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Hace unos meses escribí una entrada que creo que no fue del todo bien entendida a juzgar por los comentarios de mis contertulios quizá por que yo no explicase lo suficiente la profundidad y el alcance de su mensaje. Por eso voy a extenderme algo más en la idea fundamental: no existe una naturaleza humana dada de una vez por todas y no hay atadura moral que nos ligue a defender la actualmente existente.

Las bases de la idea son bien sencillas y comúnmente aceptadas: somos un resultado de la evolución. Nuestras características como especie son el fruto de una baraja de cartas que se expresa en nuestro código genético y, según sabemos ahora, los complejos mecanismos que facilitan o inhiben la expresión génica. Nuestra actual naturaleza emerge como consecuencia de una complicada interactuación entre mutaciones, crossing-overs, selección natural, transmisión horizontal de genes, simbiogénesis, etc. (esto se aceptará según lo darwinianamente ortodoxo que uno sea). Eso somos, pero, y esto es lo importante, no debemos nada a eso que somos. Lo entenderemos a dos niveles:

1. Estamos seguros de que hay genes relacionados con la violencia, el egoísmo, la envidia, etc. No están ahí porque un Dios así lo designase ni por ninguna razón en especial más que porque la evolución y sus contingencias así lo dispuso. En este sentido, cuando hablamos de que, mediante los próximos adelantos de la ingeniería genética, podremos erradicar esas características de nuestro fenotipo, no deberíamos aterrorizarnos. Siguiendo el mito de Frankenstein y demás ideas románticas, pensamos que un ser incapaz de sentir violencia o envidia ya no sería un humano. Sería un “bicho raro”, algo “artificial”, un “monstruo de laboratorio” ante el que habría que sentir miedo. Curioso. No sentimos miedo ante un humano malvado por el mero hecho de que sus genes han sido barajados por la amoral selección evolutiva, pero sí tenemos miedo de un “no-humano” bondadoso por el mero hecho de que hemos sido nosotros los que hemos controlado tal selección. Y es que por el hecho de que el homo sapiens haya permanecido estable los últimos 30.000 años no debe hacernos creer que el ser humano deba ser únicamente esa estabilidad. Si ahora la selección natural premiara un gen que nos hiciera más egoístas… ¿deberíamos aceptar eso como un rasgo más de la naturaleza humana y tachar de inhumanos a los que no lo tuvieran?

2. Que nuestra natuaraleza humana sea fruto de la selección biológica nos debe hacer replantearnos gran cantidad de cuestiones filosóficas. En mi entrada anterior sobre el tema quería hacer ver que algo como que mi mujer se vaya con otro es algo triste porque mis genes así lo han dictado y no porque sea algo universalmente malo en el sentido platónico. Hay millones de especies animales en las que ese mismo hecho no produce sentimiendo alguno en los machos. Lo explica muy bien Daniel Dennett en esta Ted Talk (es la gran inversión que hace Darwin):

Nos gusta el chocolate no porque el chocolate sea intrínsecamente bueno, no porque participe de ninguna idea de bien ni porque la “chocolateidad” sea esencialmente buena, nos gusta el chocolate porque contiene azúcar y la selección natural nos hizo preferir el azúcar porque es muy energético. Así, no hay nada bueno, ni bello en sí mismo. Miremos estas imágenes:

 En la imagen superior tenemos a la voluptuosa actriz italiana Monica Bellucci (con la que espero que el número de visitas a mi blog se duplique), mientras que en la inferior tenemos a una hembra de la popular mosca drosophila. Ambas están desnudas pero parece muy clara la diferencia de sensaciones que nos produce contemplar a cada una de ellas (si bien no estoy seguro que la mosca sea la equivalente en drosophila a nuestra Monica Bellucci). ¿Es más bella Monica que la mosca? ¿Tiene Mónica Bellucci una universal y esencial belleza intrínseca que la hace más hermosa que la mosca? No, sólo tiene unos rasgos que hacen que una serie de detectores propios de los homo sapiens machos se activen y provoquen una serie de sensaciones y sentimientos. Para una drospohila macho, Monica Bellucci no despertaría interés alguno a no ser que estuviera embadurnada en uva fermentada (uno de sus principales alimentos). Quizá incluso la perciba como un ser enorme y repugnante.

Este razonamiento es extensible a todo lo relacionado con nuestra vida. Para la drosophila no hay ninguna sensación de tristeza cuando uno de sus machos copula con otra hembra. Así, todas las cosas que nos producen tristeza no lo hacen porque sean fenómenos tristes en sí mismos, sino porque así lo dictan nuestros genes. Por eso no habría que tener ningún miedo a modificarlos, más que las consabidas precauciones sobre tener claro que estamos jugando con personas y sobre los posibles malos usos que pueden verse muy rápidamente. Tengo muy claro que un ser humano libre, no sólo de enfermedades, sino de miedos y sufrimiento, además de más inteligente, trabajador, constante y generoso sería mejor que el ser humano actual.

Pero es que este cambio ya está sucediendo desde hace mucho. Hace no demasiado tiempo la esperanza de vida humana rondaba los cincuenta años en Occidente. Ahora, ronda los ochenta. Casi hemos multiplicado por dos nuestra longevidad. Los amantes de la naturaleza humana moralmente intocable y dada para siempre podrían decir que un ser humano tan longevo es una abominación, algo antinatural. No, no hay nada antinatural en eso. Hemos mejorado, hemos modificado nuestra vida para mejor cambiándonos a nosotros mismos. Bienvenido sea el transhumanismo.

No he podido resistirme a hacer mención a la celebérrima escena de la mejor película de ciencia-ficción de todos los tiempos (con el permiso de Kubrick). Tenemos a Roy Batty (Rutger Hauer), un Nexus 6,  un replicante, una copia de ser humano fruto de la bioingeniería, creado para ser más perfecto que el hombre pero con un grave defecto: una fecha de caducidad de cuatro años. Es artificial, no tuvo infancia así que no tiene padre ni madre, ni pasado ni recuerdos, pero hay algo en él que lo hace  humano: su deseo de tener una auténtica vida, de no ser efímero, de que sus vivencias no se pierdan en el tiempo como lágrimas en la lluvia. ¿Acaso no se pierden así las de todo ser humano? ¿Acaso no es esa la tragedia de la condición humana?

Por otro lado tenemos a Rick Deckard (Harrison Ford), un Blade Runner, es decir, un eliminador de replicantes, un policia “especial” contratado para estos menesteres. ¿Es Rick Deckard un asesino? Desde mi juicio no tengo duda de que sí. De forma contradictoria, la película pone a los buenos en lugar de malos y viceversa o, como mínimo, en ambos hay ambivalencia. Roy es un lobo que juega con su presa en la  memorable lucha final con Deckard y asesina sin piedad a Tyrell o a Sebastian, pero  busca lo que cualquiera desearía: sobrevivir. Y lo busca con tanta fuerza (seguramente que el instinto de supervivencia es la fuerza motivadora más grande que hay en cualquier ser) que, sabiéndose muerto, salva la vida de su asesino. Paradójicamente, el ser artificial es mucho más humano que el humano (igual que en la IA de Spielberg). Es una escena preciosa que no me canso de volver a ver (desde aquella primera vez que la vi, en una cinta de video a principios de los noventa).

Otra magnífica escena de la película es el asesinato de Tyrell. Roy busca a su creador para que le alargue la vida. Tyrell es el buho de Minerva, la sabiduría, el ser humano que juega a ser Dios y que, al final, su creación se vuelve contra él, cual revisión del moderno Prometeo de Mary Shelley. ¿Puede el creador reparar lo que ha hecho? Roy quiere vivir más pero su creador le dice que eso es imposible. Él fue creado para ser perfecto y “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”.  Roy se arrepiente de sus pecados, se confiesa ante su padre y después lo mata. “No haré nada por lo que el Dios de la biomecánica me impida entrar en su cielo”. El Dios de la biomecánica, el Dios de los replicantes, no el Dios de los humanos, que no es el mío. Así se pasa por las tres fases nietzscheanas para llegar al superhombre: el camello que carga con la culpa, el león que mata a Dios y, luego el hombre libre que mira al cielo, que sabe que es libre por primera vez. Roy es el superhombre, el siguiente escalón de la evolución que tiene que eliminar a su creador para crecer. Nace una nueva era, al igual que en el final de la Odisea Espacial de Kubrick.