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Igual que a cualquier sistema de pensamiento, a la democracia se le pueden aplicar las clásicas paradojas de autorreferencia: ¿sería válido abolir el sistema democrático si todos votamos que así sea? ¿Podemos abolir la democracia democráticamente? ¿Es legítima una decisión que cambie las mismas reglas del juego democrático? Sería como cambiar las reglas del ajedrez mientras jugamos una partida. O, más interesantes aún son los problemas que surgen cuando nos acercamos a los límites de la democracia: ¿tiene alguno? ¿Podríamos votar democráticamente exterminar a los judíos, negar derechos a minorías étnicas o al género femenino? ¿Deben regirse democráticamente todos los ámbitos de toma de decisiones? ¿Una empresa o el ejército han de funcionar democráticamente?

Uno de los objetivos, si no el principal, de las asignaturas que imparto como profesor, es crear alumnos con capacidad de pensar por sí mismos, con sentido crítico. A mí me gusta decir que educo para crear una sociedad civil ingobernable. Educamos para la ingobernabilidad. Y así ocurre: hijos de las clases de filosofía de principios de siglo tenemos el 15-M, pero cuando se deciden a acampar en las calles realizando asambleas (ecos de la idolatrada ágora griega) no sabemos qué hacer con ellos. Después, cuando boicotean las investiduras de alcaldes y diputados decimos que hay líneas rojas que no se deben pasar. Estamos de nuevo ante una paradoja: ¿Quieren más democracia a la vez que atacan las instituciones democráticas? ¿Quieren más representación a la vez que increpan a los legítimos representantes? Claro, diríamos, pero es que precisamente los hemos educado para ello: si quieres rebelarte contra el sistema tendrás que atacarlo ¿Desde cuando las revueltas no molestan? Los políticos quieren que los movimientos críticos sean majetes con ellos y no hagan ruido alguno. Sí, critica lo que quieras sentado en tu placita debatiendo con tus amiguitos, que yo seguiré a lo mío. Es más, si me viene bien y queda popular, voy y muestro públicamente mi simpatía hacia ti. No queridos políticos, la desobediencia civil significa desobediencia, es decir, dar problemas.

Artur Mas dijo que costó mucha sangre erigir el parlamento catalán. Es cierto, las instituciones democráticas que tenemos son fruto de siglos de esfuerzos y, en gran parte gracias a ellas, gozamos de unas cuotas de bienestar inauditas en la historia. Pero, ¿qué pasa cuando políticos mancillan ese parlamento con sus corruptelas y demás bajezas? No les votes, diríamos. Pero, y aquí va otro de los grandes problemas de la democracia: ¿qué pasa si no podemos echar a esos políticos? El sistema democrático se da muy fácilmente a la manipulación, al engaño, a la retórica, al populismo sofista. Como ya denunciaron Platón o Aristóteles, la democracia degenera fácilmente en demagogia. Los políticos luchan por controlar los medios de comunicación, marcan las directrices de los informativos de las televisiones y las líneas editoriales de los periódicos. ¿Cómo entonces dar legitimidad absoluta a los resultados de las votaciones si pueden ser fruto de la manipulación? Resulta poco más que evidente como la atención mediática se centró primordialmente en los altercados violentos en el parlamento catalán y no dijo apenas nada de los duros recortes que se aprobaron en él ¿Es legítimo un gobierno erigido por una población manipulada?

Podríamos contestar que no y entonces sería lícito entrar en el Parlamento y tomarlo. ¡Peligrosísima solución! No, nuestra democracia tiene serios problemas a todos los niveles pero la solución no está en llevar su crítica al extremo de tener que cambiarla de raíz (esta es la simplista bipolarización en la que solemos caer muchas veces). La solución está en una regeneración, en cambios profundos, pero admitiendo y conservando los elementos positivos, que son muchísimos. Aquí el árbol no nos deja ver el bosque. Es curioso como cuando alguien se declara antisistema no duda en acudir a un hospital público para curarse los moratones que le han causado los antidisturbios como si el hospital no fuera parte del sistema. Supongo que tampoco le gustará el agua caliente que sale por las cañerías, la luz eléctrica o las carreteras por las que circula. O nuestro querido acampado al que la ha tocado la lotería… ¿No debería renunciar a un premio dado por un sistema tan corrupto?

Si algo se puede sacar de positivo de los disturbios en el parlamento catalán es que a los políticos se les ha dado un toque muy serio, se les ha asustado. Está bien (advierto que voy a decir una barbaridad) que los políticos no puedan tomar a la ligera decisiones tales como hacer recortes en sanidad, que sepan que no tienen impunidad total para hacerlo. Eso es lo único bueno que veo en unos altercados bochornosos a todas luces condenables e injustificables. Las grandes crisis llevan todo al extremo y ahora estamos viendo como todos nos estamos moviendo en los límites de la democracia, en los límites del sistema.

Véase Sobre demos y kratos