Posts etiquetados ‘Epifenomenalismo’

Uno de los argumentos más famosos contra el funcionalismo como teoría de la mente es el argumento del espectro invertido. Supongamos que tenemos a un individuo cuyo espectro de color con respecto al rojo y al verde están invertidos. Desde su nacimiento, él ve rojas las hojas de los árboles o el césped del parque, mientras que ve verde la sangre o las cerezas. Pero, curiosamente, cuando aprendió los colores no tuvo ningún problema. Cuando le enseñaron un muñeco de Elmo y le dijeron que era rojo, aunque él lo veía verde, aprendió a llamarlo “rojo”. Así, todos los objetos que veía verdes los llamó “rojos” y viceversa, no teniendo ningún problema para desenvolverse en el mundo. De hecho, este sujeto podría llegar a pasar absolutamente toda su vida viendo todo de forma invertida sin darse cuenta de que percibe de forma muy diferente a los demás.

¿Por qué este argumento pretende refutar el funcionalismo? Porque el funcionalismo define los estados mentales en términos funcionales, es decir, por tener un rol causal entre entradas sensoriales y salidas conductuales. Si decimos que el quale (la cualidad subjetiva) de la sensación del color no tiene ninguna incidencia en el comportamiento (no cumple ninguna función) y, a su vez, mantenemos que el quale es una parte del estado mental, hay partes del estado mental que no se explican por su rol causal. Por lo tanto, el funcionalismo en su versión fuerte (el que sostiene que la definición de un estado mental se agota en su rol causal) sería falso.

Aparentemente, parece un argumento sólido y difícil de objetar. De hecho, para Putnam constituye una de las claras evidencias para desechar el funcionalismo. Tenemos múltiples intentos de rebatirlo en la obra de Dennett (en su “Quining Qualia” de 1988) o de Chalmers (véase todo el capítulo 7 de La Mente Consciente), y ha sido también muy estudiado por autores como Block (1990), Shoemaker (1982), Cole (1990) o Harman (1990). A mi juicio, ninguno ha conseguido refutarlo contundentemente.

No obstante, susodicho argumento no derriba una versión débil del funcionalismo que podríamos definir, a vote pronto, como aquel que defiende que los qualia tienen funciones, aunque la explicación funcional no agote todo lo que es el quale. Los colores tienen una evidente función: la distinción y categorización de los objetos. Precisamente, el argumento del espectro invertido funciona porque al cambiar el quale (el verde por el rojo o viceversa) no incidimos en la función: el sujeto puede seguir categorizando los objetos en clases sin ningún problema. Solo en el caso en que la inversión del espectro no fuera completa (el sujeto cambia solo algunos objetos de color) la función se vería alterada: aunque acertaría en algunos casos, en otros el sujeto diría que son verdes objetos que todo el mundo ve rojos, y viceversa. Entonces ¿Qué es lo que tienen los qualia que sí los hace funcionales? En el caso del color estaría la capacidad de generar contraste. Si, por ejemplo, nuestro espectro visual solo atendiera a una pequeña gama de tonos de verde, todos muy parecidos entre sí, nos sería muy difícil diferenciar objetos. Por el contrario, si pensamos en el rojo y en el verde, son dos colores que se diferencian paradigmáticamente bien. Así, vemos clara la función de, al menos, una cualidad fenoménica del quale.

No obstante, volvemos a subrayar, que algunas propiedades de los qualia sean funcionales no justifica la versión fuerte del funcionalismo: que todo en el qualia es función. Podríamos pensar en un individuo que viera todo en un espectro de tonalidades de gris, desde el blanco nuclear hasta el negro azabache, de modo que conservara la capacidad de generar contraste para ser funcionalmente operativo, pero que no viera ningún otro color (como ya ejemplificamos en este estupendo ejemplo de Olivers Sacks). De nuevo entonces surgiría la cuestión: ¿para qué la experiencia subjetiva de rojo, verde o azul?

Lo que sí se refuta aquí es el epifenomenalismo (en su versión fuerte): la tesis de que la consciencia es solo un residuo, un epifenómeno, de auténticas funciones, pero que carece por completo de función (que, extrañamente, según esta youtuber es la última palabra) . Nada más lejos de la realidad. He puesto el ejemplo del color porque es, filosóficamente hablando, más peliagudo; pero si ponemos otros ejemplos, la función del quale se ve muy clara. Si hablamos del dolor, su función es más que evidente. Sydney Shoemaker nos ofrece tres funciones de los qualia:

  1. Causar determinada conducta: “Sabe amargo, es posible que esté en mal estado. Lo escupo”.
  2. Causar la creencia de que algo va mal en el organismo: “Me duele la muela, tendré una infección que he de curar”.
  3. Causar la creencia cualitativa de que se está en un estado y no en otro: esta es la que hemos defendido hoy aquí. Me es muy útil diferenciar objetos por sus colores, al igual que me es útil diferenciar las cosas que me proporcionan placer de aquellas que me proporcionan dolor.

Las propiedades del quale sin función quizá deberían entenderse a la forma de las cualidades de los seres vivos sin función adaptativa, siguiendo el celebérrimo artículo de Gould y Lewontin (1979) sobre las pechinas de la catedral de San Marcos (del que ya hablamos aquí). Los qualia tienen propiedades funcionales pero también contienen elementos epifenoménicos (epifenomalismo versión débil), quizá necesarios a algún nivel para realizar tal función (igual que las pechinas de la cúpula de una catedral)  o, sencillamente, como un subproducto inevitable (igual que el ruido es un epifenómeno inevitable del funcionamiento normal de un motor de explosión).

Dado todo lo dicho, la postura filosófica más saludable parece la sugerida por Chalmers cuando habla de funcionalismo no reduccionistaY un programa de investigación, igualmente saludable, sería el de indagar más en las propiedades funcionales de las características fenoménicas de los qualia. Quizá se podría ir, progresivamente, arrinconando epifenómenos y mostrar que, verdaderamente, ver en colores verde y rojo sí que tiene algún tipo de función que, a día de hoy, no atinamos a encontrar.

arcimboldo

“La mente emerge de la complejidad del funcionamiento cerebral”

Esta sentencia podría resumir de manera general el planteamiento emergentista con respecto al problema mente-cuerpo. Sentencia, por lo demás, que puede parecer bastante razonable para cualquier neurólogo, psicólogo o estudiante de la mente en general que tenga, como ya va siendo normal, una visión más o menos materialista del funcionamiento de nuestra psique.  Sin embargo, vamos a ver que realmente es un enunciado equívoco y bastante vacío.

Pensemos en que yo quiero saber cómo funciona cualquier electrodoméstico de mi cocina, por ejemplo, el frigorífico. Sin tener ni idea de ingeniería, observo sus piezas durante un rato y termino por decir: “La baja temperatura que enfría los alimentos emerge de la complejidad del funcionamiento del frigorífico”. Realmente, no habré dicho absolutamente nada, a lo sumo estaré intentando encubrir que no sé gran cosa del funcionamiento del aparato.

Pensemos ahora en qué significa la palabra “emerger”. Habitualmente se usa para decir que algo sale del agua a la superficie, pero también puede usarse para decir que algo sale del interior de otra cosa. Pues bien, cuando decimos que la mente emerge del cerebro estamos, en primer lugar, cometiendo un sesgo dualista: si la mente sale del cerebro es porque es algo diferente de éste, ergo la mente no es el cerebro. Y si la mente no es el cerebro… ¿qué diablos es? En segundo, estamos sugiriendo de modo implícito o dando la impresión de un “surgir por arte de magia”: a la hora de construir una mente artificial lo único que habrá que hacer es ir añadiendo piezas semejantes a las de un cerebro real hasta que, al final, la mente emerja por sí sola de entre todos esos elementos. Así llega la manida afirmación: “De la complejidad de Internet surgirá espontáneamente una nueva mente global” No, de Internet no surgirá ninguna mente a no ser que ingenieros se pongan a ello, y de ir construyendo piezas similares a las de un cerebro no surgirá una mente sin más. Ir construyendo piezas similares a un cerebro hará que vayamos comprendiendo cada vez mejor cómo funciona el cerebro hasta que, al final, podamos construir las piezas clave que, realmente, sean, constituyan o generen una mente. Y, en tercer lugar, la expresión “emerger del cerebro” parece implicar que la mente surge del cerebro pero que no hay camino inverso, es decir, que “el cerebro no emerge de la mente”, negando la posibilidad de que nuestro pensamiento tenga algún efecto sobre el mismo cerebro. El emergentismo estaría sugiriendo implícitamente un epifenomenalismo que, en general, parece poco convincente (a mí sí me gusta la idea de que muchos aspectos de la mente son efectos secundarios o epifenómenos del funcionamiento del cerebro, pero no me convence que esos efectos secundarios no tengan influencia alguna sobre el propio cerebro).

Y, pensemos por último, en que significa la palabra “complejidad” ¿Qué quiere decir que algo sea complejo? La complejidad es una propiedad subjetiva (una valoración) que no tiene existencia objetiva. Algo es simple o complejo siempre para un sujeto. Resolver una multiplicación es algo complejísimo para un niño de tres años pero trivial para un adulto ¿Diríamos que multiplicar tiene la propiedad objetiva de ser complejo? No, la palabra complejidad, en el mejor de los casos, solo es un indicador de la capacidad de comprensión del sujeto. Entonces, ¿es lícito decir que de la complejidad surge algo? No, de la complejidad no puede surgir absolutamente nada porque solo es una valoración, no es un objeto o proceso real con algún tipo de poder causal. Por lo tanto la afirmación “La mente emerge de la complejidad del cerebro” es un sinsentido o, en el mejor de los casos, es no decir nada.

En filosofía de la mente el epifenomenalismo sostiene que la mente es un fenómeno secundario, un efecto colateral de la materia, un residuo sin importancia para el fenómeno principal. El ejemplo clásico es pensar en el ruido que hace el motor de un automóvil: es un efecto secundario de la explosión dentro del cilindro que no tiene una influencia significativa en el funcionamiento global del motor. Siguiendo esta analogía, las facultades mentales no serían más que el ruido de la materia. Los defensores del epifenomenalismo suelen hacer hincapié, además, de que si bien la materia genera la mente, no hay retroalimentación, es decir, la mente no tiene influencia alguna en la materia. Esta tesis es problemática: ¿cómo que la mente no puede influir en la materia? ¿Acaso cuando pienso en golpear una piedra con un martillo mi mente no está modificando su entorno material?

Revisemos el tema: ¿qué es la mente? ¿cuál es su origen? La mejor respuesta que puede darse acorde con la ciencia actual y sin recurrir a ningún sobrenaturalismo es decir que la mente es fruto de la evolución biológica. Esto explica muy bien muchas de nuestras facultades mentales. Una buena memoria hace que recuerde donde vive el depredador o cuando maduran los frutos de tal o cual arbusto, o una competente facultad lingüística hace que pueda comunicarme bien y cazar en grupo. La mente es una magnífica herramienta de adaptación. Pero, ¿qué pasa con las características de mi mente que no tienen una clara función adaptativa? ¿Por qué escribo poesías? ¿Por qué la filosofía, el arte, la religión? Aunque últimamente hay muchos estudios que pretenden ver un fin evolutivo a estas cualidades estrictamente humanas, parece que no tienen una directa y clara función en la supervivencia de los genes del individuo. ¿Por qué están allí entonces?

Aquí es donde entra el epifenomenalismo: estas cualidades son epifenómenos, consecuencias indirectas del devenir evolutivo. Por ejemplo, el arte puede ser una consecuencia secundaria de la creatividad necesaria para fabricar herramientas o planificar una cacería. La religión podría ser un subproducto de aspectos como la necesaria cohesión del grupo, jerarquía social y autoridad. Pensar en entes sobrenaturales puede entenderse como un efecto colateral de la natural búsqueda de causas para los fenómenos necesaria para interactuar con eficacia en el entorno natural.

Sabemos que la evolución es chapucera, que, como un chatarrero, reutiliza, mezcla, repara… ¡Y lo hace todo sobre la marcha! Así, hay órganos que quedan olvidados y que pasan a reutilizarse para otra función cientos de miles de años después, o partes que no servían para nada y que luego tuvieron una función vital. Nuestra mente ha de ser un conjunto de todas estas cosas: funciones evolutivas claras, vestigios otrora vitales y ahora inservibles pero que siguen funcionando, parches, apaños, arreglos… epifenómenos.

Esta idea encaja muy bien con la tesis del accidente: estamos aquí por mera casualidad. Somos como somos por una casual conjunción de azar y necesidad. El mundo no está aquí para que nosotros lo gobernemos, nuestra mente no ha sido diseñada para descubrir unos misterios preexistentes o unas verdades ancestrales. Somos el ruido del motor de la evolución. Eso sí, un ruido que puede modificar el mismo motor, un epifenómeno que puede volverse contra el fenómeno originario. Nuestra dignidad consistirá en ser un poderoso accidente.

Veáse toda la saga:

El salto que es el hombre (IV): entre caballos y cocodrilos.

El salto que es el hombre (III): la diferencia de grado y el origen del lenguaje.

El salto que es el hombre (II).

El salto que es el hombre.