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He leído en varias ocasiones, con torcida perplejidad, a expertos en áreas tecnológicas afirmar, con suma tranquilidad, que la tecnología ni es buena ni mala, que todo depende del uso que se le dé. Así, un cuchillo puede servir tanto para cortar el tan necesario alimento, como para apuñalar al prójimo. Por consiguiente, los empresarios-ingenieros-fabricantes quedan exonerados de toda culpa por diseñar cualquier artefacto, cayendo la totalidad de la responsabilidad en el usuario. Grave error para, como es habitual, metérnosla doblada.

La tecnología no es, de ningún modo, neutra éticamente. Veamos una serie de argumentos para dejarlo claro como el agua:

1.Toda tecnología requiere unos materiales y un coste energético, por lo que cabe preguntarse: ¿Cuán de escasos son esos recursos?  Si son escasos ¿no se necesitarán para otro objetivo éticamente más importante que el que yo les voy a dar? ¿Cómo de difícil es su extracción? ¿Se pondrán en peligro vidas para ello? Famoso es el debate acerca de los materiales con los que se construyen nuestros teléfonos móviles: ¿es ético producir y consumirlos sabiendo de donde vienen sus componentes? En lo que respecta a la IA, hasta hace poco nadie parecía caer en su elevado coste medioambiental cuando la enorme necesidad de capacidad de cómputo dada la notoria ineficiencia del deep learning es muy patente. La IA no es ecofriendly, y eso merece una profunda reflexión.

2. Toda tecnología requiere un proceso de producción: ¿dónde y quién lo realiza? ¿Los trabajadores reciben un salario justo y sus condiciones laborales son adecuadas? Mucho se ha debatido sobre las condiciones laborales de las fábricas asiáticas, donde se produce, prácticamente, todo la tecnología que consumimos. A través de Pinker, he leído estos días sobre la interesante, y polémica, idea de la curva de Kuznets: tras un periodo de gran desigualdad, cuando los países llegan a un alto nivel de desarrollo, la desigualdad se reduce. Quizá no justifique éticamente esa desigualdad, pero en ausencia de alternativas viables en esos países, es posible que sea la mejor opción (si bien también se ha discutido si su base empírica se sostiene).

3. Toda tecnología genera residuos, por lo que cabe preguntarse: ¿que residuos va a generar la nuestra? ¿Son biodegradables? ¿Cuál será su impacto medioambiental? ¿Dónde se almacenan y en qué condiciones? Así, tenemos el gran debate sobre la idoneidad de los coches eléctricos. Por un lado parecía que eran mucho más ecológicos, pero cuando caemos en lo que contamina generar la electricidad que consumen, vemos que no lo son tanto. En está línea está la polémica con respecto a las centrales nucleares. Yo creo firmemente que el sector ecologista que las critica está equivocado. Si hacemos un balance de pros y contras, y a falta de que la energía solar mejore, son una magnífica opción y una buena forma de luchar contra el cambio climático.

4. Toda tecnología tiene efectos secundarios no previstos por los diseñadores. Por eso todo proyecto tecnológico tiene que ir acompañado de una buena evaluación de riesgos. Ya hablamos aquí hace tiempo de la elegante definición de eficiencia tecnológica de Quintanilla: una máquina es eficiente si utiliza los medios más económicos para llegar a sus objetivos y a nada más que a sus objetivos. Esta última parte es la clave: hay que intentar que no se nos escape nada, y si no podemos evitar que se nos escape (realmente, es muy difícil predecir a medio y largo plazo cómo estará el tema), al menos, hacer una sesuda reflexión sobre ello y ponderar razonablemente si merece o no la pena.

5. Toda tecnología tiene posibles usos perversos ¿cuáles son y cuál puede ser su gravedad? ¿Hasta dónde puedo garantizar que no se lleven a cabo? Por ejemplo, parece evidente que si yo creo un método de edición genética que permite a cualquier persona del mundo, sin conocimientos de bioquímica, crear en su casa un virus letal, no deberé sacar a la luz tal tecnología. Y aquí es donde mejor se ve la no neutralidad ética de la tecnología: no es éticamente lo mismo diseñar una vacuna que una bomba de hidrógeno, porque los posibles usos perversos de la segunda son mucho mayores que los de la primera. Resulta muy curioso como en el caso de la IA, se haga más mención al uso perverso que «ella misma» hará contra nosotros (la famosa rebelión de las máquinas), más que del uso perverso que muchos humanos harán de ella. Y, del mismo modo, también resulta curioso que se sobredimensionen sus peligros y usos negativos (los killer robots o los algoritmos sesgados) cuando sus usos positivos son infinitamente más beneficiosos para la humanidad que estos posibles perjuicios. En la IA, igual que pasa con la ingeniería genética, se está ponderando muy mal su uso futuro.

6. Toda tecnología tiene un grado de impacto global: no es lo mismo un invento que hago en mi casa y se queda allí, que algo que tenga muchísimas repercusiones a todos los niveles. Por ejemplo, yo invento un cereal transgénico cuyas cualidades abaratan muchísimo sus costes de producción y, por tanto, su precio final. Supongamos que existe un pequeño país cuyo principal producto de exportación es el cereal. Entonces, he de prever qué efectos sobre la economía de ese país tendrá que yo saque al mercado mi producto. Si que yo me forre implica que condene a un país a la hambruna y a la miseria, he de repensar mi estrategia y buscar otras vías. Además, en un mundo globalizado donde todo está interconectado, hay que tener en cuenta que lo que uno hace en Londres, puede tener repercusiones en Tokio, es decir, que el grado de impacto de cualquier cosa que se haga es, potencialmente, mucho mayor que antaño, por lo que, igualmente, el grado de responsabilidad crecerá a la par.

El error de pensar en la neutralidad de la técnica está en pensar entendiendo los diversos agentes y elementos sociales de forma aislada cuando, verdaderamente, nada se da de forma aislada. Tanto más cuando un desarrollo tecnológico es, en la actualidad, una tarea inmensa. Así creo que una buena forma de entender la globalidad o localidad de cualquier evento es la teoría de sistemas: entender los fenómenos sociales como sistemas o partes de los mismos, siendo un sistema un conjunto de elementos y de interrelaciones entre ellos y otros sistemas. De este modo podemos extender nuestra responsabilidad ética cuando creamos algo: no solo hay que estudiar lo que ocurrirá en nuestro sistema al introducir el nuevo elemento, sino qué consecuencias tendrá en los demás.

Imagen del artista callejero Ludo.

 

Después del más que desagradable asunto de las gemelas modificadas genéticamente por el científico He Jiankui, ahora tenemos al biólogo ruso Denis Rebrikov, queriendo emular al chino. Estas locuras, reprochables a todos los niveles, parecen dar la razón a todos los bioconservadores que se manifiestan en contra de cualquier forma de edición genética. Parecen decirnos ¿Veis lo que pasa si jugamos a ser dioses? Todavía no hemos hecho casi nada más que empezar con la biología sintética, y ya nos saltamos toda norma moral a la torera.

Sin embargo, esto no es más que oportunismo. Ni el más tenaz transhumanista está a favor de lo que ha hecho Jiankui, principalmente, porque todavía no se sabe lo suficiente para predecir todos los efectos secundarios de la mutación de genes. Cuando hablamos de eugenesia en términos éticamente aceptables hablamos, claro está, de mejorar la salud y no de empeorarla. Creo que es obvio. Así, que un científico viole las normas éticas, e incluso las legales, no es razón suficiente para oponerse a una determinada tecnología, más cuando sus promesas son, con mucho, muy superiores a sus riesgos (por mucho que nos quieran vender lo contrario). Creo que en ciencia y tecnología hay que actuar basándose en lo que Max More definió en 2005 como principio proactivo: si consideramos la libertad en la innovación tecnológica como algo muy bueno para la humanidad, la carga de la prueba siempre debe recaer para aquellos que proponen medidas restrictivas. Entonces, dejando de lado los casos puntuales de He Jiankui y de Rebrikov, hoy voy a centrarme en dos de los argumentos más repetidos sobre el tema, de la mano de dos de los máximos bioconservadores de la actualidad: Leon Kass y Francis Fukuyama. El primero, que dirigió el Consejo Presidencial sobre Bioética del gobierno de los Estados Unidos,  hizo famoso su texto «La sabiduría de la repugnancia». Leamos uno de los fragmentos más potentes:

La gente siente repugnancia frente a muchos aspectos de la clonación humana. Se echan atrás ante la perspectiva de producir en masa seres humanos, con grandes conjuntos de tipos iguales, dañados en su identidad; la idea de gemelos padre-hijo o madre-hija; la extraña posibilidad de que una mujer dé a luz y críe a quien es una copia genética de ella misma, de su esposo o incluso de su padre o madre difuntos; lo caprichoso y grotesco de concebir un niño como sustituto exacto de otro ya muerto; la creación utilitaria de copias genéticas embrionarias de uno mismo, para ser congeladas y desarrolladas en caso de necesitar tejidos homólogos u órganos para trasplante; el narcisismo de los que se clonarían a sí mismos, o la arrogancia de otros que sostienen que ellos saben tanto quien merece ser clonados, como qué genotipo le gustaría recibir a un niño que ha de ser creado; la exaltación frankensteiniana de crear vida humana y controlar de modo creciente su destino; es decir, el hombre jugando a Dios.

 

La argumentación de Kass es bien clara: no debemos permitir éticamente lo que nos produce repugnancia. Tengamos en cuenta que la sensación de repugnancia es un sistema de defensa creado por la evolución para evitar enfermedades o intoxicaciones. Es, entonces, un pedazo de «sabiduría biológica» avalada por eones de selección natural, y no cualquier criterio arbitrario. Kass estaría recurriendo al clásico iusnaturalismo que sostiene grosso modo que la naturaleza es sabia, y que es conveniente seguir sus designios. Esto es fácilmente desmontable desde la célebre falacia naturalista: que algo sea así en la naturaleza no quiere decir que deba ser así. Es el argumento típicamente utilizado contra el darwinismo social: si aceptamos que lo que hace la naturaleza es lo correcto, que el pez grande se coma al pez pequeño nos debería parecer bien cuando, precisamente, lo que nuestros sistemas jurídicos intentan es lo contrario: proteger a los débiles de las injusticias naturales.

Igualmente, apelar al sentimiento de repugnancia como criterio ético tiene más problemas. Estaríamos ante el viejo emotivismo, el cual, puede explicar bien el origen de la moral, pero es incapaz de justificarla. Si bueno es aquello que me causa un sentimiento agradable, no podríamos decirle a un sádico o a un psicópata que lo que hacen está mal. Igualmente, apelando a la repugnancia podríamos negar derechos a homosexuales o transexuales, a gente con sobrepeso o, sencillamente, poco agraciada físicamente o con algún tipo de deformidad. Dado que la sensación de repugnancia tiene diferentes intensidades y es, muchas veces, imposible de diferenciar de otras sensaciones como el rechazo, la extrañeza o la incomodidad, podríamos utilizarla para oponernos a las personas de otras razas, o distintas a nosotros por cualquier motivo. De hecho, Pinker en The stupidy of dignity critica que Kass encuentra repugnantes conductas como comer conos de helado, el cambio de sexo o que mujeres pospongan la maternidad o estén solteras acercándose a los treinta. Incluso tendríamos el problema de que la repugnancia, al ser, como mínimo, parcialmente educable, estaría sujeta a las mismas críticas que podemos hacerle al relativismo cultural: a un nazi que ha sido eficientemente adoctrinado en las juventudes hitlerianas, no podríamos reprocharle su rechazo a los judíos y su satisfacción ante su exterminio.

Pero es más, es que el argumento puede utilizarse para algo con lo que Kass no está nada de acuerdo: la eugenesia ¿Qué hay que cause un sentimiento mejor que contemplar a personas sanas, bellas o inteligentes? Si bien en el proceso de creación en laboratorio podríamos sentirla, los frutos de la eugenesia serían lo contrario a la repugnancia, representando todo lo agradable del ser humano. Podríamos hacer un cálculo de costos y beneficios, y entender que esa repulsión inicial es suplida con creces por el sentimiento de agrado conseguido.

El otro gran argumento es el dado por Fukuyama en su El fin del hombre (2002). Este politólogo estadounidense está en contra de la clonación o la eugenesia apelando a lo que el denomina Factor X, una especie de esencia humana que no debemos trastocar bajo ningún concepto ¿Y qué es? Fukuyama utiliza la x, precisamente, para denotar su carácter vago, ambiguo, casi indefinible o incognoscible por definición. El Factor x no es el uso del lenguaje, ni la inteligencia, ni la capacidad de sentir, ni ninguna otra capacidad o cualidad que, tradicionalmente, se haya situado como la esencia humana por encima de las demás.  El Factor x es, en cierto sentido, todas ellas conjuntamente. Fukuyama quiere escapar de las clásicas críticas que históricamente se han hecho a todo aquel que ha querido reducir la esencia humana a un único factor. Por ejemplo, si defines al ser humano por su inteligencia, una persona con un grave retraso mental ya no sería humana, o si lo defines por su consciencia, alguien en coma ya dejaría de serlo. Sin embargo, si la esencia del hombre no es nada tangible y, a la vez, lo es todo, no caeremos en ningún tipo de reduccionismo.

En el fondo, los malabares de Fukuyama no dejan de ser una forma soterrada, o no tanto, de volver al viejo concepto de espíritu o alma inmortal. Para criticar el naturalismo de sus enemigos darwinistas, Fukuyama saca lo esencial del hombre del plano natural al metafísico. Ya está, no hay más, volvemos a formas de pensar muy viejas: una naturaleza humana espiritual inviolable. El problema es que Fukuyama parece no entender que, dada la teoría de la evolución, la naturaleza humana no es algo dado, sino que está en continuo cambio. De aquí a 100.000 años la naturaleza humana será muy diferente a la que es ahora ¿Y hacia donde irán esos cambios? En gran parte al azar ciego del barajeo de genes en el que consiste la reproducción sexual ¿Es mejor dejar que la suerte decida sobre nuestra naturaleza? Imaginemos que la selección natural premia genes más agresivos, egoístas o estúpidos… ¿Sería ético no hacer nada por evitarlo? Agarrarse a la idea de dignidad humana basada en sacralizar su naturaleza es un grave error. No debemos nada a la naturaleza humana porque en ella hay cosas muy malas. Recordemos que los que construyeron Auschwitz tenían ese mismo Factor x que no hay que tocar bajo ningún concepto.