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Si propones medidas concretas te posicionas y si te posicionas te conviertes en partido político y pierdes tu valor. Si no propones medidas concretas no reivindicas nada, no puedes cambiar nada y, por lo tanto, pierdes tu valor.

A este dilema se enfrenta el movimiento 15-M. En principio, sus reivindicaciones son tan generales y de sentido común (hasta algo románticas) que serían suscritas por cualquier persona, desde el más rancio conservador hasta el más exaltado progresista. Pero, precisamente por eso, no son prácticas, no son aplicables. Las reivindicaciones necesitan concretarse, necesitan transformarse en medidas efectivas. Aquí radica el problema: concertar es posicionarse. Y así ha sido: lemas como “No somos mercancías en manos de banqueros” o “Madrid será la tumba del neoliberalismo” o algunas propuestas como cambiar la ley electoral o pedir el voto para los partidos minoritarios, posicionan el movimiento dentro de la izquierda. No es casualidad que Izquierda Unida sea el partido que más apoya la revuelta (deberían reflexionar sobre cómo no han sabido canalizar estas reivindicaciones a través del voto a su agrupación) y que el PP se ha lanzado rápidamente a desprestigiarla. Si el movimiento va concretando medidas acabará por convertirse o ser absorbido por un partido y allí se difuminará.

Cada partido, cada ideología persigue a su manera un mundo mejor. La derecha defiende modelos neoliberales mientras que la izquierda todo lo contrario. Es una cuestión de elegir, de pensar en cuál de ambos mundos queremos vivir, y lo que se les exige a los políticos no es que cambien sus ideologías, sino que, al menos, sean fieles a ellas. Y en este punto es donde la Spanish Revolution tiene más razón: es que ambas ideologías han dejado de intentar conseguir sus respectivos mundos mejores. Es que lo que se está resintiendo es el mismo sistema democrático, las mismas reglas que permiten la puja entre las diferentes ideologías. Tenemos un sistema bipartidista con una enorme crisis de representación, una grave crisis económica a la que el partido gobernante se muestra totalmente incapaz de dar respuesta y una degeneración de uno de los pilares de todo sistema democrático: la división de poderes (hay un peligroso crecimiento de la impunidad de la corrupción política y del manejo de los tribunales con intereses partidistas). Ademas, la guinda de todo, es que los recortes sociales afectan fundamentalmente a las clases media y baja mientras que la clase política se muestra ajena a toda responsabilidad viviendo a costa de privilegios acumulados (y que, curiosamente, el ejecutivo no afronta con contundencia). Una muestra más de su negligencia es que cuando su imagen pública jamás ha sido más negativa (es increíble que la población perciba a la misma clase política como el tercer mayor problema en España: ¡los que deberían resolver problemas se convierten en problema!), no hay respuesta de ningún tipo: ni cambio de líderes ni cambio de ideas ni nada de nada. Da la impresión de que la clase política vive en otra realidad, ha desconectado de la gente. Los sindicatos, quizá lo más vergonzante de todo el asunto, permanecen en silencio mientras que los ciudadanos han tenido que movilizarse por sí mismos (¿dónde se ha visto que si una función esencial de un sindicato es fiscalizar la labor del gobierno sea éste mismo el que financia al propio sindicato?).

En este sentido, en la medida en que los acampados defienden una regeneración de la democracia como tal que, en el fondo, no es ni más ni menos que una profunda regeneración de la clase política, tienen toda la razón y allí reside la mayor parte de su fuerza: luchar por la democracia y no por ninguna otra ideología. Creo que este debería ser su principal lema por encima de la lucha contra el capital o los mercados. Por eso me hace mucha gracia cuando muchos políticos oportunistas muestran su simpatía por el movimiento… ¡Imbécil! ¿No te das cuenta de que van fundamentalmente contra ti?

No estoy muy seguro de cuál va ser el futuro. Cuando pasen las elecciones supongo que el núcleo duro de las manifestaciones seguirá activa hasta las nacionales, que son en las que todo esto tendría más sentido. No obstante albergo cierto pesimismo. El PP ganará, vendrán recortes salvajes bajo la argumentación de que los socialistas habían dejado las cosas mucho peor de lo que decían y, de aquí a unos cuantos años, la crisis se irá, todos viviremos un poquito mejor que ahora y los banqueros seguirán en sus yates acompañados de los políticos a la mesa. Mi esperanza radica en que, al menos, el gran respaldo de las manifestaciones sirva para legitimar y poner en la palestra mediática discursos críticos que, a la larga (creo más en la evolución que en las revoluciones) sean la base de auténticos cambios sistémicos.

Todo mi apoyo hacia ellos: 15-M por una democracia más real, porque sobreviva el sistema democrático por encima de la clase política.

¿Por qué esta iniciativa parece interesante?

1. No ha sido convocada por ningún partido ni sindicato e intenta mantener una línea independiente.

2. Ha surgido espontáneamente en Internet de la impotencia y del “cabreo” generalizado de los ciudadanos.

3. El eslogan está bien: lo que realmente se está resintiendo en estos tiempos aciagos es la misma democracia, la misma idea de política.

4. Hay que empezar a actuar, no podemos seguir tan pasivos ante lo que está ocurriendo.