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Falsa identidad

Publicado: 11 abril 2013 en Filosofía de la mente
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Hace un tiempo publiqué una entrada en la que pretendía reflexionar sobre “dónde” reside la nuestra identidad con el conocido experimento mental de la teletransportación. Hace unos día Jesús Zamora publicó una entrada en su blog en donde también se reflexionaba sobre el mismo tema. Una de las respuestas que más me llamaron la atención, ya que fueron repetidas por diversos contertulios y, además, parecen contar con cierta base en experimentos neurológicos, fue la negación de la existencia real de tal identidad tachándola como una mera ilusión. Vamos a reconsiderar esta vía de pensamiento que, además, ya hemos mantenido en muchas otras entradas.

Parece que nuestro cerebro funciona de modo discontinuo. Nuestra consciencia de la realidad parece operar como si fuera un scanner que va haciendo barridos cada pocos milisegundos (de forma muy sugerente, todo lo que pasa en menos de ese tiempo no es registrado por nuestra mente, literalmente no existe para nosotros). En cada uno de estos barridos construimos lo que pasa a nuestro alrededor: registramos los colores, las formas, los sonidos, las sensaciones, etc. que ocurren en ese pequeñísimo lapso de tiempo. Cuando éste pasa volvemos a realizar un nuevo barrido tal y como si hiciéramos fotos con una cámara con un obturador muy rápido. Sin embargo, la realidad no se nos muestra discontinua, no se nos muestra como un conjunto de fotografías, una detrás de otra, sino que se nos presenta continua. Esto se ejemplifica de modo muy claro en el conocido Efecto Phi, descrito por Wertheimer en 1912, y que supone la base de todos nuestros sistemas de visionado de imágenes en movimiento.

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Este conjunto de imágenes sería lo que realmente percibe nuestra conciencia haciendo sus barridos. Sin embargo, nuestra mente crea la ilusión de movimiento y nos hace ver esta secuencia de imágenes como el continuo galopar de un caballo. Donde solo hay discontinuidad, nuestra mente crea la ficción de continuidad.

Entonces el dilema es el siguiente: si entendemos que nuestra identidad, nuestro yo, tiene dos características principales: la mismidad (yo siento ser yo mismo durante toda mi existencia) y la continuidad (yo siento ser yo mismo durante un largo lapso de tiempo, a saber, toda mi vida), ambas quedan dañadas si aceptamos que el modus operandi de nuestra mente no tiene nada de continuo.  De hecho, si comprobamos lo que realmente somos vemos que no hay ninguna continuidad aunque nuestra mente se empeñe en dárnosla. Si pensamos que somos un compuesto de materia (un conjunto de átomos) y forma (esos mismos átomos estructurados de una forma determinada) podemos comprobar que no hay continuidad temporal alguna en ninguno de los dos casos:

1. Materia: nuestro cuerpo se va regenerando, está cambiando constantemente sus compuestos. Al alimentarnos ingerimos compuestos nuevos y mediante la excreción expulsamos los viejos. Seguramente, si comparamos la materia de la que estábamos hechos cuando éramos bebés y la que nos forma al ser ancianos, muy poquito quedará de los primeros en los últimos. La materia no nos define.

2. Estructura: es evidente que cuando yo era un bebé la forma de mi cuerpo y mis habilidades eran completamente diferentes a las que tengo ahora. Y aunque ciertas estructuras se mantengan durante un tiempo prolongado, ya argumentamos aquí que algo no puede solamente ser estructura.

Entonces, si tanto mi materia como mi estructura no han sido continuas a lo largo de mi existencia, ¿por qué nos obstinamos en creer que somos los mismos en todos los momentos de nuestra vida? Porque nuestra mente crea esa ilusión, nada más.

Si pensamos un poquito más podemos llegar a las inquietantes consecuencias que tiene aceptar esta idea. Yo solo soy yo, idéntico a mí mismo y continuo, durante esos milisegundos que mi consciencia fotografía de la realidad. Al siguiente barrido, y a pesar de que mi mente quiera engañarme con la sensación de continuidad, ya dejo de ser el mismo que era, soy otra persona diferente. Dicho de otro modo: nacemos y morimos a cada segundo.

Otra forma de ver esto algo menos radical es pensar que aunque la continuidad que mi consciencia crea no fuera del todo una ilusión, dicha continuidad queda dañada cada vez que la conciencia se apaga, es decir, cada vez que dormimos o quedamos inconscientes. Cuando yo me echo una siesta, la persona que se despierta después es otra diferente a la que se acostó, a pesar de que mi mente se empeñe en engañarme con la sensación de continuidad. La consecuencia es parecida a la de la postura anterior: nacemos y morimos cada vez que dormimos y despertamos.

Es interesante pensar que, a pesar de que esto podría ser cierto, es imposible no vivir así. Yo, aunque sepa que no soy la misma persona que vivió en el segundo anterior o que se acostó hace unas horas, no puedo abandonar esa ilusión, no puedo vivir pensando que soy otra persona, estando obligado mentalmente a seguir siendo yo mismo. Lo mismo pasa con la libertad. Aunque hemos defendido que es otra ilusión de nuestro cerebro, es imposible vivir como si no eligiéramos nuestras decisiones con libre arbitrio. Ambas ilusiones son ficciones de las que no podemos desprendernos aunque sepamos que no son ciertas. Como decía Sartre (en un sentido muy diferente claro) “estamos condenados a ser libres”, a lo que habría que añadir también que “estamos condenados a ser nosotros mismos”.