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“Creo que la capital de China es Berlín”

Estoy equivocado y puedo no ser consciente de que estoy equivocado. Puedo creer con suma certeza que Berlín es la capital de China y no suponer la ridícula gravedad de mi error. Sin embargo, parece impensable que yo esté equivocado en la siguiente aseveración:

“Sé que creo que la capital de China es Berlín”

Téngase muy en cuenta que la frase no empieza por un “creo que” sino por un “sé que” aumentando el grado de certeza de la afirmación. No lo creo, estoy seguro que creo esto. Todo el mundo podría decirme que la capital de China no es Berlín, pero nadie podrá sostener que yo no creo que sea Berlín. La certeza de que creo en lo que creo, de que pienso lo que pienso o siento lo que siento parece absoluta. Eso mismo afirmó Descartes con su famoso “Cogito ergo sum”. Todas mis creencias pueden ser falsas, pero nadie puede dudar de que las tengo.  ¿Seguro? Despegamos.

Descartes afirmaba que podíamos poner en duda todo lo que observamos por los sentidos. Podría darse que estemos soñando o teniendo una alucinación y que lo que creo ver en un lugar no esté realmente en tal lugar. Sin embargo, de modo, acrítico no ponía en duda lo que observamos “en nuestra mente”. La creencia de que Berlín es la capital de China es “captada” por nosotros al igual que un árbol delante de nuestros ojos. Sin embargo, para Descartes se podía dudar de la existencia del árbol pero no de la existencia de una creencia. Al igual que un genio maligno podría poner ese árbol donde realmente no está para torturarnos, ¿por qué no podría hacer lo mismo con nuestros pensamientos? ¿No podría colocar en mi mente creencias que realmente no tengo? Descartes parece tratar, injustificadamente, de desigual forma percibir mediante los sentidos que percibir “en la mente”.

Del mismo modo que podemos decir que soñamos que estamos volando por encima de la ciudad, siendo eso falso, podríamos decir que soñamos que creemos que creemos que Berlín es la capital de China. Es exactamente lo mismo y Descartes parece no darse cuenta.

Christopher Nolan, narra en su película Inception (2010) que sería posible entrar en los sueños de una persona y depositar en ellos una idea que el sujeto, en principio, no tiene. Así, los protagonistas entran en su mundo onírico y pasan mil y una peripecias hasta “convencer” a un rico heredero de que debe renunciar a seguir con la empresa de su padre. La víctima de tal “asalto mental” cree, al principio de la película, que debe seguir con el proyecto paterno. Sin embargo, al final, cuando los protagonistas cumplen su misión, cree que debe abandonar ese proyecto y comenzar uno propio. El genio maligno de Descartes habría realizado su obra maestra: hacer que alguien crea algo que realmente no cree.

Hay que aceptar de una vez por todas la incertidumbre: un mundo sin certezas, sin ningún punto seguro desde el que asomarse. Fue un gran error del pensamiento moderno obsesionarse con la certeza, obsesionarse con la búsqueda de un conocimiento incuestionable cuando, precisamente, lo más interesante surge de las diversas perspectivas, de los problemas intelectuales que surgen ante cualquier cuestión. La ciencia sería muy aburrida si solo constara de un conjunto de certezas. Dios ha sido muy cruel con los inseguros, pero muy generoso con los curiosos.

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deterministadados

Debido a mis continuos improperios dirigidos al ministro de educación en una manifestación, las autoridades competentes me detienen y me encarcelan. Y allí estoy yo, encerrado tras las paredes de una lúgubre celda pensando en cómo se han vulnerado mis derechos civiles, como se han violado mis libertades fundamentales. Pero, de repente, caigo en que soy determinista, en que no creo que exista nada que podamos llamar con propiedad “decisión libre”, por lo que nuestra sensación de libre albedrío no es más que una ilusión mental. Entonces, me digo que no debería preocuparme. Dentro de una celda soy igual de libre que en el salón de mi casa, es decir, nada de nada. Sin embargo, no consigo calmarme. Yo no quiero estar en la cárcel, quiero salir… ¡quiero ser libre! ¿Qué ocurre entonces? ¿Es absurdo el determinismo?

No, simplemente, hay que revisar nuestras definiciones. Ted Honderich, profesor emérito del University College de Londres y un determinista a la vieja usanza clarifica muy bien la cuestión, en primer lugar, definiendo determinismo:

El determinismo, tal y como yo lo entiendo es la doctrina según la cual cada uno de nuestros eventos o episodios mentales o conscientes, incluida toda decisión, elección y , es el efecto de una decisión causal. La secuencia es anterior a la decisión, la elección o la acción, y a cualquier pensamiento al respecto.

Ted Honderich, entrevistado por Julian Baggini

en Lo que piensan los filósofos (Paidós, 2011).  

El universo es una gran red causal que avanza irreversiblemente hacia el futuro. Todos los sucesos están encadenados a fenómenos que ocurrieron temporalmente antes, de modo que estos sucesos causan necesariamente los anteriores. Honderich lo deja claro:

Cada suceso en ella es un efecto real, un suceso necesario, por así decirlo. Desde luego, no un suceso hecho probable meramente por los antecedentes. Es algo que tenía que ocurrir dados los antecedentes.

Si aceptamos el determinismo nos encontramos de lleno con el problema de la libertad. Si todo está determinado por sus antecedentes yo no soy libre de tomar ninguna decisión, por lo que hablar de libre albedrío carecería por completo de sentido. Entonces yo encarcelado no debería preocuparme mucho, ya que metido en una celda no soy más libre que descansando plácidamente en el sofá de mi casa. En ambos casos mis decisiones son tomadas de antemano por las circunstancias anteriores a mi elección. Si llevamos este argumento a su extremo hablar de derechos tan fundamentales como  la libertad de expresión o de culto, e incluso hablar de la misma democracia (voto libre) es absurdo.

Muchos pensadores optaron por lo que se conoce como compatibilismo. Intentaron hacer compatible esta idea de libertad personal con el determinismo físico. Creo que no lo consiguieron porque la mayoría de sus planteamientos se basaron en “sacar la libertad del orden físico”. Para Descartes la mente es una sustancia diferente a la materia que se rige por otras normas. Kant optó por algo parecido: sacar la libertad del mundo fenoménico para meterla en el nouménico, otro mundo diferente al regido por leyes físicas. Sin embargo, sí es posible mantener el determinismo y que, al menos, tenga sentido hablar de libertad sin tener que postular otras realidades diferentes a la material, si redefinimos lo que significa el término. Así, Honderich distingue dos tipos de acciones “libres”: las acciones originarias y las acciones voluntarias.

[…] la acción originada […] es aquella que tiene una génesis, un inicio, bastante difícil de definir. En cierto sentido, sabemos que entienden por origen (origination) los incompatibilistas. Éste supone que el agente llega a una decisión, elección o acción de forma no determinista, y la decisión, la elección o la acción permanecen dentro del control del agente. Por encima de todo, el origen es el comienzo de una decisión o elección que hace responsable de ella al agente, moralmente responsable de ella en un sentido fuerte.

Si pensamos que algo funciona de modo determinista y, por lo tanto no es libre, si sucesos anteriores determinan sus acciones, una decisión, elección o acción libre tiene que “salirse” de esta cadena causal, no estando determinada por el pasado, es decir, debe ser un origen, algo que surge como una novedad pura ex-nihilo, un punto cero absolutamente inconexo con sus antecedentes temporales, un suceso incausado… Y algo así, tal como subraya Honderich es muy difícil de definir: ¿cómo es un fenómeno de esas características? Sería algo jamás observado por la ciencia hasta el momento, una especie de singularidad.

Pero podemos definir un acto libre de otra manera, como acción voluntaria:

El tipo de libertad que supone la voluntariedad viene a ser el siguiente: una acción libre es aquella que fluye desde los deseos, la personalidad y el carácter del agente, en lugar de oponerse a éstos. El agente no está en una cárcel, no es la víctima de un hombre con una pistola, no está sujeto a una compulsión interior que no quiere tener. Actúa de tal suerte que sus acciones fluyen de él. Según esta definición, una acción libre es, en efecto, lógicamente compatible con el determinismo. El determinismo no dice que no haya acciones que fluyen del agente. Simplemente dice que existe algún trasfondo causal que fija el resultado. Según la interpretación compatibilista, la acción libre es justamente aquella que posee un trasfondo causal interno y fundamental para el agente, por así decirlo, en lugar de externo.

Explicado de otro modo: la libertad entendida como acción voluntaria quiere decir que yo hago algo libremente si, realmente, la acción está acorde (es efecto) con mis deseos, creencias o intenciones, a pesar de que éstas estén completamente determinadas por causas anteriores. Yo quiero salir de la cárcel, creo que es horrible estar allí. Entonces toda acción que obstaculice tales deseos me privará de mi libertad.

De esta forma mantenemos una postura totalmente determinista, seguimos sosteniendo que la libertad (originaria) es una ilusión, y sigue teniendo sentido hablar de libertades fundamentales o democracia. Y, lo mejor de todo, no hay que recurrir a extrañas piruetas conceptuales compatibilistas que terminan por llevarnos al dualismo.

Estoy tranquilamente en casa en un día lluvioso. Miro por la ventada deleitándome con el espectáculo de la lluvia, viendo pasar los agolpados automóviles y los apresurados transeuntes armados con paraguas. De repente, un terrible accidente: un coche choca contra una gasolinera provocando varias explosiones. Muchos cadáveres se esparcen inmóviles por la calle. Conmocionado, observo con más atención la escena y, para mi total incredulidad, los cuerpos inertes no son orgánicos… donde debería haber sangre y vísceras sólo hay fragmentos de sistemas electrónicos… Acabo de descubrir un terrible secreto: ¡todos los seres humanos que existen son robots! Pero… yo no soy un robot… ¡Quizá sea el único ser humano vivo del planeta!

Este cuentecillo, propio de película de ciencia-ficción de serie B, parece una improbable fantasía fruto de la mente no demasiado original de un guionista de Hollywood. Pero, ¿realmente podría pasar algo así? ¿Sería posible que toda la humanidad fuera un robot menos yo? ¿Sería posible que yo fuera el único ser humano dotado de conciencia y emociones, siendo todo lo demás una macabra mascarada? ¿Sería posible que yo viviera en una especie de Show de Truman futurista o, quién sabe, encerrado en Matrix?

Esta es la tesis que sostuvo en el siglo XVII el genial filósofo francés René Descartes. En busca de una idea irrefutable, certeza de las certezas, se propuso dudar de todo lo que no fuera indudable. Así, planteó la popular hipótesis del genio maligno: ¿Y si Dios fuera un genio malvado que ha hecho que todo lo que yo percibo y conozco de la realidad fuera falso? La única certeza que me quedaría entonces es la idea de que yo existo. Todo podría ser mentira pero de lo que no me cabe duda es de mi existencia: mis ideas pueden ser falsas pero no hay duda de que las tengo. Yo podría estar loco y en vez de estar tecleando esto en mi ordenador estar encerrado en un psiquiátrico fabulando que tecleo, pero estoy seguro de que, al menos, existe alguien que está loco.

El grave problema, que ni el propio Descartes pudo solucionar, reside en que la única certeza que tendría sería esa: sólo sé que yo existo. No puedo afirmar con seguridad que existe alguien más que yo. Por lo tanto, no puedo estar seguro de que el resto de los seres humanos no sean robots interpretando ser personas, seres desalmados sin emociones ni conciencia que sólo fingen tenerla. ¿Cómo podría salir de esa duda? ¿Cómo saber si estoy soñando o estoy despierto? A lo mejor ahora estoy dormido soñando que tecleo… ¿cómo despertar y ver la auténtica realidad? No se puede, y a esta imposibilidad se la denomina comúnmente en términos filosóficos como solipsismo. Otra forma de denominarlo, algo más reciente, es como el problema del escepticismo hacia las otras mentes: ¿Cómo sé que los demás tienen mente si yo sólo tengo acceso a la mía?

Una posible solución está en pensar que no nos hace tanta falta como a Descartes tener una certeza absoluta de algo. Yo creo que mañana va a salir el sol aunque no tenga una certeza incontestable de ello. El error de Descartes consiste en pensar, de algún modo, que porque algo sea irrefutable ya tiene que ser cierto. Hay dos razones muy sólidas para pensar que los otros individuos tienen mente:

1. Si pensamos que la causa de nuestra mente es poseer un sistema nervioso de unas características determinadas, si los otros seres humanos tienen un sistema nervioso similar al mío, como yo tengo conciencia no hay razones sólidas para pensar que los otros no la tienen.

2. Tener mente hace que tengas un determinado comportamiento. Si los otros seres humanos se comportan como yo, es decir, como si tuvieran mente, tampoco hay razones sólidas para pensar que no la tienen. Sería muy extraño pensar que se comportan como yo sin tenerla.

No podemos salir con absoluta certeza del solipsismo, pero hay razones para pensar que no somos la única conciencia del universo. Podemos estar tranquilos, no creo que la gente que pasea por la calle en un día lluvioso sea un robot diseñado por una mente maquiavélica para engañarme.

La visión opuesta al solipsimo es el panpsiquismo.

El genio maligno

Publicado: 14 octubre 2011 en Filosofía general
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Yo era un mal estudiante. Las distintas asignaturas no me decían nada. La fascinación que ahora siento al ver la elegancia de una ecuación o la indescrifable complejidad de la maquinaria celular no se daba en mí en absoluto. Perseguir chicas o emborracharme me parecían actividades mucho más interesantes que sentarme a leer (y aún hoy en día, casi siempre, me lo siguen pareciendo). Afortunadamente, la historia de mi vida dio un giro cuando conocí la filosofía. De repente me pareció que, por fin, alguien se había parado a pensar sobre las cosas realmente importantes. No hacer logaritmos ni descifrar el latín, sino preguntarse por si la vida tiene sentido o no, o si hay un Dios allí arriba. La asignatura de historia de filosofía del antiguo COU me supo a poco y me marché a la facultad en busca de respuestas.

Respuestas, eso era lo importante. Quería aprender a vivir, quería tomarme mi vida en serio, y para ello necesitaba saber muchas cosas, tener muchas respuestas. Ingenuo de mí, pensaba que habría algún filósofo que habría encontrado alguna, creía que alguien habría dado en el blanco y me regalaría, tras una tarde de placentera lectura, el auténtico sentido de la vida. Pronto quedé decepcionado. Ni la más brillante inteligencia de la humanidad había conseguido aproximarse, ni un millón de años luz, a alguna conclusión ante tan peliagudas cuestiones. Había muchas más preguntas que respuestas y, encima, los filósofos presumían de ser mejores en crear problemas que en solucionarnos. ¡Estaba estudiando el arte de crear preguntas sin solución por excelencia!

Esto me hizo preguntarme, y me lo sigue haciendo, qué sentido tiene tan extraña labor. Cada sistema filosófico, cada gran corriente o escuela que estudio constituye una nueva derrota, una nueva decepción de la razón humana. Pero lo curioso es ver como el hombre, cual Sísifo furioso, continúa obstinado sin rendirse, generando, a cada generación, una nueva hornada de esperanzas truncadas. Entonces me pregunto (usando mi habilidad de filósofo), en días oscuros como hoy, qué sentido tiene que yo me dedique a esto. Si genios sin igual como Aristóteles o Newton no consiguieron solucionar, a fin de cuentas, nada, ¿qué diablos voy a hacer yo? Y cuando veo los miles de artículos y libros que se publican a diario me pregunto qué sentido tiene que yo haga lo mismo, añadiendo unas páginas más de fracaso a este universal holocausto que es la cultura occidental.

Descartes se equivocaba. Nunca pudo superar su hipótesis del genio maligno. Si hay un Dios está claro que nos ha condenado, ha huido llevándose con él todos los secretos. La caja de Pandora no guardaba nada ni nadie comió jamás una fruta del árbol del conocimiento. Nunca obtendremos ninguna respuesta. ¿De qué vale esta búsqueda perpetua?

Perdonadme, hoy es un día oscuro.

A pesar de que la pregunta misma podría encerrar un claro error categorial (ubicar espacialmente algo que no tiene por qué tener extensión), razón por lo que muchos antimetafísicos han querido quitar la conciencia del medio, sí que parece haber un legítimo acuerdo a la hora de buscar los procesos neuro-químicos que, como mínimo, van emparejados a la conciencia.

Una de las zonas favoritas por los neurólogos es lo que se llama la formación reticular. Está situada en el tronco del encéfalo y sabemos que está relacionada con un montón de funciones: tono muscular, dolor, control hormonal, presión sanguínea, etc. Pero lo más interesante es que regula los ciclos circadianos y, en consecuencia, los ciclos de sueño y de vigilia. ¿Cuál es el único momento del día en que nuestra consciencia está apagada? La fase de sueño profundo. Por lo tanto, la formación reticular ha de encargarse de apagar y encender la consciencia, es decir, de hacerla emerger. La idea viene reforzada por el hecho de que si dañamos esta región, el sujeto cae inconsciente, entra en coma.

Otro dato interesante sería advertir que la formación reticular está situada en una de las partes más antiguas del cerebro. El tronco encefálico está presente en gran parte del reino animal (en el cerebro reptiliano de McLean), por lo que la consciencia no sería un privilegio de los seres humanos, sino que se extendería hasta los reptiles. Mi canario Pichulo, como sospechaba, sería tan consciente como yo y como un Tiranosaurio. La hipótesis encajaría con el sentido común, ya que parece que excluir a todos menos al hombre de la consciencia es un absurdo fruto de prejuicios antropocéntricos. La consciencia no sería un privilegio del avanzado neocortex sino algo muy básico y primitivo en el mundo de la vida.

No obstante, como todo en la vida, la cosa se complica. Leamos que nos dice Gerald Edelman:

Sin embargo, si bien el funcionamiento de este sistema es un prerrequisito para que se produzca la conciencia, se suele suponer que el papel desempeñado por este sistema es indirecto y que el sistema no genera conciencia por sí mismo, sino que sus peculiaridades características anatómicas y fisiológicas hacen del sistema reticular de activación un candidato natural para asegurar que las poblaciones distribuidas de neuronas del sistema talamocortical se disparen de una forma que sea compatible con la experiencia consciente.

Y es que no es lo mismo ser el interruptor que la central eléctrica, y parece que la formación reticular sólo es el interruptor que activa y coordina una gran cantidad de neuronas distribuidas por todo el encéfalo. Parece que la idea de que la consciencia está asociada a una única sección del cerebro (que viene de largo, desde la glándula pineal de Descartes) no es adecuada. La consciencia está relacionada con diversas regiones que, además, se asocian de modo complejo con muchas otras cada vez que realizamos cualquier actividad cognitiva. Sujetos en estado de coma o profundamente anestesiados muestran una gran depresión en la actividad neuronal en grandes regiones de la corteza y del tálamo.  Otros experimentos (por ejemplo, con pacientes con rivalidad binocular) muestran esa misma dispersión con la añadida complejidad de que ésta cambia en función del sujeto. La consciencia no sólo está en diversos lugares sino que además está en diferentes según el individuo. ¡Edelman y yo albergamos la consciencia en sitios diferentes! ¡Y Pichulo podría no tener consciencia!

Seguimos con las trasnochadas lecturas de Hume:

“Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself), siempre tropiezo con alguna percepción particular, de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo, y puede en verdad decirse que no existo”

Tratado sobre la naturaleza humana, libro I

La tradición hablaba del alma, de la mente humana como de aquello que permanecía en el cambio.  Desde que yo era un bebé, todas las moléculas de mi cuerpo han cambiado, sin embargo, yo tengo la idea de seguir siendo yo mismo desde entonces, ¿por qué? Porque mi yo es una substantia, algo que subyace por debajo de la realidad cambiante (una forma, una ousía). Además, mi yo es ese teatro cartesiano, ese lugar donde se dan todas mis ideas y percepciones, aquel “sitio” donde pienso, siento o creo. Mi yo es algo de naturaleza invariable, indivisible, idéntico a sí mismo, que “acompaña”, que “está en el trasfondo de todo lo que ocurre en mi mente”. Al ser inmutable e indivisible, es inmaterial (ya que todo lo material es extenso y nadie puede medir un pensamiento) por lo que su inmortalidad parece una consecuencia lógica de todo esto.

Que Hume ponga en duda la existencia del yo debido a que no tenemos ninguna impresión de él no es lo más interesante (a pesar de que de por sí dé mucho que hablar), sino su crítica a la yuxtaposición cartesiana entre res cogitans y res extensa, entre cuerpo y alma. Todo lo que consideramos dentro de nuestro mundo material se define por su extensión, por tener longitud, es decir, por ser divisible en partes. Sin embargo, nuestra mente no es extensa, no tiene ninguna cualidad espacial (¿alguien puede decir cuántos centímetros mide la soledad?). Para decir el lugar de cualquier objeto tenemos que tener un sistema de referencia (otro objeto) a partir del cual situar el primero. Así decimos que la taza está a la derecha del cazo. Sin embargo, cuando decimos que el ser humano es un compuesto de cuerpo y alma, estamos yuxtaponiendo dos cosas que, previamente, hemos definido como categorialmente diferentes. ¿Cómo va a estar la mente JUNTO al cuerpo?. Así prosigue Hume:

“Y esto es lo que evidentemente ocurre con todas nuestras percepciones y objetos, excepto los de la vista y el tacto. Una reflexión moral no puede estar situada a la derecha o a la izquierda de una pasión, ni puede un olor o un sonido tener figura circular o cuadrada”

El error de Descartes consistió en concebir la mente como algo SIMILAR al cuerpo, yuxtaponible a él, por lo que dotó a la mente con propiedades mecánicas (las propiedades del universo galileano recién nacido). Así, su res cogitans tenía que ser la causa eficiente de los movimientos del cuerpo. Sin fuerzas a distancia, necesitaba algo así como que el alma “empujara” al cuerpo para iniciar el movimiento.

Este grave error continúa afianzado con mucha fuerza en el memorandum colectivo (además de por Descartes, por el Cristianismo y su otro mundo prometido. Lo siento, tenía que decirlo) y hace que nos cueste mucho plantear teorías de la mente libres de sesgos dualistas o no causales (como la wittgensteiniana, de la que hablaremos en próximos posts… ¿no parece revolucionaria la idea de que nuestra mente NO SEA LA CAUSA de nuestros actos? Próximamente…).

Ver también El yo no es un comandante, es un farsante

Y Dios dotó al óvulo fecundado de alma y lo llamo ser humano...

Justo ahora, y no antes, ya tenemos un ser humano en todo su esplendor. En este mismo instante (que paradójicamente puede durar más de diez horas) Dios dota de alma al ser humano. Segundos antes, cuando el espermatozide ganador aún no había llegado, todavía no había ser humano, sin embargo, cuando se mezclan los cromosomas de los gametos, en esa magnífica fusión de núcleos, ahí, en ese mismo instante y lugar y no antes ni después ni en otro lado, aparece Dios y pone el alma, lo humano y lo divino realizan su baile cósmico y Dios crea al hombre a su imagen y semejanza. Un segundo después, si desunes a esta feliz pareja, estarás cometiendo un sanguinario asesinato, equiparable a matar a tu primo de treinta años de edad.

Este tipo de razonamiento me recuerda al problemático dilema con que se encontró Descartes en su metafísica. Con su infalible método, el bueno de Descartes había descubierto que el Universo estaba compuesto por tres substancias (todos sabemos que las substancias se definen, entre otras cosas, por no depender de otra cosa diferente a ellas para existir): Yo, Dios y Mundo. El yo se identificaba como el alma (principio espiritual, inmaterial, que constituye lo que soy: mis pensamientos, sentimientos, recuerdos, etc.) mientras que el mundo era la res extensa (material, mecánica, cuantificable…). Y Descartes pensó: cuando yo decido mover mi dedo hacia arriba estoy “comunicando” dos substancias. Con mi alma (inmaterial) decido mover mi cuerpo (material)… ¿Cómo es posible que algo inmaterial pueda interactuar con algo material?

Descartes lo solucionó apelando a la famosa glándula pineal: un lugar en el cerebro en el que lo material y lo espiritual se funden cual óvulo y espermatozoide. La verdad es que aquí Descartes no fue tan metódico como en otras partes de su razonamiento. Hoy sabemos que la glándula pineal es la epífisis (no confundir con la hipófisis), encargada de algo tan mundano como es  segregar melatonina.

El caso es que la concepción es la nueva glándula pineal de los cristianos. Si la glándula era el punto de encuentro entre lo humano y lo divino, lo espiritual y lo material en el espacio, la concepción lo es en el tiempo. Parece como si fuera necesario postular una puerta que ponga en contacto ambos mundos, un lugar o un tiempo mágico, sagrado, inviolable, que ha de ser protegido por la misma ley.

Evidentemente, esto es una arbitrariedad: ¿Por qué en la concepción y no un segundo antes o un segundo después? La Iglesia contesta: porque aquí comienza un proceso, surge una continuidad de vida que seguirá hasta la muerte de la persona en su vejez. Mentira. El proceso de procreación humana comienza mucho antes… ¿O es que puede nacer un niño sin mantener relaciones sexuales? (Ah, es verdad, es que para los cristianos sí, que la Virgen era virgen. Perdón) ¿O también se puede tener un niño sin haber gestado previamente los espermatozoides o los óvulos? Además, el continuo de vida es mucho anterior, no surge en la concepción. El óvulo y los espermatozoides están vivos también. Es más, el continuo de vida se ha mantenido desde el surgimiento de la vida misma en la sopa primitiva de Oparin. La concepción no es más que una fase más (y no la primera) de un porceso biológico y los cristianos le han dado una importancia sobrenatural que no tiene, al igual que el desafortunado Descartes con su célebre glándula.

Estatua de Hume en EdimburgoSiempre me ha resultado curioso como los planteamientos filosóficos que pretendieron ser más estrictamente realistas, en el sentido de partir exclusivamente de la experiencia, sin inventarse nada, como los de Ockham o Hume, acaban en cierto escepticismo.  Por el bando contrario, otras menos cuidadosas, acaban en posturas más dogmáticas como las de Descartes o Leibniz, por seguir en la misma época.

Desde que me lo explicaron por primera vez en el instituto, he tenido una cierta debilidad por David Hume. Su famosa crítica al principio de causalidad me parece una idea tan fantástica como simple… ¿cómo todo el mundo había sido tan sumamente dogmático de no darse cuenta de algo tan evidente? ¿Cómo era posible que Santo Tomás no se diera cuenta de que es imposible deducir desde los efectos alguna característica de la causa? Para los profanos en el tema o para los que quieran repensar esto, voy a explicarlo tal y como lo hago en clase.

Cuando observamos un fenómeno causal, del tipo que digamos  “El fenónomeno A es causa de B”, lo único que realmente percibimos es:

a) Una contigüidad entre el fenómeno causa y el efecto: A y B siempre se dan juntos en el tiempo, no separados por una distancia temporal considerable. Ej.: nada más encender el fuego sale humo.

b) Una prioridad de la causa sobre el efecto: percibimos que A siempre va antes que B. Ej.: el fuego va antes que el humo.

c) Una unión constante entre la causa y el efecto: siempre que percibo A percibo B. Ej.: siempre que percibo fuego hay humo.

La clave está en lo siguiente: unión constante no quiere decir conexión necesaria. Nuestro entendimiento tiende a crear expectativas de futuro cuando ve dos fenómenos que se dan parejos en el tiempo. Si cada vez que he visto fuego he visto salir humo, tiendo a pensar que, en un futuro, cada vez que vea fuego, veré humo. Sí, pero el único fundamento de tal expectativa sólo reside en la costumbre: como hasta ahora ha pasado esto, pienso que en un futuro pasará lo mismo… ¡pero ese es mi único fundamento! La costumbre nunca puede expresar necesidad lógica: que algo haya pasado así hasta ahora, no quiere decir que vaya a pasar así siempre.

Bertrand Russell expresaba muy bien esta crítica en su cuento del pavo inductivo: supongamos que tenemos un pavo muy inteligente que vive en una granja. Es muy curioso y quiere entender cómo funciona su mundo. Apunta cuidadosamente las cosas que le suceden todos los días e infiere leyes por inducción. Así, comprueba que todos los días el granjero le echa comida a las 9, de lo que infiere inductivamente que “Todos los días como a las 9″. El pavo cree en sus leyes y las eleva al rango de ciencia. Así vive tranquilo en su ordenado y estable mundo. Sin embargo, la víspera de Navidad, el granjero no vino ni con la comida ni con el agua, sino con un hacha. Las leyes inductivas de nuestro desdichado pavo jamás hubieran podido  predecir algo así.

Conclusión: nuestras leyes científicas están basadas en el principio de causalidad por lo que, como hemos visto, no podemos decir que se cumpliran de modo necesario en el futuro. Pudiera ser que mañana cambiara el orden del Cosmos y las cosas cambiaran radicalmente. ¿Y si mañana dejara de funcionar la ley de la gravedad? Sería un serio problema, pero no podemos decir con necesidad lógica que no pudiera ocurrir.

He metido a los que creo que son más importantes viendo sus descubrimientos e influencia histórica. No he metido artistas (pintores, arquitectos, escultores)  porque he pensado que al crear arte no crearon directamente teorías (si bien muchos de ellos lo hicieron) y aquí quiero preguntar por quién es el teórico más grande  de todos los tiempos. Perdonadme por las terribles omisiones que he cometido. Son todos los que están pero no están todos los que son.

La encuesta estará abierta hasta el 31 de Diciembre del 2011.