Posts etiquetados ‘diseño inteligente’

0_1411c_e1647dd4_orig

Si en entradas anteriores expusimos teorías que sostienen la necesidad o inevitabilidad de la aparición del hombre, apelando tanto a que en lapsos de tiempo suficientemente largos tienden a aparecer inevitablemente ciertos diseños biológicos dados unos entornos determinados, como a la negación filosófica de la posibilidad del azar ontológico imprescindible para que la evolución siga caminos indeterminados, ahora vamos a ver la posición contraria.

Stephen Jay Gould es el mejor divulgador de las ciencias biológicas que he tenido el placer de leer. Sus ensayos son una auténtica delicia que, seguramente, han hecho más vocaciones científicas que cientos de horas de clases universitarias. A pesar que su prestigio se ha puesto en duda en varias ocasiones y quizá da algo de pie a ciertas posturas posmodernas, a mí me sigue pareciendo uno de los grandes de los últimos tiempos. Si su base puede cojear, sus evocadoras reflexiones sobre temas, a veces aparentemente inocuos, son fascinantes. Os recojo el fragmento de un artículo en donde narra sucintamente la historia natural hasta la llegada del ser humano como un conjunto de casualidades:

¿Por qué existe el Homo sapiens (la cuestión que, admitámoslo, nos lleva a preguntarnos qué es la vida)? Si consideramos escalas fractales decrecientes, encontraremos contingencia por doquier. Estamos aquí porque la lista negra de los productos anatómicos de la explosión cámbrica no incluyó un pequeño y “nada prometedor” grupo (los cordados) representado en Burgess Shale por el género Pikaia.  (Cualquier repetición de la película de la vida a través de la lotería cámbrica habría arrojado un conjunto enteramente distinto de linajes supervivientes; en este sentido, cualquier forma de vida presente debe su existencia a la fortuna). Remontémonos a la supervivencia de los mamíferos. Suprimamos el bólido cretácico (el accidente aleatorio último procedente del cielo) y los dinosaurios todavía estarían dominando el mundo de los vertebrados terrestres, en el que los mamíferos probablemente seguirían siendo criaturas marginales del tamaño de una rata (los dinosaurios habían dominado a los mamíferos durante más de 100 millones de años, ¿por qué no iban a seguir haciéndolo durante otros 65 millones de años?). Remontémonos  a un linaje de monos antropoides en las selvas africanas de hace 10 millones de años. En esta repetición no se produce ningún resecamiento del clima, de manera que los bosques no se convierten en sabanas y praderas. El linaje antropoide nunca abandona la selva persistente, y les va francamente bien quedándose como están.

Stephen Jay Gould, “¿Qué es la vida? como problema histórico”

Y el ser humano nunca habría existido. Gould insiste en que hay factores macro que pueden intervenir en el devenir evolutivo y cambiar significativamente su dirección. El supuesto meteorito que terminó con los dinosaurios o el choque de placas tectónicas que originó la gran falla del Rift que, a su vez, modificó el clima africano convirtiendo la selva en sabana, son fenómenos fortuitos, contingentes, con unas consecuencias enormes para miles de especies.

El problema de fondo es resolver la cuestión filosófica del azar ontológico (si es posible el azar o no), sin la cual no podemos determinar si la vida o el hombre tendrían que aparecer sí o sí. Gould apuesta por la existencia del azar (incluso lo menciona líneas antes de este extracto). Si la evolución juega a los dados, cada vez que rebobináramos la historia de la vida saldría un resultado diferente y la aparición del hombre sería tanto más improbable cuánto más conscientes fuéramos de la inabarcable cantidad de casualidades necesarias para su aparición. Pero esto no debe hacernos pensar que el hombre es un milagro casi inexplicable por su improbabilidad, ya que no tenemos conocimiento de los resultados de “otras tiradas de dados” que podrían haber dado otros seres aún más espectaculares que los humanos. ¿Quién sabe si la evolución hubiera ido por otros derroteros y hubiese creado algo mucho más maravilloso que la mera inteligencia? Prejuicios antropocéntricos nos impiden comprender bien esta idea: ¿por qué la mente humana es lo mejor que puede desarrollar la evolución? Seguramente que si los peces pudiesen pensar, se jactarían de que tener branquias es el fin último de la creación. Es muy posible que lo mejor de la historia natural esté aún por llegar y el pretencioso humano sea simplemente un mero capítulo.

La que sí queda muy dañado es la idea de que la historia natural sigue un plan premeditado. Se antoja muy extraño que un dios que planeara la aparición del hombre, necesitara para ello recurrir a “dar tantos rodeos”, a catástrofes y extinciones masivas que se llevan consigo a tantas criaturas creadas previamente. ¿Para qué tan ineficiente despliegue de medios? ¿Para qué crear varias miriadas de especies cuyo único fin es la extinción? ¿No hubiera sido, a todas luces más práctico, crear al hombre sin más de una vez por todas? Si Dios ideó un plan así, nos hace dudar mucho de su omnipotencia o, como mínimo, de sus habilidades como ingeniero. Y la crítica vale tanto para un universo azaroso como para uno determinista. Podría ser que el universo fuese totalmente determinado y, eso, de ningún modo, nos ha de hacer pensar en planificación alguna. La Tierra se mueve alrededor del sol siguiendo una trayectoria que podríamos definir como totalmente determinada y predecible, y eso no implica que la Tierra gire según un plan prefijado o por algún propósito o intención. Desde luego, si hubiese algún plan, no es un plan demasiado inteligente. En cualquier caso todo se parece más a una especie de experimento, a un juego en el que se marcan una serie de reglas iniciales y se espera a ver qué pasa. Si hubiera algún dios, parece estar jugando con un algoritmo genético, ensayando y probando resultados en un grandioso laboratorio cósmico, más que querer llegar a un objetivo prefijado.

El Champsocephalus gunnari, o Draco Rayado, es un pez que vive en las heladas aguas del Antártico (que aunque llegan a estar a temperaturas bajo cero no se congelan debido a que la sal que contienen disuelta sube su punto de congelación). Tiene la interesante característica de no poseer glóbulos rojos (lo cual hace a la familia de los  Channichthyidae o peces hielo única entre todos los vertebrados del planeta). Y es que para nadar en el Antártico y no helarse (se le puede encontrar hasta a 700 metros de profundidad) hace falta que la viscosidad de la sangre sea la menor posible. Para ello han eliminado sus hematíes: su sangre apenas lleva células y todas ellas son glóbulos blancos (es transparente). ¿Pero cómo compensan esta pérdida de oxígeno? Precisamente, las aguas del Antártico están muy bien oxigenadas y los dracos  optimizan esta ventaja con su excelente sistema de respiración cutánea. Pero por si esto fuera poco, este pez lleva anticongelante por sus venas. Cheng y De Vries descubrieron en 1997 que un gen de 9 letras que codificaba una enzima digestiva fue reinstalado en otro lugar de su genoma y evolucionó para codificar proteínas anticongelantes.  El Champsocephalus también agrandó y cambió la coloración de su corazón. El color rosado que suelen tener los corazones se debe a una proteína llamada mioglobina. Este pez introdujo cinco letras en el gen encargado de codificarla inutilizándolo, convirtiéndolo en un gen fósil.

El biólogo Sean B. Carroll ha descrito todo este proceso de cambio  de modo muy gráfico: es “como cambiar completamente el motor mientras el coche está funcionando”. Y eso es lo sumamente interesante: para adaptarse a un medio terriblemente hostil, este pez ha tenido que cambiar sobre la marcha. En la evolución, uno no puede decir ahora me paro, planifico y elaboro los cambios y luego pruebo en la realidad a ver si soy el más apto. En la evolución no hay una fase en la que se está fuera para luego entrar (como dirían nuestros amigos del diseño inteligente), sino que siempre estás dentro: mientras cambias sobrevives o mueres. Y en esta carrera no hay sitio para los planes a largo plazo. Cuando contemplamos la complejidad y sofisticación de cualquier órgano del cuerpo da la impresión de haber sido planificado a la larga. No, todos los órganos tuvieron que pasar por el filtro de ser necesariamente útiles en cada una de sus fases intermedias (o, como mínimo, no demasiado inútiles).

Un gen muta y consigues una ventaja, eso es bueno, pero tienes que pensar en las consecuencias que esa mutación tendrá sobre el resto del organismo, ya que seguramente modificará muchas otras cosas, provocará una reacción en cadena evolutiva. Quizá esa mutación afecte a otras funciones del organismo haciéndolas inútiles o dé utilidad a otras que antes no tenían sentido.  Quizá afectará a la expresión de otros genes, despertando a algunos que llevaban milenios dormidos o redirigiendo la acción conjunta de muchos de ellos, complicando aún más las redes de relaciones génicas que llevan a la expresión fenotípica. ¡Y todo esto bajo la estricta vigilancia de la selección natural que cribará todas las tentativas que no tengan éxito reproductivo!

Fuente: Blog La ciencia de tu vida (este post no es más que un resumen de lo que allí se dice)

Cuál fue mi sorpresa cuando en El Origen del Hombre leo a Darwin:

“Creo ocioso consignar que esta cuestión es completamente distinta de otra de orden más elevado: la de saber si existe un Creador y Director del Universo, cuestión resuelta ya afirmativamente por las más privilegiadas inteligencias que ha habido en el mundo”

¡Virgen del Camino Seco! ¡Darwin creyente! Es más, ¡dando la cuestión de la existencia de Dios por resuelta! Sin embargo, pronto nos encontramos con otros textos en los que esta horrible visión se enfoca de manera opuesta. En los fragmentos de la Autobiografía de Darwin que nos ofrece su hijo Francis escribe:

“Reflexionando sobre la necesidad de disponer de evidencias claras como requisito para que cualquier hombre en su sano juicio creyera en los milagros sobre los que está sustentado el cristianismo y en que cuanto más sabemos acerca de las leyes fijas de la naturaleza más increíbles resultan los milagros; en que los hombres de aquellos tiempos eran ignorantes y crédulos en unos niveles que hoy en día nos resultan incomprensibles; en que es imposible demostrar que los Evangelios fueran escritos al mismo tiempo que los acontecimientos que describen; en que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes a mi entender, como para que dichos detalles sean admitidos como las imprecisiones habituales de los testigos presenciales;  a través de reflexiones de este estilo, que enumero no por ser de novedad o tener algún valor, sino porque a mí me influyeron, llegué gradualmente a descreer del cristianismo como revelación divina. Y tuve también en cuenta el hecho de que muchas religiones falsas se hayan extendido como un fuego incontrolado sobre grandes regiones de la tierra”

Y es que Darwin era, ante todo, un científico que no se interesaba por cuestiones teológicas.  Leyendo algunas de sus reflexiones sobre el tema, da la impresión de que la existencia o no de Dios le trae sin demasiado cuidado. Así, mientras su pensamiento científico avanzaba y se hacía un hombre más maduro, fue perdiendo su inicial creencia teísta sin darle al asunto más importancia (más bien va fluctuando  como muestra la cronología de los textos expuestos: El Origen del hombre se publica en 1871 mostrando a un Darwin teísta mientras que en los otros textos de 1860 y 1876 se muestra falto de creencia).  Cuando desarrolló el concepto de selección natural y negó cualquier teoría del diseño, su fe terminó por erosionarse, si bien nunca se definió como ateo, sino simplemente como agnóstico. En una carta a Asa Gray de julio de 1860, escribe:

“Una palabra más sobre “leyes diseñadas” y “resultados no diseñados”. Veo un pájaro que quiero para comer, cojo mi escopeta y lo mato, lo hago diseñadamente. Un hombre bueno e inocente se encuentra bajo un árbol y muere como consecuencia de un rayo. ¿Cree usted (y la verdad es que me gustaría oírlo) que Dios mató a ese hombre diseñadamente? Muchas o la mayoría de las personas así lo creen; yo no puedo y no lo creo. Si así lo cree usted, ¿piensa que cuando una golondrina se zampa un mosquito lo hace porque Dios diseñó que esa golondrina en particular se zampara ese mosquito en particular en ese momento en particular? Creo que el hombre y el mosquito se encuentran en la misma situación apurada. Si la muerte del hombre y del mosquito no ha sido diseñada no veo motivos para creer que su primer nacimiento o producción tuviera que estar necesariamente diseñado”

Y concluimos  dejando el asunto claro con otro fragmento para su Autobiografía de 1876:

“No puedo pretender arrojar la mínima luz sobre problemas tan abstrusos como éstos. El misterio del origen de todas las cosas es irresoluble para todos nosotros, y yo debo contentarme en permanecer agnóstico”

Uno de los argumentos más poderosos en contra de la teoría del diseño inteligente es que, a pesar de lo increíblemente sofisticados que son los seres vivos, en muchos de ellos se ven tremendas “chapuzas” que cualquier ingeniero mínimamente coherente hubiera podido subsanar con facilidad. Como Dios es infinitamente sabio, no entendemos cómo al guiar la evolución cometiera errores de diseño.

Jesús Mosterín nos pone el ejemplo del ojo humano, caso que utilizó antes William Paley para demostrar las virtudes de diseño del creador, como muestra, precisamente, de “chapuza” de diseño. Pero… ¿no es el ojo humano una maravilla de la evolución? Sí, pero no es, ni de lejos, el mejor diseño posible. ¿Por qué?

Los vasos sanguíneos que se encargan de nutrir el ojo están delante de la retina y no detrás como sería lógico. La luz tiene que atravesarlos para llegar a los fotorreceptores del ojo… ¿No sería mejor que estuvieran detrás y no interfirieran el paso de la luz? Igualmente pasa con el nervio óptico, que está delante, de tal forma que, aparte de interferir el paso de la luz, necesita abrir un agujero para salir del ojo, provocando el famoso punto ciego. ¿No sería fácil que la red de nervios  estuviera detrás de la retina? Si fuera así, ambos ojos no tendrían que trabajar conjuntamente para que no percibamos una “mancha invisible” (punto ciego) en nuestra percepción de la imagen. En este sentido, el ojo de ciertas razas de calamares muy evolucionados, lo tiene solucionado (es curioso como un ser que nos parece tan poco evolucionado como un calamar tiene ojos con lente al igual que los mamíferos).

El clásico juego para encontrar el punto ciego consiste en cerrar el ojo izquierdo y, con el derecho, mirar la “x”. Después acerque o aleje la cabeza hasta que el punto de la derecha desaparezca. Entonces habrá detectado el punto ciego de su ojo derecho.

¿Encuentras el punto ciego?

Así, Francisco J. Ayala afirma que hablar de la teoría del diseño inteligente es blasfemar, es llamar a Dios chapucero. Stephen Jay-Gould viene a afirmar algo parecido en el primer capítulo de su obra El pulgar del panda. Más chapuzas de la creación pueden leerse en el capítulo 14 del libro de Mosterín Ciencia viva. Reflexiones sobre la aventura intelectual de nuestro tiempo.