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El axioma ético situado en la base del problema es el concepto de sufrimiento. Los antitaurinos defienden que un ideal ético loable es evitar el sufrimiento en todo momento y lugar, tanto para los seres humanos como para cualquier ser vivo capaz de sentirlo. ¿Qué interrogantes trae consigo esta postura?:

1. ¿Realmente los toros sienten sufrimiento? O, en el caso de que lo sufran: ¿es equiparable al sufrimiento humano de tal modo que su bienestar merezca una defensa similar o, en el caso más extremo, algún tipo de defensa? El sistema nervioso del toro tiene unas similitudes tales al nuestro que no cabe duda que la sensación de dolor será muy parecida. Otra cosa diferente es cómo nosotros percibimos, reflexionamos, vivimos el dolor. Es evidente que el toro no reflexiona acerca de su sufrimiento ni tiene ni idea de lo que podrá ser la condición taurina, pero eso no invalida que el dolor, cuando lo siente, es dolor tal y como el nuestro. Si aceptamos el ideal ético de evitar el sufrimiento, este ideal es extensible al resto de seres que puedan sufrirlo.

2. Pero, ¿no tendrá alguna restricción este ideal? ¿Es siempre preferible evitar el sufrimiento? La respuesta es negativa. Hay muchas ocasiones en las que parece razonable aceptar algo de sufrimiento en busca de un bien mayor. Yo voy al gimnasio, padeciendo las máquinas de tortura que allí funcionan, en pro de mejorar mi salud. Pero no sólo en pequeñeces como ésta se ve la bondad de la elección del sufrimiento, sino en casos mucho más dignos de alabanza: la gran cantidad de héroes históricos que han dado sus vidas por defender unas consignas de paz, justicia o libertad. En muchas ocasiones, parece muy lícito anteponer otros valores por encima de la propia vida. En este sentido podríamos argumentar que el sufrimiento del toro se justifica en pro de un bien superior, entendiendo la tortura en el ruedo como un mal asumible. Sin embargo, ¿cuál es el bien mayor en la tauromaquia? Sus fines se predican en torno al arte, el entretenimiento, la tradición y la actividad económica. Ninguno de ellos es lo suficientemente loable para justificar la tortura del animal (más cuando los bienes no recaen sobre el sujeto sufriente sino sobre otros).

3. Podría argumentarse que el toro de lidia consigue una vida más placentera (haciendo un cálculo de placeres a lo Epicuro) al ser especialmente criado para el toreo, que si se lo destinara para alimento, ya que las condiciones de vida en la industria cárnica son  aún peores. Los pocos minutos de sufrimiento merecen la pena después de años de libertad en las dehesas. Dado el estado actual de la vida de los bóvidos en Occidente, los que mejor viven son los toros bravos. De acuerdo, pero esto sigue sin justificar su sufrimiento. En el caso de que no nos quedara otra, de que fuera absolutamente imposible hacer otra cosa para garantizar el bienestar del toro que diez minutos de tortura y muerte, estaríamos de acuerdo, pero es que no es el caso, ya que no tenemos obligación alguna de torearlo.  Estamos ante una falacia tu quoque: que se maltrate a animales en otros contextos no implica que podamos maltratarlos en la lidia. No hay que elegir, podemos tratarlos bien siempre.

4. Sin embargo, aquí es donde vienen los problemas para los defensores de los animales. Si queremos llevar a sus máximas consecuencias la evitación del sufrimiento animal pronto aparecen paradojas. No se trata sólo de volvernos todos vegetarianos, sino de garantizar el bienestar de todos los animales. Aparentemente, lo que cualquier ecologista diría es que bastaría con dejarlos vivir en libertad en su hábitat natural. Empero, la naturaleza no parece un contexto en el que reine el bienestar y la convivencia pacífica (Gaia no es tan maja). Siguiendo nuestra máxima de evitar el sufrimiento  habría que proteger a los animales de los otros animales… ¿Qué hacemos con los carnívoros? ¿Qué hacemos con la fiereza del tigre, el instinto cazador del águila o la tela de la araña? ¿Qué hacemos con los parásitos, con los animales que viven del mal de otros? Domesticarlos, mermarlos, transformarlos en seres inofensivos.  Dicho resumidamente: para proteger la naturaleza deberíamos construir otra naturaleza nueva. El mundo se convertiría en un superzoológico del bienestar poblado por animales domesticados para “ser buenos” que dudo mucho que gustara a los veganos.

5. Lo que parece un ideal ético positivo llega a problemas al aplicarse en todas sus consecuencias. Los pro taurinos pueden utilizar este modo de reducción al absurdo para defender su arte (mucho mejor que un pésimo Fernando Savater, el cual les hace un flaco favor estando en su bando).

6. Lo cual no les da tampoco la razón. Cuando nos encontramos con dos argumentaciones falaces o autocontradictorias no hace falta descartar ambas, a falta de algo mejor podemos escoger la menos mala. En este caso, evitar la tortura de un animal parece un ideal ético superior a fines artísticos, tradicionales, lúdicos o económicos. Si he de posicionarme, a falta de más razones, lo hago al lado de los antitaurinos.