirse al carro de la robolución,  aquellos que consiguieron mantener su puesto de trabajo mejoraron muchísimo su calidad de vida. Trabajando con robots que no tenían que dormir ni descansar, a los que no había que pagar un salario, que no se ponían enfermos ni pedían bajas por maternidad y que, para colmo, producían muchísimo más que sus predecesores humanos, las ganancias crecieron sustancialmente. Aunque el reparto de la riqueza siguió siendo tan injusto como siempre (el empresario se seguía llevando casi la totalidad del pastel), una tajada algo mayor les correspondió a ellos (eso sí, su jornada laboral sigue tan larga como siempre. Las predicciones de Keynes, definitivamente, no se cumplieron).

En consecuencia, la estratificación social ha cambiado: seguimos teniendo el pequeño porcentaje de superricos de siempre (un poco más ricos aún que antes), pero a cierta distancia les sigue una nueva clase social: los workers, aquellos que trabajan. Después viene algo parecido a la antigua clase media pero sin trabajo: los jobless (también llamados despectivamente laggards: rezagados). La clase pobre, afortunadamente, ha desaparecido casi por completo en los países desarrollados.

El problema de una sociedad que ha conseguido vencer el hambre, la pobreza, y gran parte de las enfermedades (la esperanza de vida casi llega a los cien años y creciendo), es buscar un sentido a la vida de toda la población jobless. La prensa ha llamado a este asunto el V-problem (void problem: el problema del vacío): ¿Qué hacer cuando no tienes nada que hacer? En sociedades como la nuestra, en las que el sentido de la vida ha estado muy ligado a la ocupación laboral, se temió un brote de angustia y vacío existencial de imprevistas, pero siempre nefastas, consecuencias. Entonces, los jobless, dieron cuatro respuestas al sinsentido:

  1. Los antidepresivos y drogas de diverso índole han avanzado muchísimo, de modo que muchos han optado por una vida de placeres artificiales. El absurdo vital se compensa con un hedonismo potenciado con los nuevos avances de la farmacología. El soma de Huxley es ya una realidad, pero mucho mejor: prácticamente, puedes elegir el estado de ánimo en el que quieres estar en todo momento. Las macrofiestas en donde la música se mezcla felizmente con los psicotrópicos son ahora mucho más comunes que antaño. De hecho hay gente que vive durante años en una fiesta ininterrumpida. Son los everlastings. Las opciones de ocio han aumentado salvajemente: el cine, los videojuegos y la realidad virtual se han fusionado para brindar experiencias alucinantes como, por ejemplo, películas en las que, realmente, tú eres el protagonista. Hay restaurantes virtuales en los que puedes elegir en qué parte del mundo o qué paisaje quieres que envuelva tu mesa. Además, la alta cocina se ha fusionado con la avanzada farmacología consiguiendo platos increíbles: orgasmos con sabor a ostras, cerdo agridulce (sí, la comida china se ha impuesto) que hace que te rías, o los supersutiles (y de precios prohibitivos) pollo gong bao con sabor a verano, o la sopa de wonton que sabe a juventud.  La humanidad jamás ha gozado de tantas alternativas de diversión al alcance de tantas personas.
  2. Luego están los russellianos. Al igual que afirmaba el filósofo británico Bertrand Russell, piensan que es una bendición haberse liberado del trabajo (que consideraban alienante), ya no tanto para el hedonismo salvaje como para otros quehaceres más elevados. Los russellianos se dedican al estudio, a la ciencia, al arte, a la política o a la filosofía, al voluntariado solidario o al ocio cultural: van al teatro o a la ópera, visitan museos, viajan… También hacen multitud de actividades de vida saludable: pasean, hacen deporte, van a la montaña…
  3. Los prayers (rezantes): a pesar del ocaso de las grandes religiones en Occidente (el Islam fue el último en caer), y del tenaz esfuerzo del humanismo laico por terminar con ellas, han surgido nuevas formas de religiosidad, si bien constituyen grupos muy minoritarios en comparación con los everlastings y los russellianos. Habitualmente son formas sincréticas de religiones clásicas y orientales (hay una moda muy popular de rescatar religiones antiquísimas ya extinguidas), dándose originales mezclas como, por ejemplo, los nimai (o luminosos) quienes integran el chiismo imaní y el hinduismo advaita, con algunos elementos tomados del shintoismo japonés. Europa y Norteamérica están plagadas de sectas de lo más variopinto: desde los vedantas cristianos seguidores de Mithra, hasta los renovados adoradores de Brahatmanariyú (quien ahora es una especie de deidad digital que fluye por Internet).
  4. Y por último los llamados voids (podría traducirse como vacíos) o, despectivamente, wastes (desechos): grupos de nihilistas que no han conseguido encontrar el sentido ni en el ocio ni en el russellianismo. Yacen tirados en los parques, vuelven a escuchar música de Nirvana y de los Smashing pumpkins y tienen una altísima tasa de suicidio. Fenómenos como los hikikomori, o casos similares de aislamiento y fobia social, son muy habituales en todas las capitales europeas.  También son tristemente habituales los suicidios colectivos: decenas de personas planifican todo por Internet (hay muchas webs dedicadas a ello y los gobiernos no dan abasto a cerrarlas), quedan en un bonito lugar alejado de las ciudades y mueren tras la ingesta de pentobarbital, que se consigue hoy muy fácilmente en la red (ellos querían hacerlo con el monóxido de carbono de los tubos de escape de sus coches como se hacía en Japón a principios de siglo, pero se encontraron con que ahora todos los coches son eléctricos). Sin embargo, aunque constituyen un problema social e incluso de salud pública, no son un grupo mayoritario en comparación con los otros dos grandes. A pesar de que muchos predicadores del apocalipsis vaticinaron una crisis existencial sin precedentes históricos, la verdad es que no ha ocurrido o, al menos, no lo ha hecho en tal medida.

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Post scríptum: esta es una hipótesis de un posible futuro que me ha parecido especialmente literario. No obstante, con respecto a la robolución, creo que, después de un tiempo problemático de incertidumbre y desempleo, se conseguirá la reconversión laboral y no habrá ninguna renta básica universal (a lo sumo algunas rentas mínimas para sectores especialmente frágiles). Unos puestos de trabajo se extinguirán (como ya lo hicieron los de limpiabotas, curtidor, afilador, sereno, telefonista, etc.) y surgirán otros nuevos (como los actuales youtubers, personal shoppers, diseñadores de apps, etc.) que aún desconocemos. En la sociedad ya se han incorporado muchas veces avances tecnológicos que presagiaban la pérdida de empleo y, al final, no llegaron a tanto (por ejemplo, el mismo ordenador). En cualquier caso, lo que, evidentemente, hay que hacer son políticas para afrontar competitivamente estos nuevos cambios (cambios en el sistema educativo, en la fiscalidad, en la legislación laboral… y, por supuesto, en las mentalidades) ¡Traed robots a España ya!

Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.

De tertulia en los premios Xataka 2015

Publicado: 19 noviembre 2015 en Tecnología
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Hoy hemos sido invitados a una tertulia en los premios Xataka 2015. Durante más de una hora, varios representantes de firmas tecnológicas y yo, hemos debatido sobre diversos temas relacionados con la enorme revolución que representan, a todos los niveles, las nuevas tecnologías de la información.  Han sido unos interlocutores bastante interesantes y creo que se han expuesto algunas ideas sugerentes.

Nota: Empieza a partir del minuto 7. Lo mejor del debate es al final (cuando yo cobro más protagonismo, por supuesto).

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¿Cuándo una tecnología es eficiente? ¿Cómo definir eficiencia tecnológica? ¿Cómo valorar un determinado desarrollo tecnológico? Es algo bastante importante tener claro porque es ya una redundancia cansinamente obvia decir que vivimos rodeados de tecnología. Constantemente leemos o escuchamos juicios de valor acerca de tal o cual tecnología. Que si los transgénicos, las ondas electromagnéticas, los aditivos alimentarios, Internet, los videojuegos… Cualquier avance parece tener legiones de defensores y detractores ya desde sus primeros momentos de aplicación ¿Cómo no perdernos en tal maraña de valoraciones? Pues, de primeras, teniendo claro como medir la eficiencia de una tecnología, saber evaluar, al menos, si una tecnología es deficiente o no.

La primera definición de eficiencia puede surgir de lo que se ha llamado eficiencia termodinámica: el cociente entre la energía suministrada a una máquina y la energía que produce. Según el Segundo Principio de la Termodinámica, la energía producida siempre es menor que la suministrada, es decir, siempre hay pérdidas de energía, siempre hay trabajo o calor que se pierde residualmente, que no se utiliza para el objetivo que la máquina fue diseñada. Esta definición es suficiente cuando nos referimos a artefactos en los que el objetivo del ingeniero es precisamente la eficiencia energética. Sin embargo, cuando pensamos en otro tipo de artilugios en donde el aprovechamiento termodinámico no es lo más importante, esta definición se queda corta. Si somos un programador informático, por regla general nos parecerá poco importante que el programa que estamos diseñando disipe más o menos calor.

Podemos entonces recurrir a la definición clásica de eficiencia como racionalidad instrumental. Un artefacto será eficiente si utiliza los mínimos recursos posibles para conseguir sus fines. Esta definición es interesante porque permite distinguir eficiencia de eficacia. Un artefacto es eficaz, sencillamente, cuando consigue lo que promete con independencia de los recursos que utilice. Matar moscas a cañonazos es eficaz pero no es eficiente. Si algo es eficiente es eficaz pero si es eficaz no tiene por qué ser eficiente. Esta definición es la más usual que solemos encontrar y, en apariencia, parece satisfactoria. Si, de nuevo, soy un programador informático, mi programa será tanto más eficiente, por ejemplo, cuantas menos líneas de código contenga o, en términos matemáticos, cuanto más elegante sea.

Estudié Filosofía en la ilustre Universidad de Salamanca. Allí, el profesor que me introdujo en la filosofía de la tecnología fue Miguel Ángel Quintanilla. El nombre no debe sonaos demasiado pero tiene en su haber una de las más importantes aportaciones de la filosofía patria: un mejor concepto de eficiencia tecnológica que el de racionalidad instrumental. Supongamos que soy un ingeniero industrial al que encargan la construcción de una nueva máquina para, por ejemplo, empaquetar cajas. Soy un excelente profesional, así que construyo una máquina con unos materiales muy baratos y que consume muy poca energía. En términos de racionalidad instrumental es fantástica: con mínimos recursos cumple sobradamente sus objetivos. Sin embargo, hay algo que no he tenido en cuenta: el funcionamiento de la máquina es tremendamente contaminante. Hay efectos colaterales que han pasado desapercibidos a mi proyecto inicial, efectos tan graves que quizá podrían dar al traste con la misma viabilidad de mi proyecto.

Quintanilla encuentra la solución al problema de un modo tan sencillo como ingenioso: una máquina es eficiente si utiliza los medios más económicos para llegar a sus objetivos y a nada más que a sus objetivos. Ya está, esta última clausula soluciona el problema de los efectos no deseados. Mi máquina empaquetadora es muy ineficiente a pesar de ser barata y eficaz, ya que tiene importantes efectos más allá de los objetivos de su diseño. El ideal de la eficiencia de Quintanilla es que los objetivos sean exactamente los mismos que los resultados. De este modo, a la hora de planificar una máquina no solo hemos de tener en cuenta la economía de medios sino también todos los posibles resultados que puedan ir más allá de los objetivos inmediatos. Quizá, el hecho de operar hasta ahora con un concepto de eficiencia demasiado centrado en la economía de medios y en la obtención de resultados a corto plazo, con pocos miramientos hacia efectos colaterales es la que ha generado una economía que, en demasiadas ocasiones, no mira demasiado por el bien común, o un modelo productivo totalmente insostenible a largo plazo.

La propuesta de Quintanilla es muy saludable, desde luego, pero creo que el problema reside en la dificultad de predecir resultados no deseados en cualquier tecnología de las llamadas penetrantes, aquellas que tienen tan gran impacto que modifican el mismo sistema tecno-económico . Por ejemplo, pensemos en que los hermanos Lumiere no vieron, ni de lejos, las grandes repercusiones a todos los niveles de su nuevo invento: el cine (incluso las negaron). O, reflexionemos acerca de Internet ¿Alguien podría haber predicho, primero el éxito, y luego las enormes potencialidades de semejante tecnología? Tenemos las llamadas tecnologías de cisne negro, aquellas cuyo éxito es muy improbable pero sucede. Por definición, son tecnologías impredecibles cuyas consecuencias son, a fortiori, más impredecibles aún. El éxito de la televisión, de Facebook, de Twitter, de Whatsapp, de los youtubers… Prácticamente, cualquiera de las iniciativas empresariales ligadas a las nuevas tecnologías que han triunfado en la actualidad eran de cisne negro ¿Cómo predecir entonces sus consecuencias?

Cuando pienso, por ejemplo, en las críticas que han surgido ante el uso extendido de Internet, hablándose incluso de patología, de adicción equivalente a la de cualquier psicotrópico, me gusta compararlas con las que, seguramente, surgieron ante la invención de la imprenta. Cuando Europa se llenó de libros baratos asequibles a casi todo el mundo, seguro que se oyeron críticas hacia las personas que se pasaban todo el día leyendo. Seguro que muchos padres regañaban a sus hijos ordenándoles que dejaran los libros y que salieran más a relacionarse con chicos de su edad.

Creo que en este tema cualquier generalización es difícil pero me atrevo a decir que confío bastante en la capacidad de adaptación del ser humano ante la aparición de nuevas tecnologías. Un niño del Neolítico aprendía y se adaptaba a su estilo de vida al igual que lo haría un joven europeo del siglo XVIII, a pesar de que las tecnologías que ambos manejaran serían radicalmente diferentes. Parece una prueba de la excesiva psicologización o medicalización propia de nuestra época pensar que cada cosa que ocurre tiene importantes consecuencias para nuestra salud física o mental. Creo sinceramente que el uso habitual que hacemos de Whatsapp la mayoría de las personas no nos llevará a graves problemas mentales.

La tecnología ha ido avanzando en una especie de selección natural darwiniana en la que más apto significaba adaptarse mejor a las necesidades de los consumidores. Si comprobamos que tecnologías han fracasado a lo largo de la historia, veremos que la gran mayoría de ellas no eran buenas en el sentido en que los consumidores las rechazaron o no llegaron al mercado porque los inversores previeron su rechazo. Muchos me tacharán de optimista pero invito al lector que mire a su alrededor y analice todos los avances técnicos que tiene en su hogar, diseñados y mejorados durante años para hacerle la vida bastante más fácil. No damos la suficiente importancia a que cualquier persona de clase media tiene acceso a una tecnología inimaginable tan solo unas décadas antes (qué decir de otros siglos o épocas. Vivimos muchísimo mejor que un rey del medievo). Eso es algo digno de celebración y no tanto de sospecha o crítica. Festejemos y potenciemos el avance tecnológico porque, en el peor de los casos, si el mundo está así de mal por su culpa, solo mediante él podremos salvarnos. De eso estoy seguro.

Adendum del 8-11-2015.

Para los que os guste la elegancia y la precisión que da la matematización de cualquier cosa, añado la fórmula de eficiencia de Quintanilla. Es tan simple (y bonita) que parece una estupidez, pero si pensamos bien y profundizamos en ella no lo es, para nada. Es más, no sé que luz se iluminaría en la cabeza de mi viejo profesor cuando se le ocurrió, pero, insisto, es una gran aportación a la filosofía de la tecnología.

Eficienciatecnológica

By the year 2099:

There is a strong trend toward a merger of human thinking with the world of machine intelligence that the human species initially created.

There is no longer any clear distinction between humans and computers.

[¿Tendremos monitor y teclado? ¿Cuál será nuestro ratón…?]

Most conscious entities do not have a permanent physical presence.

[¡Ala! ¡Viva el dualismo! ¿Hay algún tópico de la AI que no acepte este hombre? ]

Machine-based intelligences derived from extended models of human intelligence claim to be human, although their brains are not based on carbon-based cellular processes, but rather electronic and photonic equivalents. Most of these intelligences are not tied to a specific computational processing unit. The number of software-based humans vastly exceeds those still using native neuron-cell-based computation.

Even among those human intelligences still using carbon-based neurons, there is ubiquitous use of neural-implant tecnology, wich provides enormous augmentation of human perceptual and cognitive abilities. Humans who do not utilize such implants are unable to meaningfully participate in dialogues with those who do.

[No cambiará mucho con respecto a la actualidad. A mí me resulta complicado hablar de astrofísica con mi frutero]

Because most information is published using standard assimilated knowledge protocols, information can be instantly understood. The goal of education, and of intelligent beings, is discovering new knowledge to learn.

[Ya me veo diciendo a alguno de mis alumnos (porque, con casi toda certeza, todavía no me habré jubilado en el 2099): “Mira, tengo que suspenderte. Es que no has descubierto ninguna ley fundamental de la naturaleza en este trimestre”]

Femtoengineering (engineering at the scale of femtometers or one thousandth of a trillionth of a meter) proposals are controversial.

Life expectancy is no longer a viable term in relation to intelligent beings.

[Efectivamente, ya no me jubilaré nunca]

Some many millenniums hence…

Intelligent beings consider the fate of the Universe.

[¿Y qué cree Kurzweil que cambiará en nuestros estatutos epistemológicos de modo que sólo hagan falta algunos milenios más para llegar a descubrir el sentido de todo (y no sólo cien años o diez días o cuatro minutos)? Si partimos de que el Sapiens lleva en la tierra unos 200.000 años, y si creemos que desde su aparición ya se preguntaba por ello, llevamos doscientos milenios luchando contra la peliaguda preguntita. ¿Qué va a pasar en los próximos milenios para que la cosa llegue a buen puerto? ¿Sólo será una cuestión de capacidad de computación (que es lo único de lo que Kurzweil nos ofrece pruebas de que vaya a avanzar hasta límites insospechados)? Es la predicción más espuria de todas]

Raymond Kurzweil, The Age of Spiritual Machines (1999)

Si os han hecho gracia, las predicciones más cercanas: 2049 y 2072, 2029 y 2019.

Os dejo una Ted Talk del señor Kurzweil:

Como era de esperar la impopular ley de economía sostenible ha sido aprobada con amplio acuerdo parlamentario. No sé qué es lo que el PSOE habrá prometido al PP a cambio de su apoyo, pero el acuerdo prueba, una vez más,  que no significa nada que una ley esté muy avalada por el Parlamento (si Rousseau levantara la cabeza). Que la protección de un determinado grupo empresarial y un intercambio de favores entre partidos sean el modus operandi de las legislaciones dista mucho de esa búsqueda del bien común que da legitimidad a nuestras democracias según sus ingenuos impulsores ilustrados. Una lástima.

La ley Sinde es así. La ministra sólo ha actuado siguiendo las presiones de los lobbies de la industria audiovisual, nada más, sin vistas a algún bien social o modelo de sociedad concreto. Los árboles no le han dejado ver el bosque. Antes de legislar sobre Internet, primero hay que entenderla.

Los orígenes de la red datan de aquellos maravillosos 60, cuando la Guerra Fría amenazaba la proposperidad de las potencias Occidentales. El Departamento de Defensa norteamericano financió ARPANET, un sistema de comunicaciones especialmente diseñado para la guerra (o, sencillamente, para suplir el fallo de los nodos de conmutación poco fiables de esa época), pensado para resistir a pesar de fallos. La red ARPA se basaba en estructurar las comunicaciones de un modo no unidireccional. Si tenemos un cable que conecta el punto A con el B, si el cable se daña, el mensaje que parte de A nunca llegará a B. Sin embargo, si tenemos muchas rutas diferentes para llegar de A a B, no pasa nada si alguna de ellas se rompe, porque nuestro mensaje podría seguir otras rutas. He aquí la ideal forma de red. Además, para más fiabilidad, los mensajes no se enviaban de una vez, sino divididos en paquetes. Si tenemos problemas, habrá una mayor probabilidad de que algún fragmento del mensaje llegue al mandarlo fragmentado que si lo mandamos de una vez. Mejor un trozo que nada.

En la actualidad la red mantiene estos principios. Internet es una red de redes, cuyas redes componentes sólo tienen que tener una propiedad común: tener una vía abierta para que las demás puedan entrar y para que ella pueda salir a las demás. La esencia de Internet reside en su extrema comunicabilidad, por constituir el perfecto paradigma del laissez faire de los fisiócratas del XVIII. En este sentido, es el cumplimiento del ideal universalista y cosmopolita de la Ilustración. Los caducos estados-nación surgidos de la Edad Media y cuyo concepto sólo ha causado exclusión y hostilidades son superados por la red, precisamente, porque ésta no tiene fronteras, deja el paso libre para el tránsito de productos e información. Internet se define por ser el ámbito de la libertad por antonomasia, ideal libertario donde los halla.

¿Qué pasa si legislamos la red? El problema no estaría tanto en hacer leyes buenas o malas, justas o injustas, sino en que la misma red está hecha para evitar cortapisas. Si ponemos aduanas, la información buscará nuevas rutas para evitarlas. La esencia de la red reside en su radical ingobernabilidad. Y ante esta revolución de las comunicaciones, mucho mayor que la de Gutenberg, la ministra lanza una ley pactada en diez minutos en los pasillos de la Moncloa. La ministra quiere parar un huracán con un paraguas.

Véase La ley Sinde: ¿Qué significa robar?

2049:

The common use of nanoproduced food, wich has the correct nutritional composition and the same taste and texture of organically produced food, means that the availability of food is no longer affected by limited resources, bad crop weather, or spoilage.

[¿Se acabó el hambre en el mundo? Hoy hay recursos para ello y no sucede. La tecnología ayudará pero sin una distribución adecuada… ¿cuánto costará la comida “nanofabricada”?]

Nanobot swarm projections are used to create visual-auditory-tactile projections of people and objects in real reality.

[Una chulada. Imaginad a un enjambre de ínfimos nanorobotitos acoplándose para generar una mesa e, instantes después, disolviéndola y generando un armario o una máquina cortacésped.]

2072:

Picoengineering (developing technology at the scale of picometers or trillionths of a meter) becomes pratical.

Ray Kurzweil, The Age of Spiritual Machines

Parece ser que lo muy, muy pequeño es lo que va a estar de moda en este siglo. En breve, 2099 y “some many millenniums hence…”

Véase toda la saga: 2029 y 2019

2029:

A $1.000 (in 1999 dollars) unit of computation has the computing capacity of approximately 1.000 human brains.

Permanent or removable implants (similar to contact lenses) for the eyes as wella as cochlear implants are now used to privide input and output between the human user and the worldwide computing network.

Direct neural pathways have been perfected for high-bandwidth connection to the human brain. A range of neural implants is becoming available to enhance visual and auditory perception and interpretation, memory, and reasoning.

[Esto me encanta. Cuando por fin pueda cambiar mi hipocampo por una memoria que se acuerde siempre de dónde he aparcado… Incipit Santiago 2.0]

Automated agents are now learning on their own, and significant knowledge is being created by machines with little or no human intervention. Computers have read all available human – and machine – generated literature and multimedia material.

[Bueno, por fin los blogs se escribirán solos]

There is widespread use of all-encompassing visual auditory, and tactile communication using direct neural connections, allowing virtual reality to take place without having to be in a “total touch enclosure”.

The majority of communication does not involve a human. The majority of communication involving a human is between a human and a machine.

[Estará bien contarle las penas al tostador positrónico]

There is almost no human employment in production, agriculture, or transportation. Basic life needs are available for the vast majority of the human race.

[¡Más parados!]

There is a growing discussion about the legal rights of computers and what constitutes being “human”.

[Además de los antitaurinos ahora tendremos a los promáquinas. Ya me imagino su lema: “No las formateéis, ellas nunca lo harían” ]

Although computers routinely pass apparently valid forms of the Turing Test, controversy persists about whether or not machine intelligence equals human intelligence in all of its diversity.

Machines claim to be conscious. These claims are largely accepted.

[Si ellas lo dicen…]

Raymond Kurzweil, The Age of  Spiritual Machines (1999)

Y todo eso sucederá en 18 años… yo tendré 49.

 

Ver sus predicciones para el 2019. Próximamente las del 2049, las del 2072, 2099 y “some milleniums hence…”

2019:

A $1.000 computing device (in 1999 dollars) is now approximately equal to the computational ability of the human brain.

[Será el Human-pod sin duda]

Computers are now largely invisible and are embedded everywhere – in walls, tables, chairs, desks, clothing, jewelry, and bodies.

Three-dimensional virtual reality displays, embedded in glasses and contact lenses, as well as auditory “lenses”, are used routinely as primary interfaces for communication whith other persons, computers, the Web, and virtual reality.

Most interaction with computing is through gestures and two-way natural-lenguaje spoken communication.

Nanoengineered machines are beginning to be applied to manufacturing and process-control applications.

High-resolution, three-dimensional visual and auditory visual reality and realistic all-encompassing tactile environments enable people to do virtually anything with anybody, regardless of physical proximity.

Paper books or documents are rarely used and most learning is conducted through intelligent, simulated software-based teachers.

[Y yo que sigo siendo reacio a los eBooks]

Blind persons routinely use eyeglass-mounted reading-navigation systems. Deaf persons read what other people are saying through their lens displays. Parapelgic and some quadriplegic persons routinely walk and climb stairs through a combination of computer-controlled nerve stimulation and exoeskeletal robotic devices.

The vast majority of transactions include a simulated person.

[¡Uffff! “Si desea consultar su saldo pulse 1, si quiere hablar con un operador simulado pulse 2…”]

Automated driving systems are now installed in most roads.

[Suponiendo que mi Seat León dure hasta entonces, mi siguiente coche se conducirá solo. Está muy bien]

People are beginning to have relationships with automated personalities and use them as companions, teachers, caretakers, and lovers.

[Me quedan ocho años de trabajo antes de ser uno más en engrosar las listas del paro. ¿Cuántos parados habrá en España en el 2019?]

Virtual artists, with their own reputations, are emerging in all of the arts.

There are widespread reports of computers passing the Turing Test, although these tests do not meet the criteria established by knowledgeable observers.

[Se resiste el puñetero test]

Raymond Kurzweil, The Age of Spiritual Machines (1999)

Próximamente predicciones para el 2029, 2049, 2072, 2099 y “some many millenniums hence…

En el futuro parece muy razonable predecir que nuestra civilización (o quizá otras en otros lares del Universo) tenga una gran capacidad de cómputo.  Bostrom pone varios casos, por ejemplo el del diseño de Erik Drexler (un sistema del tamaño de un cubo de azúcar que podría llevar a cabo 10²¹ instrucciones por segundo). Con tal poder, generaciones futuras podrían realizar simulaciones detalladas de las vidas de sus antepasados (o de otros seres cualquiera que dé su imaginación y sus posibilidades técnicas). Es más, sería lógico pensar que podrían realizar no sólo una, sino un montón de esas simulaciones, ya que el poder de cómputo esperado es elevadísimo. Si a partir de aquí pensamos en nuestra actual civilización, la probabilidad de que vivamos en una simulación es alta. Pensemos en que si nuestros parientes del futuro deciden hacer una única simulación, nuestra probabilidad de vivir en ella es de un 50% (o somos la civilización que en el futuro producirá la simulación o somos la simulación misma); pero si nuestros parientes deciden hacer más de una, las probabilidades de ser una civilización real van bajando: 1/3, 1/4, 1/5… Si decidieran hacer un “laboratorio de simulaciones”, pongamos 50 mundos virtuales, la probabilidad de ser una civilización no simulada sería nimia (0,02%) o, con la cifra inversa que suena más contundente: tendríamos un 99,98% de probabilidad de vivir en un mundo simulado.

Este es el original argumento del transhumanista profesor de filosofía en Oxford, Nick Bostrom. Obviamente, las dificultades se hacen patentes enseguida ya que hay que aceptar muchísimos presupuestos para que el argumento sea válido: todas las tesis de la AI fuerte, a saber, que todos los aspectos de la mente humana pueden ser computables (sensaciones, emociones, recuerdos, subjetividad, etc.), que son independientes del substrato (pueden darse en chips de silicio igual que en neuronas), que es posible crear un ordenador que los compute, que ese poder de computación estimado pueda realizarse técnicamente, etc. Muchos filósofos, seguramente, no estarán dispuestos a asumir tanto, además de que, a mí personalmente, los argumentos basados en la probabilidad siempre me han parecido engañosos, como si esconden un sofisma que no se ve a primera vista. El de Bostrom me huele mal desde el principio, pero he de reconocer que abre paso a muchas reflexiones, y eso es más que suficiente para tenerlo en cuenta.

Aquí tenéis el artículo traducido al castellano, donde Bostrom, además, reflexiona sobre los matices y las consecuencias de aceptar esta controvertida tesis. Supe de Bostrom a través del magnífico Pseudópodo, que además, tiene varios post dedicados. Otro argumento parecido, que además es citado por Bostrom, es el del Juicio Final, pero éste, adolece, a mi juicio, de problemas incluso más graves aunque es igualmente divertido y sugerente.