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En resumen, los animales vivían en completa libertad y estaban familiarizados con nuestra casa. Tendían siempre a venir hacia nosotros, no a escapar de nosotros. Las frases que en cualquier otra vivienda podrían ser: “El pájaro se ha escapado de su jaula, ¡cierra aprisa la ventana!”, en la nuestra era: “¡Por Dios, cierra la ventana, que la cacatúa – o el cuervo, el maki, el capuchino – quiere entrar!”. La aplicación más genial del “efecto inverso de las alambradas” fue experimentada por mi esposa cuando nuestro hijo mayor era todavía muy pequeño. Precisamente entonces teníamos algunos animales grandes, que podrían ser peligrosos: cuervos, dos grandes cacatúas de moño amarillo, dos makis mongoz y un mono capuchino, a los que  – en especial a los cuervos – no era prudente dejar solos con el niño. Como solución más práctica, mi mujer improvisó una gran jaula en el jardín y metió en ella… el cochecito con nuestro hijo.

Konrad Lorenz, Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros

Hay muchos tipos de cárceles que no tienen barrotes: un empleo, una relación sentimental o familiar, un proyecto, una promesa, una frontera, el miedo, el remordimiento, la inseguridad… en general, las contradicciones o los callejones sin salida. La relación del hombre con la naturaleza se ha entendido históricamente siguiendo este patrón carcelario: la naturaleza era algo hostil, peligroso, de lo que había que protegerse creando barreras. Una vez establecida una defensa sólida, se pasaba al ataque: mediante nuestra técnica había que controlarla, dominarla, ajustarla a nuestros deseos. Y esto nos llevó al callejón sin salida: una mala relación con lo natural que supone su destrucción sistemática y, a la postre, la nuestra también.

La solución pasa, como en casi todas las ocasiones, por el conocimiento. Cuando comencé a interesarme por la biología, mi impresión hacia seres que antes me parecían dañinos y repugnantes giró 180 grados. Ahora, si en un trozo de pan sale algo de moho, corro a sacar el microscopio para ver que ocurre allí. Cualquier insecto, cualquier mala hierba, me parecen sumamente interesantes. De la curiosidad y del saber surge el respeto, y del respeto surge el amor. Elevada a la enésima potencia, ésta es la vida de Konrad Lorenz : su inmensa curiosidad por la naturaleza iba pareja a su sin par amor hacia ella. Por eso su casa era el ejemplo, por excelencia, de convivencia entre hombre y animal, porque para amar algo hay que comprenderlo. De hecho, gran parte de los males que se han cometido a lo largo de la historia tienen entre sus causas un desconocimiento o una mala comprensión de lo que es el otro. Si sientes indiferencia (y, en cuanto a tal, muestras desconocimiento) por los organismos vivos, no te dolerá demasiado su exterminio en pro de otros fines que sí te interesan.

Comprendemos que, en una primera fase, la humanidad en un estadio de desarrollo técnico primitivo, entendiera la naturaleza como algo hostil. No hay duda de que un tigre dientes de sable quiere comerme y que poco amor puedo mostrar yo al encontrarme con uno, especialmente si está hambriento, en medio de la sabana. Pero en el nivel técnico actual, cuando rara vez hay especie animal que pueda resultar peligrosa, la actitud ante lo natural ha de cambiar. Hemos dominado y controlado el mundo, es algo para estar muy orgullosos como género humano. Pero una vez aquí hay que cambiar los términos.  Y cambiar los términos pasa por cambiar la posición de las alambradas: el que ha sabido protegerse ha de pasar a proteger. Y para que nos interese proteger hay que comprender, respetar y, a fortiori, amar.

La trágica muerte de Pichulo

Publicado: 23 diciembre 2012 en Ética y moral
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Españoles, Pichulo ha muerto. Estando yo el día de autos en casa de mi novia, salí de la vivienda a pasear por un huerto anexo a ella en donde mi suegro cultiva verduras y hortalizas varias. La mañana granadina era muy agradable. Un débil sol se habría paso a través de una leve y brumosa neblina, bañando mi rostro todavía adormecido. Saboreaba mi taza de café y mi cigarro matutino cuando algo comenzó a olerme mal. La jaula azul colgada en la rama de un pequeño arbolito en donde mi suegro pone a Pichulo por las mañanas yacía extrañamente sigilosa, y no es porque Pichulo no estuviese cantando, ya que él no cantaba nunca, sino porque algo en el ambiente presagiaba la tragedia. Me acerqué lentamente y, cuando estaba a unos pocos metros,  percibí horrorizado la masacre. El cuerpecillo de Pichulo yacía descuartizado en la jaula. Un aguilucho salido de lo más profundo del averno que, según luego me contó mi suegro, rondaba la zona desde hace unos días, había acabado atrozmente con su vida.

Y allí estaba el asesino, posado en lo alto del tejado de una casa vecina, mirándome desde la seguridad que le daban las alturas, riéndose de mí, atormentándome como si fuera el cuervo de Allan Poe. Mi suegro, sintiéndose culpable por haberse despistado dejando descuidada la jaula ante la presencia de una amenaza ya predicha, corrió a coger los perdigones de una vieja y polvorienta carabina. Mi corazón me pedía a gritos vengar a Pichulo. Fue mi novia (la voz siempre sensata de la mujer) la que nos advirtió de la locura de nuestras intenciones. No deberíamos matar al aguilucho. Las aves rapaces están protegidas por la ley, encontrándose la mayoría en peligro de extinción. Pero yo, estando mi recta razón presa de la ira, me acordaba de ciertos argumentos de los ecologistas que pretendían dotar de derechos a los animales. Si el aguilucho tiene derechos, también tiene responsabilidades. Quien a pico mata a perdigón muere, pensaba yo. Y mi pareja contraargumentaba: no puedes castigar a alguien por hacer lo que le dicta su naturaleza. El aguilucho ha hecho lo que tiene programado en sus genes, no pudiendo hacer otra cosa. Al no ser libre de elegir, no puede ser responsable de su acción. Entonces, volví yo a contraargumentar por reducción al absurdo: un psicópata, que también diríamos que tiene en su naturaleza el asesinato, tampoco podría ser castigado por sus crímenes. El aguilucho debe morir, más aún, cuando es posible que vuelva a matar a más canarios indefensos. Su muerte es por el bien común, por conseguir un mundo en el que los canarios puedan vivir seguros y felices.

No obstante, al final nos calmamos y, dado que no somos salvajes, decidimos no hacer nada, dejar al aguilucho tranquilo. Matarlo no nos devolvería a Pichulo, además de que no me apetece pagar una cuantiosa multa al SEPRONA ni poner mi granito de arena en la extinción de las rapaces en España. El aguilucho, aún siendo un ser maligno e infernal, es un animal noble y hermoso. No creo que destruir algo así tenga nada de bueno.

Y esta mañana, cuando de nuevo he salido al huerto a disfrutar de la soleada mañana granadina, con mi café y mi cigarro, lo he vuelto a ver, en lo alto del tejado de una casa vecina. Me miraba, riéndose de mí, atormentándome, jactándose ante mi impotencia. Tienes suerte – le he dicho – de que yo sea un ser humano, un animal racional, que antepongo principios a mis emociones. Tienes mucha suerte, pajarraco maldito.

Requiescat in pace, Pichulo. Fue un buen canario aunque no cantara nunca.

Este virus [la mixomatosis] fue introducido como elemento de control para reducir las poblaciones de conejos en Australia, que a su vez fueron llevados al continente en los siglos XIX y XX. El virus tuvo efectos devastadores, y redujo una población estimada de 600 millones de animales a menos de cien millones en sólo dos años. En Inglaterra, la caída en picado de la población de conejos tuvo una consecuencia inesperada: la extinción en 1979 de una especie de mariposa conocida como la gran mariposa azul (Maculinea arion).

Interesante: el ser humano quiere controlar la población de conejos para proteger la producción agrícola y, al hacerlo, extingue una especie de mariposa. ¿Qué pasó exactamente?

Los conejos se alimentaban fundamentalmente de un tipo de planta herbácea que bajo la presión de los primeros se encontraba en desventaja al competir con otra especie de hierba, de poco interés para los conejos y libre por tanto de su presión. De esta forma, las praderas de hierba baja dominaban un paisaje verde en el que debemos situar al siguiente elemento de la cadena. Éste es una especie de hormiga roja que construía sus nidos entre las hierbas bajas que permitían el paso de la luz del sol y así zonas de temperatura adecuada en las que las hormigas podían vivir. Esta especie de hormiga se relacionaba con las larvas de la mariposa de forma mutualista: las hormigas cuidaban de las larvas de mariposa mientras que las orugas proporcionan a las hormigas sustancias de forma de alimento líquido, a la vez que consumen huevos de hormiga. Esta relación es tolerada debido al intercambio mutualista y al hecho de que la larva adopta el olor de las hormigas rojas e imita sus sonidos. La última parte de la metamorfosis tenía lugar en el interior del nido de las hormigas, del que las mariposas adultas salían para reproducirse. Al introducir el virus, la pérdida de presión sobre el primer tipo de vegetación le permitió competir eficientemente con la vegetación dominante, de mayor talla, y finalmente reemplazarla. El paisaje se transformó de forma profunda en muchas zonas de Inglaterra y un observador atento hubiera visto que las hormigas, en aquellas condiciones, dejaban de construir sus nidos, esencialmente debido a la ausencia de condiciones de temperatura adecuadas. Nadie se ocupaba de las orugas y la mariposa terminó desapareciendo.

La moraleja parece evidente: la red de relaciones que se establece en cualquier ecosistema es tremendamente compleja de modo que cualquier cambio, habitualmente, generará en cascada muchos otros sin que tengamos forma de predecir sus consecuencias. A primera vista, la respuesta que un ecologista podría darnos ante estas situaciones es que lo mejor es no tocar nada, dejar que la naturaleza siga su curso ya que, si no podemos prever las consecuencias de nuestra actuación mejor es no hacer nada. Pero aquí hay otro error. Los ecosistemas son sistemas dinámicos en continuo desequilibro, de modo que no hacer nada también es hacer algo o, de otro modo, es no evitar calamidades.

Supongamos que el virus utilizado para exterminar conejos no hubiera sido introducido artificialmente por el hombre, sino que su existencia se hubiera producido por una mutación en un virus ya existente en ese ecosistema. El hombre no habría hecho nada y habría sido la naturaleza la que, por sí misma, habría extinguido a la mariposa. La cuestión se hace peliaguda… ¿qué hacer entonces? La respuesta, como siempre, es: más ciencia.

Se han llevado acabo multitud de estudios sobre ecosistemas utilizando teoría de redes complejas o de grafos intentando comprender la estructura de estas complicadas redes de relaciones. Una de las conclusiones a las que se ha llegado es que las redes ecológicas tienen la propiedad de ser libres de escala. Esta propiedad nos indica que existen nodos (en este caso especies) similares a los “hubs” de Internet, es decir,  que tienen muchísimas conexiones con el resto de nodos, mientras que existen otros apenas interconectados. Si se extingue una especie poco conectada con las demás, la repercusión en el ecosistema global será muy pequeña. Sin embargo, si se extingue un “hub”, el efecto en cascada modificará por completo la red global. La conclusión se saca fácilmente: tengamos mucho cuidado con tocar las poblaciones de especies “hub”.

¿Estamos manteniendo este imperativo en nuestra relación con la naturaleza? La respuesta es negativa.

Una ilustración excelente de este hecho nos la dan los estudios acerca del efecto de la caza de elefantes africanos sobre la estructura de la sabana. Dado que los elefantes ejercen una presión enorme sobre árboles y arbustos, hacen que éstos no prosperen como podrían y por el contrario crean condiciones especiales de cambio constante (árboles desarraigados que dejan espacio nuevo para arbustos y hierbas) en las que pueden prosperar diversos tipos de vegetación en las que a su vez medran herbívoros de menos tamaño. Cuando los elefantes desaparecen, el flujo del cambio se interrumpe y es reemplazado por un sistema en el que el bosque de acacias surge como estructura dominante. La sabana abierta da paso así a una nueva forma de organización, el bosque seco, en el que muchos de sus protagonistas no serán viables o experimentarán cambios poblacionales de gran calado.

Ricard Solé, Redes complejas

De nuevo estamos ante la misma paradoja de siempre: la investigación científica nos da los conocimientos adecuados para hacer las cosas bien y hacemos todo lo contrario. Los grandes mamíferos, objetivos predilectos de la caza indiscriminada, son especies “hub” que debiéramos luchar por preservar.

P.D.: Se consiguió evitar la extinción de la Maculinea Arion reintroduciéndola en 1983 y modificando su hábitat mediante el pastoreo. Fue un proceso complicado y costoso que hubiera sido innecesario si actuáramos con más sentido común.

Solemos pensar en la destrucción como en algo caótico, desordenado, irracional. Una explosión no sigue ley alguna. Por el contrario, el orden nos suena como sinónimo de generación: crear algo es ordenar lo que previamente estaba desordenado. Cada nuevo estilo artístico, cada nuevo género literario constituye una nueva forma de ordenación, un modo diferente de combinar elementos, de cartografiar la realidad haciéndola inteligible, mostrándonos una óptica no asumida, eliminando entropía.

Sin embargo, viendo las poderosas fotos de Edward Burtynsky, esa idea se invierte: la destrucción puede tener la feroz precisión geométrica de un bisturí. En ellas parece que un dios olímpico haya tallado la realidad, quedándose a medias en la construcción de un mundo nuevo: el que dejan atrás nuestras excavadoras.  ¿La destrucción del mundo como obra de arte?

El hombre entendido como una termita, como un pequeño insecto que, con eficiencia matemática, devora secuencialmente el planeta donde vive, dejando tras de sí escalonadas pirámides invertidas. Si los faraones buscaban el cielo, el hombre termita parece querer encontrar el averno.

Más imágenes en la Web de Burtynsky. Visto en Pasa la vida.

Además de esto el argumento más fuerte de los detractores [de la minería] es que las operaciones mineras devastan los campos, por cuya razón en otros tiempos la ley advertía a los italianos que ninguno debía cavar la tierra para buscar metales y así perjudicar sus campos muy fértiles, sus viñedos y sus olivares. También condenan que se corten los bosques y los sotos porque hay necesidad de una cantidad inacabable de madera para construcción, para máquinas y para fundición de metales. Y cuando se han derribado los montes y los sotos, quedan exterminados los animales y los pájaros, muchos de los cuales constituyen un agradable manjar para el hombre. Además, cuando se lavan los minerales, el agua que se ha utilizado contamina los arroyos y los ríos y o bien destruye los peces o los hace huir. Por consiguiente los habitantes de esas regiones, debido a la devastación de sus campos, sus bosques, sus sotos, sus arroyos y sus ríos, encuentran dificultad en conseguir lo necesario para su vida, y por causa de la destrucción de la madera se ven obligados a hacer un gasto mayor en la construcción de edificios.

Georg Bauer (Georgius Agricola) en su De Re Metallica (citado por Mumford)

Curiosamente, Bauer escribió esto en el 1556. En el siglo XVI ya sabían perfectamente los estragos que podían causarse al medioambiente y, más aún… ¡Ya había ecologistas!

Definir fragilidad

Publicado: 8 septiembre 2010 en Ética y moral
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Es significativo que muchos sistemas complejos se definan por su fragilidad, por su extrema dependencia a una minúscula parte. Es el caso de la mayoría de nuestros artificios electrónicos, en los que la avería en una pequeña pieza los hace inservibles, y también es el caso de nuestros sistemas socio-económicos. ¿Qué pasaría si careciéramos de luz eléctrica, pongamos por un mes? En esto, los sistemas vivos superan con mucho a nuestros productos. Un ser vivo sólo se rompe cuando se dan una serie de errores graves, teniendo una enorme tolerancia a fallos en sus partes  constituyentes, autorreparándose continuamente (si es que acaso un ser vivo no se defina exclusivamente por ser un sistema de autorreparación).

De la misma forma, la teoría del caos nos dice que existen determinados sistemas en los que un pequeñísimo cambio en las condiciones iniciales puede tener graves consecuencias en el resultado final. Un sistema caótico es el sistema más frágil por definición. Quizá, como ingeniosamente nos muestra la publicidad de WWF, si el aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo, talar un solo árbol podría tener consecuencias desastrosas, a fortiori si el sistema medioambiental se caracteriza por su inestabilidad y desequilibrio.

El ecologismo (mal llamado así. Debería mejor llamarse ambientalismo para no confundirse con la rama de la biología que estudia los ecosistemas) suele defender la búsqueda de un equilibrio entre el hombre y su ecosistema, apelando a que los animales lo mantienen e incluso que sociedades más primitivas también lo han mantenido (de nuevo nuestro buen salvaje). Esta afirmación es presa de  un error pues ese equilibrio no existe o, si ha existido alguna vez o se da de vez en cuando, su duración ha sido breve. El mundo natural está en constante desequilibrio (al igual que los seres que lo componen están en desequilibrio termoquímico): el mero hecho de  que una variación hereditaria de una ventaja a una especie determinada,  una migración de individuos nuevos, un cambio ambiental de cualquier tipo, provocan reacciones en cadena que afectan de modo fundamental a esa complejísima red de relaciones que configura lo que es un ecosistema y que determina el futuro de todas las especies que habitan en él. Y en este constante desequilibrio se extinguen constantemente especies sin que el hombre y su irresponsable desarrollo económico hagan absolutamente nada.

Millones de especies han desaparecido antes de la llegada del hombre. La misma Gea (no entiendo la manía de no traducir Gaia al castellano), esa diosa bondadosa y comprensiva que nos ha pintado la mitología popular, causa periódicamente glaciaciones, pandemias, erupciones volcánicas, movimientos sísmicos, etc. que acaban por provocar extinciones masivas. Y es que el ser humano, a día de hoy, no ha conseguido ni llegarle a la suela de los zapatos a Gea en lo que a crímenes medioambientales se refiere. Es más, si el homo sapiens es una especie tan natural como cualquier otra, ¿no es la misma Gea la que se daña a sí misma mediante uno de sus hijos? ¿no se hiere la naturaleza a sí misma? ¿O no será más bien que ese constante autodañarse es el modo normal de funcionar de la naturaleza?

Pero es que esta idea de la bondad de la naturaleza, extremada en la idea de Lovelock de que la naturaleza se autorregula para salvaguardar la vida, está muy extendida en la sociedad. Siguiéndola de modo casi inconsciente, uno compra en el supermercado alimentos lo más naturales posibles, desconfiando de todo aquello que haya pasado por un laboratorio. Los de la new age argumentan que fumar marihuana no es malo ya que se fuma algo que procede directamente de la naturaleza. La marihuana es fruto de Gea mientras que otras drogas, procesadas artificialmente, son más perjudiciales nada más por eso: cambiar algo natural es malo en sí mismo. A todos ellos les invito a que ingieran algo tan natural como la cicuta y a que jamás utilicen anestésicos, analgésicos, antibióticos sintéticos, antihistamínicos, antidepresivos, ansiolíticos… En fin, prácticamente, que no utilicen casi ningún fármaco producto de la medicina moderna.

Sin embargo, a pesar de esta aceptación ingenua de la bondad de lo natural, existe el paradójico temor a la naturaleza biológica del hombre que denuncia Steven Pinker. La mayoría del mundo intelectual reduce la naturaleza biológica humana a aspectos marginales como actos reflejos o instintos, confundiendo primitivo con natural. Lo avanzado, lo que nos hace ser hombres, es lo cultural, algo que, volviendo al no superado mito del fantasma en la máquina, se superpone sobre lo natural y es independiente de él. Que Miguel Ángel pintara la Capilla Sixtina es algo que tiene muy poco que ver con su biología. Lo natural es propio de los animales mientras que lo cultural, y toda su grandeza, es cosa de hombres.

La negación de la naturaleza biológica emparejada a la comprensión de lo natural como bueno, afecta negativamente a la aceptación del darwinismo o de cualquier estudio de la conducta humana basada en la biología. Si un estudio dice, por ejemplo, que tenemos un gen que nos hace ser violentos, automáticamente se pasa del ser al deber ser y se piensa que los estudios naturalistas apoyan la violencia. Existe un halo de sospecha sobre la ciencia evolucionista que, además, se asocia al darwinismo social de Galton o Spencer, o a la ciencia lúgubre de Malthus. Si sobreviven los más aptos, entonces deben sobrevivir los más aptos: hagamos políticas que defiendan la eugenesia y nieguen los subsidios y la atención médica a los más necesitados ya que ellos serán los menos aptos y habrá de dejarlos morir por imperativo natural.

Nada más lejos de la realidad. El hecho de que descubramos que tanto nuestra querida Gea como nuestra propia naturaleza tiene cosas que no nos gustan, no quiere decir que tengamos que obrar según ello. Precisamente, nuestra ética o nuestros sistemas políticos se oponen a la ley natural. Si en la naturaleza el grande se come al pequeño, nuestro sistema legal intenta evitar eso, protegiendo al pequeño. Si en la naturaleza prima la diferencia, nuestra idea de justicia nos iguala en derechos y responsabilidades. La ética se opone a la naturaleza. Sin embargo, esto no tiene por qué hacernos renegar de su conocimiento. Resulta lamentable que por motivos ideológicos o por prejuicios culturales no hagamos caso de la ciencia cuando nos revela datos de nuestra propia naturaleza. El conocimiento siempre es bueno, otra cosa es lo que se haga con él.