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Un hombre va caminando por la calle cuando el viento empuja una teja para hacerla caer encima de su cabeza y acarrearle la muerte. ¿Cómo explicar este lamentable suceso? ¿Cuál es la causa de la muerte? Un ateo apelaría a causas naturales: la fuerza del viento y el hecho de que el hombre pasara justamente por ahí debido a que iba de camino al trabajo causaron el incidente: una desdichado cruce entre dos corrientes causales. Un creyente objetaría: ¿pero qué causó la fuerza del viento o que el hombre fuera a trabajar? Así, se va creando una concatenación de causas, la colligatio causarum, que necesita una causa primera para no caer en una regresión ad infinitum. La causa primera del suceso será la voluntad de Dios, por lo que Dios es el causante último de todo lo que sucede. Pero claro, si Dios es la causa de todo… ¿dónde queda mi libertad de elección? ¿Dónde quedo yo como causa de mis actos? Baruch Spinoza, uno de los grandes genios de la Modernidad, veía en esta cadena causal que acaba por apelar a la voluntad de Dios una estupidez, un refugio de la ignorancia que no sabe encontrar el correcto orden de la naturaleza. No es por casualidad que, aunque ferviente judío, Spinoza fue acusado de ateísmo y expulsado de la sinagoga de Amsterdam.

En un universo mecanicista como el cartesiano, donde todo funciona siguiendo estrictas leyes, ¿cómo introducir actos de la voluntad, actos libres? ¿No sería la libertad una contradicción del orden causal? Descartes solucionó el problema sacando la libertad del mundo, haciendo de la res cogitans (yo) y la res extensa (mundo) dos substancias, dos realidades diferentes: el mundo funciona de modo determinista, sin acto libre alguno, mientras que mi yo, mi mente, posee libre albedrío. Problema: ¿cómo mi mente libre puede causar, por ejemplo, un movimiento voluntario en mi cuerpo? ¿Cómo mi mente, espiritual, inmaterial, inextensa, puede “empujar” los músculos de mi brazo cuando levanto mi material, mecánica y extensa mano?

Descartes no supo nunca como solventar tal dilema, pero Spinoza se atrevió a enfocarlo de otra manera: cortando por lo sano. No existe la libertad humana, es una ilusión. Sólo existe naturaleza, un mundo mecánico rígidamente reglado, que se identifica con la divinidad. Pero, ¿qué es entonces la libertad? ¿Por qué existe aunque sólo sea como ilusión? ¿Por qué tal engaño? En esto Spinoza es francamente genial. El ser humano se mueve por dos fuerzas: las pasiones y la razón. Moverse siguiendo las pasiones, al igual que pensaba Descartes, no tiene nada de libertad. Es obedecer instintos, impulsos que nada tienen que ver con elegir. De aquí la expresión “ser esclavo de tus pasiones”. Sin embargo, obrar siguiendo la razón era para Descartes el acto libre por excelencia. ¿Por qué? ¿Qué tiene de libre hacer una serie de deducciones que lleven a la conclusión de que se debe realizar un acto cualquiera? Nada: tomar una decisión es sólo tener esperanza de que algo va a suceder, hacer una apuesta sobre el futuro. Por ejemplo, si yo decido ir todos los días al gimnasio en el fondo no realizo acto volitivo alguno, únicamente, albergo la creencia de que sucederá el hecho de que yo asista todos los días al gimnasio. Después es posible que me venza la pereza o que tenga un imprevisto que haga que no pueda asistir. Entonces, mi predicción habrá fallado. En el fondo, sólo hay un acto de creencia, una predicción acerca del futuro, no hay ningún agente causal que comience en tal pensamiento y que termine con la acción de ir al gimnasio. La cadena causal que rige el mundo es la que verdaderamente decidirá si voy o no, pero no mi pensamiento. La misión de mi mente es la de informarme, lo más fidedignamente posible, de lo que puede pasar, pero no dirigir absolutamente nada. La mente funciona de un modo paralelo al cuerpo pero no influye en sus decisiones.

Pero, ¿por qué nos creemos libres, poseedores de una voluntad propia? Spinoza nos explica que lo que ocurre es que tenemos un conocimiento imperfecto del futuro, fallamos a la hora de calcular lo que está por venir y los factores que lo causan. Erróneamente pensamos que algo será bueno para nosotros cuando realmente será nefasto. Nos equivocamos constantemente. Nuestro inadecuado conocimiento del mundo fruto de las limitaciones de nuestro precario entendimiento nos hace ver un mundo lleno de libertad, de decisiones que no obedecen orden causal alguno. Incluso llegamos a creer que lo que sucede en la naturaleza obedece a la libre voluntad de un Dios, al azar o a la suerte. Y así vivimos en una fantasía.

¿Qué habría que hacer, o más bien, pensar entonces sobre mi vida y mis actos? Spinoza se muestra aquí muy estoico. La auténtica libertad consiste en conocer el verdadero orden el mundo, finalidad sólo posible mediante el uso de la recta razón. Las leyes de la naturaleza son idénticas a las leyes de la razón. Y una vez conocidas, sólo nos queda la resignación, la aceptación del férreo acontecer de la realidad. Esta concepción de la libertad tendrá mucho eco en autores posteriores como Rousseau o Kant. Para éstos, aún creyendo en contra de Spinoza en la libertad del hombre, la conciben como una obediencia a la razón. La libertad no es hacer lo que a uno le da la gana en todo momento como tristemente suelen pensar mis alumnos (y, más tristemente aún, son coherentes con tal pensamiento), sino en adecuarse a lo que tu razón deduzca. En el caso de Spinoza ser libre consiste en seguir el curso de la naturaleza, el colligatio causarum, en estar en comunión con él ya que es idéntico a mi razón, aceptando estoicamente lo que llegue.

La original filosofía de este judío holandés que se ganaba la vida puliendo lentes ha cobrado actualidad después de las últimas aproximaciones científicas al tema de la libertad. Las actuales neurociencias parecen llegar a conclusiones muy parecidas a las suyas como ya vimos aquí y aquí.