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Una postura derivada del darwinismo es lo que se ha llamado programa adaptacionista. Si la selección natural premia a los más aptos, siendo éstos aquellos que tienen una variación con respecto a sus congéneres que les hace tener cierta ventaja, serán estas ventajas las que pasen a la siguiente generación. A estas ventajas se las conoce comúnmente como adaptaciones (Una definición clásica de adaptación es la aportada por Hudson Reeve y Paul Sherman (1993): una adaptación es una variable fenotípica que resulta en la mayor aptitud o eficacia biológica de entre un conjunto específico de variantes en un determinado ambiente. No obstante es una definición problemática como discute Ruse). Si la selección natural ha estado ejerciendo su presión selectiva durante millones de años sobre toda la historia de la biosfera (o incluso más, si aceptamos una selección natural prebiótica), parece de esperar que las características fenotípicas expresadas por los individuos tengan algún tipo de función adaptativa. La tesis polémica, propia de este programa, estaría en afirmar que todas las características fenotípicas son adaptaciones.

De este modo, la mente humana con todas sus características y la elaboración de concomimiento como una de sus funciones, al ser un fruto más de la selección, debería poder ser explicada como una adaptación más. Nuestra mente ha de tener una función para potenciar nuestra eficacia reproductiva al igual que la tienen las garras del león o las branquias del pez. Esto choca con nuestro sentido común cuando pensamos qué función adaptativa tendrán actividades humanas como el arte, la religión, la filosofía, la música, etc. actividades además que se sitúan comúnmente como las más dignas del quehacer humano (y las más inútiles por definición según el siempre sensato Aristóteles). ¿De qué puede servirme para expandir mis genes el hecho de pintar un cuadro o leer un poema de Pessoa? Este problema hizo al co-descubridor de la selección natural, “sacar la mente fuera de la evolución”. Según Wallace, todas las “partes” de nuestro cuerpo pueden explicarse mediante la selección natural menos la mente, para la que necesitamos apelar a un ser superior. ¿No podemos explicar entonces la mente desde el programa adaptacionista? Esperemos, todavía es pronto para tener que hablar de un ser superior. Que se tengan problemas para explicar algo no da píe a que tengamos que recurrir a hipótesis más improbables e inverosímiles que la posibilidad de que existan más explicaciones dentro del ámbito naturalista (Recomendación epistemológica donde las haya).

Parecería una evidencia afirmar que, como mínimo, ninguna de las características de un individuo resultan ser contradictorias con las selección (la presencia de algo que tienda a eliminar al individuo antes de reproducirse) ya que serían inmediatamente eliminadas debido a que su portador moriría sin propagar sus genes. Sin embargo, la continua introducción de novedad a modo de mutaciones evita que esto suceda. Si suponemos que un individuo ha ido acumulando muchísimas adaptaciones que le hacen ser un magnífico superviviente en su nicho ecológico, nada impide que su descendiente no nazca con una mutación negativa (supongamos un gen semiletal) que lo haga menos apto que sus padres pero, aún así, todavía competitivo en la lucha por la existencia. A la larga, su genotipo podría perder (o no), pero si nosotros estudiamos ese individuo en el presente, todo su fenotipo no está constituido por adaptaciones, sino que podría tener características neutrales o incluso contra-adaptaciones no lo suficientemente letales para eliminarlo en la lucha por la vida (por ejemplo, un sapiens con miopía).

Dennett se ha postulado en el programa adaptacionista con su propuesta de “la ingeniería a la inversa”. Según este planteamiento, es epistemológicamente sensato explicar toda característica biológica como fruto de la selección natural y, por lo tanto, como beneficioso en términos de eficacia reproductiva para su poseedor. Al igual que si vemos un reloj, para comprender sus partes pensamos en la figura de un ingeniero que les dio una función clara, así deberíamos obrar con respecto a cualquier ser vivo. Dependiendo del beneficio evolutivo postulado, se podrán establecer hipótesis para comprobarlas empíricamente con posterioridad. Para Dennett, encontrarse con una característica fenotípica y no postular ninguna posible función adaptativa, es plantear una hipótesis nula que no nos vale epistemológicamente para nada. Sin hipótesis adaptacionista, la investigación no tiene ningún camino que seguir.  Como prueba de lo valioso del adaptacionismo no hay más que ver los múltiples frutos que ha dado esta directriz. Sin embargo, una cosa es una recomendación epistemológica y otra cosa es la verdad. Que sea conveniente para la investigación tratar todo como si fuera a priori una adaptación no implica que todo sea una adaptación.

En claro desafío al programa adaptacionista, Gould y Lewontin (1979) publicaron un famoso artículo en el que utilizaban la sátira del Cándido de Voltaire a la teoría de los mundos posibles de Leibniz para criticarlo. En la obra de Voltaire, el profesor Pangloss explicaba todo fenómeno ocurrido en función de su servicio a un bien mayor superior, apelando constantemente a que Dios creó nuestro Universo como el mejor de los mundos posibles. Voltaire ironizaba sobre tal afirmación cuando el profesor Pangloss encontraba bondad en el terrible terremoto que asoló Lisboa en 1755. Gould afirma que entender todo como adaptación es hacer lo mismo que hacía Pangloss: dar un sentido apriorístico a todo no lleva más que a tener que encajar ad hoc lo que no cuadre con nuestro sentido inicial.  Sería muy bonito que todo fuera explicable desde el adaptacionismo, pero la verdad es que no tiene por qué ser así. G&L apelarán a las restricciones filogenéticas como alternativas a la adaptación. Los organismos heredan pautas de desarrollo desde el cigoto hasta la fase adulta que no permiten la posibilidad de muchas cambios y que restringen la dirección de los cambios posibles. Para explicar esto pusieron el ejemplo de las pechinas de la catedral de San Marcos en Venecia. Según G&L, las pechinas son subproductos de los arcos (suponiendo, en el ejemplo, que el arco es una adaptación diseñada por la selección natural) no causados directamente por la selección natural, sino, como un epifenómeno suyo. Del mismo modo, es posible que las pechinas pudieran, a su vez, servir en un futuro como adaptaciones de algún tipo (pensemos que si el criterio artístico fuera la selección natural, las pechinas han sido decoradas y ornamentadas de diversas maneras) o permanecer inútiles siempre. De este modo podríamos encontrarnos con muchas “partes” del organismo sin una función adaptativa clara. ¿Es el caso de la mente humana?

De cualquier forma, aunque la explicación adaptacionista no pueda con todo, sí que es cierto que ha de quedar como trasfondo de cualquier otra explicación. Nuestra mente es fruto de la evolución, esto es indudable y jamás debe perderse de vista; otra cosa es que podamos explicar todas sus características desde la idea de adaptación.

La Premio Nobel Rita Levi-Montalcini dice en su El elogio de la imperfección:

“El aumento progresivo del volumen del cerebro y el incremento, más espectacular, de sus capacidades intelectuales fueron el resultado de un proceso inarmónico que ha provocado un sinnúmero de complejos psíquicos y conductas aberrantes, suerte de la que, en cambio, se salvaron nuestros compañeros de viaje, desde los primates antropomorfos hasta aquellos, infinitamente más numerosos, que nos precedieron hace centenares de millones de años, y que probablemente nos sobrevivirán: los insectos. Los que pueblan hoy en día la superficie del planeta básicamente no se distinguen de sus más remotos antepasados, que vivieron hace 600 millones de años. Desde el primer ejemplar en adelante, su cerebro, del tamaño de una punta de alfiler, se ha mostrado en tal grado idóneo para resolver los problemas del ambiente y evadir las asechanzas de los depredadores, que no se prestó al caprichoso juego de las mutaciones: debe su estancamiento evolutivo a la perfección del modelo primordial”

Parece difícil explicar qué finalidad biológica podrían tener cosas como nuestras conductas irracionales, nuestra obstinación en el error, prepotencia, perversión… ¿Que ventaja te da el que puedas caer en  una grave depresión que te pueda llevar al suicidio? ¿Pueden ser todas las características humanas superiores explicadas desde la evolución? La Tempelton Fundation ha realizado la pregunta a una serie de expertos evolucionistas y las respuestas han sido dispares. Al igual que pensaba Alfred Russell Wallace, muchos científicos creen que toda característica y conducta viva puede explicarse desde la evolución menos el intelecto humano. Y es que parece complicado encontrar una finalidad evolutiva clara, no ya sólo a nuestras “conductas aberrantes”, sino a cosas como el arte, la poesía, la filosofía… cosas que, además, solemos pensar como las más importantes de nuestra vida.

Mi postura es contraria a estos planteamientos, por dos grandes razones:

1. Si nuestras nuestras capacidades intelectuales no surgen de la evolución… ¿de dónde surgen entonces? Yo ya estoy muy mayor para intervenciones divinas y “fantasmas en la máquina”. Nuestras capacidades surgen de un cerebro y éste, como cualquier órgano del cuerpo, ha sido moldeado por la selección natural (o, estaría dispuesto a aceptar, cualquier otro tipo de motor evolutivo). Por lo tanto, aunque no sepamos cómo surgen sabemos que, necesariamente, han de surgir de aquí. Es como cuando en este post,  yo ironizaba sobre el hecho de que porque no sea ingeniero y no entienda como a través de mi tele veo la final de la Super Bowl que ocurre a miles de kilómetros de distancia, tenga que atribuirle a mi tele un origen divino o un alma. Esta es la clásica falacia ad ignorantiam.

2. Aunque muchas de nuestras conductas parezcan, o directamente sean, contrarias a lo que todos consideraríamos una ventaja evolutiva, es posible que hayan surgido como efectos marginales o colaterales a otras ventajas de tal modo que la relación coste/beneficio   sea positiva. Por el hecho de ser un cocodrilo y tener unos afilados colmillos puedo tener infecciones en la boca que me pueden llevar a la muerte. Sin embargo, sin los colmillos no podría alimentarme y moriría irremediablemente. Puedo permitirme el riesgo. Además, esta idea me parece genial para dar un golpe más a los antropocentristas: las cualidades más “dignas” del intelecto no son ni siquiera algo evolutivamente rentable, sino sólo un accidente, un residuo de otras cualidades que si lo son.

Los insectos son seres evolutivamente perfectos

Por ejemplo, el estrés fue un precio que tuvimos que pagar a cambio de tener una capacidad que nos permitiera planear nuestras acciones o fabricar herramientas. Si puedes imaginarte el futuro, puedes imaginarte que en él pasen cosas horribles y de aquí la ansiedad o el estrés. Como bien nos cuenta Robert Sapolsky en su libro ¿Por qué las cebras no tienen úlcera?, una cebra no puede representarse situaciones futuras, luego no puede sentir ansiedad ante algo que no esté pasando estrictamente en el presente. Como nosotros sí podemos, somos capaces de generarnos una úlcera. Del mismo modo, la obstinación por el error puede ser una consecuencia de la flexibilidad de una gran capacidad de aprendizaje (la letra con sangre entra… en demasiadas ocasiones), etc.

Me gusta como acaba el texto de Levi-Montalcini, hablándonos de que el cerebro de los insectos se estancó debido a que evolutivamente ya eran lo suficientemente perfectos para necesitar nada más. Si te va bien, ¿por qué evolucionar hacia seres neuróticos, obsesivos y potencialmente suicidas? Mejor así, sin conciencia ni remordimientos, sin posibilidad de error, una perfecta maquinaria de supervivencia que no necesita evolucionar. Los mamíferos, en cambio, menos perfectos, necesitaron evolucionar y tener un cerebro cada vez más avanzado. Primero, al ser insectívoros, para cazar presas en movimiento (hay que tener más cerebro para eso que para comer vegetales inmóviles), y mucho más adelante, para planificar partidas de caza o reconocer frutos venenosos. Muchos filósofos han definido al hombre como aquel ser que nunca está acabado, que siempre se siente incompleto y por eso nunca para. Mejor así, parece más hermoso ser alguien eternamente imperfecto pero en constante evolución, que un ser perfecto y estancado, aunque tenga más probabilidades de sobrevivir a los próximos diez millones de años.

Ridiculizaron a Darwin como era su deberEl Vaticano va a honrar la figura de Galileo en una serie de actividades previstas para el año internacional de la astronomía.  El arzobispo Gianfranco Ravasi afirma que los tiempos ya están maduros para una revisión de la figura de Galileo… ¿Ya? No, 362 años después de su muerte… ¿Seguro que las cosas “están ya maduras” para revisar las aportaciones de  Galileo?

En 1992 fue cuando Juan Pablo II rehabilitó la figura de Galileo, once años después de haber creado una comisión para investigar lo que realmente pasó. Es decir, la Iglesia ha tardado 350 años en decir que Galileo llevaba razón… ¡350 años! Bueno, con Darwin pasó algo parecido. No fue hasta 1950 cuando el Papa Pío XII, en su encíclica Humani Generis, dirá que el evolucionismo es compatible con la doctrina católica (91 años después del Origen de las especies). Sin embargo, en el caso de Darwin, el papado se niega a pedir disculpas.

La verdad es que no entiendo por qué la Iglesia ve más peligroso a Galileo que Darwin cuando, en esencia, Darwin no es compatible con el catolicismo. El hecho de que la tierra sea o no el centro del universo sólo contradice unas frases de la Biblia sin importancia doctrinal. No pasa nada por aceptar que Galileo tenía razón. Sin embargo, con Darwin pasa algo bien distinto:

1. El darwinismo ataca de raíz el principio antrópico (el Universo está hecho para el hombre): la selección natural es ciega, el hombre es una especie entre tantas, pudo existir con la misma probabilidad que cualquier otra. El principio antrópico es fundamental para el Cristianismo: Dios creó el mundo para el hombre.

2. El darwinismo postula una causa natural para el hombre. Ya no hace falta una explicación sobrenatural para comprender las singularidades de lo humano. El hombre es explicable desde la naturaleza y no hace falta la mano de Dios para dotarlo de alma.

Creo que estas dos razones son básicas en la doctrina darwinista y no es necesario una exégesis muy profunda para deducirlas. Es lo que se enseña en el instituto. Lógicamente, los creyentes que se toparon con Darwin y Wallace en el siglo XIX reaccionaron airadamente, como buenos cristianos que eran.

El hecho que la Iglesia asuma su compatibilidad tanto con Galileo como con Darwin no es claramente comprensible. ¡Deberían estar intentando que no se impartiera el evolucionismo en los colegios europeos!