Posts etiquetados ‘Dualismo’

He leído un montón variado de publicaciones y artículos en la red a los que no citaré para no darles publicidad, que hablan de que la mente no está en el cerebro, acusando a los que afirman lo contrario de cerebrocentristas o neurocentristas. El debate filosófico mente-cuerpo lleva siglos sin resolverse, pero parece que los últimos avances en la neurociencia dan clara ventaja a cerebrocentristas como yo. Voy a dar un listado de argumentos, muy viejos y manidos la mayoría de ellos, tanto a favor de que la mente está en el cerebro como de que la mente no sobrevive al cuerpo tras la muerte del cerebro.

Vamos al meollo:

  1. Si la mente no está en el cerebro, ¿dónde está? Se puede replicar, de forma cartesiana, que si la mente es, por definición, inextensa, no está en ningún lugar, siendo preguntarse por su ubicación lo que Ryle llamaría un error categorial . Sí, pero entonces tenemos que encontrar un punto de contacto en donde esa “inextensión” tome contacto con el mundo físico, ya que cuando yo decido mover un brazo, las fibras musculares obedecen mi mente. Descartes se sacó de la chistera la glándula pineal, y a día de hoy no existe nada en el cerebro que podamos entender con esa función ¿Cómo debería ser esa “wifi para lo inextenso”? ¿Estaría dentro de las leyes de la física clásica o habría que apelar a la cuántica?
  2. Si la mente no está en cerebro tenemos que explicar por qué cuando dañamos ciertas áreas del cerebro, la función mental queda dañada también. Si un paciente tiene un accidente cerebrovascular que le destruye el hipocampo, su memoria a corto plazo quedará igualmente destruida. Esta correlación se constituye como una evidencia muy fuerte a favor de la identidad entre cada función mental y su parte correspondiente.
  3. Si la mente no está en el cerebro, ¿para qué vale el cerebro? Seria muy curioso tener el órgano que más tasa metabólica consume del cuerpo (un 25% del gasto total con solo un 2% del peso) estuviera aquí de adorno o, en el mejor de los casos, que valiera para otras cosas que todos los investigadores del mundo hubieran pasado por alto.
  4. Podría objetarse que si bien la mente tiene que ver con el cerebro, el cerebro solo es un “interruptor”, “disparador” o simple “receptor” de las funciones mentales, es decir, si bien el hipocampo “activa” la memoria a corto plazo, dicha memoria no se reduce al hipocampo. Dicho de otro modo: para funcionar, la mente debe estar encarnada, pero la mente no se reduce a su encarnación. Bien, pero entonces, por qué no aplicamos el mismo razonamiento a otro tipo de objetos. Por ejemplo, mi tostador enciende sus resistencias y tuesta el pan. Cuando una resistencia se quema, deja de funcionar ¿no podríamos argumentar que la resistencia solo ha perdido su parte corpórea pero que no se reduce a ella y que, de alguna manera, existe sin residir en el tostador? Obviamente, este argumento nos parece absurdo ¿Por qué entonces no nos lo parece al aplicarlo a las funciones mentales? ¿Por qué a la mente le damos un tratamiento epistemológico especial que nos parecería absurdo dar a cualquier otro objeto?
  5. Vamos a verlo aún más claro diciéndolo de otro modo: ¿Qué razones hay para sostener que estados mentales como mis recuerdos, emociones, consciencia, etc. vayan a seguir funcionando después de la muerte de mi cerebro? ¿Qué tienen de tan especial para que puedan seguir funcionando sin objeto material? Sería lo mismo que decir que el motor de mi viejo Seat Málaga, al que lleve al desguace después de 25 años de fiel servicio, sigue funcionando “en otro lugar”… ¿Por qué sostener eso de un coche es una locura pero hacerlo de la mente humana es una creencia respetable?
  6. Si la más pura y dura evidencia observacional nos dice que las funciones mentales dejan de funcionar con la muerte cerebral y, por mucho que la gente crea en fantasmas, no tenemos la más mínima prueba de que tales funciones mentales sigan funcionando post mortem ¿por qué sostener que siguen haciéndolo?
  7. Podría objetarse que no conocemos bien el funcionamiento del cerebro para asegurar con certeza que todas nuestras funciones mentales están allí. Estoy de acuerdo en que conocemos muy poco del cerebro, mucho menos de lo que suele creerse, pero la carga de la prueba reside en quien afirma. Cuando lo habitual es que un objeto pierda su función cuando es destruido, si alguien afirma que conoce una función que no se reduce a su objeto, debería demostrarlo y no pedir a los demás que demuestren lo contrario. Si sostenemos afirmaciones tan arriesgadas como que la mente es independiente y sobrevive al cuerpo en base a que no sabemos como funciona el cerebro estamos cayendo en la más pura y dura falacia ad ignorantiam.
  8. Otra objeción: es que la mente no es un objeto como una piedra o, en este caso, un cerebro. La mente es un conjunto de procesos y/o funciones que no pueden confundirse con el objeto donde se realizan. Así, los mismo procesos mentales que hoy funcionan en el cerebro, mañana podría funcionar en otra entidad material como podría ser el hardware de un computador. De acuerdo, pero que la mente pueda implementarse en otro entorno material diferente al cerebro (cosa, por cierto, nada evidente, pero vale, lo aceptamos por mor de la argumentación), no quiere decir que no ocurra en ningún lugar o que la mente pueda ser independiente de lo material. Pensemos, por ejemplo, en la digestión. No es un objeto, es un proceso que incluye multitud de subprocesos… ¿Alguien diría que la digestión no ocurre en el aparato digestivo, en el estómago y en los intestinos? O pensemos en la velocidad a la que va un automóvil. La velocidad no es un objeto, es el resultado de una gran cantidad de sucesos que ocurren, fundamentalmente, en el motor del coche… ¿Alguien diría que si yo voy por la autovía a 120 km/h no es en mi coche en donde se da esa velocidad? ¿Alguien diría, de verdad, que la velocidad no existe en el mundo físico sino en otra realidad? Reitero: que una función pueda darse en diferentes sustratos materiales no quiere decir que pueda existir con independencia de éstos. Windows es un software que funciona en innumerables hardwares diferentes ¿Existe Windows-en-sí, en el platónico mundo de las ideas?
  9. Nueva objeción: ¿En qué se parece la imagen mental que aparece en mi mente cuando pienso en mi abuela a lo que sabemos del funcionamiento del cerebro? La imagen de mi abuela y los sentimientos a ella asociados no se parecen en nada a descargas eléctricas en axones y a vesículas sinápticas soltando neurotransmisores… ¿Qué justificación tiene entonces decir que mis estados mentales equivalen a mi cerebro? A mi juicio, esta es la mejor objeción. Y la respuesta es que, a día de hoy, dado lo que sabemos del cerebro, es cierto que no se justifica la equivalencia. Mis estados mentales no son, para nada, equivalentes a lo que hoy sabemos de nuestros estados neuronales. Sin embargo, esto tampoco justifica dar el salto al dualismo, esencialmente, porque el dualismo presenta todavía muchos más problemas que seguir en el monismo materialista (todos los que estamos diciendo aquí). Lo lógico es, dadas las conexiones que sí conocemos entre estados neuronales y estados mentales, aceptar que todavía desconocemos mucho del funcionamiento del cerebro, pero que albergamos una muy razonable esperanza en que descubrimientos futuros vayan arrojando más luz hasta que se consiga identificar el mecanismo del que quepa justificar una equivalencia con los estados mentales. A esta idea la llamo la Teoría de la Identidad pero Todavía No.
  10. La Teoría de la Identidad pero Todavía No nos dice que existe un mecanismo causal que va desde que mis vesículas sinápticas liberan grande cantidades de serotonina hasta que yo tengo el quale de sentirme bien, pero que es totalmente desconocido a día de hoy, y no se identifica con ningún proceso neuronal de los conocidos en el estado del arte actual sobre el cerebro.

Acepto de muy buena gana contraargumentos. Change my mind.

Argumenta Pascual F. Martínez-Freire en La nueva filosofía de la mente:

Por otra parte, la propia conclusión de Lewis, es decir, la identidad entre procesos mentales y procesos neurológicos se enfrenta desde el desarrollo de las ciencias cognitivas (y en especial de la inteligencia artificial) al argumento que denominaré argumento antimaterialista de las máquinas y que discurre del modo siguiente. […] existe evidencia empírica de que algunas máquinas tienen procesos mentales. La ciencia de la inteligencia artificial y su tecnología correspondiente han desarrollado máquinas “inteligentes” que ejecutan procesos que en los seres humanos calificaríamos de de procesos mentales; no solo hacen complicados cálculos artiméticos y pruebas de teoremas lógicos y matemáticos, sino que también juegan a las damas y al ajedrez e incluso realizan diagnósticos médicos. Y, sin embargo, en estas máquinas no existen procesos neurológicos, por la sencilla razón de que no están constituidas de neuronas o células nerviosas. Siendo así, la identidad entre procesos mentales y procesos neurológicos queda refutada, puesto que se dan procesos mentales enteramente ajenos a los procesos neurológicos. En este punto es interesante poner de relieve que el desarrollo de las máquinas, tarea alentada por el materialismo mecanicista, se vuelve contra el materialismo en su tentativa de reducir la mente a los mecanismos físico químicos del sistema nervioso central.

¿Por qué este argumento es falaz y no sirve para defender ningún tipo de dualismo?

Martínez-Freire supone que existe evidencia empírica de que las máquinas tienen procesos mentales cuando, en realidad, no existe evidencia alguna. De lo único que tenemos evidencia es de máquinas que llegan a los mismos resultados que nosotros cuando realizados procesos mentales. Una máquina de juega al ajedrez mueve las piezas siguiendo una estrategia determinada tal y cómo lo haría un humano. Sin embargo en esa máquina no hay deseo alguno de ganar la partida, no hay nerviosismo ni competitividad, no hay representaciones mentales en los que la máquina “visualiza” el tablero como si viera una fotografía… ¡La máquina no tiene qualia! Ni siquiera la lógica de juego de la máquina (calcular millones de jugadas por segundo siguiendo un inmenso archivo de partidas) es similar a la del humano. Reitero: en el quehacer total de la máquina queriendo emular el pensamiento humano solo podemos decir con seguridad que existe una parte similar a la humana: el resultado, siendo todo lo demás distinto (o no probado que sea similar).

Entonces, en el estado actual de la Inteligencia Artificial solo estamos en condiciones de afirmar que existen estados mentales en seres que tienen sistema nervioso central, por lo que el argumento de la identidad entre procesos mentales y procesos neuronales no queda dañado.

Otro argumento en contra de la reducción de lo mental a lo físico:

Sin embargo, esta reducción no parece posible. […] aunque fuese posible deducir los fenómenos psicológicos a partir de los fenómenos neurológicos, no será posible explicar los fenómenos psicológicos neurológicamente. La razón básica es que el lenguaje mentalista (con términos como deseo, creencia, emoción, sentimiento, percepción, sensación, recuerdo, inferencia o introspección) no es reducible al lenguaje neurológico (con términos como neurona, sinapsis, neurotransmisor, fibras aferentes o fibras deferentes).

Efectivamente, uno de los grandes errores de la teoría de la identidad es afirmar que, por ejemplo, resolver mentalmente una suma es exactamente lo mismo que una serie de disparos neuronales o un conjunto de interacciones químicas en las sinapsis, cuando, a todas luces, es imposible que sean lo mismo. En primer lugar porque yo no experimento mi pensamiento introspectivamente como descargas eléctricas ni como reacciones químicas y, en segundo lugar, porque las descargas eléctricas y las interacciones químicas que conocemos en el cerebro no producen pensamientos. Así es, que una neurona lance un pulso eléctrico que produce que una vesícula presináptica libere serotonina o vasopresina, no produce ningún tipo de pensamiento. No se puede establecer ningún tipo de conexión causal honesta entre lo que sabemos del funcionamiento del cerebro y un estado mental. ¿Esto significa entonces volver al dualismo, a reconocer la incapacidad de la ciencia para hablar de la mente o hablar de espíritus y almas divinas? No, significa que a día de hoy, dado lo que sabemos del funcionamiento del cerebro, el lenguaje de las neurociencias no puede explicar la mente humana. No puedo explicar la sensación de contemplar una obra de arte únicamente con las palabras “sinapsis” o “dendrita”, al igual que no podría explicar el vuelo de un Boeing 747 en términos de “tuercas” y “tornillos”. Falta muchísimo, nada más (y nada menos para los que no tenemos paciencia).

En filosofía de la mente la teoría de la identidad afirma que los estados mentales son una y la misma cosa que los estados físicos del cerebro. Durante mucho tiempo he considerado esta teoría como manifiestamente errónea. Si decimos que dos cosas son una y la misma, ambas tienen que tener exactamente las mismas propiedades y cuando comparamos los estados mentales con los neurales, esta identidad parece no darse en absoluto. Si abro un cerebro con un bisturí no encuentro nada que se parezca a un sentimiento o pensamiento. ¿Que tendrán que ver una serie de intercambios y procesos entre moléculas con mi sentimiento de dolor o alegría? ¿Qué podría tener que ver el chisporrotear de una neurona con mi soledad? Ambas cosas tienen propiedades diferentes: mi soledad no produce electricidad ni parece tener enlaces químicos… ¿Cómo van a ser lo mismo? Muchos filósofos hablan de que dar propiedades físicas a estados mentales es cometer errores categoriales: ¿Es legítimo dar a mi soledad propiedades como tener masa y ocupar un lugar en el espacio? Como veíamos en anteriores entradas, el lenguaje de la física parece muy inadecuado para hablar de la mente y en nuestra vida cotidiana nos apañamos bastante bien sin utilizar un lenguaje fisicalista cuando hablamos de ella.

No obstante, después de leer a Paul Churchland, la teoría ya no me parece tan descabellada. Para defenderla voy a dar dos argumentos, siendo más  fuerte e interesante el segundo:

1. Negar la teoría de la identidad nos lleva a una posición más complicada que si la aceptamos. La cuestión es: ¿Si los estados mentales no son, a fin de cuentas, estados físicos, qué diablos son? Si no aceptamos la identidad debemos postular algún tipo de dualismo sustancial, el cual siempre es problemático. Nos encontramos, al igual que ya le pasó a Descartes, con dos realidades irreconciliables que cuesta mucho casar. ¿Cómo se relaciona lo mental con lo físico? ¿Cómo algo inmaterial e intangible como un pensamiento interacciona con algo físico como mi brazo cuando yo pienso en moverlo? El dualismo es más complicado de mantener que una teoría de la identidad. Aplicando la navaja de Ockham, la identidad es más sencilla: no multiplicamos entes.  

2. Solemos decir que los estados mentales y los físicos tienen un distinto acceso epistémico. Para los estados físicos usamos la observación: vemos las neuronas y experimentamos con ellas, mientras que para los estados mentales no nos queda otra que la introspección en primera persona: me analizo únicamente a mí mismo sintiendo o pensando, no pudiendo hacer lo mismo con otros. Así comprobamos que ambos tipos de estados tienen propiedades distintas y, por eso, nos parece lícito decir que son dos cosas diferentes y hacernos dualistas. Sin embargo, aquí hay un error lógico: que dos cosas tengan un acceso epistémico diferente no implica que sean dos cosas diferentes. Imaginemos una casa que tiene dos entradas. La primera es la puerta principal que sólo da acceso al salón y la segunda es la puerta de atrás que sólo da acceso a la cocina. El dualista entra por una puerta y sólo ve el salón, después entra por la otra y sólo ve la cocina y de ello deduce que ambas habitaciones son de casas distintas.  El problema está en que no sabemos lo suficiente de cómo funcionan los estados físicos del cerebro. Siguiendo con el ejemplo, no sabemos qué puertas conectan el salón con la cocina, pero esto, insistimos, no implica que estemos en dos casas diferentes. Podría ser que sólo contemplamos dos perspectivas de un mismo fenómeno. Nuestra soledad podría tener masa… ¡lo que no sabemos es cuanta!

Panpsiquismo

Publicado: 1 julio 2010 en Filosofía de la mente
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El “problema duro” de la filosofía de la mente es una gran incógnita: ¿Cómo “produce” el cerebro conciencia? Sabemos, cada vez con más precisión, qué parte del cerebro “se enciende” correlativamente a cuando pensamos, sentimos, imaginamos, etc. Sin embargo, no sabemos qué “propiedades” tienen esas complejas redes neuronales para causar conciencia. ¿Qué puede tener un conjunto de moléculas y procesos electro-químicos para producir nuestra subjetividad? Los neurólogos confían en que cuando sepamos más, esta incógnita acabará por aclararse, mientras que otros afirman que, por mucho que sepamos del funcionamiento físico del cerebro, jamás sabremos nada de esa supuesta causación porque quizá, realmente, no la haya. Éstos, habitualmente dualistas, sustentan esta idea en que, si en el cerebro ocurren fenómenos físicos similares, ¿por qué unos crean consciencia y otros no? Ciertamente, si todo son neuronas lanzando descargas eléctricas que desembocan en procesos químicos, ¿por qué unas neuronas han de crear consciencia y otras no? Nadie tiene una respuesta convincente. Incluso algunos niegan la existencia de tal consciencia, achacando a que creemos poseerla debido a un mal uso del lenguaje, a haber heredado el vicio cartesiano de creer que tenemos un cogito cuando verdaderamente no lo tenemos.

Una respuesta curiosa y algo desconcertante es la del panpsiquismo. En su versión contemporánea diría que todas las estructuras neurales de una determinada complejidad (y cualquier emulación no biológica de las mismas) generan consciencia. Si a esto le añadimos la idea de que la consciencia puede darse gradualmente, cualquier artefacto lo suficientemente complejo podría tener algo de consciencia. ¿Mi tostador podría tener una microconsciencia? El problema está en que nunca lo sabré (o de momento dado el estado actual de la ciencia) ya que no habría modo de comprobar si el tostador tiene estados internos más que comunicándome con él y, que yo sepa, los tostadores no hablan (Y ni aunque lo hicieran: es lo que llamamos solipsismo).  Por regla general, cualquier teoría sobre la consciencia tiene el problema de no ser falsable.

Pero apliquemos esta teoría a nuestro cerebro. Si toda estructura  neural lo suficientemente compleja crea consciencia, nuestro cerebro no sólo crearía una, sino que crearía muchas. Cada circuito de neuronas autónomo tendría una conciencia propia ¡Muchos seres conscientes habitarían en mi cerebro! Sigamos imaginando. Una de las facultades que caracterizan mi consciencia es la atención. Puedo centralizar mi consciencia en un fenómeno, dejando otros desatendidos. Por ejemplo, puedo focalizar mi mente en el tacto de las teclas del ordenador, olvidando por completo el tacto del calcetín dentro de mi zapato. ¿No podría ser que mi facultad de atención no fuera más que un apropiarse temporalmente de cada una de las múltiples conciencias que habitan en mi cerebro? Es decir, existen muchas consciencias pero yo sólo puedo “estar” en una de ellas a la vez (no soy omnisciente en mi cuerpo). Mientras yo no “estoy” cada una de ellas sigue siendo consciente, sólo que yo no me doy cuenta de ello (ya que “estaría” en otra consciencia). Mi atención sería una usurpadora de consciencias autónomas y mi “yo” no sería más que aquello que pasa de una consciencia a otra, el punto de mira. Reconozco que el planteamiento es fantasioso, pero soluciona la pregunta de por qué unas estructuras neuronales crean conciencia y otras no, y es una forma de explicar nuestra facultad de atención.

Desde mi punto de vista, una determinada estructura muy compleja puede crear conciencia, no debido a su complejidad (ya que la complejidad por si sola no puede causar nada. La complejidad sería sólo una condición de posibilidad) sino por causas que aún ignoramos, es decir, que no tenemos ni idea de qué tipo de estructura estamos hablando. Sin embargo, dudo mucho que seres inertes la posean, lo que incluye tanto a una piedra como un supercomputador (pienso que podrán generar consciencia, pero aún no lo han conseguido. Deep Blue es tan inconsciente como mi tostador). Sólo determinados tipos de seres vivos muy evolucionados la poseen (creo que gran parte de ellos, aunque reconozco que únicamente  puedo justificarlo por analogía con lo humano: cuanto más parecido, más consciencia). Desgraciadamente (o afortunadamente), la mayor parte de lo que existe sigue siendo inconsciente. No tengamos miedo de tirar  a la basura nuestro tostador, no se quejará.