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Dejamos a un niño solo un pequeño plazo de tiempo en una sala. Se le dicen dos cosas:

1. que no mire en una caja cerrada que hay en el centro de la estancia.

2. que en la sala hay una amable princesa invisible que se llama Alicia.

¿Qué hace el niño? Según los resultados de este experimento realizado en 2005 por Jesse Bering, los niños a los que no se les dijo que en la sala estaba la princesa invisible tendían más a mirar dentro de la caja que los niños a los que sí se les dijo. La presencia de un «ser sobrenatural» sirve como motivador del cumplimiento de la normatividad social. Pero el mismo caso no sólo se cumple en chiquillos. Bering probó algo parecido con estudiantes universitarios: comprobó que alumnos realizaban menos trampas a la hora de realizar unos ejercicios en un ordenador si se les decía que en la habitación había un espíritu.

Pero, este «temor» ante lo sobrenatural ¿es innato o aprendido? Bering desarrolló un nuevo experimento. Como sujetos experimentales utilizó a alumnos de primaria de colegios españoles, la mitad de colegios católicos y la otra mitad laicos. Ante ellos se representaba una sencilla obra de teatro con títeres. Los dos protagonistas eran un cocodrilo y un pequeño ratón y en la historia, al final, el cocodrilo se zampaba al pobre roedor. Al terminar la función se preguntaba a los jóvenes espectadores si al morir el ratón, todas sus características personales había desaparecido con él. La mayoría afirmaba que, si bien su cuerpo se había extinguido, el alma permanecía, pensando que ahora el ratón se sentiría solo y nostálgico. Esta creencia era compartida por todos los niños desde los ocho hasta los doce años, independientemente de si su colegio era religioso o laico (aunque los niños de colegios religiosos tardaban algo más en abandonar esta creencia). ¿Tienen las creencias sobrenaturales entonces una base innata?

De aquí saco dos ideas que me parecen muy interesantes:

1. Es común sostener que lo que es innato en nosotros son nuestras capacidades y facultades cognitivas mientras que son aprendidas las creencias y los conocimientos. Por ejemplo, siguiendo a Chomsky, tenemos estructuras innatas que nos capacitan para aprender un idioma y darle una determinada gramática mientras que los contenidos de dicho idioma, los significados y usos, son aprendidos, lo que explica la existencia de diferentes lenguas.  Sin embargo, en lo que no solemos caer es en que es posible que también existan conocimientos o creencias innatas. ¿No podría ser que nacemos creyendo o sabiendo determinadas cosas? Yo creo que sí pero, ¿cuáles serían? Jung nos hablaba de que toda la humanidad tiene un inconscinete colectivo, un conjunto de creencias arquetípicas que se expresaban con una diversidad de mitos, rituales y prácticas en las diferentes culturas. Ya es un intento.

2. A pesar de que creo firmemente que la creencia en el dios cristiano tal como es concebida tradicionalmente en Occidente es falsa, los experimentos de Bering son insuficientes para refutarla. Pensemos lo contrario. Supongamos que nuestra mente no posee ningún tipo de estructura o facultad para pensar en Dios. ¿Qué habría pasado? Que las religiones jamás hubiesen existido. Pero es que las religiones existen, por lo que nuestra mente tiene necesariamente que tener una base innata que permita pensar en Dios. Y que esta base innata tenga una utilidad para mantener la normatividad social tampoco refuta demasiado. Eso sólo es una peculiaridad de tal creencia, seguramente compartida con otras. La admiración y respeto del prestigio de las autoridades científicas también ayuda a que en las universidades funcione un determinado tipo de normatividad, y no por ello decimos que la ciencia sea una creencia falsa que garantiza el orden social. Para que estos experimientos sirviesen de argumento contra la creencia en Dios deberían probar de algún modo, no que la creencia es innata o adquirida o que pueda tener algún tipo de funcionalidad social, sino que es ilusoria. Y para eso son insuficientes.

La sugerente forma con la que Chalmers plantea el problema duro de la conciencia va a tener una interesante aplicación al problema del origen evolutivo de la misma. Supongamos que la evolución (o los ingenieros de AI) diseñan una entidad, ya sea orgánica o mecánica, que puede realizar las mismas funciones fenoménicas que un ser humano pero sin tener ningún tipo de autoconciencia ni de estados internos ni emociones o deseos (sin los famosos qualia). Esas entidades serían capaces de resolver ecuaciones, escribir libros, o cualquier otra acción de la que fuera capaz un humano, de tal modo que pasarían el Test de Turing a todos los niveles. Chalmers adjetiva con humor a estos seres como “zombis” recalcando la idea de que, a pesar de que “parecieran humanos” en todas sus características, al no tener subjetividad, estarían de algún modo “desalmados” como los zombis hollywoodienses, habría algo tétrico, inhumano en ellos.

Si estos zombis fueran posibles se plantearían una serie de dilemas filosóficos. En primer lugar, la idea parece apuntar a un dualismo. Si los zombis son físicamente idénticos a nosotros y pueden realizar nuestras mismas funciones, la única cosa que nos diferencia de ellos es que tenemos estados internos, tenemos subjetividad. Como somos físicamente idénticos, lo físico no puede explicar lo mental o, como mínimo, lo mental no puede ser reducido a físico. Los zombis serían nuestras tristes copias monistas, siendo el ser humano un compuesto de materia y mente, dos sustancias diferentes. Materia y mente quedan separadas en una vuelta al cartesianismo. Y en segundo lugar, ¿qué sentido tendría el hecho de que tengamos conciencia si una entidad sin ella podría realizar las mismas cosas y con la misma efectividad que nosotros? ¿Por qué la evolución se habría preocupado en generar conciencia cuando con sólo crear zombis hubiera conseguido los mismos resultados? ¿No es la conciencia algo redundante en términos evolutivos? Esta perspectiva podría constituir una prueba de que la mente no es explicable desde la teoría darwiniana, consecuencia lógica de lo anterior: la mente no se reduce a lo físico como tampoco a lo biológico, ha de ser explicada desde otras instancias.

Ingenioso dilema si no fuera porque el planteamiento de Chalmers es erróneo. Si los zombis fueran físicamente exactamente iguales a los seres humanos generarían necesariamente conciencia. Si la evolución o la AI consiguieran hacer estructuras físicas idénticas a las humanas, tendrían subjetividad exactamente igual que nosotros. Afirmar que un ser físicamente igual que nosotros no tendría conciencia es como pensar que diseñamos dos relojes despertadores idénticos, y uno suena y otro no, no habiendo causa física para que el segundo no suene. La posibilidad de los zombis nos haría aceptar que un sistema físico pierde “por arte de magia” una de sus características.

Sin embargo, podría objetarse que sería posible crear zombis que fueran funcionalmente idénticos a nosotros aunque físicamente no lo fueran. Sólo haría falta que pudieran imitarnos a la perfección en todo lo que hacemos de modo que pasaran el Test de Turing a pesar de ser, por ejemplo, un manojo de chips de silicio. Es el caso de los programas de ajedrez: no habría forma de saber si uno juega contra un programa o contra un humano a pesar de que los mecanismos psicológicos que utiliza el ser humano para planificar y realizar sus jugadas no tienen nada que ver con los que hace la máquina (que realiza millones de jugadas por segundo). Aceptando el caso de que pudiéramos crear zombis funcionales para la totalidad de las características del ser humano (es un hecho que lo hemos conseguido para muchas, pero quizá improbable para todas) eso no implicaría que estuviéramos ante un ser humano sino sólo ante una excelente copia cuya estructura es diferente. Estos pseudohumanos podrían engañarnos en apariencia, pero si tuviésemos acceso a su estructura comprobaríamos que no son realmente humanos, al igual que cuando tenemos acceso al software de un programa de ajedrez comprobamos que no estamos ante una mente humana. Y es que el argumento de Chalmers cae en una petición de principio. En sus premisas ya se esconde el dualismo al que parece llegarse en la conclusión. Al partir del hecho de que unos zombis sin estados internos son físicamente indistinguibles de los reales ya se está dando por supuesto el dualismo. Precisamente, un zombi sin estados mentales sí sería físicamente distinguible de un hombre si partimos de un monismo materialista o fisicalista. A la postre, el dilema de los zombis no sirve ni para defender el dualismo ni el monismo, no sirve para nada.

Los desalmados zombis de Chalmers tan fallidos como defensa del dualismo como pésimas son las películas de George A. Romero (excepto para los amantes de la serie B). En cualquier caso, si os encontrárais con alguno recordad que hay que dispararles a la cabeza, si puede ser, con buenos argumentos. Yo habitualmente suelo encontrarme con unos treinta por clase.

El humor de Alberto Montt

Publicado: 9 julio 2010 en Humor
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