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Ahora mismo, como puro divertimento, estoy diseñando un programita en Python para jugar a las tres en raya (o tic-tac-toe).  De momento, solo he hecho que el juego funcione mediante un simple motor aleatorio, es decir, que la máquina mueve al azar, sin estrategia alguna. Mi única pretensión, hasta ahora, ha sido conseguir que el juego se ejecute sin errores, con un código lo más elegante posible. En breve, programaré un sencillo sistema de estrategias para que mi programa de tres en raya sea ya una auténtica inteligencia artificial.

Mientras dura la partida, el programa manda ciertos mensajes de texto a la consola. Por ejemplo, cuando el motor aleatorio le indica poner ficha en una casilla del tablero que ya está ocupada, dice “Casilla ocupada. Vuelvo a intentarlo”. Simplemente con eso, de modo casi inconsciente, tendemos a darle cierta entidad mental al programa. Esa sencilla frase crea en ti la sensación de que “hay alguien ahí”, de que ese programa tiene alguna especie de anima, de principio vital oculto. A fin de cuentas, está hablando conmigo utilizando mi idioma. Cuando le implemente las estrategias de juego que, inicialmente, no serán más que el típico movimiento defensivo de poner ficha en el tercer hueco cuando el rival ha puesto dos fichas seguidas, evitando así perder en el siguiente movimiento o, a la inversa, la jugada ganadora de continuar cualquier cadena de dos fichas contiguas con una tercera, convertiremos al programita en un agente racional, en un ser que opera siguiendo propósitos y que realiza acciones inteligentes para conseguirlos (aunque “él” no tiene ni remota idea de que lo hace así).  Entonces, el proceso de personificación de la máquina habrá dado un paso más y ya, casi casi, creeremos que un pequeño homúnculo habita, en algún sentido, las entrañas de nuestra computadora ¿Por qué ocurre algo así? ¿Por qué tendemos a personificar algo que, a todas luces, no tiene ningún tipo de estado mental?

Parece muy evidente que la selección natural nos equipó con una buena Teoría de la Mente. Somos bastante competentes prediciendo las conductas en los otros, basándonos en la presunción de que actúan siguiendo creencias, deseos, sentimientos, etc. En nuestros complejos entornos sociales se antoja como una cualidad muy necesaria para aumentar nuestro fitness. Si la evolución ocultó a los otros nuestros mecanismos mentales, y nos hizo caer en el terrible problema filosófico de las otras mentes, igualmente, tuvo que generar buenos detectores de mecanismos mentales en la siempre competitiva lucha por la supervivencia. Así, al igual que existen excelentes mentirosos, tenemos a otros individuos idénticamente excelentes detectando la mentira, con la simple contemplación atenta del rostro del embustero. Pero quizá fue aquí donde nuestro sistema de detección de mentes se extralimitó y, en ocasiones, nos hace creer que seres completamente inanimados tienen una mente. De la misma manera que nuestro sofisticado sistema inmunitario se excede y ve amenazas dónde no las hay, creándonos molestas alergias, nuestro sistema de detección de mentes puede ver mentes donde no las hay.  Y es que ¿quién no toma cariño a ciertos objetos y los trata como si poseyeran, realmente, una consciencia capaz de sufrir? ¿Quién no ha sentido lástima cuando se ha desecho de su viejo coche? ¿Quién no ha tomado cariño a una prenda de ropa de forma que, cuando ya estaba inservible, le ha costado mucho tirarla a la basura? ¿No seguimos sintiendo ternura por aquel peluche que nos acompañó en la infancia, aún cuando ya vamos peinando canas?

Los niños son completamente animistas, y atribuir estados mentales a cualquier objeto inerte es una cualidad que, según Piaget, caracteriza el pensamiento preconceptual de los infantes hasta, aproximadamente, los cuatro años. A partir de aquí, el mundo de objetos animados va disminuyendo hasta que saben discernir con buen criterio los seres realmente animados de los inertes. Sin embargo, nuestro detector de mentes puede ser engañado fácilmente, sencillamente, mostrándole un objeto que se comporte exteriormente como sí estuviera animado. Así, mi estúpido programa de tic-tac-toe, con solo enseñarme unas frases en pantalla y jugar con una mínima competencia, consigue engañar a mi altamente evolucionada teoría de la mente. Y es que nuestra psique no evolucionó pensando en que iba a encontrarse con máquinas que replicarían con solvencia conductas tan humanas como el lenguaje.

Por eso mucho cuidado al atribuir mente a nuestros ordenadores. No amigos, no la tienen, y ni siquiera hay razones sólidas para pensar que vayan a tenerla a corto ni a medio plazo.

P.D:. un juego tan tonto como el tic-tac-toe nos da una idea del gran problema de las explosiones combinatorias de los árboles de decisión en IA. El tablero tiene nueve casillas. Cuando comenzamos tenemos nueve opciones posibles para colocar nuestra ficha y nuestro rival ya solo tendrá ocho para el siguiente movimiento, pues no puede poner donde hemos puesto la nuestra. Después nosotros solo tendremos siete, el rival seis, etc. Da la impresión de que los posibles movimientos en un tablero tan pequeño que va reduciendo su tamaño a cada turno no serán demasiados. Pues el cálculo es sencillo: hay 9 factorial de movimientos posibles, es decir, 362.880… ¡Ufffff! (Bueno, realmente hay algunos menos, pues tenemos que quitar todas las partidas en las que se gana o pierde antes de agotar todo el tablero, ya que se puede vencer en un mínimo de tres movimientos propios y dos del rival).