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Después del más que desagradable asunto de las gemelas modificadas genéticamente por el científico He Jiankui, ahora tenemos al biólogo ruso Denis Rebrikov, queriendo emular al chino. Estas locuras, reprochables a todos los niveles, parecen dar la razón a todos los bioconservadores que se manifiestan en contra de cualquier forma de edición genética. Parecen decirnos ¿Veis lo que pasa si jugamos a ser dioses? Todavía no hemos hecho casi nada más que empezar con la biología sintética, y ya nos saltamos toda norma moral a la torera.

Sin embargo, esto no es más que oportunismo. Ni el más tenaz transhumanista está a favor de lo que ha hecho Jiankui, principalmente, porque todavía no se sabe lo suficiente para predecir todos los efectos secundarios de la mutación de genes. Cuando hablamos de eugenesia en términos éticamente aceptables hablamos, claro está, de mejorar la salud y no de empeorarla. Creo que es obvio. Así, que un científico viole las normas éticas, e incluso las legales, no es razón suficiente para oponerse a una determinada tecnología, más cuando sus promesas son, con mucho, muy superiores a sus riesgos (por mucho que nos quieran vender lo contrario). Creo que en ciencia y tecnología hay que actuar basándose en lo que Max More definió en 2005 como principio proactivo: si consideramos la libertad en la innovación tecnológica como algo muy bueno para la humanidad, la carga de la prueba siempre debe recaer para aquellos que proponen medidas restrictivas. Entonces, dejando de lado los casos puntuales de He Jiankui y de Rebrikov, hoy voy a centrarme en dos de los argumentos más repetidos sobre el tema, de la mano de dos de los máximos bioconservadores de la actualidad: Leon Kass y Francis Fukuyama. El primero, que dirigió el Consejo Presidencial sobre Bioética del gobierno de los Estados Unidos,  hizo famoso su texto “La sabiduría de la repugnancia”. Leamos uno de los fragmentos más potentes:

La gente siente repugnancia frente a muchos aspectos de la clonación humana. Se echan atrás ante la perspectiva de producir en masa seres humanos, con grandes conjuntos de tipos iguales, dañados en su identidad; la idea de gemelos padre-hijo o madre-hija; la extraña posibilidad de que una mujer dé a luz y críe a quien es una copia genética de ella misma, de su esposo o incluso de su padre o madre difuntos; lo caprichoso y grotesco de concebir un niño como sustituto exacto de otro ya muerto; la creación utilitaria de copias genéticas embrionarias de uno mismo, para ser congeladas y desarrolladas en caso de necesitar tejidos homólogos u órganos para trasplante; el narcisismo de los que se clonarían a sí mismos, o la arrogancia de otros que sostienen que ellos saben tanto quien merece ser clonados, como qué genotipo le gustaría recibir a un niño que ha de ser creado; la exaltación frankensteiniana de crear vida humana y controlar de modo creciente su destino; es decir, el hombre jugando a Dios.

 

La argumentación de Kass es bien clara: no debemos permitir éticamente lo que nos produce repugnancia. Tengamos en cuenta que la sensación de repugnancia es un sistema de defensa creado por la evolución para evitar enfermedades o intoxicaciones. Es, entonces, un pedazo de “sabiduría biológica” avalada por eones de selección natural, y no cualquier criterio arbitrario. Kass estaría recurriendo al clásico iusnaturalismo que sostiene grosso modo que la naturaleza es sabia, y que es conveniente seguir sus designios. Esto es fácilmente desmontable desde la célebre falacia naturalista: que algo sea así en la naturaleza no quiere decir que deba ser así. Es el argumento típicamente utilizado contra el darwinismo social: si aceptamos que lo que hace la naturaleza es lo correcto, que el pez grande se coma al pez pequeño nos debería parecer bien cuando, precisamente, lo que nuestros sistemas jurídicos intentan es lo contrario: proteger a los débiles de las injusticias naturales.

Igualmente, apelar al sentimiento de repugnancia como criterio ético tiene más problemas. Estaríamos ante el viejo emotivismo, el cual, puede explicar bien el origen de la moral, pero es incapaz de justificarla. Si bueno es aquello que me causa un sentimiento agradable, no podríamos decirle a un sádico o a un psicópata que lo que hacen está mal. Igualmente, apelando a la repugnancia podríamos negar derechos a homosexuales o transexuales, a gente con sobrepeso o, sencillamente, poco agraciada físicamente o con algún tipo de deformidad. Dado que la sensación de repugnancia tiene diferentes intensidades y es, muchas veces, imposible de diferenciar de otras sensaciones como el rechazo, la extrañeza o la incomodidad, podríamos utilizarla para oponernos a las personas de otras razas, o distintas a nosotros por cualquier motivo. De hecho, Pinker en The stupidy of dignity critica que Kass encuentra repugnantes conductas como comer conos de helado, el cambio de sexo o que mujeres pospongan la maternidad o estén solteras acercándose a los treinta. Incluso tendríamos el problema de que la repugnancia, al ser, como mínimo, parcialmente educable, estaría sujeta a las mismas críticas que podemos hacerle al relativismo cultural: a un nazi que ha sido eficientemente adoctrinado en las juventudes hitlerianas, no podríamos reprocharle su rechazo a los judíos y su satisfacción ante su exterminio.

Pero es más, es que el argumento puede utilizarse para algo con lo que Kass no está nada de acuerdo: la eugenesia ¿Qué hay que cause un sentimiento mejor que contemplar a personas sanas, bellas o inteligentes? Si bien en el proceso de creación en laboratorio podríamos sentirla, los frutos de la eugenesia serían lo contrario a la repugnancia, representando todo lo agradable del ser humano. Podríamos hacer un cálculo de costos y beneficios, y entender que esa repulsión inicial es suplida con creces por el sentimiento de agrado conseguido.

El otro gran argumento es el dado por Fukuyama en su El fin del hombre (2002). Este politólogo estadounidense está en contra de la clonación o la eugenesia apelando a lo que el denomina Factor X, una especie de esencia humana que no debemos trastocar bajo ningún concepto ¿Y qué es? Fukuyama utiliza la x, precisamente, para denotar su carácter vago, ambiguo, casi indefinible o incognoscible por definición. El Factor x no es el uso del lenguaje, ni la inteligencia, ni la capacidad de sentir, ni ninguna otra capacidad o cualidad que, tradicionalmente, se haya situado como la esencia humana por encima de las demás.  El Factor x es, en cierto sentido, todas ellas conjuntamente. Fukuyama quiere escapar de las clásicas críticas que históricamente se han hecho a todo aquel que ha querido reducir la esencia humana a un único factor. Por ejemplo, si defines al ser humano por su inteligencia, una persona con un grave retraso mental ya no sería humana, o si lo defines por su consciencia, alguien en coma ya dejaría de serlo. Sin embargo, si la esencia del hombre no es nada tangible y, a la vez, lo es todo, no caeremos en ningún tipo de reduccionismo.

En el fondo, los malabares de Fukuyama no dejan de ser una forma soterrada, o no tanto, de volver al viejo concepto de espíritu o alma inmortal. Para criticar el naturalismo de sus enemigos darwinistas, Fukuyama saca lo esencial del hombre del plano natural al metafísico. Ya está, no hay más, volvemos a formas de pensar muy viejas: una naturaleza humana espiritual inviolable. El problema es que Fukuyama parece no entender que, dada la teoría de la evolución, la naturaleza humana no es algo dado, sino que está en continuo cambio. De aquí a 100.000 años la naturaleza humana será muy diferente a la que es ahora ¿Y hacia donde irán esos cambios? En gran parte al azar ciego del barajeo de genes en el que consiste la reproducción sexual ¿Es mejor dejar que la suerte decida sobre nuestra naturaleza? Imaginemos que la selección natural premia genes más agresivos, egoístas o estúpidos… ¿Sería ético no hacer nada por evitarlo? Agarrarse a la idea de dignidad humana basada en sacralizar su naturaleza es un grave error. No debemos nada a la naturaleza humana porque en ella hay cosas muy malas. Recordemos que los que construyeron Auschwitz tenían ese mismo Factor x que no hay que tocar bajo ningún concepto.

Mensaje antiplatónico par excellence: no existe nada que esencial, o lógicamente, ligue un hecho ético (o, más bien, la interpretación ética de un hecho) del mundo y un estado emocional placentero.  A partir del descubrimiento de las sustancias psicoactivas, nos dimos cuenta de que para conseguir una sensación o emoción no es necesaria la presencia de tal hecho o, ni siquiera, del estado mental que lo preceda y lo cause.  La alegría que hubiéramos obtenido si nos hubiera tocado la lotería de Navidad, podemos conseguirla, e incluso intensificarla, ingiriendo un compuesto de prosaicas moléculas, sin que, realmente, nos toque ni un céntimo. Es más, con una calculada dosis, ya no diremos de la brutal etorfina, sino de fentanilo (peligrosísima) o de oxicodona, podrías sonreír de un indescriptible placer mientras te corto un brazo.

Este descubrimiento tiene unas consecuencias brutales. La mayor parte de las concepciones de la ética dadas a lo largo de la historia (con la honrosísima excepción de la genial ética kantiana) prometían un estado final de felicidad, a condición de seguir una serie de, a menudo muy duros, preceptos. La ataraxia griega, el nirvana budista o la visión deifica cristiana, son estados, en gran medida emocionales, que se obtienen después de  un largo proceso que, a menudo, puede durar toda una vida. El sentido de tu existencia, lo que debes hacer día a día, está sujeto a la obtención de ese premio final. Sin embargo, llegamos a día de hoy y conseguimos el premio sin el arduo proceso.

Se podría objetar que ese estado de felicidad artificial, ese paraíso químico, sería falso, un disfraz conseguido haciendo trampas, algo inauténtico, postizo ¿Por qué? Esta objeción encierra una confusión: la emoción que se consigue al ingerir un psicotrópico no tiene absolutamente nada de falso, es tan real como la conseguida sin la ingesta. Lo falso, o más bien lo ausente, es el suceso generador de la emoción, no la emoción misma.

Se sigue objetando: pero lo realmente valioso es el camino, no únicamente el resultado. Respondemos: podemos ponderar lo que obtenemos en cada fase del camino y ver si compensa o no perderlo en virtud de conseguir, inmediatamente y sin esfuerzo, el bien final. En algunos ejemplos está claro: pensemos en las millones de personas que se están machacando en el gimnasio por lucir un bonito cuerpo cuando llegue el verano. Si yo les dijera que, puedo conseguirles ese cuerpo deseado sin el más mínimo coste, tomando una pastilla que no tiene efecto secundario alguno… ¿No la tomarían sin dudar? ¿No sería estúpido decir que no, que prefieren sufrir levantando pesas y comiendo brócoli?

Las pocas experiencias que he tenido con drogas duras (con las mal llamadas blandas, como el tabaco o el alcohol, he tenido muchísimas) fueron en mi época universitaria (juventud: bendita idiotez). Recuerdo una noche en la que probé una pastilla de MDMA. Cuando la ingerí estaba ya completamente borracho (si no, seguramente, mi superyó bien aleccionado me hubiera impedido tomarla) pero al cabo de unos treinta minutos mi estado etílico cambio radicalmente hacia algo muy diferente. Sentí una felicidad inmensa, una plenitud absoluta, una comunión total con el cosmos… Todo tenía sentido y todo era completamente maravilloso. Nunca antes había sentido un amor hacia la vida y hacia todos los seres humanos similar. Sinceramente, esas horas de efecto del MDMA han sido las más felices de mi vida (y no soy una persona especialmente desgraciada). Nunca he vuelto a sentir emociones tan agradables con esa intensidad. Y, paradójicamente, eso es lo que me aterró de las drogas y lo que consiguió que, finalmente, no terminará siendo un yonki en cualquier parque. Me dio mucho miedo saber que lo que había tomado era demasiado bueno y comprendí lo brutal que debería ser el reverso tenebroso de algo así. Entendí por qué un yonki de cualquier parque es plenamente consciente de su penosa situación y, aún así, prefiere seguir drogándose a tener una vida. No volví a probarlo.

Sin embargo, de lo que no quedé nada disuadido, es de aceptar el uso de drogas que no tengan efectos secundarios significativos. Sería la utopía del utilitarismo hedonista: una sociedad en la que todo el mundo tenga acceso a la mayor felicidad posible. Es más, lo que sería inmoral sería privar a la gente de unas sensaciones de bienestar semejantes. Y, siguiendo esa lógica, nada parece alejarnos de un futuro en el que el uso de psicotrópicos de diversa índole sea cada vez más usual (de hecho ya lo es). Pero quizá un futuro emocionalmente paradisíaco puede esconder algo, como mínimo, inquietante. Sabemos, desde experimentos realizados en la década de los cincuenta del siglo pasado, que ratas de laboratorio preferían tomar cocaína a comer o a beber, dejándose morir con tal de seguir consumiendo su droga. Y es que los sistemas de recompensa emocional del cerebro tienen un fin evolutivo claro: moverte a actuar para obtener placer o evitar el sufrimiento ¿Qué ocurre entonces cuando no hay sufrimiento y se vive en un estado de placer constante? Que el individuo ya no tiene nada que hacer, que no hay nada que pueda motivar su conducta.

Un futuro así sería como un colosal fumadero de opio en el que miles de sujetos vivirían enchufados a aparatos que les suministraran regularmente la dosis adecuada, quizá siempre durmiendo o, simplemente, ensimismados en hermosísimas ensoñaciones, quizá sin hablar con nadie más (¿para qué las relaciones sociales?) o no, pero, seguramente, sin hacer prácticamente nada: solo lo necesario para mantenerse vivos y drogados. Aquí, si que el tiempo histórico quedaría congelado. No se evolucionaría hacia nada más ya que, esta vez sí, estaríamos ante el auténtico fin de la historia de Fukuyama.

Este futuro utópico, o distópico según se mire, casaría perfectamente con el advenimiento de la singularidad tecnológica de la IA. Si construimos inteligencias artificiales que nos superen abrumadoramente, y si hemos sido lo suficientemente listos para conseguir que no nos exterminen, podría pasar algo así: las máquinas tomarían el mando de la historia y se dedicarían solo Skynet sabe a qué, mientras dejarían a sus venerables, aunque patéticamente inferiores creadores, viviendo en un inofensivo paraíso. Entonces, poseamos superdrogas o no, tendremos que enfrentarnos a algo a lo que nuestro frágil ego humano no está acostumbrado: la irrelevancia ¿Aceptará el hombre perder el protagonismo de su historia? ¿Aceptará perder el mando, aún a sabiendas de estar en mejores manos que en las suyas propias? Sería un caso de interesante dilema moral: ¿libertad o felicidad? La respuesta sería fácil para los drogados: seguir en su paraíso toda la eternidad y que gobiernen otros. La responsabilidad del gobierno trae demasiadas preocupaciones y dolores de cabeza.

O quizá, la historia podría continuar por otros derroteros: es posible que los seres humanos no nos quedásemos del todo quietos, sino que siguiéramos buscando formas de placer aún más poderosas. Quién sabe si pondríamos a la IA a nuestro servicio para conseguir placeres que ahora no alcanzamos ni a imaginar. Pensemos en diseño de cerebros a los que se aumenta su capacidad de sentir, con circuitos de placer hiperdesarrollados, que viven en un mundo de realidad virtual en el que todo está pensado para estimular cascadas de opioides, maravillosas tormentas cerebrales de una potencia inusitada. La historia de la humanidad se convertiría en la búsqueda de paraísos dentro de paraísos.

Pensemos en el mejor sueño que hayamos tenido y pongamos detrás de el a un asistente computerizado que sabe lo que nos gusta mucho mejor que nosotros. Recomiendo ver Más allá de los sueños (1998) de Vincent Ward. La película es mala pero sus efectos visuales (que ganaron un Óscar) pueden ilustrar muy bien a lo que nos referimos: imagina caminar de la mano con una bella mujer (quizá con esa chica que nos gustaba en el instituto y que ya no sabes nada de ella), por el cuadro más hermoso que se te ocurra, mientras escuchamos una increíble sinfonía (la Lacrimosa de Preisner o el Dúo de las flores de Delibes) , a la vez que nuestros centros cerebrales de placer se disparan como fuegos artificiales, haciéndonos sentir una especie de orgasmo infinito… Vivir eternamente en ese día de verano de cuando teníamos doce años y no había nada que hacer, ninguna preocupación, y todo era nuevo…

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Por si alguien no ha leído mi último artículo en Xátaka, va sobre otro posible futuro: precrimen.

Y feliz Navidad máquinas mías.